
Tras una semana de tiempo malísimo, según dicen los que por aquí estuvieron, volvía el Atleti a jugar un partido en casa en tarde soleada. El domingo y las siete son un día y hora excelentes para ver el fútbol, salvo desde grada de lateral. En grada de lateral en domingo de abril pega el sol de cara de siete menos cuarto a ocho y veintipico y eso se nota en la grada achicharrada, de gesto achinado, con la mano a modo de visera y poca precisión a la hora de saber quién tocó el balón despejado desde el mismo centro de la zona soleada. Ha sido falta, pues yo he visto mano, ¿no le ha dado con la cabeza?, yo creo que el partido lleva parado diez minutos, a ver si se aclaran, oiga. La insolación tribunera tiene, eso sí, alguna ventaja: la afición vuelve a casa con la punta de la nariz morenita y buena color de domingo en la playa y hace así rabiar a los vecinos de escalera. Qué moreno está Vd, ¿ha estado de vacaciones? En efecto, así es, he estado varios días en las Islas Barbados y mire qué buen colorcete traigo, dice el abonado de grada de lateral tras haber pasado la semana entera en su casa de la calle Tres Peces viendo cómo diluviaba.
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Llegó la afición al campo a pesar de ser plena operación retorno, y lo hizo en menos número que otras veces. El tiempo y las vacaciones tienen estas cosas, y previendo una grada vacía, el Club organizó el Día del Niño, lo que provocó estampas que hacían al aficionado pensar en la versión rojiblanca de Sonrisas y Lágrimas. En el Día del Niño el Club da facilidades a la prole de los abonados, que no siempre entienden la compleja mentalidad de la organización: para que la infancia entrara era necesario retirar una entrada unos días antes, y no todo el mundo lo sabía. De esto se enteraron muchos en los tornos, lo que provocó discusiones con los empleados del Club y personal de seguridad, cada vez más hastiado de todo lo que ocurre en el campo. Si no tiene Vd la entrada de niño no puede entrar, si no la retiró el día 23 en las taquillas tiene que sacar otra, sin entrada no hay tutía, decía la seguridad. Lo decía, eso sí, pero poco, como cuando ahora intentan retirar pancartas contra la directiva y se topan con una escalera llena de gente por la que no pueden avanzar. En cuanto el papá decía pero bueno oiga, qué entrada ni entrada, qué me dice Vd, yo no he sabido nada, la seguridad miraba a otro lado y permitía a los niños bajitos pasar por debajo del torno, que tiene mucha más gracia si lo piensan Vds.
Entró la afición al campo y cada uno lo hizo como debía: la oposición, cada vez más numerosa, de verde y oro; los padres que traían niños propios y del vecindario en general, repartiendo piruletas y regañando a los más malos; los abonados sin hijos que también querían celebrar el Día del Niño acudieron con camiseta del Chelsea y los de grada de lateral de cualquiera de las categorías anteriores entraban ya con los ojos cerraíllos y resignados al sofocón solar. El ambiente en Día del Niño es estupendo, mucho mejor que en los partidos de más rivalidad en los que entra la afición ebria y agresiva, y eso se contagia incluso al rival; de hecho, el entrenador visitante, deseoso de alegrarle la tarde a la infancia rojiblanca, encomendó a Ballesteros el marcaje de Agüero, y en la pareja la chavalería reconoció inmediatamente al oso Yogui y a Bubu.
Salió el Atleti y se cruzaron apuestas acerca de la alineación que saldría. Esta vez se pagaba menos el acierto, en vista de que, entre lesiones y sanciones había importantes ausencias obligatorias: ni Tiago, ni Reyes, ni Godín ni Koke podrían jugar, así que la astucia combinatoria del entrenador tenía menos posibilidades de asombrar a los ya numerosos estudiosos y apostantes sobre la curiosa manera que tiene Quique Flores de hacer alineaciones. Por cierto Quique, ese humorista, había dicho el día antes que él no es partidario de hacer cambios. Desconocemos a estas alturas si tal afirmación fue acogida por los profesionales de la información al grito de "cuñaaooo" o si alguien lo tomó en serio.
