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domingo, 25 de enero de 2015

De frío, visitantes y tortillas francesas


Como todo el mundo sabe en la capital, noche de sábado de enero en el Calderón equivale a pasar frío. No un frío siberiano ni un frío polar, no un frío mesetario ni un frío industrial, no un frío soriano ni como el que se siente en el resto de Madrid, no: un frío diferente, el frío del Calderón.

El Manzanares, que es un río chico y navegable a caballo (en frase atribuida a al menos cinco autores) no vale para el transporte de personas ni de mercancías, ni es una salida viable hasta el Tajo o el mar. El Manzanares, en su tramo madrileño, no tiene puerto ni nutre de pescado fresco a los mercados del centro ni tiene un ecosistema delicado en el que se reproduzcan el martín pescador, la garza imperial, la nutria común, el desmán pirenaico o la salamandra de Gredos; como mucho da de comer porquerías a gaviotas y cormoranes y algún que otro pájaro inmigrante marinero que llegó a la capital remontando ríos y arroyos y se quedó para poder ver desde arriba los partidos de Arda Turan, como esa bandada de aves no identificadas que ayer sobrevolaban los alrededores del estadio, iluminadas por los focos, blancas blanquísimas sobre el fondo negro negrísimo del cielo del Calderón.

El Manzanares, pues, no es un río de renombre ni una fuente de inspiración para poetas y cronistas de la Corte ni un ejemplo de curso fluvial sostenible. Pero el Manzanares, chiquitajo y sucio, con el curso cortado por presas y represas y saltitos de agua que no dan ni para encender una bombilla de bajo consumo, es el orgulloso inventor y titular de la patente de un frío endémico, un frío especial, un frío que sólo conocemos los que pasamos las noches al relente, sentaditos en la orilla viendo el fútbol. Un frío suyo y sólo suyo, característico, inesperado, un frío propio. Un frío denominación de origen, un frío de interés turístico regional, un frío con personalidad propia y la suficiente mala baba como para acabar con el más recio de los que desafían al frío (excepto, claro está, Raúl García y su manga corta).

El frío del Calderón es un frío que engaña. Cuando el aficionado novato va al Calderón y se le avisa del frío tan grande que hace allí, tiende a abrigarse la mar de bien y llegar al estadio inflado cual orca playera, forrado, redondo. El aficionado novato siente que quizás se abrigó demasiado cuando, al entrar al campo a eso de las ocho de la tarde, ni el aire le corta la cara ni las yemas de los dedos pierden sensibilidad, pero sospecha de que algo raro ocurre cuando ve a los más expertos del lugar llevando mantitas, gorros, guantes gordos y petaca.

No obstante, el novato se ha forrado de capas y capas térmicas antes de salir de casa y su primer ratito en la grada es, por caluroso, hasta molesto. Ahí empieza el error y ahí empieza la misión del frío del Calderón. El aficionado novato, seguro de sí mismo, empieza a pensar si no se equivocó al ponerse calzoncillos largos, camiseta pegaíta y un jersey de lana que pica una barbaridad. Ufano, casi desafiante, empieza a abrirse el cuello del gabán y a mirar con desdén al resto de la grada, que permanece inmóvil, conservando cada caloría cerca del pecho con el celo del que conserva la condecoración del abuelo. Error: el hincha colchonero de grada y petaca sabe que, en el Calderón, caloría que se pierde es caloría que no se recupera y que el frío del Calderón que acecha, que al principio parece moderado y amable, acaba siendo letal cuando quedan veinte minutos de partido.

El frío del Calderón es durante los primeros minutos un frío poco amenazante, un frío bajito y con gafas, un frío con aspecto de ordenanza de ministerio antiguo o de funcionario de correos de oficina de capital de provincia castellana. Pero, ay del que se confíe, igual que ay del que se envalentone con los bajitos que se meten en las peleas de bar. Porque el frío del Calderón, sibilino y metódico, deja que los novatos se vengan arriba y se quiten la bufanda para, poco a poco, meterse por costuras y rendijas hasta llevar el relente hasta la rabadilla del visitante, facilitando el desembarco del virus de la gripe, su gran amigo del alma. El frío del Calderón, poquito a poco, se va haciendo con todos y cada uno de los asistentes, empezando por el inglés que vino de despedida de soltero en camiseta y chanclas y pensó que en Madrid todo es sol y sangría, y terminando por el aficionado más experimentado que ese día, por error, dejó pasar una mínima cuchilla de aire por la zona del cuello y terminó con una contractura de esas que sólo quita un fisioterapeuta dándole a uno una paliza.

