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lunes, 26 de octubre de 2015

Partido grande, resultado corto

Salieron los Pumas al campo y formaron para escuchar el himno y se agarraron de las camisetas y apretaron la mandíbula y algo fue igual a otras veces pero también fue distinto. Recordando el impresionante momento del himno frente a los irlandeses uno recordaba también el impresionante ritmo de los primeros minutos, la furia desatada y a la vez controlada del ataque argentino a pesar de tener enfrente ni más ni menos que a Irlanda, el golpe de autoridad al principio del partido y la inevitable obligación posterior, por el lado irlandés, para ir apagando los incendios que los Pumas encendían a su paso en cada parcela del campo.

Si bien en el partido contra los australianos vimos lágrimas argentinas y camisetas apretadas y protectores bucales al borde de la fractura, algo era diferente. Si los irlandeses parecieron algo inseguros y casi intimidados ya a las alturas del himno en el partido de cuartos, los australianos parecieron seguros, tranquilos y conscientes de cuál era su misión, sabiendo cada uno qué tenía que hacer. Serios y calmados, parecieron encontrarse frente a unos Pumas inseguros y faltos de concentración, la tortilla volteada: dos fallos clamorosos en el primer minuto terminaron en un ensayo en contra y una mochila difícil de sobrellevar en la larguísima cuesta arriba que los australianos iban a plantear en el campo.

Liderados por la deslumbrante pareja Pockok – Hooper, rapidísimos en todas la fases, concentrados y generosos a la hora de entrar con la cabeza por delante en el avispero que los Pumas formaban en cada abierta, y fríos a la hora de decidir una vez se recuperaba el balón, Australia simplemente fue mejor. Aguantó en melé (quizás gracias a los consejos de Ledesma), se batieron el cobre en las contadas ocasiones en las que se montó la línea y demostró ser capaz de imponer un ritmo infernal a la hora de llegar a los rucks, donde se decidió el partido. En ningún momento mostraron superioridad los argentinos, que desde el primer cuarto de partido parecieron ir sin resuello tras los rapidísimos y contundentes terceras rivales. Algún fallo más, varios balones perdidos en rucks y algún golpe evitable dieron a los australianos la ventaja suficiente para llegar a la final, algo ganado a buena ley, con una pizca de suerte (a favor y en contra) en el partido contra Escocia, algo que parecía poco probable hace unas semanas para expertos, recién llegados, casas de apuestas y analistas internacionales. La dureza del camino que han recorrido los Wallabies se refleja con facilidad en una de las imágenes del partido: aquella en la que un ensangrentado y agotado Pockok daba la enhorabuena a los rivales sacudiendo la cabeza con gesto de “madre mía, la que nos habéis dado”.

Los Pumas se quedan fuera de la final y, al contrario que en 2007, la sensación es de oportunidad perdida. Si en ese Mundial había clima de gesta histórica y satisfacción plena ya por haber llegado a semifinales, sólo dos mundiales después los argentinos se quedan con cara de póker por jugar la final de bronce, ni más ni menos. Quizás lo más admirable de este equipo sea precisamente esa falta de resignación, esa ambición, ese espíritu. Tras jugar un grupo previsible y hacer frente a los All Blacks en un sensacional partido jugado en Twickenham, los Pumas firmaron uno de los mejores partidos que uno les recuerda contra Irlanda en Cardiff. Tras unos 20 primeros minutos eléctricos, los Pumas aguantaron el tsunami verde que se les vino encima  a pesar de las notables ausencias del pack irlandés y desplegaron unos últimos 20 minutos para el recuerdo en los que se llevaron por delante con claridad a la potentísima selección irlandesa. Los aplausos de los aficionados de verde al final a pesar del disgustazo de una nueva ocasión perdida (y eso que aún no sabíamos lo de Maureen O’Hara) dan una idea clara de la autoridad con la que los Pumas pasaron de ronda.