Salió pues el Atleti a jugarse la posibilidad de entrar en Europa el año que viene contra un equipo que venía presumiendo de segunda vuelta, y sin varios titulares. "Titular" es un término relativo en el Atleti de este año, pero Vds ya me entienden. Salió De Gea, recibido con gritos que, entre líneas, significan "quédese, oiga" y salió también Domínguez tras varios partidos de ausencia en sustitución de Godín. Godín, tan desfigurado últimamente, había dicho que tanto cambio y tanto entrar y salir y titularidad y banquillo le hacía a uno dudar de todo; uno no puede estar más de acuerdo con esta afirmación, que tanto ha repetido. Sobre Domínguez, del que tanto hemos hablado también, diremos sólo que hizo un partido aseado en el que no tuvo demasiado trabajo. Menos brillaron Filipe Luis Filipe, poco participativo, y Ujfalusi, que muestra una forma preocupante y un despiste general igualmente preocupante.
Dos defensas se llevaron parte del protagonismo de la tarde: el primero, Ballesteros; el segundo, Perea. ¿Ballesteros? Ballesteros. ¿Ballesteros? Ballesteros. ¿Ballesteros? Que sí, oiga, Ballesteros, Ballesteros. Ballesteros es futbolista profesional desde hace un montón de años y habrá ganado más dinero que Vd y Vd y Vd y yo juntos, y todo luciendo un tipazo de futbolista de barrio que nos llena de tranquilidad. Ballesteros pone el contrapunto de buen vividor a los groseros abdominales de Forlán y es por eso un futbolista admirado por la parte de la afición que gusta tanto de las torrijas como de los regates de Agüero. La salida de Ballesteros al campo produce un suspiro de alivio entre los aficionados atlético-pícnicos: miraló ahí, cómo está el tío, con ese porte de picador, si él puede jugar al fútbol a este nivel, ¿por qué no yo? Gracias a Ballesteros ayer cenaron croquetas un montón de señores sin cargo de conciencia, gracias a Ballesteros esta mañana se miraron de perfil al espejo un montón de cuarentones sin meter barriga, gracias a Ballesteros muchos ex jugadores de barrio fuera de forma se vieron animados a volver a los campos de fútbol y llamaron a amigos a los que hace tiempo que no veían; gracias a Ballesteros se recuperaron contactos y amistades y se fundirán en abrazos vecinos que hace años compartieron cancha. Ballesteros ha eliminado complejos, evitado sonrojos y empujado a muchos a adoptar hábitos de vida más saludables sin miedo a recibir tomatazos desde los balcones próximos. Gracias a Ballesteros parte del mundo será mejor en pocos días, gracias a Ballesteros mucha gente será feliz en breve. Gracias siempre, Ballesteros.
El otro defensa protagonista era Perea. De físico poco parecido al de Ballesteros, Perea se convirtió ayer en el jugador extranjero con más partidos en el Atleti al igualar la marca de Griffa. Griffa era un jugador magnífico que capitaneó un Atleti excelente. Perea es un jugador honrado y poco brillante que se ha hecho un hueco en un Atleti mediocre. Perea, un tipo de más de treinta años al que uno no recuerda perder un sprint, es famoso por sus pifias sonadas y por los puntos perdidos por culpa de sus errores garrafales, a menudo cómicos. Es menos conocido por su contundencia al choque y por alto, por su garra en el juego al cruce y su eficacia ante delanteros complicados. Perea es, para el que suscribe, notable por su honradez: nunca le vio jugar un partido a medio gas, ni hacer una mala declaración, ni un feo a un compañero, a la grada, a un rival o un entrenador. Sí le recuerda palabras de cariño inmenso al Atleti, muestras constantes de respeto y paciencia infinita con la afición, cruel e injusta muchas veces, a la que nunca mandó a paseo a pesar de tener sobradas razones para hacerlo. Nos ha fastidiao, pensará el castizo, encima está Perea como para ponerse farruco, no hay tío con más suerte en el mundo que Perea, que ha jugado más de 200 partidos con el Atleti. Puede ser, sí, pero uno recuerda al menos una veintena de jugadores más indignos de llevar la rojiblanca