Ayer, ese equipo raro que nos enamora los domingos y nos desespera los miércoles volvió a dar la sensación de que algo raro debe pasar cuando un equipo juega liga y Champions de un modo tan distinto y, de paso, volvió a marcar el camino a seguir.
Últimamente en el campo del Atleti no abundan los actos piadosos ni el ejercicio de las virtudes teologales, ni siquiera en Cuaresma. Si acaso es más frecuente encontrar lo contrario, sobre todo los pecados capitales en sus versiones más amplias. En el palco abunda la avaricia y también la ignorancia, aunque esta última no sea pecado capital sino una maldición bíblica para el Club y sus seguidores. En algunos puntos de la grada y del túnel de la M-30 aflora la ira (justificada) y, en los intermedios, en fondos, tribuna y lateral impera la gula (sobre todo si el partido es a las 21.00). También la gula es el problema de algunos jugadores, sobre todo de alguno del medio campo con media melena e incisivos prominentes diseñados para facilitar la deglución que también tiene serios problemas con la pereza y la soberbia, esta última sobre todo al hablar con sus entrenadores; de generosidad, por cierto, anda justito. También algún entrenador ha pecado de soberbia, o diríamos de imprudencia, sobre todo si se le compara con su prudente antecesor. Otros pecan de envidia, y aunque sobre lujuria no sabemos tanto, nos imaginamos que no queda lejos viendo quién se anuncia en los videomarcadores.
En medio de este impío panorama el Atleti ayer, fiel a su naturaleza transgresora, hizo lo que, por infrecuente, uno no esperaba. Es de todos sabido que el Atleti reciente, cuando las cosas se tuercen, tiende a perder toda esperanza, bajar los brazos y encomendarse al azar sin esperar caridad alguna del rival. La desesperanza cunde también en la grada que ve al equipo bajar los brazos y conformarse, quizás por obra y gracia de ese virus del derrotismo contraído tras aquella transfusión de sangre de la Sra Rushmore. Pero ayer algo pasó, algo nuevo que devolvió la esperanza a la grada, algo tan infrecuente en el pasado reciente como común hace unos años. Y es que, señores, ayer el Atleti tuvo fe.
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Salió el Atleti entre vítores cuando uno esperaba una bronca monumental por aquello de que el partido del pasado miércoles fue un monumento a la desidia y el despiste general, y resulta que se le recibió con flamear de banderas y pancartas monumentales, qué cosas pasan. Salió el Atleti a jugar el partido en el que se jugaba todo y uno esperaba cualquier cosa, visto que tras dos buenos partidos llegó un partido malo cuando menos se podía imaginar. El caso es que salió el Atleti y uno no sabía si taparse los ojos y mirar entre los dedos o bien acomodarse en el sitio y esperar que las cosas fueran como debían y, de paso, limpiar con el pantalón el mugriento asiento con el que nos obsequia cada domingo ese club presidido por un maniático de la limpieza; asiento en cuyos recovecos, como cada primavera, germinan girasoles y almendros y melocotoneros, mudos testigos de la vegetal dieta de la afición.
El caso es que salió el Atleti y a los dos minutos le pitaron un penalti. Penalti. Y a favor, oiga. No sabemos bien si fue o no, si Agüero forzó la caída o si el árbitro decidió pitar para así tener una excusa y pitar todas y cada una de las faltas dudosas y no dudosas en contra del equipo local durante el resto del partido, pero el caso es que el árbitro pitó un penalti en el minuto dos que al Atleti le venía de perlas. Y el caso es que Forlán, que no suele fallar estas cosas, tiró a media altura y paró Diego López, perfecta metáfora del traslado de protagonismo. Forlán, que venía de haberse convertido él solito en ojo de huracán, estandarte del antiabelismo ilustrado y objetivo de todos los entrevistadores, dejó paso a Diego López el testigo de la noche. Porque el portero del Villarreal, más grande de lo que uno recordaba, más rápido de lo que esperaba y peor vestido que muchos porteros ya sean de discoteca, futbolín o finca urbana - incluso automáticos -, paró todo lo parable y parte de lo imparable por alto, bajo y medio, desesperando a la delantera atlética y de paso a la parroquia durante buena parte del partido. Diego López hizo ayer un partidazo que a punto estuvo de darle algún punto a su equipo cuando se podía haber llevado media docena de goles.
Falló el penalti Forlán e, inesperadamente, el Atleti dijo da igual. El Atleti siguió atacando hasta el punto de hacer en veinte minutos más ocasiones que en toda la eliminatoria contra el Oporto. Tiró Forlán de nuevo y también Simão, tiró Maxi y Raúl García y luego Agüero, tiraba el Atleti tiro tras tiro y provocaba corners y situaciones de peligro hasta que en uno de los corners, qué cosas, Simão intentó el rizo del tirabuzón y terminó haciendo un pase al rival que acabó con Javi Venta de extremo escapándose de Forlán, el único local que llegó a tapar su subida, y con Matías Fernández marcando un gol poco merecido y poco esperado. Cero uno tras tener muchas ocasiones, una pájara temporal y una cuesta arriba que se antojaba al alcance del Atleti, siempre que este quisiera.
