Desde principio de temporada, ya lo saben Vds, el que suscribe acude al campo acompañado. No es que antes fuera siempre solo ni que prefiera ir por su cuenta, no, pero en los últimos partidos, por imperativo casi legal como los jurantes de la constitución, servidor de Vds va al fútbol con otro, a veces para bien y a veces para mal.
El nuevo compañero de abono era, a principio de temporada, un tipo normal. Ni grande ni pequeño, ni alto ni bajo, ni calvo ni con pelazo. Ni miope ni hipermétrope, ni friolero ni sofocado, ni experto ni novato. Era un tipo normal, normal, de esos difícilmente definibles por carecer de gafas, calva, melena o bigote. Era, eso sí, positivo y con tendencia a ver la botella medio llena, alegre al llegar al campo y alegre también al salir, incluso satisfecho con la higiene de los baños del estadio.
El primer partido no lo vimos en el estadio sino en un bar de Campohermoso, Almería, en el que tenían aire acondicionado correcto, tapas más que respetables y problemas para sintonizar ese canal de televisión con nombre de código para un ataque aéreo, canal-plus-liga-dos. Tras ese partido mi acompañante oficial permaneció relativamente estable en su estado físico, lamentó la falta del transfer del fichaje anunciado a bombo, platillo y música de revista del Paralelo en los marcadores del estadio y se emplazó a sí mismo al siguiente partido para sacar conclusiones.
Tras el partido del Valencia, visto en Mestalla entre gente amabilísima y algún otro de esos que le hacen a uno dar vivas al inventor del Ibuprofeno 600, tampoco cambió. Los últimos veinte minutos, la imagen del equipo, la forma en que Diego movió el ataque y lo ajustado del marcador le dejaron una mejor sensación que al resto, como es natural en él. Ahora bien, lo bueno estaba por llegar. El partido contra el Celtic, y luego contra Racing y Sporting le hicieron mutar. De tipo normal pasó a tipo despampanante, de tener estampa de oficinista pasó a tenerla de decatleta, de entrar en los bares y pasar desapercibido, pasó a ser el blanco de todas las miradas, la comidilla de las señoras con hijas en edad casadera y el líder de la partida de tute. Creció diez centímetros, desarrolló ojos verdes y bronceado natural, se le blanquearon los dientes y desarrolló un talento repentino para contar chistes con salero gaditano. Las tertulias atléticas giraban en torno a su persona, era omnipresente como lo fue en su momento el gol de Alfredo Santaelena, el gol de Vieri, los dos goles de Forlán o el gol de Torres.
Pero llegó el Barça y la cosa se torció, y mi compañero de grada se vio afectado. La forma en que se produjo la derrota, la inexistente presencia del equipo, la sensación de que un equipo como el Barcelona, tan cercano en los buenos tiempos, está ahora a años luz, hizo cierta mella en la autoestima de mi acompañante. Aún así siguió positivo y se aferró a aquello de que esa no era nuestra liga, esa expresión tan boba de la que tanto se habla últimamente, pero las cosas empezaron a cambiar. Perdió brillo en los ojos, perdió brillo en los dientes, perdió brillo en el pelo. Perdió algo de chispa y pasó a contar chistes con laconismo castellano, sin las ráfagas de ingenio sureño de los días anteriores. Aún así, mantuvo el atractivo y la presencia. Hasta el jueves. Viendo al Rennes ya notamos algo raro. Según avanzaba el partido, se marchitaba. Se conformaba, se empequeñecía, su impoluta vestimenta a la moda no le pegaba y, terminado el partido, cuando era visiblemente más bajito y tenía menos pelo, le recomendamos comprarse un polo de mezclilla de esos que llevan los capellanes en verano y un reloj digital para no dar mucho la nota.
El domingo fue aún peor. Se nos está quedando en nada, el pobre optimismo.
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Llegó la afición al campo y hacía un tiempo estupendo, tiempo de julio en octubre y ambiente de torneo de verano con calor, gafas de sol, niños vestidos de rojiblanco y búsqueda urgente de la sombra. El fútbol a las seis es gloria bendita para la afición, de igual forma que lo es el color amarillo para los cadistas. Venía además el Sevilla, ese equipo con el que hay ahora una rivalidad artificial y minoritaria, una rivalidad sobrevenida de golpe y porrazo justito al girar la esquina, como si de buenas a primera uno tuviera como enemigos jurados al gremio de ferreteros o a los naturales de Guardamar del Segura en vez de a los enemigos de toda la vida, esto es, la tuna, los mimos y los hipermétropes.
