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viernes, 11 de mayo de 2012

Días que nunca olvidaremos


Hay días que nunca olvidaremos, por lo bueno y por lo malo. Hay gente a la que le ha tocado vivir días horribles con los que nos gusta más pasar los días buenos, aunque sean días de alegrías pequeñas y sin trascendencia cuando se comparan con otras cosas. Nos alegra especialmente haber contribuido un poquito al alivio pasajero, aunque fuera sólo durante unas horas y a pesar de necesitar ser tranquilizados en vez de tranquilizar. Nos maravilla y nos hace poner sonrisa de medio lado pensar que el Atleti, ese ente inclasificable que no es mineral, vegetal ni animal sino casi divino, se sume a la causa de hacer más llevaderos aniversarios dolorosos como si fuera uno más del grupo, sobreponiéndose a malas gestiones y intereses bastardos para dar una alegría a uno de los suyos tirando de camiseta y orgullo, lo único que le queda al club expoliado. Porque el Atleti, que no es sólo un club de fútbol sino un montón de gente distinta que aparece cuando hace falta, que no es un equipo sino una forma de entender lo bueno y lo malo, que es una excusa estupenda para recordarnos de vez en cuando quiénes somos y dónde estamos, al final aparece cuando debe, tiene estas cosas que le hacen a uno levantar las cejas, hacerse preguntas y ladear la cabeza entre asombrados y cómplices, admirados ante el prodigio, agradecidos por la suerte de estar dentro de este bicho asombroso e inclasificable que llamamos Club Atlético de Madrid cuando en realidad nos queremos referir a su afición y sus jugadores, así, de rojiblanco, sin contratos ni despachos .



La calle


Para empezar, una afirmación sin matices: Bucarest, o al menos el centro de Bucarest, lo que hemos conocido, es un sitio estupendo. En Bucarest lo hemos pasado de maravilla, nos han tratado estupendamente, nos hemos muerto de risa y de felicidad y encima volvemos campeones. Ni jaurías de perros agresivos ni callejones oscuros y amenazadores; más bien miles de bares, cuidadísimas iglesias ortodoxas y edificios preciosos que lo serán aún más cuando se les pase una bayetita. Bucarest tiene un centro peatonal lleno de terrazas y de gente tomando cervezas, ambiente de pueblo latino y vida nocturna de ciudad universitaria, lo perfecto para una final europea aunque pille lejos, a trasmano y no sea Budapest, donde también ha ido alguno. La verdad es que el centro peatonal es casi todo lo que uno conoce de Bucarest, pero el recuerdo que guarda es estupendo.


Ocupando el centro (casi en sentido literal), la afición del Athletic de Bilbao. Si eran mayoría el martes por la tarde y noche, el miércoles eran mayoría aplastante. La afición del Atleti pareció llegar algo más tarde y concentrarse cerca de la Fan Zone que la organización había previsto para los nuestros mientras que los llegados de Bilbao y de muchos otros sitios se quedaron en la zona más céntrica. Excelente elección, por cierto. Uno, poco dado a ir donde le dicen y como saben interesado en ver aficiones de equipos rivales desde dentro, se quedó los dos días en cierta zona de Bucarest mucho más parecida a la calle Pozas que a Transilvania. Incluso el restaurante que todo el mundo buscaba, el más antiguo de Bucarest, el Cara´cu Bere, fue tomado por la afición del Athletic y era casi imposible encontrar algún aficionado del Atleti. ¿Imposible? ¡No! En medio de la marea bilbaína ondeaba el estandarte de la Peña Scotland, resistiendo orgulloso en medio de la afición rival como los pictos a los romanos al otro lado del Muro de Adriano, atrincherados en el piso de arriba, luciendo Cruz de San Andrés. "Si queréis nuestras cervezas, venid a por ellas", parecían decir. "Aquí abajo hay bastantes, si quieren Vds unas aceitunas ya nos dicen, pues", parecía responder la afición rival. Aquello fue una oda a la competición cervezera, una batalla histórica, oiga, la Batalla del Cara'cu Bere, que en el futuro glosarán bertsolaris, gaiteros y hosteleros rumanos nostálgicos de los buenos tiempos en los que los barriles de cien litros se agotaban en diez minutos.


La afición del Athletic, que como la del Atleti mueve muchísimas familias, abuelas, niños, lesionados, lactantes y sumillers, es una afición perfecta para encontrarse en una final y en un espacio reducido. Simpática, salada, amistosa y buena guía gastronómica (con especial mención en todos los campos a los aficionados de cincuenta para arriba, más contentos y graciosos aún que el resto), la afición del Athletic es altamente recomendable para estas ocasiones; si el Athletic y el Atleti organizaran un partido anual para celebrar la relación matriz-filial en, es un poner, Logroño, sería un evento fijo en el calendario de los aficionados al vino tinto y la polifonía. Uno tiene la impresión de que había cierta desconfianza hacia la afición rival por parte de ambos bandos, a ver de qué van estos, a ver si no hay problemas, esperemos que no haya provocaciones ni que meta la pata nadie. No ocurrió nada de eso, y cuando hubo un conato mínimo, un cántico poco amistoso (sin siquiera llegar a lo levemente insultante), ni fue seguido por la mayoría ni pasó a más. Lo que sí hemos compartido con la afición del Athletic de Bilbao han sido brindis, conversaciones, historias sobre nuestros equipos y su origen común, recomendaciones sobre bares y vinos y un montón de anécdotas y chistes. Un placer, una maravilla, lo que debería ser siempre.



Pero no sólo nosotros debemos estar agradecidos a la afición del Athletic, también la villa de Bucarest les debe mucho, y no sólo a ellos, también a los nuestros. El caso es de una trascendencia importante y de él se beneficiarán muchos turistas y locales en el futuro hasta convertir Bucarest en una meca a la que peregrinar, y si no, al tiempo. Y es que el martes, con los primeros aficionados llegando a los bares, tomarse un gin tonic en Bucarest era un poema. Vasos pequeños, poco hielo, un limón grandísimo, tónica caliente.


- Pero bueno, oiga, esto qué es,

- Un gin-tonic

- ¿Un gin-tonic, dice Vd? Anda ya, que venga el encargado.

- No está el encargado

- Pues entonces que venga el Alcalde

- Ahora no puede, le están regañando en otra mesa esos señores de Bilbao.


