jueves, 26 de octubre de 2006

Malos negocios, malas ideas


Capítulo Uno: La mala idea

Lo triste de mi mala idea es que vino a sustituir a una buena que había incubado unos días antes. Desde que el Club me envió un sms diciendo que tenía que activar mi abono para pagar "sólo" unos cuantos euros para ver un partido de dieciseisavos de final de Copa del Rey contra el Levante, para más inri en martes lluvioso, tuve claro que no iba. Y no iba por principios, por no ser partícipe una vez más del timo de esta directiva que cobra a los socios por todo, hasta por entrar en el museo sobre la leyenda que los propios socios, y no los actuales directivos, contribuyeron a forjar. No iba a ir, ofendido por que ya está bien de que no sólo no nos den alegrías sino que encima nos cobren por hacernos pasar un bochorno. No era un tema de dinero, ni de pereza, ni de lluvia, ni de atasco, que de esos hemos pasado muchos. Era un tema, ya lo he dicho, de principios.

Pero hete aquí que ese gen rojiblanco que algunos tenemos y que, dicen, mirado por un microscopio tiene forma de mosca, empezó a rondar mi voluntad con la insistencia de un mariachi... ¿Vas a dejar de ir a un partido del Atleti en casa? ¿y si el Niño y Agüero se salen? ¿y si golean? ¿y la cerveza de antes? ¿y los amigos de la grada?... En pleno debate interno llegó el golpe de gracia: llamada de un amigo que no puede ir al campo los domingos por motivos laborales: que si vas, que cómo que no, que anda no me digas que te has hecho un comodón. Para qué queremos más. Me dirigí al banco más cercano, cambié mis principios por unos cuantos euros y al campo que me fui en medio de una de esas noches que le invitan a uno brindar con caldo de pollo en honor del inventor del gore-tex. Y encima de pago, como un Pepe.

Lo que allí dentro pasó creo que ya lo saben o al menos se lo imaginan. Frío, aburrimiento, lluvia, caras conocidas cuyas miradas se cruzan como diciendo "si no dices nada, yo tampoco diré que te ví aquí", asientos sucísimos e inundados (por cierto, a ver si el Club limpia la grada de vez en cuando) impotencia, desesperación, enfado y dos bolsas de pipas. De fútbol, nada; de garra, nada; de vergüenza, poca; de detalles, alguno de Torres, Agüero y Jurado, aunque insuficientes; de esperanza, cada vez menos. Naturalmente, las desgracias nunca llegan solas y un servidor no sólo venía ya tocado en su ánimo de una junta de vecinos, sino que antes de volver a casa tuvo que sacar su moto entre una multitud de mesas camillas mutiladas y tresillos desahuciados: en efecto, el Ayuntamiento, pertinaz en su cruzada contra el aficionado rojiblanco, organiza en días de partido turnos de recogida de muebles viejos. Vamos que a las obras que rodean el campo le añaden deshechos domésticos. Gracias, oiga.

Un solo rayo de esperanza y decencia: aprovechando quizás la ausencia del personal de seguridad, ocupado en leer las instrucciones del brasero, un grupo de aficionados pudo por fin colgar una pancarta con su opinión, y con la de la inmensa mayoría de la parroquia colchonera: "Peineta NO". Alguien del palco debió verlo y debió exigir a su guardia pretoriana que acabase con ese intolerable ejemplo de libertad de expresión. Aún así, muchos leímos lo que pensamos precisamente allí donde hay que decirlo, aunque no lo permitan.

Capítulo Dos: El mal negocio

Ayer se puede decir que hice un mal negocio. Me gasté una buena cantidad de dinero en un espectáculo lamentable, que vi sentado sobre un asiento sucio. Pasé frío, me mojé y además me dejaron claro que en ese estadio que yo y mis amigos, familiares y correligionarios hemos pagado durante años con nuestras cuotas de socio no se nos permite decir lo que pensamos. El equipo perdió contra un equipo ramplón (con todos los respetos) y mis esperanzas en al menos una final de Copa digna se desvanecieron por un sumidero lleno de cáscaras de pipa que datan de antes del Doblete.

Y, fíjense, esto no me importó, por la sencilla razón de que no mido mi participación en la trayectoria del Atleti en términos de rentabilidad. Voy al fútbol porque me gusta (o me gustaba), porque siento cosas, porque llevo haciéndolo desde hace muchos años y lo llevo dentro. No es el primer miércoles lluvioso con disgusto rojiblanco añadido, no es el primer constipado post-derrota. He gastado mucho dinero en temporadas aciagas, he perdido mucho tiempo en viajes para ver un partido malo. Pero daba igual, era el Atleti, eran mis amigos los que venían conmigo, era mi abuelo el que se alegraba si ganábamos.

Ayer las cosas fueron un poco distintas. Mientras veía el soporífero segundo tiempo y recordaba cómo eran las cosas antes de la Primera Glaciación o período Gilásico, pensaba en la paradoja que supone que este Club que tan dentro llevamos los que no lo medimos en términos de negocio sea propiedad, al menos nominal, de gente que precisamente sólo lo mide en esos términos. Que esté a merced de unos directivos dispuestos a privar al equipo del apoyo de la grada por recolectar unos míseros euros, por unas pocas entradas. Dispuestos a irritar y ofender a los socios, a tirar un torneo tan bonito como la Copa y a sembrar de dudas un proyecto deportivo por treinta monedas. Mientras por nuestra cabeza pasan las sensaciones encontradas de tantos años en rojo y blanco, por las suyas sólo pasa el rojo del ladrillo, el negro de la tinta de la valoración del solar sobre el que se encuentra el Estadio Vicente Calderón.

1 comentario:

José Ramón dijo...

No se puede explicar mejor.

Siempre acabo yendo.

Y pase lo que pase, acabo volviendo