miércoles, 4 de octubre de 2006

Reflexiones sobre un post-derbi paradójico

El domingo vio un servidor un partido de fútbol y a partir del lunes lo único que vio fueron montones de árboles tapando un bosque. El fútbol, algo sencillo, se convierte a veces en algo complicado y artificioso; normalmente es así cuando conviene desviar la atención...



Miércoles, tres días después del Atleti-Madrid. Tras dos jornadas en las que ha sido necesario apartar la maleza informativa a golpe de machete, consigo volver a ver claro lo que tan claro me pareció el domingo. Hasta hoy les reconozco que, con tanta seguridad como destilan ciertos medios a la hora de valorar la realidad, uno había llegado a dudar si había visto otro partido, o si se había equivocado de gafas, o si se le había olvidado lo poco que sabe de este deporte que muchos llaman furgo. Hoy, recobrada la seguridad en mí mismo y convencido de que sigo con las mismas dioptrías, les expongo, por partes, cómo vio un servidor lo del domingo. Y les anticipo que lo vi bien…

El partido. A mi me gustó. Hacía tiempo que los derbis no acababan a los diez minutos por una expulsión o un penalti, o esa sensación tenía yo últimamente. Éste fue un partido de 90 minutos, con un buen Atleti que recordaba al equipo de los años en que éramos un club de fútbol y no el nombre comercial de una empresa mal gestionada. Ahora hay mejores futbolistas y un entrenador con criterio, y, claro, las cosas van mejor.¡Fíjense qué fácil era! Bastaba con comprar jugadores medio buenos, aunque no dejaran excesivas comisiones, para que el equipo mejorara… ¿habrán tomado nota los que se sientan en el palco? ¿sacarán alguna conclusión? ¿les conviene hacerlo?... esto... ¿¿verían el partido??

Las crónicas. Cree un servidor que con algo de puntería y fortuna, el Atleti habría ganado merecidamente y con algo de holgura. Esto no me había quedado claro hasta que decidí ser fiel a mi sentido de la vista. En efecto, en las crónicas de los lunes y en los desayunos de las oficinas no se hablaba de que van Nistelrooy no está en su mejor momento, ni de que Diarra y Emerson se quedaron en poco ante Luccin (que no es una de mis debilidades, oiga) y Maniche, ni de que Sergio Ramos demostró estar verde en algunos aspectos del juego. Tampoco se hablaba de que a Capello le habían dado un baño táctico, ni de que el Atleti había sido mejor en todas las líneas. Se hablaba, eso sí, de que Torres es un teatrero que dejó al Madrid con diez, de que frieron a patadas a Guti, y de que Raúl se reivindicó. Caramba.

Capello. Fiel a la escuela italiana, ésa según la cual el mismo que te pega una patada luego se tira al suelo y pide una amarilla, Capello apartó las miradas de la corbata a juego con sus gafas de montura azul diciendo que Torres es un tramposo. Torres contestó la mar de bien, cree un servidor, y la prensa no se tomó a bien la maniobra del italiano (aunque les dio un titular estupendo) y se vio forzado a rectificar. ¿Pediría perdón por lo dicho? No exactamente. Esta vez buscó otro blanco móvil que alejara los venablos. La culpa era del de al lado, que le chivó la palabra “tramposo”, que él desconoce. Capello, que ha vivido año y pico en España y viene a menudo, que se dedica al fútbol y que ha sido entrenador del Madrid, declara desconocer el significado de la palabra “tramposo”. No sé en sus casas, pero aquí no cuela. Eso sí, sobre que su equipo no jugó excesivamente bien o que Aguirre pudo con él a la hora de plantear el partido, ná de ná .

Raúl. En medio de la polémica nacida de la decisión de un seleccionador con pasado rojiblanco, Raúl metió un gol y, según dicen las crónicas, “se reivindicó”. Esto no lo entiende muy bien el que suscribe. Raúl tocó pocos balones, no jugó muy allá, y metió un gol en su única acción de peligro gracias en parte a un fallo defensivo clamoroso. Era su primer gol en muchos meses, y aún así se señaló el número y el nombre con un gesto bravucón al que la grada blanca respondió con alborozo, como si hubiera hecho una faena memorable. A esto le llama la prensa “reivindicarse”. Si esto mismo lo hace Salva Ballesta, con todos los respetos y salvando las clarísimas distancias, el verbo usado no hubiera sido el mismo, creo yo. En fin. También la afición blanca recibió al hace poco vilipendiado Ronaldo como si viniera el mismísimo Papá Noel. Cosas que ocurren en estos partidos, imagino.

Agüero. “Salió Agüero y falló un gol”, se oye en los bares. Y es verdad. Eso sí, antes había tirado otra vez a puerta y casi entra, le habían hecho cuatro faltas y había protegido varios balones, sin excesivos problemas, ante Cannavaro, mejor jugador del pasado mundial. Dio al equipo profundidad y verticalidad, y no se arrugó, pese a sus 18 años. En veinte minutos dejó claro que su juego no puede resumirse con un fallo, por otra parte imperdonable.

Torres. Y para el final, Torres, como en las comidas que acaban con brandy. Brama la prensa cuando habla de Torres: "mira que es malo, mira que hace poco contra el Madrid, mira que falla goles, mira que es teatrero..." El otro día no jugó como acostumbra, es verdad. No marcó y no hizo malabares, que es lo que de él se exige, ¡faltaría más! Sin embargo, hizo un partido mucho más completo que cualquiera de los delanteros del Madrid de los que la prensa no habla: dio al menos tres balones claros de gol y dejó al Madrid con uno menos. Exageró una caída y el resultado fue la expulsión de Sergio Ramos, el Madrid quedó con diez y el futuro apareció de repente más limpio. Cuando esto lo hace otro, el reivindicativo sin ir más lejos, la prensa dice que es “el más listo de la clase”, pero si lo hace Torres es porque es un tramposo. En fin. Curiosamente el único que ha dicho algo cabal al respecto ha sido el propio Sergio Ramos, quitándole hierro al asunto y posiblemente consciente de que él mismo se metió en el problema haciendo una mano absurda minutos antes. Algunos siguen esperando que llegue Torres. Mientras, otros vemos que llegó hace tiempo. Cuestión de opiniones.

1 comentario:

José Ramón dijo...

Es imposible que se reivindique, porqué nunca ha sido nadie.

Y no sigo, porqué me conozco.

Que me ciego, D.Carlos, que me ciego.