Si el Club tuviera ojo comercial más allá de que quedarse con las comisiones que generan los traspasos, harían del frío del Calderón un reclamo comercial, embotellando dosis de ese frío único para vender a propios y extraños. El frío del Calderón, con sello de autenticidad y garantía de respeto al medioambiente en su recolección, podría venderse en tarros de medio y un litro, con propiedades más allá de las medicinales.

“¿Quiere Vd evitar ir a esa reunión de trabajo en la que le van a poner como un trapo y bajarle el sueldo? ¿No le apetece ir a la Comunión de ese niño odioso del vecino de arriba que pasa la hora de la siesta tirando lo que parecen canicas sobre la zona de su sofá? ¿No encuentra manera de evitar acudir a la barbacoa del pelma de su cuñao? Frío del Calderón® le garantiza una gripe monumental en tan sólo dos horas. 
Instrucciones de uso: abra el bote de Frío del Calderón® en la habitación y deje actuar dos horas. A pesar de que al principio le parecerá que no es para tanto, no lo dude: a la mañana siguiente tendrá Vd varias décimas de fiebre, la garganta hecha un asco y la voz como Pepe Isbert.

Frío del Calderón® … ¡Sus muertos, qué frío!”

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Jugaba el Rayo en el Calderón y en toda la zona del fondo Norte en la que se sitúa la afición visitante, no había ni un alma. Sí se veían algunas bufandas del Rayo por las gradas, posiblemente menos que aficionados visitantes, algunos probablemente incómodos a la hora de llevar distintivos tras los horribles acontecimientos recientes y por tanto inclinados a dejar la bufanda en casa para evitar situaciones desagradables. Una pena, una verdadera pena, sobre todo cuando hablamos de ese equipo admirable que cuida de sus vecinos y ex-jugadores, todo un ejemplo, un orgullo.

Las peñas del Rayo decidieron no ir al Calderón ante las medidas impuestas a los visitantes: sólo se permitía entrar (entendemos que a la zona visitante, no a cualquier otra localidad de libre venta) a los abonados identificados como tales que hubieran comprado su entrada a través del Club. Este exceso de celo, interpretado como criminalización general, venía (intuimos) causado por la voluntad de la Policía de evitar cualquier tipo de situación peligrosa, vistos los antecedentes recientes.

Que hay que hacer algo contra la violencia en el fútbol es indiscutible; de hecho, es algo que muchos venimos reclamando desde hace años. Que las medidas encaminadas a prohibir casi todo resultan exageradas tras años de indiferencia total también parece evidente: es complicado pedir ahora a los hinchas un rigor total en lo que dicen y lo que hacen cuando desde hace años los clubes jalean a los más bestias y las autoridades miran hacia otro lado cuando las cosas han pasado de lo razonable, sin que pase nada.

No es de recibo que uno no pueda ir tranquilamente al fútbol, a su campo o el del rival; tampoco es de recibo, piensa uno, que la afición del Rayo, cuyo campo está a pocos kilómetros del Calderón y con la que siempre ha habido un vínculo de simpatía y de respeto (hasta que los grupos más radicales decidieron odiarse por motivos políticos, sin preguntarle a nadie más de la grada), no quiera acudir al estadio del Atleti. Que la solución no es fácil parece claro; que actuar a la tremenda y por las bravas una vez ha ocurrido una desgracia parece una solución excesivamente simple para un problema complejo.

La situación vivida ayer en un Calderón sin vecinos no es buena. Sirva pues como punto de reflexión para aquellos que tengan la responsabilidad de buscar una solución viable que permita a la gente ir al fútbol sin miedo pero sin estigmas; sirva también de reflexión, si es que es posible, para aquellos que han causado esta situación absurda gracias a una forma equivocada y salvaje de entender el amor a unos colores, los mismos que comparten las aficiones que ahora se ven perjudicadas por sus lamentables actos. Sirva también de reflexión, por cierto, para aquellos partidarios de las medidas ejemplificantes, tan fáciles de imponer a las aficiones y tan escasas en el caso de ciertos clubes y jugadores.
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Salió el Atleti al campo con un equipo interesante, por lo distinto, y salió el Rayo vestido raro, como de equipo de fuera, como de equipo sueco, o checo o hasta francés. Con franja diagonal, sí, pero azul oscura sobre fondo azul más claro: una camiseta rara, oiga, para qué vamos a ocultarlo.

