martes, 22 de mayo de 2007

La noche más triste...

La Liga - Hasta ayer tenía claro que la noche más triste vivida como seguidor atlético fue un 5-4 ante el Barcelona en Copa, el partido en el que Pantic metió 4 goles y perdimos en los últimos minutos por culpa de un gol de Pizzi. Eso fue hasta ayer. Porque ayer viví el día más triste como seguidor atlético.


Aquel partido lo vi en un oscuro bar griego de las afueras de Bruselas con algunos compañeros de trabajo y equipo, entre las nieves de una señal pirateada a un satélite turco. Como lo oyen. Al terminar me fui sin decir nada, cogí el coche y estuve dando vueltas por los canales bajo un diluvio, pensando en lo injusto que es a veces este deporte, en la fatalidad que a veces nos persigue, en lo rocambolesco de las situaciones que vive el Atleti.

Maldije la suerte y el destino, pedí cuentas a quien correspondiera por haber privado de la victoria a un equipo aguerrido que hizo méritos suficientes para merecerla. Lo sentí por el gran Pantic, pensé lo injusto que era que pasara a la historia como uno de los pocos jugadores que pierde un partido tras meter cuatro goles (el destino se encargó poco después de que Vieri le acompañara en ese capítulo tan curioso de las enciclopedias futbolísticas). Esa noche fue tristísima porque el Atleti, habiendo hecho lo suyo, no encontró la recompensa que debía. Alguien de fuera del equipo nos negaba lo que pensábamos que nos merecíamos. Algo similar a lo que ocurrió en la misma Bruselas, años antes, en la final de Copa de Europa, que viví demasiado joven como para guardar un recuerdo tan vivo.

Comparado con lo de ayer, lo de esa noche es un recuerdo precioso. Aquella noche yo estaba orgulloso de un equipo y enfadado con el mundo. Ayer también estaba enfadado con el mundo, pero además sentí vergüenza de lo que vi. Lo había sentido antes pero no hasta esos extremos. Sentí vergüenza de jugadores, grada y directiva. De todo. Ayer fue el día en el que me quedó claro que el Atleti que yo sentía como mío ya no existe. Que lo que ahora se llama

Atlético de Madrid es una caricatura grotesca de mi equipo de niño. Que los que lo representan jugando no merecen hacerlo, que los que van al campo y se sientan en la grada no entienden nada de lo que ocurre, que los que se sientan en el palco son el mayor problema que afecta al Club, lo peor que nos podía haber ocurrido.

El Atleti jugó ayer con los brazos indecorosamente bajados, andando ante un equipo que parecía tres divisiones por encima. Anduvieron los jugadores del Atleti como sonámbulos sin que entendiéramos por qué, mirando con distancia como otros jugadores jugaban al fútbol mientras ellos paseaban por el césped sobre el que hace no tanto correteaba Pereira, dando lecciones. Jugaba el Barça a placer y el Atleti le miraba atontado, ni si quiera esperando el final del partido, sólo esperando el final de la jugada, que casi siempre acababa con tiro a puerta. Ni casta, ni orgullo ni ná, sólo la mirada perdida de los liberados de un campo de concentración. Mucho menos amor a unos colores, claro, que eso es mucho presuponer en este fútbol color dólar que nos ha tocado vivir últimamente. Ni autoestima, ni vergüenza torera, ni siquiera populismo. Nada. Les daba igual. Les daba igual que la gente estuviera empapada tras llegar al campo con la ilusión de que ganaran para tapar las bocas de tanto vecino que hablaba de dejarse perder. Les daba igual que apretaran otros equipos por detrás en la clasificación, que estuviera la mísera UEFA en juego, premio más que menor para el historial del Club. Les daba igual que sobre ellos planeara la sombra de la sospecha, del tongo, del amaño. Nada. Demasiado flojos para intentarlo, demasiado malos para plantearse el plantar cara, demasiado pusilánimes para tener amor propio, demasiado débiles como para que el rival se planteara amañar el partido. Algunos más que otros, naturalmente, quecomo siempre Torres lo intentó y lo intentó. Lo intentó hasta el final del partido, saliendo a la carrera en solitario contra cuatro rivales, en una perfecta metáfora de lo que ha sido la temporada: él contra el mundo.

