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lunes, 7 de noviembre de 2011

Avinagrada crónica del Getafe - Atleti

El Atleti hizo el ridículo y, encima, nos tocó escuchar a Phil Collins. Y la policía, como si nada.


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Llegó el que suscribe al campo, trotando y con la hora pegada, y encontró un revuelo en la banda.

- ¿Qué ocurre? ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha sido esta vez? Intuyo quién puede ser el responsable ... ¿De nuevo el pantalón de chándal remangado hasta la rodilla? ¿De nuevo una botas estridentes?
- Peor, oiga, lo de hoy es peor: un bigote. Se ha dejado bigote. ¡Bigote!

El delegado del Rugby Atleti se ha dejado el bigote y, como era de esperar, a las pocas horas cayó el gobierno griego.
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Durante años, el que suscribe ha visto partidos del Atleti en todo tipo de sitios. En casas propias, en casas de amigos, en bares de carretera y en pubs decorados a la manera de Nueva Orleans. En pantallas en blanco y negro, en pantallas de tubo a color, en grandes pantallas de plasma y en pantallas pequeñitas de ordenadores portátiles. En estadios propios y ajenos, en campos de España y en el extranjero, solo o en compañía de otros, como en los crímenes. Ha visto partidos en televisión y ha visto partidos en radios de onda corta con una percha por antena. Ha visto partidos por transistor, con un auricular recortado para disimular, durante guardias de la mili o durante la ceremonia de graduación universitaria. Ha visto al Atleti en bares de Almería y Cazalla de la Sierra, en pubs de Londres, Dublín, Edimburgo, París, Amsterdam, Roma y Tánger (éste más bien tetería). Ha recorrido ciudades vacías buscando un mísero bar en que pusieran el partido, ha negociado con camareros, ha sobornado encargados y ha discutido con aficionados rivales poseedores del mando a distancia. Ha visto partidos en México, en Buenos Aires y en Chile y hasta un Albacete - Atlético que iniciaba una liga en un chamizo en las Islas Galápagos, Ecuador, rodeado de lugareños asombrados. Cuando uno pensaba que había visto partidos del Atleti en todo tipo de sitios, ayer rizó el rizo y lo vio en un disco-pub. Un disco-pub verdadero.

Cuando uno se ve a sí mismo en un disco-pub viendo un partido del Atleti, uno se plantea cosas. Por ejemplo, qué hace uno a las diez de la noche de un domingo en un disco-pub, cuando lo suyo es estar en un sofá tomando sopa de pollo. También, qué lleva a un propietario de un disco-pub a poner una pantalla gigante para ver el Atleti mientras suenan discos de la Motown. Esto abre otro nuevo universo de preguntas: ¿Debería estudiarse la obra de Smokey Robinson en los temarios de Conocimiento del Medio? ¿son Holland, Dozier y Holland comparables a Quintero, León y Quiroga? ¿qué pasó con Stevie Wonder para que empezara grabando "Uptight" y terminara con "Ebony and Ivory"?¿Por qué nunca intervino el Tribunal Penal Internacional viendo lo que hizo Phil Collins con ciertos clásicos del soul? Estas y otras preguntas atormentan al aficionado que ve el partido en el disco-pub, pero dejan de tener sentido cuando el partido se acaba. Cuando el partido se acaba, únicamente tiene sentido pensar si uno será capaz de conciliar el sueño tras el enésimo disgusto y el enésimo ridículo.

