jueves, 28 de febrero de 2013

Crónica del Sevilla - Atleti, o un poco de respeto, oiga




El Atleti jugó ayer un partidazo en un estadio enorme, contra un rival duro de pelar al que apoya una afición entregada. El Atleti es el tercer club de España por títulos, masa social y unas cuantas cosas más, campeón de la Europa League y de la Supercopa europea pasadas y segundo clasificado en liga. El Sevilla es un equipo con títulos nacionales y europeos, un rival de los que mete miedo cuando viene de visita y más cuando recibe rivales en su casa, un fijo en la parte alta de la tabla en los últimos años y cuna de jugadores grandes. Entre los dos clubes suman doscientos y pico años de historia, un volquete de títulos, un tren de jugadores de leyenda, cientos de miles de seguidores, una pechá de partidos para recordar, miles de socios, millones de historias.

El partido no era un torneo de pretemporada ni un encuentro anodino de mitad de liga, ni unos treintaidosavos de final de una copa desconocida. El partido era una semifinal de la Copa del Rey, ese torneo que es importante cuando lo ganan unos y una competición a descartar cuando esos mismos unos pierden en una eliminatoria temprana con la excusa de que es mejor centrarse en otras competiciones de más relumbrón.  El partido era la vuelta de la eliminatoria, la segunda entrega de un partido celebrado en Madrid que acabó con 2-1 para el Atleti, es decir, con opciones para los dos equipos de ganar y de quedar eliminados. En Sevilla el partido se planteó como una cita grande, como la oportunidad de enderezar una temporada torcida desde el inicio por, según se ve ahora, la inoperancia de un entrenador protegido por los medios: tres, cuatro partidos después de llegar el nuevo entrenador, el Sevilla de estas alturas de temporada no tiene absolutamente nada que ver con el equipo pusilánime de noviembre sino que mete la pierna, mete presión y mete miedo.

El Atleti iba al Pizjuán, territorio demasiado hostil para lo uno cree que debería ser, con los dientes apretados, los puños apretados y los machos más apretados aún. El Atleti de Simeone es un equipo aguerrido, peleón, concentrado y guerrero. El Atleti de Simeone, segundo en liga, campeón de varias copas recientes y rompe-records de victorias en Europa y en el Calderón, juega bien, mal o regular pero rara vez entrega el estandarte sin perder litros de sudor y sangre, garantiza pelea e intensidad, velocidad y fogonazos de calidad y clase. Al Atleti de Simeone le siguieron ayer mil y pico aficionados que se desplazaron a 600 kilómetros de su casa en día laborable para hacer llegar a los jugadores el aliento que enviaban cientos de miles más desde sus casas. Y al Atleti de Simeone le esperaba ayer en su casa el Sevilla, equipo peleón y guerrero como el Atleti, apoyado por una grada peleona y guerrera como la del Atleti. El Sevilla no va tan bien este año como otros, pero sigue siendo un equipo temible en su estadio, también de esos que rara vez entrega el estandarte sin perder litros de sudor y sangre.

A este auténtico partidazo de fútbol entre dos clubes centenarios le dedicaron los medios un ratito sólo, una esquinita de sus página, un poco de atención caritativa enfrascados como estaban en analizar el color de las sombras de ojos de los espectadores de los palcos vip del partido del día anterior. A este auténtico partidazo entre dos equipos de esos a los que alivia ganar y no gusta enfrentarse se le dieron las migajas informativas que quedaban en la servilleta de aquellos a los que se les llena la boca hablando de equipos ricos y poderosos repletos de estrellas de comportamiento ridículo. Este partido, que de haber sido una semifinal de la FA Cup entre dos clubes centenarios ingleses habría llenado crónicas con eso de que el estadio olía a fútbol y recordaba a las batallas históricas entre romanos y cartagineses, recibió por parte de los medios patrios una atención pequeña, una atención por compromiso, una atención de cumpleaños en casa de una tía abuela, uy cómo han crecido estos dos clubs, hay que ver que se han hecho dos hombrecitos ya, claro, tanto visitar a sus primos los hijos del concejal que no nos habíamos dado cuenta que estos dos son ingenieros de caminos ya, hala majos, tomad cien pesetas.