Los Pumas cierran así otro Mundial memorable en el que aún pueden ser terceros, igualando el hito de ese equipo asombroso que aún conserva algunos jugadores clave en estos Pumas con futuro que nacieron bajo el ala de Hourcade, roto en lágrimas ayer ante la evidencia de que se les iba quizás la oportunidad más clara de meterse en una final mundial. En 2019 volveremos a ver a esta Argentina agigantada tras su paso por el Rugby Championship, probablemente aún más reforzada por su presencia en el Super Rugby y el impulso que recibirá a su vuelta esta nueva generación privilegiada de rugbiers argentinos, cuyo único elemento preocupante es saber si podrán poner freno a ciertos ramalazos futboleros en celebraciones y cánticos. Gracias Pumas por las lecciones, por la emoción del himno, por el rugby total que va más allá de la entrega y los riñones. Un ejemplo, estos Pumas.

Por el otro lado del cuadro, se plantaron en la final los que todos esperábamos. Los All Blacks demostraron, en un durísimo partido contra Sudáfrica, que si toca sufrir y emplearse en las agrupaciones, que si los rivales plantean partidos cerrados con candado y rugby de kilos, que si lo que corresponde es remangarse y jugarse las cejas, ahí están ellos también. Tras el apabullante partido contra Francia y la demostración de rugby de ataque que convirtió a los franceses en sparring juvenil ante un equipo sobrado, tocaba bajar la cabeza y meter el hombro en vista del durísimo partido que plantearon los Sudafricanos. Sudáfrica quizás no sepa jugar a mucho más, pero claramente saben ser casi los mejores a lo que juegan. Duros, jugando por dentro, sin concesiones ni prisioneros, los Boks se encontraron con una muralla defensiva, un equipo agresivo y valiente que en ningún momento rehuyó el contacto, el placaje o la producción industrial de sudor, con una delantera dedicada con devoción a cumplir su deber y un Ma’a Nonu gigante. Nueva Zelanda llega a la final con sólo 3 ensayos en contra y una defensa granítica, pero con vitola de equipo de ataque y juego a la mano. La conclusión: quizás estemos hablando de uno de los equipos más completos del firmamento rugbístico, una máquina de atacar y defender, un prodigio físico, técnico y táctico, un monumento al deporte erigido por un país de 4 millones de habitantes. Una maravilla con botas negras y pómulos hinchados, un memorable equipazo de rugby, una máquina de ganar que celebra con contención el pase a la final porque sabe que el trabajo aún no está hecho. Un prodigio.
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Salió el Atleti al campo justo en el momento en el que la afición se preguntaba, por decimosegunda vez, si hacía frío o calor. Octubre en Madrid tiene estas cosas: en camisa uno se hiela, pero si se pone uno una chaqueta se asa. A primera hora está nublado y uno saca del armario un abriguito de entretiempo, como Gracita Morales. A medio día dan ganas de tomar vermouth en las terrazas, después de comer empieza a hacer más fresco, a media tarde uno ya no tiene claro si es verano o es invierno. Al campo va uno abrigado no sea que le coja el frío en la última media hora, como es tradición en el Calderón; pero luego uno se sienta en la grada y no corre el aire y no hace frío ninguno y se pasa uno el partido con el abrigo sobre las rodillas como una vieja, y cuando celebra los goles lo agarra no sea que se le caigan a uno las llaves y queden atrapadas por la flora autóctona que crece lozana bajo los asientos de la grada y no las vuelva uno a ver ya más nunca en la vida. El Calderón tiene estas cosas, y con este microclima no nos extraña que entre sus butacas prosperen plantas crasas propias de desiertos y altiplanos y orquídeas y otras monocotiledóneas propias de climas selváticos en un festival botánico que ríase Vd de la cuenca del Orinoco.

Volvía el Atleti a casa en Liga tras el partido de San Sebastián, que fue malo pero bueno, según se mire, y tras el partido del Astana, que fue bueno porque no podía ser de otra manera, oiga, que los pobres eran una panda de chiquillos altotes pero poco experimentados en esto del fútbol. Si el partido del Astana sirvió para pasar un rato tranquilo de una vez por todas, que falta hacía, el partido de San Sebastián sirvió para  que los críticos, que últimamente abundan, se rasgaran la camisa por el juego desplegado. Sirvió también para que los entusiastas, que también los hay aunque andan últimamente más tapaditos ante el aluvión de expertos enmienda-cholos que hablan a voces por las tabernas, dijeran eso de clín clín caja y otros tres puntitos y vamos p’alante y ya llegarán los tiempos del oropel, el brillo y el vino bueno.