Ya a media hora del final, uno intuye lo que va a ocurrir porque es casi evidente: el Atleti va a perder contra el colista, que juega con 10 desde el minuto 30. Se ve en la cara de los jugadores, se ve en la cara de los aficionados del disco-pub, se nota casi en la voz de Martha la de las Vandelas, más apagada de lo normal a esas alturas. Lo ve cada uno dentro de sí, que ya sabemos de qué va esto. El Atleti, una vez más, está bloqueado y nadie sabe hacer nada para evitarlo, quizás nadie quiera si quiera evitarlo. No hace falta mucho análisis para llegar a esa conclusión, basta con mirar dentro de uno para tener las cosas claras. No hace falta hablar de un Antonio López en el final de su carrera jugando por la banda que no es la suya, ni de la blandura de Filipe Luis Filipe, ni de si Courtois se traga o no el balón en la falta. No merece ni la pena hablar del despropósito de encomendar a Tiago, a este Tiago flojo, apático y triste, la responsabilidad de mantener al equipo desde delante de la defensa, ni de por qué tiene Grabi los ojos morados. No merece la pena hablar de dónde juega Turan o de dónde debería jugar Diego, que con tanto lío y tan poca disciplina ya no lo tiene claro nadie, sobre todo ellos. Tampoco viene a cuento compadecerse de Falcao por haber caído en este equipo que le provoca esa cara a mitad camino entre el agotamiento y la pena ya tan suya, ni pensar si Adrián volará pronto del Manzanares.

Casi ni merece la pena hablar del entrenador, pero la afición lo hace porque le da rabia. Al entrenador ya le conocíamos y nadie, o casi nadie, esperaba absolutamente nada de él. Mejor dicho, esperaba lo que espera de todos: unos cuantos partidos, unas cuantas ruedas de prensa algo chocantes, unos cambios destinados a que la gente crea que prepara los partidos, el fracaso tras varios bochornos, la destitución, el cheque, el silencio y la búsqueda de otro equipo. Por ese camino vamos. Manzano debutó en rueda de prensa diciendo que no era un incapaz, pero luego con el tiempo va haciendo cosas que a muchos les invita a pedir una nueva rueda de prensa sobre el tema. Empezó dando un aire diferente al equipo, que parecía querer tocar el balón, y en breve se acabó la vaina. Fue crecidito a Barcelona diciendo que miraría a los ojos al Barça, y volvió horas más tarde orejigacho y con aire de que ya sabía lo que iba a pasar, diciendo que al Barça sólo se le gana si sale con los suplentes. Le dio por las rotaciones y fue hundiendo al equipo, como todos esperábamos, sobre todo por unas apuestas en el centro del campo que sugieren que también Manzano debería estudiar Conocimiento del Medio y a Smokey Robinson. Como todos esperábamos, prescindió de la cantera, quitó a Domínguez un día sí y otro no, castigó a los que fallaban siempre que no tuvieran el pelo como una escarola. Cometió errores y errores que todo el mundo veía y terminó por sentar a Reyes, como casi todo el mundo habría hecho, y sacar a Adrián, al que el 100% de la grada veía como titular. Diez partidos tardó en darse cuenta de algo tan obvio y eso que entrena a diario, y aún así sacó pecho por hacer tarde y mal lo que todo el mundo veía como imprescindible. Mantuvo su tono de voz gris y adquirió un tono de piel púrpura que combina bien con sus dos modelos de gafas, de patilla blanca o roja; Manzano presume de gafas, como el mismísimo Alain Afflelou. Admitió sin rechistar que le impusieran un portero cedido con número mínimo de partidos a jugar y se brindó al paripé lanzando rumores malintencionados sobre Joel. Sorprendentemente, tras esta vergonzante rendición sin condiciones tuvo ayer un arranque de orgullo postizo para acusar a los jugadores, también culpables pero no menos que él, de no saber qué camiseta llevan. Para ello, olvidó convenientemente que llevar ese escudo y ocupar ese banquillo exigen también no aceptar imposiciones destinadas a engordar cuentas bancarias de alguno de por ahí al que el equipo le importa un pito.

Dicho todo esto, lo de Manzano es casi lo de menos. Manzano es un técnico dócil, de los que gustan en el Atleti, y aunque es presente ya está claro que en breve será pasado y que vendrá al final otro igual o mejor que Manzano, como ocurrió con Rosicky. Manzano hace lo que le dicen que haga y, como tiene gafas, la prensa lo reviste de mérito profesoral; la duda que tiene ahora la directiva es si el próximo entrenador debería llevar gafas o quizás sea mejor alguien con gran agudeza visual o incluso con un monóculo, por cambiar así de onda. Las gafas del próximo entrenador no son tan importantes, no es un tema tan grave, al final: el problema es otro, como bien sabemos todos.