Del partido en general, jugado bajo una media luna turca que flotaba sobre tribuna en honor a Arda Turán y que fue bueno a ratos, malete otros y muy bueno a fogonazos, destacan tres nombres: uno por desesperante, otro por desconcertante y el último por deslumbrante.

El desesperante del partido fue, nuevamente, Siqueira. Siqueira, que tiene velocidad, regate de fútbol sala y fuerza como para ser un buen jugador de fútbol, sigue empeñado en convencer a la grada - que ya se refiere a él como “Chorlito” Siqueira - de que cuando coge el balón es mejor taparse los ojos e invocar a un Santo afín. Con demasiada frecuencia, Siqueira recibe un balón y se lanza al galope banda adelante hacia campo rival con la determinación del lemming que va corriendo al abismo. Siqueira lanza una patada a seguir, acelera, lanza otra y entra sin posibilidad ya de enmienda en territorio hostil; pierde entonces el balón por pura inocencia, se monta un contraataque y Siqueira corre de nuevo, esta vez en dirección a la portería propia entre las maldiciones de la grada y las voces de los mediocentros, que se acuerdan de buena parte de su familia materna. Siqueira tiende a tomar malas decisiones y ello conlleva la obsesión del Atleti por jugar por la banda derecha, alejando el balón de la zona del pobre Siqueira, que levanta la mano y pide el balón, aquí, aquí, sin que nadie se atreva a pasársela no sea que le dé una vez más por salir corriendo, echar la bola hacia delante y provocar una contra plácida para el visitante. Mientras, Siqueira, que no se entera de mucho, sigue jugando el partido con esa cara de ir buscando el baño de caballeros en restaurante desconocido que le delata jugada tras jugada, una cara que ayer, a ratos, pareció compartir un despistadísimo Juanfran.

Quienes han visto a Siqueira en el Granada y el Benfica no se explican esta dinámica de despiste general en la que se ha metido el brasileño y hay hasta quien sospecha que la razón de su ofuscamiento puede ser la posesión de su ser por un genio maligno, a la manera de Descartes, que ha confundido la razón de Siqueira y le ha transferido las características futbolísticas de Diego Capel. Ayer incluso hubo quien creyó ver el espíritu negativo que nubla la razón de Siqueira abandonando su cuerpo y campando a sus anchas por la banda izquierda, aunque luego se diera cuenta de que lo que flotaba por el césped era en realidad una gran bolsa de basura de color gris plomo que Dios sabe cómo llegó al sagrado césped del Calderón.

El desconcertante de guardia fue ayer, como en los últimos partidos, Mario Suárez. Mario Suárez, que casi no ha jugado y que cuando lo hizo a primeros de temporada mostró cierta indolencia, cierta falta de concentración y en ocasiones cierta chulería, lleva unos partidos jugando francamente bien. Lo hizo muy bien en el campo del otro equipo grande de la capital y lo hizo bien en Barcelona; contra el Granada tuvo ratos de despiste marca de la casa y contra el Rayo, ayer, estuvo a un nivel alto, ayudando y bien a Tiago y Gabi tanto en la salida a la presión como en la marca de la zona. Tuvo algún pase al contrario de esos tan suyos y tuvo también un destello de estrella, tirando un túnel en el centro del campo, llevándose el balón por potencia y metiendo un pase en profundidad, fuerte y adelantado, de los que solo meten los buenos jugadores. Estos destellos de calidad y fuerza hacen desesperarse al aficionado, que no comprende cómo un jugador capaz de estas cosas cae sin embargo en esos letargos de indolencia y provocación, en esas fases de falta de concentración y apariencia de superioridad arrogante, en esos malos partidos, en definitiva.

El deslumbrante del partido, por último, fue Griezmann. En un partido en el que Miranda demostró que su forma de meter el cuerpo para proteger el balón es digna de una cátedra en Harvard, en el que Trahorras metió un golazo colocando un baloncito junto al palo con la delicadeza y precisión de un cirujano ocular y en el que Arda Turan volvió a brillar casi tanto como la luna turca que ayer vigilaba Madrid, Griezmann se llevó los laureles con toda justicia.