Para colmo de los colmos, la cadena de televisión que retransmitía el partidazo eligió un equipo de comentaristas muy del gusto del espectador no futbolero, es decir, de estilo vociferante y pseudo-cómico, ese estilo campechano con frontera en lo ridículo que ahora se lleva tanto. Los comentaristas, que parecían no tener ni la más remota idea de cómo juegan normalmente los dos equipos a los que ayer intentaban analizar, mostraban audacia suicida haciendo afirmaciones erróneas sobre cosas que cualquier aficionado a cualquiera de los dos equipos sabe.  Paradójicamente los comentaristas parecían exageradamente ocupados en hacer ver que el evento era de un extraordinario interés deportivo y mediático,  gritando cada vez que un defensa pasaba la línea del medio campo, alabando las virtudes de cualquier jugador que hacía un control de balón normalito, inflando cifras de posesión y probabilidades de vuelco en la eliminatoria sólo para mantener el interés de la audiencia, que es de lo que se trata. Si de verdad fuera un evento tan importante para la cadena, pensamos muchos, se elegiría con algo más de mimo y ojo a los responsables de la narración y el análisis. Pero tanto da, oiga, con que estos sean capaces de hacer sencillos chascarrillos tabernarios y comparaciones de alumno torpe de Paco Gandía, con que tengan la suficiente cara dura como para hablar sin saber del tema, con eso basta.

Bien haríamos las aficiones de ambos clubes en concentrar las energías en mandar solemnemente a paseo a los responsables del irrespetuoso trato que reciben nuestros equipos y el resto de los que juegan liga y copa, excepto los cansinos miembros del duopolio, en vez de en insultarnos mutuamente a ojos de todos, como dos gallos de pelea que hacen pasar el rato a los señoritos del cortijo.

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Salió el Atleti vestido de negro en casa del Sevilla, que va de blanco, y uno ya no entiende nada. El equipo, que de toda la vida ha ido de rayas rojiblancas y pantalón azul, viste ahora de diferentes tonos para evitar confusiones; cualquiera diría que, en la época de las Smart TVs de HD, cientos de pulgadas y miles de vivos colores, los partidos del Atleti sólo los vieran ancianos de remotas aldeas incomunicadas en pequeñas televisiones de tubo en blanco y negro, con una antena de esas que es una percha desmontada. Se dice que las televisiones mandan en el negocio del fútbol, pero por lo que se ve mandan como mandaban antes, imponiendo los atuendos para que no se confunda el personal; en breve, cuando la señal de los partidos del Atleti se vaya a negro, pondrán un rótulo de cartón en el que ponga “Minutos Musicales” y saldrá cantando Salomé aquella canción dedicada al Cholo Simeone que dice “desde que llegaste ya no vivo llorando, jey, vivo cantando, jey, vivo soñando, jey”.

Salió el Atleti de los partidos grandes pero con Cata en vez de Godín y con Tiago en vez de Mario, aunque esto último ya no es novedad. Cata salió porque no había más remedio y lo hizo bien; algo parecido pero distinto le pasa a Courtois, al que ahora le ha dado por salir por alto cuando no queda más remedio y no siempre lo hace bien, a pesar de que los ignorantes comentaristas de la televisión subrayaran su juego aéreo como uno de sus puntos fuertes. Jugó también Miranda, que como siempre últimamente jugó sobrado (aunque es cierto que enfrente tenía a Negredo, de nuevo inmóvil y poco participativo, torpón y sin ganas), y jugó Juanfran, que sufrió como viene siendo habitual estos últimos tiempos. Por el lateral izquierdo jugó Filipe Luis e hizo uno de los mejores partidos que uno le recuerda en el Atleti, y eso que no brilló en ataque, uno de sus puntos fuertes. Filipe Luis defendió el lateral difícil, el lado por el que entraba Navas, lo que equivale a decir el lado por el que jugaba el 50% del Sevilla. Navas dejó claro que es un jugador enorme, que ya no es el especialista en una sola cosa que era antes, y que no hay jugador a su altura en todo el ataque del Sevilla. Y aún así, con todo y con eso, Filipe Luis hizo un partido defensivo impresionante, serio, sólido y concentrado, algunas de las características que tantas veces echamos de menos en él en la era pre-Simeone.