Total que en esto, como quien no quiere la cosa y sin tener muy claro si hacía frío o hacía calor, llegó el Valencia al Calderón. La visita del Valencia suele resultar incómoda: a veces porque el equipo plantea partidos serios y duros que hacen que el Atleti las pase canutas; otras, porque el Valencia rasca premio al filito del final, como ocurrió el año pasado, cuando un arreón y un golpe de suerte en los últimos  minutos hicieron volar dos puntos en un partido que estaba controlado. Otras veces la llegada del Valencia resulta incómoda porque su entrenador, que tiene cara de malo aturbantado de “La Momia”, hace declaraciones de esas inoportunas que irritan a los que están en su casa tan tranquilos tomando café con leche y hacen ver fantasmas a los más brutos del lugar, que terminan tirando botellas al autobús del Atleti o insultando a los aficionados del Valencia que pasan por la calle camino de una tasca. El Valencia es un equipo con querencia natural al enfado profundísimo y el despecho por ofensas que uno no llega nunca a entender bien de dónde salen y a dónde van, y eso lo sabe bien Nuno. Nuno, que se parece bastante al enemigo de David el Gnomo, ha asumido con naturalidad ese papel de malo de película que azuza al pueblo contra una amenaza ficticia y en las ruedas de prensa desliza, entre eses líquidas fuertemente pronunciadas, denuncias y agravios que sólo él detecta. Lo sentimos por él, que debe tener una existencia triste entre tantísima ofensa, y lo sentimos por los seguidores de su equipo que montan en cólera al escucharle; pero, sobre todo, lo sentimos por nosotros, que no nos merecemos un señor tan pesado en la liga.  

Ante un Valencia descremado, mucho menos incisivo que otros años (posiblemente por la descompensación del equipo-granja de Mendes y la exigencia de jugar Champions), el Atleti jugó uno de los mejores partidos de lo que va de año, si no el mejor. Al menos sí fue el mejor primer tiempo de los tiempos recientes, superando por activa y por pasiva al endeble Valencia que ayer apareció por el Calderón. Sólido atrás y, sobre todo, poderoso y dominador en el centro del campo, el Atleti de ayer se pareció al Atleti que queremos ver este año y al que los más críticos habían dado por imposible tras el segundo partido en casa, en ese arrebato enmienda-cholos que ha poseído a algunos desde hace unos meses.

El partido tuvo varios protagonistas, pero uno por encima de todos: Tiago. Tiago, que lleva una serie de partidos monumentales, ayer fue un paso más allá y firmó un partido gigante, pleno de colocación, autoridad, pausa y criterio. Listo a la hora de llegar a los espacios, inteligente a la hora de repartir juego y acertadísimo en casi todas sus  acciones (desde la grada contamos un único error no forzado en un pase), Tiago sacó varios balones de cabeza en el área pequeña, recuperó posesiones, paró cuando tuvo que parar y aceleró cuando lo que había que hacer era dar velocidad. Tiago jugó y corrió y se tiró al suelo, pidió intensidad a los compañeros y también les pidió calma. Paró, templó, mandó y dejó claro que es, hoy por hoy y desde hace mucho tiempo, el centrocampista con más criterio que tiene el equipo, el jugador más sensato del medio campo y, lamentablemente, el único que no tiene recambio. Si Gabi, muy bien ayer en la recuperación y la brega, puede ser en cierto modo sustituido por la mejor versión de Saúl, no parece haber recambio para Tiago. Kranevitter, que vendrá en enero, tendrá primero que acostumbrarse a la liga y a los chistes sobre su nombre de embajador chiquitistaní; y aún si lo logra en poco tiempo, parece que su corte de juego recuerda más al de Gabi que al de Tiago. Koke, al que se suponía que el Cholo iba a echar al centro buscando esa misión, sigue en el mismo puesto que otros años y Óliver Torres, talentoso y con futuro, parece excesivamente inexperto no ya para ese puesto clave, sino para ser titular en el Atleti.