Griezmann firmó una primera media hora antológica en la que no paró de moverse, correr y presionar con ese trote suyo flotante, como de puntillas, con esa pinta de Crispín, el amigo del Capitán Trueno. Bajo esa apariencia de espadachín de salón afrancesado, Griezmann hizo kilómetros facilitando la presión, robó balones (como el de su primer gol, fantástico por listo y por buena definición) y buscó los espacios con inteligencia (como en el segundo, de nuevo con una definición perfecta tras un pase en profundidad con la cabeza del peleón y a ratos muy acertado Mandzukic). Griezmann hizo ayer su partido más completo, más aún que el de Bilbao, gracias a su continua movilidad y participación, mostrando por fin la cara del Griezmann que queremos y necesitamos, del delantero llamado a marcar la diferencia cuando combine con Manzukic y su constante pelea o con Torres, con quien parece disfrutar cuando la media roba un balón y se lanzan los dos a la carrera hacia la portería rival. No contento con sus dos golazos del primer tiempo, pasado el minuto ochenta Griezmann siguió mostrando ganas y sobre todo gasolina, lanzando dos contras con el baloncito pegado al pie a velocidad de primer tiempo, una con pase a Torres y buena intervención del portero rival ante un regate que quizás pudo ser mejor y otra en un poste que le privó del hat-trick.

Pasadas las remontadas épicas rivales que luego resultó que no pretendían llegar a buen fin porque lo que les gusta es descansar, pasado el partido de Copa en Barcelona que terminó peor de lo que debería, pasados ya los partidos de la primera vuelta, el Atleti sigue mostrando perfil de equipo grande. Con la necesidad de dar descanso a algunos jugadores de la media,  con la alegría de tener 3 centrales de categoría y dudas en el lateral izquierdo (pongamos velas para la pronta recuperación de Ansaldi) y unas variantes en ataque que hace tiempo que no se veían, el Atleti empieza la segunda vuelta, la más determinante, la que viene cargada de partidos. Y lo hace bien, quizás sin deslumbrar, quizás con algunas leves sombras pero con una luz general a la que, Dios bendiga al Cholo Simeone, nos estamos acostumbrando.

lunes, 16 de abril de 2012

Campeón por la mañana, segundón de noche

El Rugby Atleti ganó la liga y subió de categoría mientras que el Atleti ganaba un partido y bajaba un par de escalones más; cosas de la asimetría.


En mañana soleada con amenaza de lluvia primero y de inundación etílica después, se concentró en el campo de Orcasitas, conocido por algunos Comunale y desde ayer también como Descomunale, unos cuantos cientos de aficionados con bufandas rojiblancas y algunas verde y oro. El número exacto no lo conocemos a ciencia cierta y además en todo caso llegaría luego el Delegado del Gobierno y lo reduciría a la mitad, pero lo que sí sabemos es que la concentración de aficionados hizo verdad aquello que algunos creímos ver en el Retiro hace unos años, en el debut en papel, letra Arial y tinta del Atlético Club de Socios.

El por qué de la concentración, si bien no el número, sí que estaba claro: el Rugby Atleti se jugaba el ascenso a Primera Regional madrileña tras sólo tres añitos compitiendo, jugándose las habichuelas contra Hercesa, rival duro y con enjundia de esos que, ganando o perdiendo, sirven para ponerle a uno en su sitio. Y tanta gente apareció y tanta era la expectación y tanta era quizás la presión y tan duro era el rival que al principio del partido se notó al Rugby Atleti más nervioso que otras veces, con fallos a la mano al acercarse a la línea de ensayo rival, sufriendo en las touches. El Rugby Atleti podía perder hasta por 7 puntos para ganarse el ascenso, pero como Dios manda y exigen las rayas rojiblancas, se quería ganar y no especular, se quería dar una alegría a la parroquia desplazada y por tanto la presión era aún mayor. Uno, que ha jugado a fútbol y rugby a un nivel sonrojante pero en ocasiones ante multitudes ruidosas, conoce el nervio en el estómago al salir a un campo lleno de gente que espera algo de uno, el escalofrío que recorre la espalda antes de entrar en calor, el ansia porque llegue el primer balón, todo salga bien y así poder uno dedicarse a hacer su trabajo para ayudar al equipo, esa misión sagrada de los jugadores de rugby y de fútbol, por más que muchos de los segundos nunca lo hayan entendido. Por todo ello al que suscribe, además de una envidia horrorosa, lo que los jugadores del Rugby Atleti le transmiten es un respeto y un agradecimiento enorme, tan grande como todo el pack de delanteros tras un tercer tiempo rico en carbohidratos.