Entre la alegría general que destilaban los bares se comentaba que había habido algún disturbio en la plaza mayor, alguna pelea y alguna carrera; dentro del campo hubo después algún grito ridículo, algún grito bochornoso y algún grito directamente intolerable y lamentable, uno de esos gritos que a uno le hacen avergonzarse de los suyos, uno de esos gritos que uno no sabe si es mejor reprobar a silbidos o guardar silencio a sabiendas de que aquellos que gritan, como los niños, gustan de repetir veinte veces las cosas que provocan más rechazo. El grito en cuestión, vergonzoso, de pésimo gusto y triste hasta el extremo, es de esos que le hacen a uno verse obligado a pedir perdón por algo que nunca haría, una situación en la que nos vemos con demasiada frecuencia demasiada gente.
Acudió el que suscribe al campo con atuendo veraniego y acompañado, claro está, del optimismo. A la hora del partido, y a pesar de haber comido bien y de que el sol lucía y el campo rebosaba gente sonriente, el optimismo tenía mala cara. Venía ya medio verde, como si hubiera dormido mal o tuviera un problema de hígado, como si le hubiera sentado mal la siesta de veinte minutos previa a la salida hacia el campo o el arroz con pollo del medio día. Llegó el optimismo bajito y con un lamparón en el polo de cura, con las gafas sucias y cara de despiste y la gente que le veía, que recordaban su aspecto rebosante de salud y seguridad en sí mismo de los días anteriores, se daban codazos a su paso y decían ¿es él? y respondían, casi queriendo creer su mentira, no, no es él, es un primo suyo de Villena que se le parece, pero en feo. El aspecto del optimismo no invitaba al optimismo pero uno es muy de cumplir con lo suyo y con el optimismo irá al campo todo el año, aunque sea llevándole en silla de ruedas y con gotero, eso sí, que los pactos son para cumplirlos.
Se sentó la afición en la grada y al optimismo le colgaban los pies en el asiento, de chico que se había quedado. Miró el optimismo al equipo y vio que salía Silvio y se vino un poco arriba, pero vio que salía Godín y levantó un poco las cejas con gesto de no sé yo. Miró luego al centro del campo y tuvo un vaivén de sensaciones que ríase Vd de Quique Flores, otro de aspecto enfermizo. Miró a Mario y dijo uy, miró a Tiago y dijo madre, miró luego a Diego situado por delante, en el centro del centro y se vino un poco arriba y más arriba se vino cuando vio Turan más echado a una banda. El optimismo vio un rombo quizás donde alguno vea un diamante truncado con un falso enganche que pivota libre al atacar pero se rehace en defensa convirtiéndose en mediapunta roma y se puso algo contento. El optimismo es muy de rombo desde los días de Antic, si bien luego piensa en la diferencia entre aquél equipo y los que ahora nos toca sufrir y se vuelve a poner verde, el pobre. Miró hacia delante el optimismo y vio a Falcao y sonrió, aunque luego vio a Reyes a su lado y arrugó la nariz, levantó una ceja, apretó un puño y dijo ya estamos.
Empezó el partido y el optimismo entornaba los ojos buscando señales positivas que le permitieran recuperar algo de salud y algo veía. Veía a Diego buscar el balón y yendo hacia delante, veía a Arda Turan haciendo casi todo con criterio, veía al Sevilla esperando un poco atrás con cara de ojo con estos que nos pueden hacer daño. No veía mucho en el lado rival, tampoco veía demasiado en el lado local pero veía un partido controlado. Vio una ocasión de Reyes que se fue fuera, vio un centro del campo frío y blando pero capaz sorprendentemente de no pasar demasiados apuros durante el primer tiempo y vio cosas que le hicieron pensar que quizás, siguiendo así, las cosas en el segundo tiempo irían mejor. Sin tirar cohetes, el optimismo empezó a recuperar un poco la color de la cara, le entró el apetito y pidió pipas. Se encontraba mejor, no tanto como hacía unas semanas, pero algo mejor sí. No era esa sensación de equipo que sabe jugar a lo que le han pedido que haga de los otros días, ni la ilusión por ver que, finalmente, el Atleti jugaba a algo, pero veía al menos que el equipo no se deshacía a pesar de la marrullería constante del rival, de las pérdidas de tiempo del portero desde el minuto uno y del sorprendente arbitraje, con un protagonista que aparentaba intentar salvar su dignidad a pesar del cachondeíto constante con que le trataba el equipo visitante.
