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martes, 14 de octubre de 2008

Yo, hincha

Algunos, que tenemos ya más años que un loro y las mismas ganas de lío que una carmelita descalza, somos lo que viene llamando hinchas. Hinchas de fútbol, forofos a veces, futboleros, vamos. Esto es, nos gusta el deporte en general, casi todo el deporte, pero en especial nos gusta el fútbol. Jugamos al fútbol, vemos partidos de fútbol, hablamos de fútbol con amigos, vecinos y desconocidos. Somos seguidores de un equipo de fútbol, el equipo al que consideramos nuestro, del que nos consideramos parte, un equipo al que hemos dedicado muchas horas de conversaciones y risas y análisis sin fundamento o con él. Este mismo equipo era el equipo de nuestro abuelo y de nuestros padres y de nuestros hermanos, el equipo de muchos de nuestros amigos. Nos gusta el fútbol y nos gusta mucho, aunque tampoco es que estemos siempre con lo del fútbol así, obsesionados, o a lo mejor sí, o al menos mi cuñada dice que sí y mi cuñada es listísima.

Los martes jugamos al fútbol con los amigotes. Somos malos y estamos fuera de forma pero nos reímos de nuestra propia ruina física y de nuestra pobre técnica y del ruido a saco de gimnasio que hacemos al caer tras intentar rematar a cabeza. Cuando falta un jugador preguntamos a los del campo de al lado y si no encontramos a nadie jugamos con un sobrino del portero o con el hijo de once años del defensa zurdo porque da igual cómo lo hagamos, que lo que nos gusta es jugar al fútbol. Y tomar luego una cerveza, o cuatro, y charlar sobre nuestros equipos, que no son los mismos. Y discutir con los del equipo rival, y discutir con el del bar, y discutir sobre si el mejor fue Maradona aunque le recordemos entre brumas casi. Vamos, que a lo mejor lo del fútbol es secundario, que lo que nos gusta es vernos y reírnos y discutir de tonterías, que bastante tenemos ya con lo de todos los días como para no regalarnos un ratito en el que hacer el bobo.

Como nos gusta el fútbol vamos al estadio. Unos siempre, otros de vez en cuando, algunos incluso se desplazan fuera de nuestra ciudad para pasar el fin de semana y ver el partido en campo ajeno. Nos gusta ir juntos aunque cada vez vayamos separados con más frecuencia, y nos gusta ir con tiempo aunque cada vez nos sea más difícil. Antes, cuando el fútbol era a las cinco, nos juntábamos a comer y luego tomábamos café a toda prisa y nos metíamos en el campo. Ahora, con el lío de horarios y cambios de última hora quedamos una hora antes en el bar de siempre y una hora antes nunca hay nadie. Llegamos con la hora pegada, corriendo, a veces con el partido empezado, sin tiempo casi para abrir las pipas, molestando a toda la fila. Pero llegamos, y cuando el equipo marca nos abrazamos y cuando el equipo pierde nos llevamos un disgusto y cuando el equipo gana nos dura la sonrisa varias horas y luego nos gusta ver el resumen en casa frente a la televisión. Cuando pierde no, cuando pierde no vemos el resumen, vemos una serie tonta o una película de tiros o ni eso, cenamos de mala gana y nos vamos a dormir pensando en la llegada a la oficina al día siguiente y en las risitas de Menéndez y de Cubillo, que es el que más rabia da porque de fútbol no tiene ni idea ni le gusta ni le interesa pero no pierde ocasión de reírse así un poquito de lado, así jíjíjí se ríe Cubillo y a uno le entran ganas de decirle pero tú de qué te ríes, Cubillo, que estás echando papada, Cubillo, más te valdría correr un poquito, Cubillo, que estás que pareces tu propio padre, Cubillo, hombre, ríete de ti mismo si acaso, hombre ya; pero no decimos nada porque, aunque nos irrite y Cubillo nos parezca un imbécil integral en ese preciso instante tampoco vamos a dramatizar y faltarle al respeto a ese hombre, Cubillo, que tampoco es para tanto.