El partido era duro y difícil de jugar, el rival era duro y sabía jugar. Hercesa placó mucho y bien, defendió cerca y con ganas, dejando pocas opciones al juego a la mano. Intentar jugar en 22 de Hercesa era un tormento aún mayor que intentar llegar a él y las cosas eran complicadas incluso en situaciones ventajosas. Pero en esas situaciones difíciles siempre se oye la voz de los suplentes y de los lesionados, de los no convocados, de las chicas del equipo femenino, se oye a Manu pegando un grito con gallo incluido dando ánimos al que viene de llevarse un golpe, gritando el nombre del que acaba de ganar metros, grande Fulano, grande Mengano, esos gritos que le hacen al recién llegado entender que eso no es un solo un equipo, que ahí hay mucho más que quince tipos con protector dental y cara de pocos amigos.

Ensayó Hercesa y ensayó de nuevo, ensayó y transformó el Atleti al principio del segundo tiempo y con ese resultado el equipo estaba arriba, subía de división, cumplía el objetivo aunque no ganara. Nunca en una banda se había pedido tanto la hora, nunca - fuera de Suiza, pero allí por otras razones - se maldijo tanto la ausencia de un reloj gigante marcando el tiempo. Y cuando la gente, entre ella algún ilustre visitante con nombre latino de tribuno rojiblanco, hacía cábalas y cálculos y miraba el sol calculando el azimut para intentar saber cuánto quedaba, volvió a ensayar Hercesa y el Atleti se quedaba fuera del ascenso. En la semana del derbi, con el Estudiantes convulsionando al lado de la pecera en espera de que alguien le vuelva a meter en aguas profundas de la ACB y respirar tranquilo, parecía demasiado duro ahogarse de nuevo en la orilla y así lo vieron algunos. A falta de cuatro minutos hubo un conato de lanzamiento de toalla en la grada que si lo oye Agustina de Aragón da un pescozón a su paisano; al momento de debilidad le siguió algún recordatorio de que, hasta que el árbitro no pite, a veces las rayas juegan solas contra cualquier pensamiento oscuro. Tomen nota, oiga.

Y ocurrió, y algunos estuvimos ahí y nos acordaremos toda la vida. Con el tiempo casi cumplido, y desde la banda opuesta, vimos que Dani recibió un balón. Vimos cómo tiraba un contrapié cerca de la línea de fuera y luego vimos la maraña de jugadores propios y ajenos que se acercaban e impedían la visión clara. Durante una fracción de segundo no vimos nada y luego volvimos a ver a Dani con el balón, sacándola limpia, corriendo en paralelo a la línea de fuera por una superficie no más ancha que un raíl de tren, dejando rivales atrás y viendo acercarse la línea de ensayo. No me lo creo, se oía, no me lo puedo creer, la tiene, la tiene, va a llegar, no puede ser, es demasiado bonito. Cuarenta y cinco o cincuenta metros de carrera en el último suspiro del partido con el balón agarrado con la fe del que lleva a su hijo en brazos huyendo del incendio, unos pocos segundos a cámara lenta como en los dibujos animados japoneses, con la gente vitoreando fotograma a fotograma y gritando muy despacito, con los gestos ralentizados, los pájaros parados en el aire y las tortillas del Salem suspendiéndose en el aire al ser volteadas.

- La tortilla se ha quedado parada en el aire, como suspendida
- No digas tonterías
- Que sí, la he lanzado y se ha quedado flotando en el aire un par de segundos, como volando, a cámara lenta
- Ah, bueno, ocurre con algunos ensayos. Eso es que hemos ascendido.
- Será eso. Entonces … ¿hago dos más?

El Rugby Atleti ascendió en el último segundo, y si escribimos el guión nos lo tiran atrás por demasiado lacrimógeno y exagerado, pero fue así. Se lo cuenta el que suscribe como puede, con la tarea de narrar algo casi increíble, y además casi solo ante el peligro dada la ausencia a última hora de cronistas más fidedignos, a riesgo pues de quedar servidor de Vds como exagerado y embustero.