El optimismo, sin embargo, no se relajaba y empezaba a ver cosas que le hacían agarrar el antebrazo del vecino de localidad de vez en cuando con crispación y casi pánico. Veía un centro del campo del Atleti blandito y complaciente, con Tiago y sobre todo Mario en el papel de enfermeras monjiles enfrentadas a Medel, un jugador con mal genio y hechuras de forçado pasado de volumen. Mientras el Sevilla embarraba el partido, el Atleti buscaba un pañuelo y mientras Medel mordía a un rival, Mario le peinaba y le echaba Nenuco, lo que hacía al optimismo pensar que vendrían tiempos más duros si nadie lo remediaba.
Y llegaron. Tras el descanso se adelantó el Sevilla y apretó al Atleti, y el equipo se descosió. La sensación de falta de actitud se fue agravando y, coincidiendo con la desaparición temporal de Turan, la desconexión de Diego y la incapacidad de Reyes para entender de qué va este deporte, el Sevilla se vino arriba. Tras un primer tiempo en el que no pareció buscar nada más que el final del partido y el empate a cero, el Sevilla vio algo de luz y el optimismo se encogió diez centímetros y notó dolor en un oído. Durante veinte o veinticinco minutos el Atleti pasó de tener la sensación de controlar el partido a defenderse a manotazos. Mario, frío y trotón, desconectado del partido y con un punto de displicencia y casi altivez que nadie sabe bien de dónde le puede haber llegado, perdió un balón de esos que no hay que perder a menos que le encañonen a uno con un mosquetón cargado y Manu del Moral, en diez zancadas, se plantó ante Courtois. Courtois, que ya había hecho un paradón un poco antes, dio un pasito atrás como para coger impulso y, quizás cuando se había confiado el rival, salió decidido hacia el delantero que venía corriendo cubriendo todo el espacio que un señor tan grande puede abarcar. Paró el balón Courtois y el optimismo recuperó de sopetón siete centímetros, el brillo en el pelo y las ganas de aplaudir. Sólo la actuación del portero hizo sonreír a la grada, sólo Courtois impidió que la afición se fuera a casa de nuevo orejigacha y tristona.
Quizás gracias al grito de la grada en la parada de Courtois, despertó Turan y pidió el balón. Inoperante la parte baja del centro del campo y poco listo Godín para sacar el balón, Turan la pidió y jugó, apareció ante el compañero en apuros y echó el balón hacia adelante con criterio. Pudo marcar Falcao un balón que tenía que empujar tras buen pase de Reyes y pudo hacerlo también en un contraataque pero desvió Javi Varas. Pudo marcar Reyes en un tiro con rosca al palo que también sacó el portero y el Atleti arreó algo al final, pero sin autoridad ni acierto. Visto lo visto, vista la salida del vestuario en el segundo tiempo y vistas las paradas de Courtois, no parecía demasiado malo el empate a cero, lo que demuestra que las cosas no funcionan.
Terminó el partido y, a esas alturas, el optimismo estaba cerúleo y bajito, con la espalda encorvada y un tic nervioso. Al salir, el que suscribe estuvo tentado de llevarle de la mano para que bajar mejor las escaleras, pero le pareció mal. El optimismo, con cara de conformismo, dijo mientras salía que el equipo volvía a tener la cara de tantos años: incapaz de plantar batalla a los dos de arriba, condenado al empate o como mucho a la victoria ajustada en casa (y al revés fuera) contra los del pelotón de perseguidores (a pesar de no haber ganado casi ningún punto contra ellos en los últimos años) y destinado a elaborar un poco más el juego y alimentar las expectativas de los más positivos contra los equipos de la parte baja. Según pronunció esas palabras perdió un poco de pelo, le salieron gafas más gordas y se hizo más bajito. El optimismo ahí sigue, el hombre, pero necesita urgentemente vitaminas.