El martes, cada gin tonic que venía a la mesa se recibía con cejas arqueadas y una catarata de instrucciones: mal, mal, oiga, maaaal, el vaso más graaaande, el limón mas chiquitiiiito, más hieeeeeelo, menos tóóónica, así, así, ¿ve Vd? Muy bien, traiga otros siete. Pero un día más tarde, sólo un día, la machacona insistencia de ambas aficiones hizo mella en el hábil sector hostelero rumano y las cosas eran muy diferentes, Bucarest era un sitio renacido, un valle próspero, el testigo de una nueva era.


- A ver, oiga, tres gin-tonics cuando Vd pueda

- ¿En vaso grande, con mucho hielo, poca tónica y limón el justo?

- Si es así, traiga seis, oiga.





La grada



Una vez cerca del campo, y por primera vez rodeado de los suyos, uno siente cierto alivio. No es por haber estado en zona rival, sino porque según va subiendo la presión y los nervios, según se acerca el inicio, uno tiende a refugiarse en los suyos, en los que sufrirán como uno cuando empiece el baile, en los que, como uno, saben que el Atleti es capaz de hacer maravillas y de echar todo por la borda con idéntica facilidad. La entrada al campo tiene esa mezcla de saber que por fin ya estamos todos juntos y, a la vez, que ya llega el momento de pasarlo mal a ratos; Vds ya saben de lo que les hablo, oigan.



Y la afición del Atleti, aquella que tanto criticamos cuando insulta al visitante, cuando dice lo que no debe o no protesta lo suficiente, la que nos gustaría que fuera aún mejor y más ejemplar, en la grada no tiene rival. No hay forma de callar un fondo del Atleti, no hay minuto del partido en el que no se esté cantando y saltando, algo muy gordo tiene que pasar para que la grada enmudezca cinco segundos. Durante noventa minutos, con la única tregua del descanso, el fondo del Atleti fue un clamor constante, una sucesión de cánticos uno tras otro, a veces solapados, a veces a compás, a veces no. Los cánticos nacen de arriba y a la izquierda, de abajo, de un lado, de otro. A veces los lanza un aguerrido funcionario palentino que tardó 40 horas en llegar a Bucarest, otras veces un seminarista escapado por unas horas con la complicidad del profesor de Teología Sistemática, otras, una señora peinada de peluquería y con pendientes de perlas que, con los papeles perdidos, grita en honor a Arda Turán a pesar de quejarse siempre del ruido que produce el kebab de su portal, con el que a partir de ahora será mucho más comprensiva. La grada actúa como un único ser, al unísono en el caos, coordinada sin que nadie se ocupe de la coordinación, todos a una aunque nunca se hayan visto. Y lo hace todo el rato, todo el tiempo, se sufra o no, se gane o no, se pierda o no. Si uno quiere ver el partido calladito y sentado, si uno quiere charlar con el vecino de negocios o diseccionar tácticas con concentración y análisis, la grada del Atleti en día grande no es su lugar en el mundo. Gracias a Dios, así son las cosas.



La afición del Athletic, bullanguera y alegre todo el día, encajó mal el primer gol de Falcao y pareció más silenciosa y tímida de lo esperado. Tampoco ayudaba la acústica del estadio, que multiplica el sonido cercano y casi ensordece el que viene del fondo opuesto, pero la sensación fue luego confirmada. Quizás demasiado confiada en un triunfo sobre el Atleti, el gol cayó como un jarro de agua fría y los fantasmas de la derrota en vísperas de otra final contra un equipo dificilísimo parecieron pesar mucho. Tras el segundo de Falcao, poco a poco el fondo del Athletic se fue quedando en silencio y sólo durante unos minutos del segundo tiempo apretó un poco San Mamés. Para cualquier aficionado a un equipo, es imposible no sentir un escalofrío al ver las caras de la afición durante el partido, así como las imágenes de los congregados en el San Mamés de verdad. Por ellos, para desearles suerte en la final de Copa del Rey, irá nuestro próximo brindis. Queden en todo caso tranquilos los del Athletic; acaba de nacer en Madrid Manu, un leoncito con 50% de sangre bética que promete tardes de gloria por la banda izquierda. Al tiempo.



El Partido



El aficionado esperaba una final reñida y llegó el Atleti, que tiene estas cosas, y jugó un partidazo. En poco tiempo se puso por delante gracias a un gol estratosférico de Falcao y, lejos de hacer estas cosas tan suyas y tirar el partido por la borda, jugó de manera inteligente y contundente. Tres cero acabó el partido, y si Falcao mete otro u otros dos tampoco habría que haberse asombrado; qué cosas tiene este equipo nuestro.



Si Falcao fue el protagonista absoluto, como se encargan de repetir los diarios de medio mundo, es de justicia decir que el protagonista total fue el equipo. Nadie jugó mal, alguno jugó su mejor partido en el Atleti, todos pelearon, nadie se escondió. Courtois estuvo firme y seguro e hizo dos intervenciones clave, Juanfran anduvo cómodo y casi siempre superior a su par y Filipe Luis Filipe, Froilán para los amigos, hizo un muy buen partido con el que se empezó a quitar motes y prejuicios. Filipe Luis, hoy por fin sí, ha acabado la temporada fuerte e involucrado, mucho mejor que en partidos pasados y eso que no ha contado con ningún partido de reposo ni suplente de garantías. Filipe Luis, al que tantas veces hemos hecho rabiar, hizo un gran partido o incluso, siendo él, un partido gran partido. Aquí queda escrito, como es de justicia, y esperemos que sea el inicio de una progresión geométrica.



Partido enorme hicieron ambos centrales, Miranda y Godín. Llorente, la gran amenaza mediática que curiosamente no generaba tanta confianza en los aficionados del Athletic con los que hablamos del tema, se quedó en blanco gracias en parte al enorme partido de ambos defensas y gracias también al planteamiento del Cholo. Ni un balón lateral recibió Llorente, anulando así su gran y casi único recurso, y todo gracias a la labor del centro del campo y los laterales, que crearon un embudo difícil de superar para el rival; cuando el balón llegaba a Llorente, normalmente desde el centro, los centrales del Atleti estuvieron contundentes y sin fallos, concentrados, enormes. Simeone ató a los finos centrocampistas rivales y dejó más libertad de movimientos para Muniaín, que corría en horizontal con ese ritmo acelerado tan suyo sin que nadie le saliera al paso con facilidad; sólo cuando estaba apurado, aparecían tres centrocampistas del Atleti para robar y salir. Para esta tarea inteligente contó el Cholo con Gabi, jugador que claramente tiene carácter suficiente para tapar sus carencias en este tipo de ocasiones, dominador de espacios, tácticamente impagable y encargado de meter al resto del equipo en el partido cuando no se tenía el balón suficiente tiempo; en un par de ocasiones lanzó carreras suicidas destinadas únicamente a recuperar balones incluso para echarlas fuera, sólo para mandar el mensaje de que con el Cholo en el banquillo y él en el campo, no se relaja ni el acomodador.