Es por esto por lo que la afición reza y reza para que Tiago, que ya tiene edad de acordarse del secuestro de Quini, no se lesione. Cada vez que Tiago va al suelo, la grada tiembla; si se queda dolorido en el césped, aunque sea un minuto, la grada deja de respirar. Tal es la importancia de Tiago y tan preocupante su falta de recambio que la afición empieza espontáneamente a organizarse para evitar riesgos. Así, varios aficionados de Salamanca se han ofrecido a hacerle la compra por turnos, evitando así que lleve bolsas con peso y pueda resbalar en el descansillo. En Madrid se han organizado patrullas ciudadanas para acompañarle al banco, acudir con él a las reuniones de vecinos, ordenarle los altillos, ir a recoger a sus niños al colegio. Un reputado bajista de blues monta guardia en el portal de Tiago desde hace unos días e impide el paso a todo vecino que lleve botas de suela rígida y objetos afilados. La Peña Atlética Jerez (apoyada por la Peña Unipersonal Numantina de la misma localidad) se ofrecen a enviar tuppers con guisos cinco veces con semanas para evitar que se queme con el vapor de la olla exprés, mientas varias asociaciones de aficionados de la zona de La Mancha preparan turnos para ir a planchar a casa de Tiago y evitar que le caiga la plancha en un pie, como a Busquets padre. Hacia el jueves llega a Madrid un contingente de la División Acorazada Brunete que acampará ante la casa de Tiago, desplegando un perímetro de seguridad a prueba de resbalones, libre de pieles de plátano y de canicas traidoras. Todo sea porque no se nos lesione Tiago, el Grande.

No sólo Tiago jugó bien ayer: todo el centro del campo fue fiable, sólido y hasta brillante. ¿Todo? Uhmmm, quizás todo no: Óliver Torres, que salió con el partido controlado y cerca del final para tener el balón y evitar sustos, ni tuvo el balón ni evitó sustos. Sustituyó además a una de las sensaciones de la noche, Ferreira Carrasco, autor de un golazo y baza fundamental en el primer tiempo para desbordar primero una banda y luego otra de la defensa del Valencia, mucho menos solvente de lo que ciertos medios pregonan. Ferreira Carrasco, a quien no sabemos si llamar Ferreira o Carrasco, se atrevió, corrió, desbordó y regateó, marcó un golazo y se entendió bien con el resto del centro del campo y la delantera. También con su lateral, pero eso es otro tema.

Porque el segundo protagonista del partido, junto a Tiago, fue Juanfran. Entonadísimo, rapidísimo y hábil, Juanfran lleva ya muchos partidos jugando con un notable alto, siempre metido en los partidos, siempre en su sitio y en el de su interior, cuando le toca por delante algún jugador menos aficionado a ayudar en defensa como Ólivier o el propio Griezmann. Juanfran hizo un partidazo una vez más y junto al resto de la defensa, con un Godín estupendo que cometió dos fallos tontos en el tramo final del partido, hicieron aburrirse como una ostra a Oblak, quien pudo perfectamente jugar leyendo una novela de Estefanía entre ataque y ataque, y se la hubiera acabado sin problemas.

El Atleti jugó una primera parte estupenda y una segunda algo menos brillante en el que se pusieron de manifiesto algunos aspectos que Simeone aún debe pulir: Óliver no parece aportar todo lo que su enorme talento ofrece, Jackson empieza a marcar pero aún queda lejos de lo que debe aportar un delantero centro en este equipo, Torres anda pletórico de fuerza pero acelerado e impreciso. El equipo no parece saber matar los partidos en el momento en el que todo está de cara, como pudo ayer haber pasado al final del primer tiempo, y quizás se venga demasiado abajo cuando hay un contratiempo; sólo eso explica que se pasara un cierto nerviosismo al final de un partido que podría haber sido perfectamente de 3 ó 4 cero al principio del segundo tiempo. Si el equipo retuerce su colmillo un poco más, si Jackson empieza a carburar al ritmo al que juega el resto, si Griezmann, como ayer, está más activo y presente y Koke continúa siendo la placa base que permite al resto de elementos estar a su nivel más alto, contemplaremos con alegría como la legión de tristes que llevan unas pocas semanas rasgándose las vestiduras por lo mal que va todo, se relajan.