Por delante de la defensa jugaron Tiago, que tuvo que irse a la caseta con un brazo roto por una patada, Gabi, Arda y Raúl García. Gabi, junto con Mario cuando éste estuvo en el campo sustituyendo a Tiago, anduvo algo más atrasado y menos vehemente de lo habitual, pensando sin duda en evitar una tarjeta que le privara de la final. Arda se empleó en defensa como acostumbra en los días grandes y Raúl, una vez más, hizo un partido de hombre de equipo, guardando su sitio y dejando algunos detalles estupendos como un pase a Falcao que éste remató alto por exceso de celo. Todos jugaron como se esperaba, todos cometieron algunos errores y perdieron el balón demasiado rápido en algunas fases, pero ninguno se escondió ni rehuyó la pelea, todos ayudaron a la defensa y apoyaron al ataque. Todos metieron la pierna, ninguno perdió el sitio, todos mantuvieron la sangre caliente y la cabeza fría y por ello se lo agradecemos, por ello nos descubrimos ante su partido.

Y, por delante de la media, los dos protagonistas.  A los dos los mantuvo Simeone, como hiciera contra el Espanyol en inferioridad, y entre los dos dejaron claro que son importantísimos tanto para obtener ventaja como para mantenerla. Falcao marcó un gol de delantero estrella a excelente pase de Diego Costa tras un desmarque portentoso y remate asesino; Diego Costa marcó un golazo que solucionaba muchos problemas tras una maniobra de mucha calidad y un tiro ajustado. Entre los dos pudieron hacer hasta otros tres o cuatro goles, entre los dos mantuvieron al Sevilla más pendiente de no encajar que de marcar, más pendientes de guardar la ropa que de nadar.

Y si entre los dos consiguieron echar al Sevilla atrás y alejar el balón de Courtois, Diego Costa consiguió forzar 8 faltas y dos expulsiones y de paso desquiciar a todo el equipo contrario. Y eso que Diego Costa pareció ayer más comedido que en muchos partidos, o al menos esa impresión dio por la televisión. Aún así, medio equipo rival pasó buena parte del partido buscando pelea, como siguiendo instrucciones para sacarle del partido, quizás buscando una reacción violenta que no llegó, al menos a ojos de los que no estábamos en el campo.

Diego Costa ha generado una fama de conflictivo que no es injusta que parece haberle convertido en una buena coartada para malas actuaciones rivales; en el caso del Sevilla, equipo que tiene una tendencia excesiva a incendiar partidos que no necesitan fuego, eso pareció. Medel, jugador excelente pero con poca autoridad moral para dar lecciones de comportamiento, acabó expulsado tras iniciar un jaleo con Diego Costa como protagonista; se fue enfurecido y sobreactuado, rompiendo sillas y agarrado por su entrenador, como clamando al cielo por la injusticia de tener que jugar contra un jugador peleón, él, sí, él, Medel. Lo mismo le pasó a Kondogbia, a quién quizás se le pueda disculpar por su juventud, pero que de ser el que suscribe su entrenador se iba a acordar muchos años del error de ayer. Negredo,  muy gris en los dos partidos, terminó por decir poco menos que la culpa de todo la tiene Diego Costa por provocador. Fazio le puso de vuelta y media a ojos de todos en cada corner, y hasta Rakitic, tipo frío y con aspecto de no haber robado nunca un donut, pareció irritadísimo por culpa del brasileño. Muchos parecen señalar a Diego Costa también como culpable de la muerte de Manolete, del asunto de los sobres de la calle Génova y de la desaparición del bar tradicional español y su sustitución por insulsas franquicias de aire mediterráneo y nombre saludable. Es difícil no acabar pensando que a ciertos jugadores les es más fácil señalar a Diego Costa como el representante del Maligno en la Tierra antes que asumir sus propias malas actuaciones.