Párrafo aparte esta vez para Mario Suárez. De Mario dudaban muchos, sobre todo el que suscribe. Uno no se fiaba de su frialdad, de su blandura, de su carácter para un partido así, de sus últimos partidos. Mario salió confiado y concentrado, hizo un partido extraordinario y, quizás para no quedar como un bobo tras ese tweet tan poco afortunado de hace unos días, calló la boca a muchos, sobre todo al que suscribe, que nos tragamos nuestras palabras con una felicidad extrema y rojiblanca. Mario fue clave en la recuperación y condujo el balón con calidad en varias ocasiones, no perdió el sitio y mantuvo a raya a los rivales que se acercaban a su parcela. Mario fue la sorpresa de la final y una alegría enorme para los que más manía le tenemos, hoy calladitos y la mar de monos, oiga.



En la parte de arriba, Arda jugó cuando quiso, que para eso es Arda, e hizo la jugada que acabó con el segundo gol de Falcao, un golazo tirando rivales al suelo por el camino. Adrián estuvo más apagado que otras veces pero, aún así, produce en los rivales una valiosísima sensación de pánico que ayuda a empujar hacia su área al equipo contrario. Diego, algo despegado del juego y de sus tareas defensivas el primer tiempo, se agigantó el segundo tiempo y mantuvo el balón, condujo contraataques y terminó marcando un golazo que trajo la tranquilidad a todos los que en esos momentos, desafiando a la lógica pero fieles a la personalidad del Atleti, aún pensábamos que aquello se podía perder. Diego se adornó en demasía un poco más tarde con un alarde innecesario y Simeone le cambió para que se llevara la ovación del respetable y el grito de "Diego, quédate"; nadie en el club hace tanto como Simeone para contar con un equipo competente el año que viene, qué cosas.



Y por último, aunque poco, Falcao. Falcao hizo un partido de jugador enorme, marcando dos golazos y casi un tercero. Inteligente, hizo astillas el frágil parapeto que supone Amorebieta, toda una ventaja para los rivales y una maldición para la Vino Tinto. Mantuvo con los centrales del Athletic un duelo de los de recordar, sin quejarse nunca, sin desfallecer nunca, sin dar nunca un balón por perdido a pesar de haber marcado dos veces. Una vez más, Falcao fue un fenómeno y no sólo por sus goles sino, sobre todo, por su entrega y compromiso. Gracias.



Un dato sobre el Athletic. Desarbolado por el Atleti, que fue mejor, lo intentó en varias ocasiones y quedó claro que la bola no entraría. En el fútbol pasan estas cosas, hay días que sí y días que no, y para el Athletic ese día fue no. Los goles de Falcao y el entramado del Cholo, junto con la constatación de que suerte no tenían, hizo entrar al equipo en fase de depresión; aún así, ni una patada, ni una simulación, ni una trampa. Esto, que parece una tontería, es muy inusual, muy honorable y muy importante.


También Simeone, que en el banquillo no muestra las formas broncas que en el campo tenía a veces, dispuso un precioso pasillo para el rival que, al acercarse a por su trofeo, recibió una ovación estruendosa desde el fondo del Atleti. Otro detalle muy valioso, para que tomen nota otros.


Neptuno


Mientras algunos volvíamos al centro de Bucarest a tomar champaña (que es como se llamaba antes el champagne) con algunos seguidores del Athletic, mucha gente bajó a Neptuno. Algunos comparan la emoción de vivir una final in situ con los pelos de punta que produce ver cómo, justo al final del partido, empiezan a salir de todos los rincones de Madrid camisetas y bufandas rojiblancas que se van uniendo, en ríos, con dirección a Neptuno. Los que no vivimos eso hace tiempo sentimos muchísima envidia de ese momento precioso y por eso nos irrita especialmente que no se pudiera vivir de nuevo. La plaza entera de Neptuno, nos cuentan, estaba acordonada, una medida sin precedentes, repleta de antidisturbios acorazados. El resultado es que la gente no pudo celebrar las cosas como antes, que familias enteras tuvieron que huir a la carrera para evitar que se aporreara a niños y ancianos y que los más inclinados a responder a provocaciones encontraran la excusa perfecta.



Conocida es la fobia del que suscribe a la policía blindada y malhumorada que acude a los estadios españoles, casi tan virulenta como la que padece hacia aquellos que van a este tipo de acontecimientos a provocar altercados y arruinar la fiesta al resto. Es curioso, no obstante, que en la mayoría de situaciones en las que uno ha vivido de cerca los problemas, la policía estaba especialmente agresiva; en Bucarest, sin ir más lejos, con diez mil aficionados por cada bando y una policía igualmente acorazada pero amable y cooperadora, no pasó absolutamente nada. Alguien debería pensar seriamente en esto.



Uno no entiende esta manía de la autoridad de obstaculizar las manifestaciones espontáneas de alegría y las celebraciones naturales. Uno, además, empieza a aborrecer estas celebraciones programadas con itinerario, speaker, pasarela, horario de imposición de bufanda, partitura y desfile de autoridades militares y eclesiásticas. Que el fútbol es cada vez más negocio y menos de la gente es obvio. Que en los estadios haya más ejecutivos y agentes que aficionados propiamente dichos es vergonzoso. Que ya hasta en la calle programen cuándo y dónde uno puede uno alegrarse so pena de recibir un porrazo en el cráneo, es ya lo último.



Los medios


Los medios, entusiastas en la exaltación del Athletic y sumisos a los intereses de la directiva del Atleti durante toda la fase previa al partido, aprovecharon el pitido final para especular sobre el futuro de los jugadores del Atleti. Con actitud más propia de la facción más odiosa de la afición del otro equipo grande de la capital, la prensa no dio ni un minuto de tregua. Ni un minuto dieron a los aficionados colchoneros para alegrarse, ni un sólo minuto sin hablar de despedidas, de fichajes por otros equipos, de ofertas millonarias procedentes de rivales odiados. Aquéllos que vieron el partido por la televisión que lo retransmitía en España han hablado de arcadas ante el tratamiento, y los que hemos podido ver las reacciones posteriores, no podemos más que denunciar el trato hacia los aficionados y la institución, ya que los encargados de hacerlo no dirán nada, como siempre.