El partido de ayer, además, marca el final de la empinada cuesta del primer cuarto de liga que el calendario regaló al Atleti como quien regala un lagarto venenoso. De aquí a diciembre, en principio, el Atleti tiene un calendario menos exigente que permitirá a los nuevos ir encontrando su sitio y a los de siempre ir pasando lo que saben a los recién llegados. Si es así, ojo a este equipo dentro de unos partidos, ojo.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Maneras de perder

Una de las cosas que más han alimentado la molesta leyenda del colchonero sufridor y amante de las derrotas fue cierto verso en cierto himno encargado a cierto tipo de Úbeda. No se refería, entendemos, a la forma en que el Atleti perdió el sábado.

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El sábado a las diez y media de la mañana, que es día y hora de estar durmiendo o, como mucho, de estar tomando café con magdalenas, Francia jugaba contra Nueva Zelanda en la fase de grupos del Mundial de Rugby. A Francia le interesaba perder por aquello de los cruces de la segunda fase y, como ya hizo en el Europeo de Baloncesto, perdió. A Francia le está gustando esta cosa tan italiana de poner en la balanza el honor y la astucia, añadiendo al platillo de la segunda unos kilos de pragmatismo que dejen claro qué decisión es mejor tomar. Querer perder va en contra de la lógica deportiva pero a veces es lo aconsejable según la lógica competitiva, porque una derrota hoy facilita un camino que puede llevar a grandes metas mañana. A veces es mejor perder que ganar porque ganar implica casi necesariamente perder luego, y el orden cronológico del uso de los verbos tiene lo suyo; a veces por ganar antes se vuelve uno a casa antes (de tiempo) mientras que por perder antes se va uno a casa después y quizás con una copa.

El caso es que Francia salió a perder un partido para el que, en cualquier caso, tenía muchas papeletas de salir perdedor. La decisión, simple en teoría, era algo más complicada. Una derrota escandalosa quedaría escrita a fuego en la historia del rugby para vergüenza del equipo con palabras de amañe y letras de bochorno. Una derrota abultada haría que el equipo se resintiera en su autoestima y, quizás, se volviera definitivamente contra su excéntrico y discutido técnico, probablemente fuera de la selección cuando acabe el Mundial. Una derrota excesiva condenaría a la afición francesa a pensar que nunca se repetiría una victoria sobre los All Blacks como aquella del último mundial, con los jugadores sudando sangre mientras resistían durante una eternidad y a cinco metros de la línea de ensayo un tsunami neozelandés vestido de gris, o como aquella histórica victoria francesa del 99 que hizo tambalear la leyenda de los de negro. La derrota, la derrota deseada y previsible, podía gestionarse de diferentes maneras y de la suerte del seleccionador y la sabiduría de los pesos pesados del equipo, que verían el primer choque de delanteras desde el banquillo, dependía que se perdiera con dignidad o al menos con provecho.

Salió pues Francia con un equipo semi-suplente y con Morgan Parra de apertura y no de medio melé. Tras la haka (con corte de garganta incluido, el final de la Kapa O Pango que tantas críticas provocó desde su primera interpretación), Francia empezó jugando. Jugando a la mano, rompiendo la línea y haciendo que los neozelandeses levantaran mucho las cejas al ver que ese equipo suplente se atrevía a desafiarles. Cinco o seis minutos duró la insolencia y, veinte más tarde, cuatro ensayos All Black recomponían la escena y la lógica. La lógica, por cierto, indicaba que si los neozelandeses seguían jugando a ese ritmo y Francia seguía fallando placajes, el tanteador sería un escándalo. No lo fue tanto; tras el descanso (y a pesar de un ensayo local inmediato) hubo cambios en Francia y las fuerzas se igualaron. La delantera francesa funcionaba, el equipo tenía medio de apertura y la tercera dejaba claro que, de haber salido el primer equipo, el partido no habría sido el paseo plácido del primer tiempo. Hasta dos veces llegaron a ensayar los franceses en el estadio del rival, la primera con una celebración exagerada que no sentó demasiado bien a los locales, dadas las circunstancias, el tanteador y el planteamiento tramposo de los franceses.