Y es que últimamente se diría que Diego Costa es algo así como el Yoko Ono de los equipos que pierden contra el Atleti, la verdadera razón de cualquier contratiempo y a la vez el maquillaje que cubre la propia miseria, el clavo ardiendo al que agarrarse cuando las cosas no van bien, el disolvente universal. Entre tanto, Diego Costa crece como jugador mientras sus rivales se pierden en pedir justicia divina para justificar errores. Bien saben los que siguen estas plúmbeas páginas que no hay nadie más crítico que el que suscribe cuando Diego Costa ejerce de macarra de bolera, una actitud del todo aborrecida en estos lares; eso sí, no parece esta vez la ocasión propicia para defender que Diego Costa fuera el demonio que ha intentado pintar alguno sobre el marcador de ayer, para disimular otros elementos. 

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El Atleti llega a la final de Copa tras dejar atrás a un buen equipo con excesivas malas pulgas, nocivas para sus propios intereses en la humilde opinión del que suscribe. La clasificación, cree uno, es además justa viendo no sólo la eliminatoria sino el resto de la temporada. Produce muchísima pereza pensar en lo que queda por delante, en las semanas de hagiografía cansina sobre el otro finalista, en los rumores que empezarán en breve sobre el inminente fichaje de las figuras del Atleti por el otro equipo grande de la capital. Pero produce aún más rabia la falta de respeto hacia el partido de ayer, hacia la entidad del rival, hacia el partidazo y el ambientazo del Pizjuan, hacia el Atleti, el Sevilla y los aficionados de ambos.

Un poco más de respeto, oigan, y quédense Vds con su clásico y sus complejos en un rinconcito, sin molestar al resto.

lunes, 18 de febrero de 2013

Algunas reflexiones tras el Valladolid – Atleti, o el honor de un brigadier



Llegaba el Atleti a Valladolid tras unos partidos más bien malos en los que se habían encajado más goles de los deseables y se había dado una imagen que pensábamos olvidada tras la llegada del Cholo, aquél día del descenso de los cielos rojiblancos directamente al banquillo del Calderón entre el sonido de trompetas celestiales y bandoneones de barrio. El Atleti de este año nos traía malacostumbrados, habituados a partidos asombrosos y golpes de autoridad, a batallas controladas desde el principio o perdidas con honor y salvando banderas y estandartes, a ver jugadores condenados al deshecho de tienta llevar galones y medallas para sorpresa de todos. Pero en los últimos partidos (Bilbao, Vallecas, en el Calderón contra el Rubin Kazan y algún otro) volvimos a ver al equipo sosaina y sin personalidad que jugaba semanalmente en el Calderón hace unos años, cuando aún contábamos con Torres y con un equipo formado clara e inequívocamente para desesperarle y venderle encogiendo los hombros encogidos y expresión de qué le vamos a hacer, los jugadores juegan donde quieren, no pudimos retenerle aunque quisimos pero, eso sí, sacamos lo suficiente para forrarnos el riñón de oro puro. En los últimos partidos una lucecita débil pero molesta nos cegó y nos hizo caernos del Dos Caballos, y se  nos apareció ese Atleti sin sustancia de Ibagaza, Novo y Musampa, el Atleti malaje de Luccin y Maniche, el Atléti pusilánime y caótico de Manzano y hasta el Atleti rotativo y sin forma de Quique Flores y su bufanda, o quizás fuera de José Luis y su guitarra o incluso de María Jesús y su acordeón.

Pero la memoria, como el café americano, es floja y la costumbre, como las vacaciones, hace que veamos las cosas de manera diferente a como realmente son en cuanto se repiten unos cuantos días. Porque ese Atleti asombroso que ha batido records recientes de victorias en Europa, de victorias en casa y de lunes mirando por encima del hombro a los compañeros de oficina estaba formado por los mismos jugadores que a inicios de la temporada pasada nos parecían un batallón cochambroso destinado a pelear como mucho por entrar, de refilón y metiendo barriga, en el pasillito estrecho de la Europa League. Hace no muchos meses Filipe Luis Filipe era un jugador pusilánime y posiblemente acabado, Mario Suárez era la fuente de innumerables cabreos, Arda desaparecía y hasta nos recordaba en ocasiones, por lo disperso, a Reyes.  Juanfran era un extremo que no se sabía muy bien qué hacía en el equipo, Godín era una garantía de disparate por partido, Gabi un repescado que no generaba ninguna ilusión, Koke un canterano que no rompía ni parecía que pudiera romper, Diego Costa un jugador inclasificable salvo para psicólogos y/o parapsicólogos y  Falcao, anunciado en los video marcadores antes incluso de arreglar el papeleo, un delantero voluntarioso y torpón que debía justificar el dineral pagado por él en una operación turbia forjada en los bajos fondos (de inversión).