Es una falta de respeto no permitir las celebraciones en la calle, es una falta de respeto convertir en noticia de primera plana lo que es un disgusto para la parroquia a los cinco minutos de un triunfo histórico. Los medios no respetan al aficionado y sólo mueven la colita esperando el trozo de información que manda la directiva, como un perrillo amaestrado, sin importarles si lo que dicen duele o no duele. Ríen las gracias y las meteduras de pata del presidente, alimentan los rumores más dolorosos sobre fichajes y tapan los agujeros negros de la gestión y los motivos para la vergüenza. Luego se quejan de la animadversión de la masa rojiblanca, luego se sorprenden y exigen el respeto que ellos nunca tienen hacia el aficionado de a pie.




Reflexión final, entrega de trofeos y exaltación de los valores rojiblancos (Ad Maiorem Choli Gloriam)



Contra viento y marea, centímetro a centímetro, el Atleti de Madrid, esto es, entrenador, jugadores y  grada, ha ganado un nuevo título europeo. A pesar de la gestión desastrosa, de las deudas, de los cambalaches, de los entrenadores títere, de la prensa sorda y muda, de la exaltación mística del rival y de nuestras propias carencias, esa camiseta con vida propia ha vuelto a convertir un collage de cedidos, nuevos, buenos y no tan buenos en un equipo campeón. Nos venderán lo que quieran, nos contarán milongas sobre presupuestos y fichajes, nos dirán que vendrá uno mejor o igual que otro, pero los que ahí estamos siempre sabemos bien lo que pasa, quién es en el fondo el motor de los éxitos y quién es el responsable de los fracasos, quién suma y quién resta en este club con directiva enana y grada gigante.



A pesar de los pesares, la camiseta de las rayas rojiblancas y el Cholo Simeone nos han devuelto a la gloria. Enorme es el mérito del Cholo, ese entrenador que vive el Atleti como nosotros, que se alegra como nosotros y sufre tanto o más que nosotros, el tipo duro que heredó una plantilla mal hecha y mal entrenada y la ha convertido en un equipo serio con un entrenador sensato y elegante. Pasará más adelante lo que tenga que pasar, veremos en qué se convierte el Atleti, pero, por ahora, gracias Simeone, gracias Atleti por hacernos tan felices a pesar de que te lo ponen tan complicado.


Nadie nos ayudó ni nadie nos ayudará. No era fácil, como no lo es nunca lo nuestro, pero es lo que elegimos, lo que somos y lo que nos gusta ser.


Ahí queda, para quien quiera oírlo, Aúpa Atleti.

viernes, 27 de abril de 2012

Qué suerte tenemos, oiga



En la ida llegamos al campo con nervios pero no tantos, algo raro, como si no fuera una semifinal de Europa League, a la que desde ahora llamaremos UEFA, sino una temprana eliminatoria de Copa. El partido de ida lo vivimos en el estadio como una fiesta, el final como la caída a una piscina con el agua sucia y verde del invierno. Con los días nos dimos cuenta de que el Atleti había hecho un partidazo, que Adrián había marcado un golazo, que Falcao había marcado dos. Vimos entonces que íbamos al partido de vuelta con una ventaja importante a pesar de los dos goles tontos, que lo normal en un equipo normal jugando un partido normal era pasar con normalidad. Pero entonces se fue acercando el día del partido y empezamos a ver cada vez más pequeña la ventaja, cada vez más probable el encajar un gol tonto de esos nuestros, cada vez más altos sus centrales y más bajitos los nuestros.

Y llegó el día y nos levantamos más nerviosos de lo que deberíamos, sabiendo que nos jugábamos el pasar a la final contra un equipo contra el que resulta antipático jugar, sin saber muy bien por qué pero sabiendo por qué no resulta simpático. Tras una semana intensa de fútbol de otros con uno de los nuestros llevando la voz cantante y reclamando, una vez más, que se le trate como merece (como por ejemplo, recibiendo noticias en forma de carta desde las páginas del Marca) nos tocaba a nosotros, por fin. Por fin, en el día del cumpleaños del Atleti, pasada la vorágine de las bravuconadas de unos y otros y los disgustos grandilocuentes y los penaltis a las nubes y los chistes de Internet, pasada la actuación de los teloneros, llegábamos nosotros. Llegábamos nosotros y a esas alturas no nos llegaba la camisa al cuello y se nos revolvía el cuerpo y alternábamos fases de estómago cerrado con ataques agudos de apetito, buscando cosas que hacer para no pensar en lo que se nos venía encima y con ganas al mismo tiempo de que empezara ya el partido. Por la calle pasaban aficionados con camisetas del Atleti y bolsas llenas de cerveza y patatas fritas y cara de pocos amigos, cara de nervios, de angustia, de nervio, de alegría al mismo tiempo.

Y salió el Atleti y empezó el partido y tragamos saliva y apretamos las mandíbulas. El Valencia, como no podía ser de otra manera, empezó a empujar tras unos primeros minutos con el Atleti en campo rival. Como no podía ser de otra forma, sopló y sopló el Valencia y en casa los aficionados asistían angustiados al asedio, preguntándose en su fuero interno quién habría sido el arquitecto de la casa defensiva de la noche. ¿Sería el cerdito pequeño, constructor caradura con querencia a los materiales livianos y poco resistentes, autor del entramado defensivo del partido de ida? ¿O sería quizás el cerdito mediano, amante de la madera pero también de ir a tocar el violín con su hermano pequeño en vez de reforzar los cimientos, diseñador del sistema de achique de urgencia de casi toda la temporada? Tranquilos, dijo una voz en off grave y solemne, tranquilos, dijo. Tranquilos, hoy ha sido el cerdito mayor, responsable aparejador amante de la piedra, el ladrillo y el mortero, maestro del enfoscado y artista de la llana, hoy la defensa es cosa del Maestro Porcino y la cosa es segura como la llegada del verano, rocosa como el rostro del consejero delegado, duradera como la carrera de Matías Prats (Junior), fiable como un coche alemán de los de antes. Tranquilos, oigan, tranquilos, dijo la voz en off.