Francia perdió, y lo hizo de forma astuta. Poco honorable, eso sí, sobre todo tratándose de rugby, pero ahí está la astucia. En la mente de los All Blacks quedó claro que el equipo suplente de Francia es más que asequible, pero también les quedó claro por qué son suplentes y no titulares. De haber salido el equipo entero, piensan hoy, quizás las cosas no habrían sido iguales. De vernos más adelante en el torneo, piensan hoy los All Blacks, las cosas no serán tan fáciles, no bastará con intimidar a los menos experimentados abriendo mucho los ojos y sacando la lengua mientras se hace el gesto de cortar cuellos, habrá que vérselas con Imanol Harinordoquy y compañía y eso ya es otro cantar. Francia perdió el partido que sabía que iba a perder y que quería perder, pero, como hizo con España en baloncesto, sembró una duda para el futuro que le puede venir bien más adelante.

Veintitrés horas más tarde, que el partido fue a las nueve y media y la mitad ni nos enteramos, Escocia se jugaba contra Argentina las posibilidades de seguir vivos en el torneo. Argentina había perdido recientemente contra Inglaterra en un partido igualado en el que los ingleses, a mitad de camino entre la astucia y la perfidia, lesionaron tres Pumas en cuarenta minutos. La delantera argentina hizo la vida imposible a la inglesa, y sólo los cambios en la primera línea de los que aquel día vistieron impertinentemente de negro, permitió a Inglaterra subir una velocidad al final del partido y terminar ganando un partido que dejó un sabor de boca amargo en los de celeste y blanco.

Escocia acudía al partido con un equipo limitado, sin demasiado talento pero con una delantera peleona. Lo suficientemente peleona como para llevarse el partido con cierta holgura ante los feroces georgianos, tipos duros que visten de blanco y rojo cuando no visten de rojo y blanco. Escocia sabía que los ingleses, sus odiados rivales y aquéllos contra los que se las tendrán que ver en la última jornada de la fase de grupos, habían sudado sangre en la pelea con la delantera argentina y, aún así, centraron ahí sus esfuerzos. Tampoco tenían otra. Ni la calidad de su línea ni la lluvia aconsejaban un juego brillante de pase y carrera, así que plantearon un partido trompicado de mucha pelea entre delanteros. Argentina, cómoda sobre el papel con esa apuesta, no lo estuvo en la práctica ni un minuto. Los argentinos parecieron sufrir más que contra la delantera inglesa y, gracias a dos golpes transformados y dos drops escoceses, a siete minutos del final perdían de seis. Sólo podía entonces hacerse una cosa, sólo una, y se hizo. Amorosino marcó un ensayo histórico, dramático, de esos que hacen rugir los bares y protestar a los vecinos que, en esos momentos, mojaban churros en café con leche. Contempomi transformó y, en los minutos finales, Escocia buscó un drop y forzó una touche a un metro de la línea de ensayo argentina. Con el tiempo cumplido jugó Escocia casi tres minutos eludiendo el golpe y buscando el milagro con un dramatismo casi teatral, casi guionizado. No llegó a conseguirlo.

Argentina ganó de un punto y se medirá, si no pasa nada raro, a los All Blacks en cuartos. Por su parte, Escocia perdió un partido que podía desde luego perderse, y lo hizo peleando hasta más allá del último minuto. Escocia perdió el partido pero ganó un punto de confianza en la casi imposible misión de ganar a sus antipáticos vecinos de camisa blanca; si los argentinos les tuvieron contra las cuerdas, ¿por qué no nosotros? ¿Habría algo más bonito para nuestra gente que dejar fuera a los ingleses? Podrán recriminarnos la falta de vistosidad y de talento, pero nadie podrá decir que no vamos a dejarlo todo, así que si los ingleses no tienen el día, ¿por qué no? En la mente de los delanteros escoceses se repite desde la derrota de hoy la misma cantinela, como un mantra: si yo fuera inglés, Dios no lo quiera, no dormiría tranquilo antes de jugar contra nosotros. Si caemos será dando guerra y si no están dispuestos a dejarse la piel en el campo, serán ellos los que caigan. Escociá perdió y, aún perdiendo y viendo cerca la posibilidad de ser el primer equipo en la historia de la camiseta del cardo que no pasa la fase de grupos, sacó de la derrota motivos para apretar aún más los dientes.