El Rugby Atleti se proclamó campeón 58 años después y el que suscribe estuvo ahí y tuvo la suerte de verlo en directo. Después vinieron los abrazos y los gritos y las fotos y las jarras de cerveza y el estupendo baño de cava, obsequio caballeroso y salao del rival en calzoncillos, venido directamente de su vestuario. Antes vinieron horas y horas de entrenamiento, carreras, flexiones y órdenes de equipo, terceros tiempos y cuartos menguantes, gritos de los entrenadores, fracturas, contusiones y narices hinchadas. Ahora vendrá el interés renovado de algunos y el abrir de ojos de otros, antes ya estuvo el seguimiento leal y continuo, el ayudar en lo que se puede y como se puede, la venta de calendarios y camisetas, las fiestas, la búsqueda de patrocinadores, los partidos a bajo cero. Sin lo de antes, nada de lo de ahora sería posible. Sin lo de ahora, no estaríamos tan contentos y tan orgullosos.

Enhorabuena y gracias a todos, ellos saben bien quién son. Bienvenidos los que desde ahora se interesen por un proyecto precioso que empieza a ser algo serio, se necesita más gente. Bienaventurados los que estuvieron allí, porque de ellos será el alegrón del año. Y para todos, está claro: Aúpa Atleti.

Nota: el cronista reconoce ciertas licencias literarias en el texto que precede. Algunos de los pasajes pueden haber ocurrido de forma algo diferente en realidad a excepción, claro está, de lo de las tortillas.

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Como gris contrapunto a la brillantez de la mañana en rojo y blanco, salió el Atleti vestido de azul al césped verde del estadio de Vallecas y ganó un partido marrón oscuro. Uno, que ha ido mucho a ese estadio cuando los partidos eran por la mañana y con la entrada regalaban un single en bolsa amarilla de Discoplay, esperaba que ese partido fuera a las doce, como viene siendo casi habitual en el calendario del Atleti. No fue así, alabada sea la LFP, y por tanto pudimos ver en domingo ambos Atletis, esto es, el de rugby, que no cobra pero corre y suda, y el de fútbol profesional, que cobra mucho pero corre lo justo.

Jugó el Atleti un partido plomizo y tristón que acabó ganando, sí, pero que acabó también desesperando a la parroquia. Tras la derrota contra el vecino más odioso del planeta quedaba un partido en teoría más asequible contra un vecino que era más simpático antes, cuando uno iba al estadio. Ahora, cosas de la política, del fútbol de ahora y de los medios de comunicación, se insulta al Atleti en un estadio en el que tradicionalmente el Atleti tenía multitud de seguidores en las gradas y un alto grado de complicidad ambiente. Algo habrá hecho mal el Atleti para que ocurran estas cosas, algo habremos hecho mal los del Atleti para que ocurran estas cosas. Algo habrán hecho mal los del resto de equipos también, así como las radios, periódicos y productores de cine para que el Atleti y los del Atleti, como los de casi todos los equipos, seamos peor recibidos que nunca en estadios que nunca fueron hostiles. Qué cosas, oiga, qué cosas.

Salió el Atleti de Simeone al campo y resultó ser el Atleti de Manzano. Triste y soso, sin presión ni conducción ni talento, el Atleti se volvió a parecer al Atleti de hace unos meses, con lo que los escépticos con Simeone llenaron un saco y medio de argumentos para sostener que hemos vuelto a la casilla de salida. Salvo que el Atleti acabó ganando, poco hay que oponer a los que pintan ahora a Simeone con gafas de pasta roja y acento de Jaén, metamorfosis que, además de imposible, es desasosegante en extremo. El Atleti fuera de casa espera y espera a ver si roba un balón y solucionan Adrián y Falcao, ya no presiona arriba ni juega rápido ni se va a buscarle las cosquillas al rival que inicia el juego. El cambio que trajo Simeone se desvanece como se desvaneció la apuesta por el toque y la salida rápida manzanera de principio de temporada y todo apunta, un año más, a la plantilla contrahecha del equipo como causa fundamental para este Atleti sin espíritu ni ideas ni posibilidad de imponer su juego con continuidad. El Atleti, con algún jugador de relumbrón, jugaba contra un Rayo Vallecano sin tres cedidos colchoneros que no jugaron por contrato y varios titulares más que no jugaron por lesión. Aún así, el equipo se mostró espeso como el puré de guisantes y empanado como la milanesa argentina, soso como la tapioca y ni frío ni calor, como las ensaladas templadas de rúcula, viera y bogavante sobre cama-nido de chanquete lechal y almohada cervical de tofu. Lo que viene siendo un mamarracho, vaya.