- Yo no dije eso
- Bueno, no sé, es una licencia literaria, entiéndame Vd.
- Es que yo no dije eso, yo pregunté si había un sacacorchos, no hablé de cerditos ni de enfoscados ni de tonterías de esas
- Bueno, déjeme Vd en paz, oiga. 


El Atleti salió en Valencia dispuesto a esperar el asedio y defender la muralla con piedras, palos y aceite hirviendo y de ello se ocuparon, sobre todo, dos tipos bajo sospecha. Godín, autor de algunos fallos dignos de pescozón y pellizco de monja, fue un coloso entre tanto balón cruzado y tanto pase por alto, contando con la ayuda de Miranda. Courtois, espigado becario transitoriamente en situación intercambio y alojado en nuestra casa, bajo la lupa desde el derbi, paró por arriba y por abajo y por los lados, hizo una primera parada que celebró con la rabia del que sabe que ha vuelto a ser él mismo y transmitió seguridad a los propios y desesperación al rival. El Valencia asediaba con menos tino que posesión, haciendo el daño que podía hacer, un daño asumible y gestionable incluso jugando a ratos como si quedaran tres minutos. 

En medio del asedio, la defensa achicaba y el medio campo se hacía cada vez más chico. Desconectado Arda, quizás enfrascado en pensamientos abstractos relacionados con la economía mundial, y poco acertado y ofuscado Diego, toda la responsabilidad de la primera línea de defensa recaía en Tiago y Mario. Tiago y Mario, pareja defensiva mullida cual edredón, tenían enfrente a Albelda y pareció que este hecho, normal para muchos futbolistas, produjo  en ambos una sensación similar a la que experimenta un hamster al quedar frente a una cobra. Mario sencillamente no dio una a derechas, dando balones a rivales y quedándose después quieto, frío e inmóvil, sin sangre. Algo más de sangre puso Tiago, pero no mucha. No mucha, salvo en un momento puntual, en el momento en que el árbitro pitó un penalti por manos de Tiago que no eran de Tiago. Tiago se fue a por el árbitro e intentó poner cara de malo pero sólo le salió esa cara de María Magdalena que alcanza a poner y se armó un lío. El árbitro reculó en su decisión, y quizás eso sea gracias a Tiago; entre tanto, se montó lo que ahora llaman tángana. Tiago seguía protestando mucho con cara de protestar poco, el Valencia vio en el lío la ocasión perfecta para embarrar el partido, forzar una expulsión, cobrar incluso un penalti y volver a entrar en la pelea. Ningún jugador rojiblanco acertó a retirar a Tiago, empresa que se antoja más bien fácil para cualquier tipo de más de cincuenta kilos; Tiago se empeñó en buscar pelea, en hacer lo intolerable cuando se lleva el brazalete de capitán del Atleti, en entrar a todos los trapos como esos macarras que, mordiéndose la lengua, siguen empeñados en soltar un puñetazo cuando la pelea de bar se ha disuelto. Jordi Alba y Soldado, dos tipos con papeletas para representar al país en la Eurocopa - esto es, representarles a Vd, a Vd de allá y al que suscribe también -, mostraron esa actitud teatrera y pendenciera que hace del fútbol un deporte odioso. Soldado consiguió provocar al melifluo Tiago y éste le dio un sopapo de cura de colegio antiguo. La afición se hizo entonces la siguiente pregunta: ¿Qué tendrá Soldado para conseguir sacar de sus casillas incluso a este tipo tan soso? Esta pregunta pasó automáticamente a formar parte del grupo de grandes preguntas de la Humanidad, justo detrás de otras dos importantes cuestiones: ¿Qué tendrá Marbella? y ¿Qué tendrá la Costa? (que todo el que llega, allí se coloca, colocacoloca).

El aberrante episodio de Tiago había ocurrió con el partido casi acabado, con poco ya que decir, cuando el Valencia debía meter tres goles más para pasar. Todo ello, gracias a dos factores. El primero, el golazo de Adrián tras buen pase de Diego. Adrián recibió, miró, apuntó y metió otro gol de calendario, un gol de esos de gritar por el patio, de abrazar a la suegra, de besarse con la prometida, de llamar a los amigos emigrados. Adrián finiquitó la eliminatoria en el minuto 60, aprovechando la desaparición del Valencia desde el principio del segundo tiempo. Porque en el segundo tiempo salió Gabi por Mario y todo cambió. Gabi, el otro factor de la victoria, impuso sus ganas y su concentración, su afán por hacer del Atleti un equipo que juega finales esté enfrente Albelda o un regimiento de granaderos escoceses. Gabi, desconocido el domingo ante el Español, partido en el que fue sustituido y mejorado por Mario, salió por Mario y cambió al equipo. Gabi apareció cuando hacía falta, y a Gabi está el que suscribe la mar de agradecido por ello.

Acabó el partido y se abrazaron las familias y se llamaron los amigos y la gente se echó a la calle a bailar en torno a Neptuno y los antidisturbios tomaron posiciones como si se fuera a producir un cataclismo, pero esa es otra historia. Por segunda vez en tres años, después de montones de intentos, el Atleti está en una final europea. El Atleti irá a Bucarest a jugarse otro título, esta vez con el Athletic de Bilbao, un partido precioso en un momento precioso. Enhorabuena a todos, gracias a todos, suerte a todos. Forza Atleti.
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El Atleti de Madrid consiguió, el mismo día en que fue fundado como filial del Athletic Club de Bilbao, pasar a una final contra el equipo su equipo matriz. El Athletic Club de Madrid fue fundado el 26 de Abril de 1903 por estudiantes vascos del Athletic Club de Bilbao, asqueados - cuentan- por la actitud de jugadores y aficionados del otro equipo grande de la capital en un partido celebrado en una visita del club bilbaino a Madrid. Si esto es cierto o no es algo que el que suscribe no está en condición de afirmar, pero sí le gusta pensar que el origen del Atleti fue reivindicar las buenas formas no empleadas por esos vecinos que aún siguen siendo iguales. Así que, sea o no cierto, aquí lo damos por bueno e incluso si llega un historiador y lo desmiente con datos tajantes, seguiremos contando así la historia porque nos gusta más y nos pega mucho más, hombre ya, oiga.