Como nos gusta al fútbol y nos gusta ir al estadio, llevamos mucho tiempo yendo. Al estadio, digo. Antes la cosa era más tranquila y uno aparcaba mejor y los policías municipales no le regañaban a uno tanto. Y bebía uno café o un vino en la acera, frente al bar, y ahora a uno no se lo permiten y le obligan a beber en vaso de plástico, que como todo el mundo sabe es el recipiente perfecto para echar a perder la cerveza. Pero bueno, no está mal, en peores plazas hemos toreado. La hora no es buena y el vaso no es bueno, pero tampoco está mal. La gente también ha cambiado, ahora andan más enfadados, como siempre, como en todo, y pitan y no guardan cola ante la ventanita por la que nos dan cerveza en vaso de plástico. Y la gente se queja más también, sí, como en todo. Se quejan del equipo, del entrenador y del árbitro, como siempre se ha hecho. Se quejan más de los jugadores, de la falta de ganas, del dineral que ganan, de lo poco que le importa la gente. Esto sí ha cambiado, esto sí, antes no se oía tanto eso. Quizás porque los futbolistas ganaban menos y no llevaban pendientes de brillantes y cochazos de millonario y gafas de pantalla, puede, pero sobre todo porque al menos antes los jugadores eran más como los de la grada, más del club, más de la ciudad. Ahora muchos jugadores tienen poco que ver con la gente, el equipo está formado por tipos que no entienden nada, que ni siquiera son de aquí. Bueno, es el signo de los tiempos o al menos puede que lo sea, pero no gusta. También nos quejamos de los que dirigen el club, de la mala imagen que dan del colectivo, de lo poco que les interesa la afición y lo mucho que les interesa hacer negocios propios y ganar notoriedad, de lo poquísimo que entienden lo que se siente en la grada. Pero qué se le va a hacer, la gente se encoje de hombros y se conforma, qué se le va a hacer si el club ya no es nuestro, ahora es de un señor con acciones que a lo mejor no es ni de aquí, qué le vamos a hacer, vamos ya para dentro que quedan diez minutos y luego se forma cola en los tornos y yo tengo que ir al baño.

Entramos en el estadio y a veces es ya de noche y no podemos ir con los niños ni con los abuelos, con lo que les gusta a ellos. Y no podemos bebernos una cervecita tampoco, que lo prohibieron hace poco. El alcohol, digo, que antes vendían café en termo y copa de coñac. Ahora no, ahora agua mineral. Al entrar, te cachean unos tipos de seguridad que ni dan los buenos días ni dan las gracias, sino que te miran como si vinieras de perpetrar el gran robo al expreso Barcelona-Algeciras. A ver, esa bolsa, no se puede entrar con eso. "Eso" pueden ser muchas cosas, desde un casco de moto a la funda de las gafas, si pesa. Ni con el tapón del agua mineral se puede entrar. Pero vamos, que eso ya lo sabemos y aún así entramos a ver jugar a un equipo de tipos con los que no tenemos ya mucho que ver tras ser cacheados como traficantes de armas a unas horas que no nos vienen bien. Pero vamos, que seguimos yendo.

El abono es cada vez más caro. Demasiado caro para lo que vemos, sí, porque vaya tela a veces, y además pagamos por adelantado, si a mi el fontanero me pide que pague por adelantado va listo, pero esto es así, pagas el añito entero. Pero vamos, lo pagamos porque toda la vida hemos sido abonados y ahora no vamos a parar, además éstos siguen yendo y no voy a ser yo quien se quede fuera, aunque luego no vaya muchas veces al partido, ni voy a perder el número del abono, que me lo hizo mi tío cuando era un niño. No, yo sigo, no sé bien por qué pero sigo, soy lo que se llama un cliente cautivo. Un cliente, sí, que ya no soy ni socio, soy abonado. Nada más que un abonado, un cliente, ya como si no fuera parte de esto. En fin, que sigo yendo, seguimos yendo. Y nos sentamos en nuestro sitio y si hay alguien nuevo saludamos o no, pero no nos metemos con él, y si es del equipo contrario pues nos parece bien siempre que sea un tipo amable, que al final es lo importante. Y comemos pipas y nos levantamos cuando tienen que salir los demás y si el equipo contrario aprieta lo pasamos mal y si jugamos bien nos llevamos una alegría sin meternos con nadie.