El Atleti salió cambiado, sin Gabi, últimamente menos en forma que durante los primeros partidos de la era Simeone, y sin Godín, artífice de dos sonados petardos en las últimas jornadas. Tampoco salió Arda, talentoso jugador turco con querencia a la desaparición y la anarquía, virtudes que son poco del agrado del entrenador. Jugaron en su lugar Domínguez, que estuvo soso, Mario, que estuvo Mario, y Salvio, que estuvo Salvio. En defensa sólo Juanfran mostró algo de interés, Miranda mostró una querencia importante al pelotazo y Filipe Luis Filipe hizo menos de lo que uno espera de él, como es habitual. En la media Mario y Tiago confirmaron que están poco dotados para recuperar balones, levantar la cabeza y armar el juego tras la recuperación, que no son pareja de mediocentros para un equipo que quiere hacer un fútbol aguerrido y de presión, sino como mucho una buena collera de azafatos para El Precio Justo. A su lado, Movilla lució con el brillo de su calva pulida y más de uno se preguntó cómo es que Movilla nunca valió para el Atleti y de dónde salió buena parte de la panda de inútiles que le sucedieron en el puesto. Confirmada pues su naturaleza melosa y sensiblona poco apta para el medio campo, uno se atreve a sugerir que Mario y Tiago, Tiago y Mario formen (sobre todo si Tiago se tiñe de rubio) un dúo melódico y se dedique a cantar canciones en falsete en el lobby de un hotel con hilo musical en las habitaciones. Esto es solo una sugerencia, pero más de un manager estaría interesado, creo yo, en el caso de que se les uniera Filipe Luis Filipe con traje palabra de honor de lentejuela blanca, sugerentemente tumbado sobre un piano de cola.

Casi nadie destacó en el Atleti feúcho que jugó en Vallecas, por más que Diego intentara ponerle cabeza al equipo y Adrián intentara alguna que otra monería. Dos destacados, dos, por aquello de ser justo. El primero, Courtois, portero del Chelsea que se foguea en el Atleti para bochorno de la historia. Courtois está haciendo una buena temporada pero ha temblado en partidos grandes, sobre todo el derbi. Contra el Rayo Courtois salvó los puntos, de igual forma que contribuyó a perderlos contra el otro equipo grande de la capital. Imaginamos que a Courtois le vino bien el partido de ayer para recuperar confianza y protagonismo, seguridad en sí mismo y en sus reflejos. Nos alegramos por él.

El otro destacado, una vez más, fue Falcao. Falcao falló un remate que pareció fácil y que hubiera supuesto el cero dos, y antes metió un buen gol aprovechando un par de errores de un rival que falló poco. Falcao es torpón y poco vistoso, es toscote y no es un portento físico, se aturulla fuera del área y tiene fallos garrafales en algunos balones fáciles. Y aún así, a uno le parece un delantero centro como la copa de un pino piñonero. No sólo por sus veintidós goles en un equipo que no juega a casi nada ni por su portentoso salto y remate imposible de cabeza, sino sobre todo por esa fe, ese trabajo incansable. Falcao, honrado como pocos y noble como casi ninguno, corre, pelea, se muestra siempre y siempre ayuda. Baja hasta donde no debe con tal de echar un cable, salta entre centrales enormes jugándose las cejas y la mandíbula, fija al que sale con el balón jugado y permite al resto del equipo mantener las posiciones y el sitio a costa de recorrer infructuosamente kilómetros y kilómetros. Puede que Falcao no valga el dinero que se pagó por él, o puede que sí; pero lo que está claro es que el precio no se lo puso él y por tanto no es él el responsable del desembolso. Él es responsable de trabajar, ayudar, intentarlo y marcar y en eso cumple con creces. Ojalá su ejemplo lo siguieran más.

El Atleti, sobre todo fuera de casa, se parece cada vez menos al Atleti de ritmo alto y mandíbula apretada de los primeros partidos de Simeone. Aún así, ayer ganó y aprovechó, por una vez, los derrapes y fallos de equipos con los que se debería disputar la entrada en Europa, aunque sea por la puerta falsa. No parece que el Atleti, que como mucho ha sido sexto esta temporada, se merezca un premio mayor que la Europa League; aún así, todavía es posible la Champions. Vista la temporada hasta ahora, la entrada en Champions sería un premio excesivo y quizás el preludio de un batacazo importante si no se mejora notablemente la plantilla. Conociendo el percal como lo conocemos, lo dudamos. Por ahora, a ver el jueves.