El Atleti jugará en Bucarest un partido que debería ser precioso, contra un equipo que todos conocemos, formado por chavales de la casa o de cerca de la casa, con filosofía y vocación de equipo antiguo, de club de barrio, de fútbol de verdad. Conocida es la admiración del que suscribe por el modelo del Athletic, como también es conocido el agradecimiento por lo bien que le trataron en San Mamés en aquél partido de los tres goles de Forlán. El que suscribe, que tiene varios y buenos amigos del Athletic, espera pasar un día inolvidable hablando de fútbol, comida y cerveza en Bucarest con los propios y con los venidos de Bilbao. Esperemos que nadie se empeñe en fastidiarlo todo. Esperemos que las cosas salgan como deben salir.

Dicho esto, una sugerencia. Por lo que parece el Atleti podrá jugar de rojiblanco, al ser local según el sorteo. Para uno, que es tonto, amante de las tradiciones y del respeto a la historia de los clubs ingleses, ésta sería una buena ocasión para tener el gesto que ronda la cabeza de muchos aficionados. Si el Atleti ofreciera al que fue su equipo matriz la posibilidad de jugar de local en señal de respeto a nuestra historia y la suya, algunos estaríamos muy orgullosos. Para ellos podría ser una gesto bonito, para nosotros también. Ahí queda; nobleza obliga.
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"El Pupas" nos llaman, "sufridores", nos llaman, "del Atleti, pobre", dicen. No saben que, con esos goles en contra en el último minuto, con esas desgracias pequeñas, con esas cuestas arriba que el Atleti debe subir cuando para el resto es llano, tenemos una suerte inmensa. Tenemos la suerte de ver cómo, incluso entre la tierra podrida por la inoperancia y la avaricia de los del palco, de vez en cuando nos sale una flor preciosa. Tenemos la inmensa suerte de tener una afición que, aunque a veces sea excesivamente permisiva, maternal de puro leal, blanda de puro entregada, sepa bien lo que somos. Tenemos la suerte gigante de alegrarnos de nuestros triunfos sin esa angustia de algunos equipos ricos y poderosos que no disfrutan nada que no sea ganar todo y ganarlo ya, aplastando rivales en las portadas a todo color. Llegados a este punto, casi da pena de ver a los seguidores de los equipos más mediáticos y artificiales, siempre ansiosos y enfadados, siempre presionados por tonterías, con la rabieta del hijo de papá que monta en cólera porque aún no llega al concesionario su carísimo coche del color exigido. Tenemos la inmensa suerte de conducir un coche dignísmo en la grada y a veces también digno en el campo, pagado euro a euro desde fondos y tribunas por nosotros mismos a fuerza de paciencia y fe, todos juntos, sin regalos ni portadas ni recalificaciones. Pena de directiva que no está a la altura, vergüenza de autoridades que lo toleran y fomentan, bendita afición rojiblanca.

Responsabilidad nuestra es ahora mantener la cabeza en su sitio, ser respetuosos y sensatos, no convertirnos en el espejo de esos equipos nuevo ricos recién llegados a la cima haciendo ostentación de sus virtudes compradas y su falta de saber estar. Somos el Atleti, debemos ser mejores que casi todos y más sensatos que el resto. 

Somos el Atleti, viva la madre que nos parió.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Crónica huertana del Valencia - Dos Atletis (dos)


Ya saben Vds que el que suscribe gusta de ir a ver partidos del Atleti a otros campos, y siempre en zona de aficionados locales, lejos de la grada en la que se juntan los aficionados del Atleti desplazados al evento. Las razones para ello son muchas: ver cómo ve el fútbol la afición local, ver cómo ve al Atleti y los atléticos la afición rival, cambiar de aires para no ver únicamente al equipo rodeado de los nuestros, consciente de que con el tiempo desarrollamos filias y fobias que quizás no sean objetivas y, por ello, sean más fáciles de relativizar cuando se está rodeado de aficionados que rara vez pisan el Calderón.

El riesgo de esta práctica es casi nulo, pero no inexistente: no hay riesgo de que le den al aficionado visitante un sopapo si este se comporta con discreción de ordenanza de oficina antigua y lleva gafas de párroco, como es el caso. Tampoco hay riesgo de entrar en discusiones acaloradas que acaben con la invitación al desplazado a irse a tomar viento cuando uno es de naturaleza escéptica, comedida y poco dada a la sentencia e intente ver las cosas con distancia y sin forofismo. Eso sí, sí existe riesgo en Mestalla de acabar en un hospital cuando uno merienda un bocadillo de blanco y negro con habas, por lo que éste es un deporte de riesgo que cedemos a estómagos más intrépidos. Y también existe riesgo, eso sí, de verse abochornado cuando la propia afición desplazada canta esas tonadas ofensivas con los anfitriones que van tan poco con el carácter de uno y hacen que se giren los locales hacia el miope invitado, como diciendo "vaya tela".

Si bien, como hemos visto, los motivos y los riesgos de ver el partido entre aficionados rivales son muchos, la razón suele ser una, única y constante: la cesión gratuita de un abono por parte de un amigo local, práctica también conocida como "gañote". Siempre es un placer ir al fútbol con los amigos pero si encima éstos le invitan a uno su localidad, le organizan comida, cena y más comida en sitios escogidos (algunos repletos de patos), le llevan y le traen a los mejores sitios de la ciudad y encima se quedan casi agobiados cuando el Atleti pierde, ya, ni les cuento. A riesgo hacer que el que suscribe parezca Roberto Gómez (y no sólo en perímetro abdominal), no sería de recibo hacer esta crónica sin esta mención agradecida a los anfitriones.

La visita a campo rival con amigos conlleva una obligatoria práctica vecina: hablar de fútbol casi todo el rato, tanto con los amigos como con los amigos de éstos y sus vecinos de localidad. Hablar de fútbol con socios de otros clubes que ven tantos partidos como uno - pero de otro equipo - es una experiencia enriquecedora en tanto se da uno cuenta de que en todas partes, como en el kiosko de Mestalla en el que la afición compra bocadillos hipercalóricos, cuecen habas. Las verdades absolutas a las que creemos llegar los que poblamos las gradas del Calderón son parecidas a las verdades absolutas - pero contrarias - a las que llegan los que pueblan las gradas de Mestalla o, imaginamos, cualquier otro campo de España. Para sorpresa del que llega a campo ajeno, el aficionado rival habla maravillas de un jugador local al que el visitante casi nunca vio jugar y al que tiene en poca consideración; para sorpresa de los propietarios de la grada, el recién llegado confía ciegamente y eleva a la categoría de esencial a un jugador al que ellos no sabrían situar en la foto oficial de la plantilla. Donde el recién llegado ve un jugador tosco y tribunero con aciertos contados y errores de bulto, los locales ven un ídolo sobrado de precisión y arrojo para el que piden la selección absoluta, la titularidad y el premio Príncipe de Beukelaer. Igualmente, donde la afición visitante (y no toda, que quede claro) ve un jugador con gran calidad y embrujo que aporta el pellizco artístico que le señala como paisano de Fernanda y Bernarda de Utrera, los locales ven un holgazán desnortado sin participación en el juego y no entienden cómo una grada supuestamente entendida puede reclamar a Del Bosque - y no Andy y Lucas - el no contar con él para su próximo proyecto.