en los últimos años con un comportamiento menos noble, sin mofa de la afición. La nobleza y la honradez, dirá alguno, no son elementos que hagan bueno a un jugador de fútbol por más que hagan respetable a la persona. A estos, decirle que para Perea lo que siempre se ha pedido no es admiración sino precisamente respeto, el mismo respeto que él (y no tantos otros) nos ha mostrado, el respeto al que le faltó la grada propia y que animó a la grada del rival más odiado a reírse de uno de los nuestros por nuestra propia e imperdonable culpa. Que Perea no es Baresi es algo que él mismo subraya en cada entrevista; que el Atleti de Perea no es el de Griffa es algo que cualquier niño de cinco años puede entender con claridad, y además cualquiera de siete puede entender la razón. Si Perea ha jugado tantos partidos con el Atleti no ha sido porque él lo haya impuesto a nadie ni haya lesionado a posta a un compañero en un entrenamiento, sino porque el Club no contó con nadie mejor; sin embargo, se le protesta como si fuera él el responsable último de su propia alineación. Perea jugó siempre con la misma honradez y siempre reconoció con humildad sus enormes limitaciones; por contra el público nunca valoró del todo sus puntos fuertes, la tomó con él y rara vez con aquellos que debieron comprar jugadores de más calidad para ocupar su posición; ¿Es entonces Perea el único que merece la crítica despiadada, o la merece también el público vociferante y desnortado?
En el centro del campo saltó la sorpresa. Jugó Mario, que lo hizo bien salvo el penalti, llevando el peso del juego y la pausa en el centro. Él no fue sin embargo la sorpresa. Jugó Juanfran, que recibió una somanta de palos cuando el partido sólo llevaba unos minutos y luego lo intentó sin suerte ni imaginación, dejando muchas dudas sobre sus capacidades verdaderas y su aportación al equipo. Tampoco él fue la sorpresa. Jugó Raúl García y pasó lo de siempre: ayudó, tapó, corrigió y cometió pocos errores hasta que despejó un balón mal, con trayectoria oblonga, y la afición le puso como un trapo. Si luego recorre medio campo para recupera un balón, da un pase inteligente o corta un ataque rival, ya da igual: Raúl García, al río, y esto ya no le sorprende a nadie. Los días de Raúl en el Calderón parecen llegar a su fin y uno terminará por casi alegrarse de ello, por bien del tipo.
La sorpresa, decíamos, saltó con el cuarto miembro de la media: Elías. Para explicar su actuación quizás haya que volver al principio del partido, cuando la afición se sentó y empezaron a volar opositores globos verdes y amarillos que se habían repartido en las puertas. Eso debió animar a Elías, quien debió interpretarlo como tifo de ánimo por ser él jugador de la canarinha, y vaya si lo notó el gachó. Elías salió de interior izquierdo de esos que saca Quique, es decir, de los que no juegan por la izquierda. Elías estaba un poco por todas partes, por la derecha, por el centro, a veces en la izquierda, buscando el balón que tenían los compañeros. Hola, oiga, que aquí estoy por si necesita apoyo, me he ido de la izquierda y aquí estoy para lo que necesiten. Ahora estoy aquí, ya he vuelto, ya saben, para cualquier cosa me dicen, a sus pies, oiga, aaa suus pies. En un ataque de autoestima poco frecuente, Elías pidió el balón en una falta, lo colocó, le indicó a un compañero que saltara por encima y la clavó por la escuadra del palo del portero. Y bien, oiga, fuerte, colocado, a la cara interna del larguero, un golazo en toda regla. Animado, Elías la siguió pidiendo, recuperó algún balón y tuvo más presencia que nunca hasta que se retiró entre ovaciones. Dada la corta memoria de la afición, es muy posible que la grada reclame ahora la titularidad de Elías y aproveche su gol de falta para ajusticiar de paso a un compañero; mientras tanto, nos alegramos mucho de que Elías se encuentre más cómodo en su indefinible posición en el campo y más motivado para aportar al equipo, que es de lo que se trata.