En medio de estas dos derrotas, el Atleti perdió por goleada su partido del sábado y ahora toca ver qué conclusiones sacamos. Algunas habrá que sacar, eso está claro. La primera conclusión es que el Barcelona, cuando juega a esto y sobre todo cuando se le deja jugar, es prácticamente imbatible. No imbatible del todo, que algún partido ha perdido y hace poco tiempo empató contra un Valencia no demasiado brillante, pero casi imbatible. La superioridad que el Barcelona muestra en casi todos los partidos hace que en aquellos en los que no va ganando cómodamente a los diez minutos su afición se inquiete, es lo que tiene estar mal acostumbrado. Que el Barcelona, que sigue jugando como los ángeles y sigue queriendo ganar a pesar de haberlo ganado todo, le gane al equipo de uno entra dentro no ya de lo lógico sino casi de lo inevitable. Inevitable pero no aburrido, como se dice últimamente. Si el juego del Barça resulta aburrido, como dicen algunos, es por la enorme cantidad de partidos casi perfectos que le hemos visto en muy poco tiempo. De igual manera que el jamón bueno empalaga si uno se come dos platos al día, tanto partido del Barça hace parecer cargante esa facilidad para hacer veinte veces por partido lo que en algunos estadios se ve una vez por temporada. Pero, en el fondo, todos sabemos que algún día no ya tan lejano este equipo maravilloso dejará de funcionar tan bien y entonces echaremos de menos estos partidos que hoy parecen aburrirnos, igual que entrada la noche uno lamenta no haberse comido ese último langostino de Sanlúcar que despreció unas horas antes, ahíto tras comerse una bandeja entera y tres copas de manzanilla.

La segunda conclusión, digna de Perogrullo, es que al Atleti le queda aún mucho tiempo para ser el equipo que debería o podría llegar a ser. Los últimos partidos, contra equipos modestos de la liga española y un grande de la modesta liga escocesa, dejaron una buena impresión que tocaba confirmar en Barcelona. Demasiado pronto llegó ese partido, piensa ahora la parroquia colchonera, que habría visto con mejores ojos un partido así dentro de unas jornadas. Hasta la fecha, el Atleti había enseñado una idea futbolística más distinguida que otros años, con más toque y menos pelotazos, con más jugadores más cerca los unos de los otros. Nada de eso se vio en Barcelona, donde el Atleti sólo pudo defenderse del vendaval, subiendo la guardia, cerrando los ojos y apretando el protector dental. El Atleti no sólo perdió el partido, sino que lo más grave es que no lo jugó. Nada hizo el Atleti, ni un pase, ni una combinación, sólo un tiro lejano de Tiago que se fue al larguero. Diego, la referencia incuestionable a la hora de crear juego, no tocó el balón y menos aún lo tocó Falcao, la sensación rematadora de los primeros partidos. No le costaría mucho a Perogrullo llegar a la conclusión de que un rematador no tiene mucho que hacer si no le llegan balones que rematar, así que no debió ser complicado explicarle al equipo lo que deben hacer en los próximos partidos si es que quieren que marque algún gol Falcao.