Parte del problema, o una de las causas y a la vez consecuencia del problema, la definió bien ayer un afamado periodista en Twitter: en el Atleti, nadie se fía de nadie. Los jugadores no se fían del entrenador, al que ven como un peón de una partida que juega otro y en la que ellos pueden ser comidos, apartados, cedidos o traspasados en cualquier momento por motivos ajenos a su rendimiento o entrega. Por su parte, el entrenador no se fía de los jugadores, porque sabe que estos ven de qué va la fiesta gracias a tanto cambio aparentemente caprichoso y además van a lo suyo. Salvo la honrosa excepción de Domínguez, al que ayer se le vio con cabreo de hincha, el resto ven el Atleti como una etapa en la que, con la exigencia mínima, uno o bien se forra sin correr mucho y saliendo por las noches o se lo toma en serio, da el salto y se forra más en otra empresa, preferiblemente una en la que el símbolo no sea un mapache. Da igual si se gana o se pierde porque nadie le echará nada en cara. Lo que el jugador busca es pasar el trámite y, si sale un torito chico que embiste y no tiene peligro, lo intenta un poco a ver si así le hacen internacional y le ficha un equipo de más nombre, dejando dinero a la directiva y pasando él a otro nivel.

Ni jugadores ni entrenador se fían del director técnico, brazo ejecutor de la directiva que se ocupa de fichar producto con recorrido y fecha de caducidad lejana con perspectiva de encarecimiento; la pinta de Caminero, por cierto, tampoco invita a la confianza sino más bien a cambiarse de acera. Al Director Técnico le da igual si lo que ficha hace falta o si lo que hace falta es exactamente lo contrario, el criterio no es deportivo, es otro. Si el equipo podría hacer algo con un medio centro con físico y un lateral con el pubis en su sitio, da igual, no se atenderá a esas razones y se fichará a otro que sea negocio aunque no sea jugador de fútbol, sino de tute.

La espiral de desconfianza sube hasta la directiva, de la que ya no hablaremos porque el que a estas alturas se fie de ella tiene un importante problema o la cara más dura que el cemento. La directiva, por cierto, ya ha dicho lo de todos los años: a nosotros que no nos miren, que hemos hecho un equipo competitivo. Nadie del organigrama se fía de la directiva y sólo pretende contentarla, evitando el despido día a día, evitando el acceso de cólera, evitando ser elegido como chivo expiatorio por estar en mal sitio en mal momento, buscando el lugar gris que se buscaba en la mili para que no le eligieran a uno voluntario para las maniobras y así quedarse cómodamente en la cantina comiendo chuscos de pan con chocolate. A la afición le pasa tres cuartos de lo mismo: no se fía de la directiva, pero como tiene ya bastante con lo suyo, con la hipoteca y con no coger atasco, con su propio jefe en su propia empresa y con el novio nuevo de su hija, que lleva un pendiente, no hace nada y espera que lo haga otro; además, cuando se protesta, la prensa no siempre recoge la verdad y las protestas o bien se malinterpretan (cuando está clarísimo qué se quiere decir) o se minimizan hasta la ridiculización y se amortigua así su impacto. Que proteste otro.