Partiendo de estas premisas, hablar de fútbol puede ser un placer y también puede ser un tormento. Puede ser divertido, respetuoso y enriquecedor, puede ayudar a que uno despeje dudas sobre las características de ese portero al que vio jugar pero no conoce bien o aprender sobre el nuevo fichaje que deslumbra por su poderío físico. Puede servir para descubrir que su equipo da más miedo del que uno, que ve sus miserias y virtudes día a día, podría llegar a pensar o para constatar que una operación oscura con un fichaje ultra millonario presentado ante quince mil personas hace levantar las cejas con desconfianza a ambos lados del Cabriel. Hablar de fútbol sirve también para que algunos liberen la tensión de la semana poniendo la cabeza como un bombo al visitante con sus encendidos argumentos sobre el trato injusto de la prensa hacia los prometedores fichajes locales, la sobrevaloración de las estrellas rivales, la corrupción impune de la directiva colchonera o el error que supusieron los Decretos de Nueva Planta y la división administrativa impuesta por los Borbones ignorando la tradición jurídica huertana y el sentir de los valencianos, como si el visitante, en vez de ser un tipo que vino a pasar la tarde, fuese el depositario de todos los valores de la Real Chancillería de Castilla, la Real Inquisición y el gremio de peritos contables. Compartir cervezas tiene también estas cosas, y si sirve para que la gente se desfogue y cuente el lunes a los compañeros de oficina que se despachó a gusto con un pobre señor con gafas que acabó escapando hacia una puerta de entrada del estadio, pues también está bien.
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Llegó la afición atlética al estadio y, una vez más, se dio cuenta de la cantidad de camisetas rojiblancas que se ven por los alrededores de Mestalla en los partidos de liga. La miopía y la falta de luz debido a lo tardío de la hora pudo hacer que algunas de las camisetas suplentes del Valencia, cuatribarradas y con canesú azul, fueran tomadas por camisetas rojiblancas de aquella temporada en la que, gracias a que las letras eran amarillas sobre fondo azul, la equipación del Atleti parecía el uniforme de una heladería. Fuera como fuere, fueran camisetas del Atleti o del Valencia de la época de Solsona, el ambiente en el estadio hacía pensar al aficionado colchonero que había muchos de los suyos compartiendo la empinada grada de Mestalla, lo que ayudaba a sobrellevar con dignidad el vértigo de moverse por la tribuna vertical sin miedo a caer despeñado.


Salió el Atleti al campo y la afición colchonera pensó tres cosas: la primera, qué bonita es la camiseta sin publicidad. La segunda, qué bonitas son las medias rojas con la vuelta blanca, como toda la vida. La tercera, por qué juega el Atleti con un pantalón rojo cuando el rival va de blanco y negro. Los árbitros exigen últimamente que los equipos cambien sus equipaciones para así no confundirse en cuando los jugadores luchan por un balón. Una reflexión superficial sugiere que, dado que un árbitro de fútbol debe tener buena vista para decidir fueras de juego por escasos centímetros o si un balón rebotado con violencia pasó la línea de fondo, un señor que sea capaz de confundir a un tipo de rojo, blanco y azul con uno de blanco y negro quizás sería mejor que se dedicara a otra profesión, como por ejemplo revisor de tren o encargado de cafetería. En fin.

Salió el Atleti al campo pero, una vez concluido el partido, quedó claro que al campo salieron dos Atletis, uno para no perder, que perdió, y otro para ganar que no pudo ni empatar. El segundo salió en el primer tiempo y parte del segundo, el primero salió al final del partido y el lío ordinal fue ya completo. El primer Atleti salió con tres medio centros de contención, poca creación y menos presencia, el segundo salió con un turco habilidoso que dejó buena impresión y un brasileño que encendió las luces.

Jugó Courtois, portero del Atleti que no es del Atleti, y dio muy buena imagen. Alto, sobrio y ágil, hizo alguna parada difícil sin que pareciera que le costara mucho. Courtois tiene buena pinta, lo que hace que uno se preocupe por Joel y por el futuro del propio Courtois, más cerca del barrio de Chelsea que del de Carabanchel. Jugó Silvio, muy activo en ataque y hábil a la hora de centrar al área, más audaz a la hora de subir que de bajar pero bien en líneas generales a pesar de que Piatti y en ocasiones el interesante Jonas parecieron cómodos al encararle. Salió Filipe Luis Filipe y, sin hacer su mejor partido, estuvo un poco mejor que en sus peores tardes, que tampoco es mucho.

Jugaron también Domínguez y Miranda de centrales y se llenó el centro del área de preguntas, cuidado, ahí hay una pregunta que resbala, tenga ojo Vd no la pise, espere que ahí hay otra. Algunas de las cuestiones pretendían aclarar si Domínguez pasa un bache o si el año en blanco del año pasado no tiene solución a corto plazo; otras, qué demonios ocurre con Godín. Otras preguntas se centraban en Miranda, el joven central de la escudería Mendes. En el campo Miranda gustó y pareció contundente y serio; comentarios procedentes de aficionados que vieron el partido por televisión hablan de fallos, falta de solidez y un partido flojo. En el campo pareció no tener demasiados problemas para controlar al aspaventoso Soldado, pero aquellos que vieron el partido por televisión hablan de su inocencia en el gol del Valencia, con toquecito artero en la espalda. Ya se sabe que la televisión permite ver ciertos detalles e impide ver la foto general de la disposición en el campo, por lo que esperaremos un tiempo para hacernos una idea definitiva sobre un jugador que, tras lo poco visto ayer, parece que podría valer.