Otra duda que merodea por la cabeza de los aficionados el día después de la paliza tiene gafas y apellido frutal. Hasta la fecha, Manzano parecía haber inculcado una idea en el equipo y a su mano atribuíamos la diferencia de actitud y planteamiento de los últimos partidos. Frente al Barça sacó un equipo de esos que los expertos consideran ni chicha ni limoná, ni físico ni técnico, ni de toque ni de contraataque, un equipo que bastante tuvo con ir apagando los fuegos que con facilidad pasmosa iba encendiendo el rival. El técnico optó por no arriesgar nada, pero sin plantear una defensa numantina. Optó por Mario Suárez como medio centro por delante de los centrales, sabiendo todo el mundo que un jugador tan frío y tan blando no es lo más adecuado contra un centro del campo monumental como el del Barça. Dispuso al equipo de forma que nadie achuchaba a Xavi, una elección que en lo futbolístico equivale a jugar a la ruleta rusa con seis balas en el tambor. Quitó a Domínguez y puso a Godín, que casi no había jugado, y quitó a Filipe Luis Filipe y puso a Antonio López, que reclama a gritos un lateral izquierdo que le quite definitivamente de jugar este tipo de partidos. Puso al cómodo cordero de sacrificio Perea como lateral derecho y éste se comió un balón por alto nada más empezar el partido que acabó en gol, si bien tiró de velocidad alguna vez para evitar una masacre mayor. Jugó Tiago y dio sensación de estar para otros partidos y también lo hizo Gabi, que no dio abasto. Jugó Diego y no aportó nada más que la duda sobre su estado físico y jugó Reyes, lo que equivale a decir, una vez más, que el Atleti jugó con diez.

Planteó por tanto Manzano el partido con más miedo que otra cosa, y ahí uno se pierde un poco, la verdad. Porque al Atleti, ayer, nadie le pedía ganar, ni si quiera empatar. Han sido ya tantas las goleadas y tantos los disgustos, tantos los partidos no peleados y tanta la apatía reprochada, tan poco el tiempo que ha tenido el técnico y tan descomunal el equipo de enfrente, que nadie pedía nada.

Manzano pudo haber planteado un partido de equipo chico, con todos atrás y marcajes duros y al hombre de los buenos jugadores del rival, sacrificando el fútbol de ataque por la posibilidad, remota, de conseguir un empate. Dado que el botín, además de escaso, habría sido improbable, no parecía buena idea. Manzano al menos descartó esta opción vergonzante, indigna del escudo que luce en su camisetita de entrenamiento y en su gorra de tractorista. Pudo, eso sí, optar por lanzar al equipo al ataque, apostando por el fútbol de toque del que quiere presumir, arriesgándose a que le metieran cinco. Dado que la goleada era posible, podía al menos intentar alimentar la autoestima y fomentar el desparpajo, confirmar las ideas propias y la convicción en la apuesta presentada ante Racing y Sporting, lanzar la carga de la Brigada Ligera contra el equipazo de enfrente a riesgo de caer con honra o sorprender y ganar crédito siguiendo el ejemplo del Betis del año pasado. Tampoco lo hizo. Manzano sacó un equipo tibio con un planteamiento soso como su discurso, con jugadores sin espíritu, quizás acomplejados desde el vestuario viendo la poca ambición y convicción del técnico. Lo que había conseguido hasta ahora, esto es, transmitir la sensación de que las cosas habían cambiado y que el protagonismo del equipo recaería sobre los jugadores de talento y la idea de grupo, quedó erosionado tras el partido pequeñito del sábado por la noche.

La afición, o al menos algunos, esperaban el partido del sábado para sacar algunas conclusiones. Nadie esperaba una victoria, pocos esperaban un empate, muchos querían pensar que la sorpresa era posible, algunos preveían una goleada. Ninguno está contento hoy. El Atleti perdió con contundencia un partido que era muy difícil de ganar, pero la sensación que tras el partido ha quedado está muy lejos de la euforia que invadió la grada tras los primeros partidos. Queda por ver qué aprenderemos de esta derrota tan ácida y tan poco peleada, si servirá para solucionar problemas, para decantar hacia un lado claro la idea a la que el equipo quiere acercarse. Lo que parece claro es que, con lo de ayer, ni se ha sembrado la duda que Francia quiso sembrar, ni se ha encontrado el motivo para apretar la mandíbula que encontraron los escoceses. Por ahora, quizás haya valido para sembrar el desánimo, pero eso, los optimistas a sueldo, no nos lo podemos permitir.