Mira entonces la afición a la prensa, a ver si dice algo, y le pide actuar en nombre del oficio de periodista y de la sagrada verdad. Pero la prensa tampoco se fía de la afición porque la afición muestra su desconfianza hacia la prensa desde hace demasiado tiempo y además dice barbaridades en internet sobre la madre de los periodistas; estos, enfadados, dicen entonces que ahí se queda la afición faltona, conmigo que no cuenten, que les den pomada. La prensa quizás desconfíe de la directiva, pero como les necesita para tener entrevistas exclusivas y su jefe les exige más y más y más contenidos que nunca conseguirán siendo críticos con el Club, optan por vivir en el alambre cuando no por decantarse claramente por lo que la directiva quiere. Aquellos con menos escrúpulos, viendo que la afición reclama integridad y no siempre lo hace con educación mientras que la directiva invita a cordero, optan por la segunda sin demasiados reparos morales. Esta parte de la prensa justifica lo injustificable, lanza tinta de calamar cuando la cosa se pone fea, habla de las maravillas de la nueva caseta de obra de la Peineta, inaugurada ayer y que cuenta con aire acondicionado, taquilla de acero templado y persiana veneciana de gradulux. También interpreta de manera sorprendente los cánticos del Calderón. Cuando la grada grita Manzano vete ya, parte de la prensa llega a la asombrosa conclusión de que la grada está a favor de Reyes. Cuando la grada recuerda a Luis Aragonés y Simeone en la misma tacada, parte de la prensa afirma sin dudar que lo que la gente quiere únicamente es fútbol más aguerrido y no tanto toquecito. La prensa, que en su inmensa mayoría no es grada ni tiene ni idea de lo que piensa la grada porque jamás estuvo en la grada, interpreta los deseos de la grada según su criterio y, oh casualidad, las conclusiones que sacan suelen alejarse de la grada y acercarse al palco. Desde cabinas alejadas de los fondos, desde vuelos oficiales en compañía del equipo y la directiva, desde cenas navideñas en las que el Club regala una bufanda de forro polar con Indy bordado en dos colores, desde estudios de radio ajenos al frío del Calderón y a sus fétidos baños, parte de la prensa emite juicios dogmáticos y sentencias sin discusión sobre cosas que no conocen y que no quieren conocer, a pesar de que les sería fácil acercarse a la verdadera fuente de la opinión y enterarse de la verdad. Sólo algunos periodistas, aquellos que sí son grada, aquellos que sí entienden lo que pasa y a los que, a pesar de tener presiones y riesgos y vivir de esto el Atleti les duele, entienden lo que pasa; de éstos, algunos callan y otros no.

No será el que suscribe quien juzgue a cada uno, que cada uno tiene sus razones; eso sí, mientras tanto, esto se acaba y a cada uno le tocará hacer examen de conciencia. Algunos hacen lo que pueden, otros más de lo que pueden, otros no hacen nada aún pudiendo, todos somos responsables. El Atleti se acaba a la vez que se nos acaban las ganas de ir a disco-pubs a las 10 de la noche a pasar un bochorno y encima pagar la cuenta sabiendo que, al salir, los que se queden dentro levantarán las cejas, moverán la cabeza de lado a lado y dirán vaya tela, el equipo de esta gente, con lo que era. Cada vez nos gusta menos ver al Atleti, cada vez estamos más cansados, cada vez nos cuesta más ir al campo, leer los periódicos, hacer crónicas. Cada vez nos da más asco hacia dónde vamos y vemos más lejos de dónde venimos. Cada vez nos queda menos de ese equipo que nos hacía felices y desgraciados pero con el que nos identificábamos tanto. Nos queda lo que vivimos y alguna cosilla que viviremos si vuelve a sonar la flauta, como hace un par de años. Nos queda la personalidad de ese equipo distinto que nos llevaba a buscar una televisión en las islas Galápagos y el saber que mucha gente estupenda sigue siendo de un club que no le está a la altura. Nos queda que una charla sobre música y fútbol antes del soso concierto de Fountains of Wayne derive, como no podía ser de otra forma, en una conversación sobre el Atleti, sobre la final de Lyon, sobre el bigote de Arteche y el gol de Vieri, sobre los días en los que en el fondo sur primaba el ingenio sobre el puño americano. Nos queda que en esas ocasiones nos brillen los ojos y nos preguntemos cómo llegamos a este punto. Cada vez nos queda menos, pero, eso sí, lo que nos queda es nuestro y es inmenso y no nos lo quitarán nunca.

Ahora mismo, eso sí, lo que nos queda es un cabreo de mona. Y, todo esto, desde el optimismo. Tiene cojones la cosa.