Tras un rato de pocas luces, el Atleti volvió a jugar. Jugó el centro del campo, con Raúl cada vez más importante y Assunção algo gris pero eficaz en su misión de tapar a Senna. Jugó con Maxi más centrado gracias a la ayuda de Heitinga, dueño de su banda y siempre dispuesto a ayudar al compañero y a contribuir a la salida del balón, y con Simão haciendo de Simão, esto es, de buen jugador de fútbol apoyado encima por Antonio López, venido arriba en los últimos partidos. El Villarreal no podía con el Atleti, con un Atleti convencido de sus posibilidades y por primera vez en mucho tiempo convencido de su sistema. Delante se peleaba el Kun con el discreto e improvisado centro de la defensa del Villarreal. Detrás Pablo, algo inseguro como de costumbre pero más contundente lejos de su área chica, y Perea, rapidísimo y entregado también como de costumbre, parecían no tener demasiados problemas en neutralizar los ataques rivales que conseguían pasar de la red formada en el centro del campo. Y eso que el Villarreal jugaba con Cani, Cazorla, Rossi, Pirés, Matías Fernández, Senna y algún otro, todos jugadores de calidad y toque. Pero el Atleti sabía que jugaba bien, sabía que tenía que continuar como estaba y sabía que, de seguir así, el balón acabaría entrando. Y, tras el descanso, el Atleti seguía teniendo claro que había que seguir así. Y lo tuvo muy claro hasta que, cinco minutos más tarde, marcaba Cani un gol concedido con más facilidad de la recomendable en un equipo que aspira a cosas. Marcó Cani y la grada se desesperó, ahora no, ay Dios mío, o marcamos pronto o esto se nos escurre entre los dedos.
Y marcó el Atleti en la jugada clave del partido, un balón de Forlán al palo a cuyo rechace llegaron Agüero y Maxi con los dientes apretados y la ambición del que no se resigna a perder un partido que no debe perder. Marcó el Atleti y la grada se vino arriba, destilando un perfume a puro habano y rabia y fe parecido al del día del Barça y parecido al de los partidos de hace tiempo. Rugió la grada y el equipo entendió el mensaje, pasando siempre de la línea del centro del campo con confianza y ambición. Jugaba rápido el Atleti y, aunque perdía, algo decía que se iba a ganar o al menos a caer con la grandeza del que no entiende cómo puede ser que se conjugue el verbo perder en futuro. La grada, ausente en otros partidos, transmitió al equipo lo que algunas gradas inglesas transmiten a los suyos en los malos momentos, lo que algunos estadios de rugby transmiten a sus jugadores cuando gritan los fondos "Believe!" y responden las tribunas "Believe!", creed en vosotros mismos, creeros que esto es posible con la intensidad con la que lo creemos nosotros, creed en lo que hacéis porque lo estáis haciendo bien y ni el rival ni el destino ni el pasado ni el futuro pueden con vosotros si os lo creéis.
Creyó el Atleti en él y en su credo propio e hizo proselitismo de su fe mientras que el Villarreal apostató de la suya. Pasó el Atleti por encima del rival, anonadado al ver que un equipo al que la mala suerte y su portero habían dejado por detrás se lanzaban al galope contra la muralla, viendo cómo la fe de la grada y los jugadores les echaba encima la montaña que entre todos habían movido. El Villarreal, equipo de finos estilistas poco duchos en el arte de apuntalar muros y cavar trincheras, vio como el Atleti se tiraba de cabeza a por un partido que podía y debía ganar. "Nos pasaron por encima", diría luego uno de los jugadores destacados del centro del campo y lo mismo diría el entrenador, elegantes declaraciones de quien reconoce la superioridad del amor propio y la presión de un estadio que cree en los que juegan porque, curiosamente, los que juegan creen lo mismo que el estadio.
Quedando veinte minutos el árbitro expulsó a Javi Venta tras haber sido desquiciado por Simão, la avispa que hace descarrilar el tanque picando al conductor. Salió Banega cuando el Villarreal jugaba con diez y se había echado atrás unos metros, y movió el equipo con fluidez y espacio. El Atleti asediaba al Villarreal, éste reculaba y se metía en su área, y si el partido hubiera acabado ahí nos hubiéramos retorcido el hígado de rabia pero al menos no de frustración. Pero ahí no quedó el tema a pesar, todavía, de Diego López. Marcó Forlán tras una magnífica maniobra de Maxi y así tuvo la justa recompensa a su constancia: Forlán no hizo su mejor partido y aún así metió un gol y medio, qué cosas tiene este tipo. Y cuando el Atleti se había lanzado a pecho descubierto con riesgo de ser devorado por los leones, levitó Antonio López entre los infieles y marcó un golazo de cabeza, uno de sus poquitos goles de cabeza, un gol de fe en un momento milagroso.
Tras esos minutos en los que todos en la grada pensamos que, siendo el Atleti el Atleti, lo más normal habría sido que se echase por tierra todo lo conseguido, acabó el partido. Acabó el partido y la gente respiró y alabó a los responsables quienes, a su vez, devolvían el aplauso al respetable con el arrepentimiento del que en alguna otra ocasión dudó de todo y no cumplió con las expectativas, quizás con el propósito de enmienda del hijo pródigo. Los jugadores en pleno fueron al centro del campo a corresponder a la hinchada, en parte algo justo y en parte algo irritante por aquellas veces en las que no lo hicieron. Ganó el Atleti un partido que le volvía a meter en la pelea por los objetivos mínimos y que recuperaba su autoestima y la de sus seguidores. Ganó también el Atleti un partido que lanzó preguntas sin respuesta: ¿por qué ayer sí y no el miércoles? ¿por qué ese despliegue de fe en el segundo tiempo y no en Oporto? Las respuestas son misterios indescifrables que, si bien plantean interesantes cuestiones cuasi-teológicas, no deberían privarnos ahora del júbilo y el flamear de hojas de palma. O de tomar cañas tranquilos hasta el domingo, que tampoco está mal.