En la delantera jugó Agüero y metió dos goles, uno de ellos de penalti. Cosas de la vida, esto casi no es noticia a estas alturas. Agüero es un jugador inmenso en una racha estupenda que tira del equipo, pelea en solitario y además le salen las cosas bien; sin él, el equipo sería un burdo equipete a merced de un portero inspirado. El otro bueno de la delantera, Forlán, volvió al banquillo y únicamente salió al final del partido entre sonora división de opiniones, es decir, entre las ovaciones de sus partidarios y los abucheos de los de la facción abdominal-Ballesterista. De titular salió en su lugar Juan Trick, el peculiar delantero brasileño al que ahora adora la grada. La grada tiene estas cosas y ahora está encantada con Diego Costa, posiblemente por molestar a Forlán y su cinturita de avispa. Jalean sus carreras y su protección del balón, su pelea (sobre la que habría bastantes cosas que decir) y disculpan sus torpezas. Cuando uno pregunta sorprendido al vecino por qué esa adoración repentina por Diego Costa, éste contesta airado que cómo no le va a admirar si es torpe pero pelea, que tiene fallos pero lo intenta, que lucha al menos aunque no tenga fortuna. Vamos, que es torpe pero honrado ... ¿Como Perea entonces, no? Bueno, sí, un poco, pero vamos, no sé, no es lo mismo, o quizás sí, Diego Costa lucha aunque le salgan mal las cosas ... ¿Como Raúl García, pues? No, o sí, puede ser, qué sé yo, déjeme, oiga, pesao ya con las preguntitas ... La grada tiene estas cosas, sí, y lo mismo la toma con un jugador torpe pero honrado que adora a un jugador torpe pero honrado, lo mismo se mofa de un jugador torpe pero honrado que vitorea a un jugador torpe pero honrado para chinchar así a un jugador hábil pero frío. De todos modos estas cosas tampoco nos sorprenden ya: hace ya muchos meses la gente la tomaba con un entrenador por "no tener el equipo trabajado" mientras que ahora, a un entrenador que juega exactamente igual o peor que el primero y que ha conseguido la meritoria descomposición de un equipo hecho y reforzado se le vitorea al son de "carnaval, carnaval" y a nadie le parece raro.
Diego Costa falla pero corre y la grada le jalea; Raúl García corre más y la grada le desprecia; Perea sale porque le pone el entrenador y la grada le desprecia; Quique pone a Perea, en contra del gusto de la grada, y la grada le jalea. Mientras la grada decide si lo que de verdad le gusta es que los jugadores peleen a pesar de los defectos o bien que se tengan muchas virtudes y se pelee lo justo, mientras la afición valora agradecer al entrenador que saque canteranos o afearle haberse cargado a unos cuantos, mientras la afición se debate entre ser coherente o hacer lo que le pide el cuerpo, no dar explicaciones e irse a desaparcar, el Atleti suma puntos.
El Atleti ganó cómodamente un partido contra un rival flojete del que se esperaba más, dejando abierto el debate sobre si la liga española es en efecto un petardo, y está cerca de amarrar la Europa League. Ahora, el Atleti echará de menos unos cuantos partidos más para poder intentar entrar en Champions. La Champions, el cuarto puesto, el modesto y mínimo objetivo anual que sonroja a los veteranos, es posible pero casi imposible. El Atleti se marca ahora el mismo objetivo de principio de temporada y la prensa lo vende como un sueño. "El sueño de ser cuarto es posible", dice la prensa, y se queda tan ancha y pide gambas cocidas para celebrarlo. La grada, sumida en sus debates internos, valora entonces si montar un escándalo al equipo por ponerse ahora a hacer lo que debió hacer antes, o conformarse un año más con las migajas, hacer caso a la prensa y ver en un cuarto puesto un sueño que celebrar en Neptuno, la excusa perfecta para no admitir protestas y llamar a la afición a animar al equipo todos a una enarbolando la bandera del papá, por qué somos del Atleti. Como la grada, algunos también nos debatimos entre dos aguas: la historia reciente nos preocupa, pero los últimos partidos, con bronca al palco tras los goles, nos da esperanzas.