La grada no le quedó a la zaga. Groggy por el espectáculo quizás, ni tan siquiera protestó. El Atleti se llevaba la mayor goleada en casa de su historia y la gente pensaba en si habría atasco de vuelta. Algunos se reían sin darse cuenta de que esas risas se le clavan a algunos compañeros de grada en lo más hondo. Otros la tomaban con Pichu, como si éste, pobre, fuera responsable del esperpento de Club en el que juega. Algunos protestaban contra los jugadores, otros contra los vecinos de localidad que les obstaculizaban la vista con su paraguas. Pocos, muy pocos protestaban contra el palco. Pocos silbidos en la noche más triste, pocas protestas en el día en que el Atleti sufrió su mayor humillación en casa. En otros campos la gente protesta, flamea pañuelos, brama, grita y pide justicia. En el nuestro no. En el campo del Atleti está mal visto protestar, hay que animar hasta el final. Ayer tampoco se hizo lo segundo, ni lo primero. La grada está en coma, sonada por los continuos mazazos de los últimos años. Cuando pensamos que se ha tocado fondo, nos hundimos un poco más. Cuando creemos que sí, que ya, que de esta hay que salir, metemos el pie en un pozo de arenas movedizas. Cuando parece que nos estabilizamos, alguien nos pone en los brazos un yunque de hierro macizo. La gente asume con resignación la caída en barrena para asombro de propios y extraños. Pensábamos que el descenso marcaba el rebote, pero aquí seguimos a merced del viento y nadie dice nada. Quizás los lavados de cerebro del marketing del club hayan surtido su efecto: el mayor ridículo en casa de la historia, en directo para toda España en el partido clave del campeonato para muchos equipos, y la afición agacha las orejas. ¿Dónde está el rugiente Calderón de antes? ¿Dónde está el orgullo, la dureza forjada en otros momentos bajos y altos? ¿Dónde?

En medio de la debacle, el presidente sonreía en el palco, a la vista de todos. El Atleti, club centenario, hacía el ridículo y su máximo mandatario actual sonreía. El Director General no parecía tampoco querer asumir la inmensa cuota de responsabilidad que le corresponde, y quizás valore poner en su asiento un busto de él mismo como Lopera, no sea que alguien proteste. Pero nada, tranquilos, nadie se girará nunca contra ellos. Mañana, pasado mañana anunciarán fichajes de relumbrón, demandarán una conjura para sacar esto adelante y aquí paz y después gloria. El uno hablará de vergüenza, de proyectos, de refuerzos, de charlas con la plantilla, de promesas de enmienda y compromiso de esfuerzo. El otro hablará de cuotas de mercado, de intereses económicos sobre quién debe ganar la liga, de marcas de prestigio, simpáticas y cercanas, de consultores que piensan que somos lo más grande, de planes a dos años para desbancar al Barça del segundo puesto del palmarés patrio. Y la grada anestesiada pensará que estamos en buenas manos, e irán en columnas de a cuatro, con los ojos en blanco y paso cansino, a comprar la prensa que glosa la gloria que ha de venir, las bondades de la gestión, el brillo de los fichajes que nunca vendrán. Cuando tengan su ración de morfina escrita, aquellos que pudieran plantearse una eventual revuelta volverán a hablar de que el año que viene sí, que con dos retoquitos el equipo no tiene rival, que ya estamos en Europa, siguiendo el devenir lógico de un equipo que tiene que celebrar un sexto puesto como si fuera un título, aunque tenga nueve ligas y nueve copas en su sala de trofeos. Sabíamos que esta directiva era la que hubieran elegido para nosotros nuestros vecinos de Chamartín pero ahora vemos que también es la ideal para Sevilla, Valencia, Recreativo, Villarreal o hasta Getafe, los que ahora se miden con nosotros.

Así que ahora ya saben. Como siempre, cambiarán jugadores, entrenadores y técnicos como todos los años, para hacer de eso una tradición que perpetúe a la única pieza de este engranaje inoperante que no ha sido cambiada. Porque si de ellos depende nunca se irán, nunca reconocerán que su gestión es nefasta, ni que están acabando con una institución centenaria que no merece este sino. No tendrán la honestidad de levantar las cartas, ni la valentía de reconocer que de esto no saben, ni la vergüenza torera de dejar tranquilo al club que están matando y que dicen querer tanto, aunque sea para que se muera en paz y rodeado de los suyos. Porque ante el hundimiento de la nave los que la dirigen no se hundirán con ella como mandan los cánones, sino que se asegurarán una plaza en la mejor barca de salvamento, con forma de terreno edificable en el que ahora hay un estadio. Eso sí, entre el silencio de la afición.

1 comentario:

José Ramón dijo...

No sé como ha encontrado palabras.

Yo no podría.

No hay palabras, se dice.

Y en este caso es verdad.

Gran mérito el suyo.