En el centro del campo convivieron los dos Atletis. En el primer tiempo salió eso que ahora se llama trivote, término que sugiere una pequeña embarcación que, a pesar de sus reducidas dimensiones, tiene tres palos y vela latina y luego resulta que son tres señores jugando al fútbol. Jugó Mario más cerca de los centrales, Gabi a su derecha y Tiago a su izquierda. De todos ellos, sólo Gabi lo hizo bien, y eso sin brillar. Gabi se fue del Atleti dejando la sensación de esperanza frustrada que, por blandito, nunca llegaría a ser lo que pudo ser; tras su partida y especialmente tras su paso especialmente por el Zaragoza (de Aguirre), Gabi ha vuelto hecho un señor serio y solvente que corre, tapa, la pide, asume responsabilidades y, si hace falta, pone las peras al cuarto a los comerciales de Telefónica que llaman a la hora de la siesta de un sábado a ofrecer una tarifa ventajosa. Su seriedad contrasta con la blandura y frialdad de Mario, impropia de un jugador que ocupa algo parecido al vértice más atrasado de un rombo (sobre todo con centrales no excesivamente dinámicos ni contundentes). Mario hizo un partido ñoño durante el cual pudo aprender de la agresividad de aquellos que tuvo enfrente, siempre superiores. Aún así, no fue el último en el ranking de centrocampistas desafortunados de la tarde, que fue liderado por Juanfran, cada vez más acelerado, desacertado y torpe a la hora de tomar decisiones, y por Tiago.

Tiago sigue imparable en su declive, cada vez más evidente. Tiago llegó como refuerzo imaginativo para la media y en los primeros partidos pareció cumplir con su misión. En su momento se pensó que sería él la referencia en torno a la que armar un equipo que jugase al fútbol y no diese patadones, como acostumbraba el equipo. Sin embargo, poco a poco ha ido perdiendo físico, presencia e ideas y cada vez parece más el espíritu penante de aquél que jugó al principio. Tiago se mueve perdido por el campo, incómodo a la hora de colocarse en defensa y en ataque, cansino y lento en el repliegue, huérfano de referencias y sin muchos recursos para entrar en el juego a excepción de los destellos de la calidad que nadie le discute y que le permitió hacer un precioso pase a Adrián que casi termina en gol. Pero la presencia de Tiago se diluye cada partido y su papel en la media ha pasado de protagonista y gran esperanza blanca a secundario sin presencia rolando a figurante sin frase, algo así como el papel que desempeñaba Quique en la pandilla de Verano Azul. En un equipo que tuvo a Milinko, en el que estuvo luego un centrocampista portugués con gorro que bien pudo haber llevado el apodo de Fofo (sin tilde) y que ahora tiene a Gabi, Tiago parece haber asumido el rol de Rody, el miembro del clan de los payasos de la tele que nunca nadie supo bien qué pintaba ahí, si era payaso o asesor financiero del grupo, si había que esperar de él chistes y chascarrillos o el contrapunto sensato y cascarrabias que guardan para sí los clowns sin maquillar y con chaqué. Si alguien, por cierto, puede aclarar qué hacía Rody en ese grupo, se agradecería la información, que esta cuestión nos atormenta desde edad temprana.

Cuando marcó el rival y el banquillo cayó en que el equipo no había creado peligro, salió Arda Turán y el Valencia reculó unos metros. Poco después salió Diego y con él salió también el sol. Retirados del campo Mario (por un desacertadísimo Juanfran) y Tiago, el centro del campo cambió radicalmente. Del cansino esperar y el pensar lento del principio se pasó a un juego mucho más vertical y rápido, gracias sobre todo a Diego. Diego, jugador con enorme calidad y curriculum preocupante, necesitó tres toques para dejar claro que es el tipo más dotado del equipo para mover el balón y el equipo. Muy presente, siempre mostrándose y muy cómodo manejando el balón incluso entre varios rivales, cambió la foto del equipo en poco tiempo. Ayudado por Turan, más vertical y listo de lo esperado y tan habilidoso como nos habían contado, metió casi solito al Valencia en su área y lideró el asedio, tardío, con el que el Atleti quiso empatar el partido. Provocó un penalti que en el campo pareció claro y no se pitó, sacó a los medio centros de su sitio, se coló entre líneas y en diez minutos encendió una llamita de esperanza entre la afición, a esas horas en parte intoxicada por obra del bocadillo arriba mencionado. De haber sido esa la dinámica desde el principio del partido y no cuando se perdía de un gol contra un equipo serio y con oficio, las cosas podrían haber cambiado.

Del ataque del Atleti, poco que decir hasta que salieron Diego y Arda Turan. Poco porque poco pudo hacer la delantera, desconectados todos del medio campo tristón que jugó hasta el minuto 60. Adrián volvió a mostrar buenas maneras e inteligencia a la hora de tirar diagonales para ayudar al equipo y fue sustituido quizás por haber sido el último en llegar y no por merecerlo más que otros. Reyes hizo otro de sus partidos intrascendentes y a ratos irritantes, lo que probablemente contribuya a esa leyenda de jugador imprevisible y de arte que tan perplejo nos tiene a algunos. Y Falcao, debutante, vio cómo no le llegaba ni un solo balón en condiciones, en parte por la inoperancia de su retaguardia y en parte por el buen hacer de los centrales del Valencia, sobre todo Rami, un portento físico e intimidador que tuvo a un educadísimo señor colombiano vecino de grada con el corazón en un puño por si partía en dos al bueno de Radamel. Como piropo a este último, decir que a pesar de la inoperancia de los compañeros, la soledad en el área y los palos recibidos, no se vio ni uno mal gesto ni un reproche salir de su boca. Y estas cosas, en tiempos de estrellitas quejicas y reivindicativas cuando le hacen un hat trick a la Gimnástica Segoviana, a uno le gustan.

El Atleti perdió un partido contra el Valencia menos fuerte de los últimos años, cediendo puntos en un campo importante, puntos de los que sin duda nos acordaremos más adelante. El equipo dejó numerosos motivos para la preocupación (principalmente, que los destacados son jugadores cedidos con papeletas para irse del club si las cosas salen bien) y algunos para la esperanza. Como este año se ha tomado la firme decisión de ser optimista en el blog, nos quedaremos con los últimos. El Atleti, mal planificado y con refuerzos de último minuto, tiene aún el beneficio de la duda: es pronto para juzgar. Lo visto en el campo desde la entrada de Diego y Arda Turan y lo visto en el pasado en Falcao debe ser tomado como algo positivo. Lo enseñado por Courtois, el dinamismo de Silvio y el aplomo de Gabi también animan un poco. Todo lo demás siembra dudas, pero, si se consigue que se centre en el equipo alguien capaz de cerrar bares en Wolfsburgo La Nuit, quizás hayamos dado con la tecla.