En los partidos importantes, en el derbi o en los partidos de mucha rivalidad o en los partidos europeos, el ambiente es diferente. Hay más tensión, pero sin que sepamos bien por qué. Sabemos que en nuestro equipo hay seguidores violentos y brutos como arados, así que debe ser eso. Los rivales, que están al otro lado de la calle, parecen ser como nosotros, así con gafas y cara de tener hipoteca y problemas para que el seguro del coche les pague un intermitente a pesar de que ellos no fueron y lo pueden demostrar. Eso sí, no nos dejan acercarnos a ellos, qué cosas. Antes no, antes hablábamos con ellos y ellos decían que hay que ver qué buen tiempo hace aquí y nosotros decimos que sí, y que si han probado el vino del país y la paella, pero ahora la policía no nos deja. La policía va vestida de samurai y pone cara de lancero de Rohan, quizás olvidando que son funcionarios públicos al servicio de los demás. Si uno intenta cruzar la acera se lo impiden con formas al límite de lo admisible, pero si lo intenta un rival que viene a preguntar si alguien habla inglés y le puede recomendar un buen sitio para comprar vino patrio, entonces ponen cara de que viene un tipo peligroso y le apartan con fuerza y sin dar explicaciones y el seguidor extranjero no se explica nada e intenta hablar con el policía y a veces se lleva un empujón de lo más humillante. Si es un tipo tranquilo se retira maldiciendo y si es un tipo agresivo se forma un lío. En esas ocasiones, aquellos de ambos bandos que hemos llegado a ver el partido y charlar y tomar cervecitas con los amigos nos vemos frente al bochorno de una pelea. El resultado es que acabamos pagando todos: a ver, fuera de aquí, cierra el bar, a otro sitio. Ni de Vd ni nada, tuteados todos, hala, tú, fuera de aquí. En fin.

Si los rivales vienen calentitos y montan bronca en la grada, la policía interviene. Dan palos y palos a diestro y siniestro, a los que tiran sillas a los de debajo y a los que pasaban por ahí, a los padres de familia y a los tipos peligrosos. Si la policía se pasa, nos cierran el campo porque la UEFA no tolera tanto palo. Nos lo cierran a nosotros, que pagamos y esperamos el partido y contamos películas en la oficina para irnos ese día con tiempo aunque todo el mundo sabe que nos vamos al fútbol. Nos lo cierran y al siguiente partido nos tenemos que ir a cientos de kilómetros a verlo y pedir un día de vacaciones, o bien verlo por la tele aunque estemos en casa. Esa es la consecuencia de que la policía se pase. También nos cierran el campo a los mismos si se exaltan los aficionados ultras y se lían a tortas en su zona, o si tiran algo al campo. Tiran cosas cuatro y sancionan a cincuenta mil, así son las cosas, tampoco se nos ocurre una manera mejor de evitarlo, la verdad. O si algún zopenco insulta a un rival por no ser igual que nosotros, por eso también nos sancionan. Incluso si los aficionados rivales montan un lío nos pueden sancionar sobre la base de que el Club no ha organizado bien el dispositivo de seguridad, y el Club entonces se lleva un disgusto porque ingresa menos dinero.

Esto es así. Uno paga por adelantado para ver un espectáculo que nadie asegura que sea bueno, ni si quiera que sea hecho por gente con ganas de hacerlo bien. Y el espectáculo es a la hora que conviene a uno que no tiene nada que ver con el público que ya ha pagado, que no tiene derecho a nada salvo a que le pidan que acuda y pague y anime sin descanso cuando el Club al que no importa nada se juega algo importante. Esto, que ya es mal negocio, puede empeorar porque si el club que ya no es nuestro hace mal su trabajo, nos sancionan a nosotros. Si un cuerpo de funcionarios revestidos de una autoridad de la que tienen tendencia a abusar se pasan en el ejercicio de sus funciones, nos sancionan a nosotros. Si les dices a estos últimos que hagan el favor de no pasarse y de dejar a la gente en paz, te sancionan y te puedes llevar un palo en la cabeza. Si un grupo de salvajes de nuestro propio equipo montan un follón, además de abochornarnos y obligarnos a justificarnos cada vez que vamos al extranjero y presumimos de colores, nos sancionan a nosotros. Hasta si el follón lo montan los aficionados rivales nos sancionan a nosotros sin poder ver a nuestro equipo del alma jugando una competición para la que llevamos esperando diez o doce años, aunque ya no sea lo mismo.

Yo, personalmente, soy un hincha pero a veces no sé bien por qué.