Algunos de estos fantasmas, que pensábamos exorcizados por el Cholo en plan Padre Pilón rojiblanco, se han vuelto a aparecer en los últimos partidos. Juanfran, en un año malo (por más que contra el Valladolid dio algún motivo para creer en la resurrección) parece lejos de ser quien fue hace tan solo unos meses; Filipe Luis ha estado a punto de recuperar el Luis inicial tras varios partidos más grises en los que sólo ha jugado medio tiempo al nivel que nos tenía acostumbrados. Godín ha hecho pareja con el Cata y, vistos los resultados, hay quien les recomienda dedicarse al cobro de impagados en el sector del hilo de cobre robado. Falcao anda triste tras la lesión, Mario ha perdido el sitio con Tiago, Arda ha hecho partidos para el olvido desde que se postuló a jugador de equipo campeón de Europa y Adrián no es ni la sombra de su propia sombra en día nublado y anda despistado, sin fuerza ni mordiente, en parte aterrorizado y en parte desmotivado.

En el fondo, lo que ha ocurrido es que el equipo ha mostrado sus costuras tras varios meses con el pecho hinchado hasta el máximo de su capacidad pulmonar. Tres competiciones son quizás muchas para una plantilla como la del Atleti, que cuenta con un segundo portero más que desafortunado, un central de repuesto que da tanto miedo al delantero rival como al aficionado propio,  un lateral izquierdo suplente de circunstancia y sin pompa y unos cuantos jugadores más que impiden que, sin los titulares y con los rotados, el equipo sea la sombra de sí mismo. El bache del Atleti no es una sorpresa, porque lo realmente sorprendente es la enorme temporada hecha hasta ahora. El Atleti ha dado mala imagen en los últimos partidos, sí, pero casi diría uno que hasta se lo puede permitir. Segundo en liga con unos puntos que le harían candidato serio al título en una liga normal y con opciones de pasar a la final de Copa (sufriendo, eso seguro), el Atleti ha flojeado lastimosamente en la Europa League y ha visto como un equipo limitadito y en pretemporada le ha casi sacado de la competición de la que es campeón. El bajón, por cierto, coincide en el tiempo con el bajón de otros años porque, como saben bien los atléticos de pro, en los últimos años Enero y Febrero son meses en los que al Atleti le cuesta especialmente ganar puntos y se le da bien echar por la borda el trabajo hecho hasta el momento (dicen las malas lenguas que por problemas a la hora de cobrar). Confiemos en que no sea así este año.

De los irregulares partidos de las últimas semanas quedan varias cosas claras: no hay plantilla para jugar al mismo nivel todos los partidos, es necesario más y mejor banquillo para poder responder en todos los torneos, el equipo es competitivo (¡y a qué nivel!) si juegan los titulares y, aún con ellos, fuera de casa se sufre de lo lindo cuando el rival es sólido y peleón. También hay otras conclusiones: con lo que hay dentro y fuera del banquillo, la temporada que está haciendo el Atleti es simplemente fantástica y el responsable lleva corbatita fina, el pelo muy corto y el cutis craterizado.
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En estos días de zozobra atlética, que confiemos hayan acabado gracias al partido de Valladolid, han emergido dos protagonistas por los que hace no demasiado tiempo el que suscribe daba bastante menos de un duro; con gusto procede éste a la ingestión de sus propias palabras en los próximos párrafos.

El primer protagonista es Diego Costa. Diego Costa, jugador de fútbol con cuerpo de jugador de balonmano y cara de malo de película de Sergio Leone (copyright Dr Caligari) lleva años jugando en equipos españoles, luciendo estilo embarullado en el control del balón y malos modos en la relación con los rivales. Diego Costa tiene cara de haber salido del mismo penal que el Cata Díaz y quizás esa cara de malo y la poca esperanza de no tenerla aún vestido de marinero o pastorcillo le han hecho creerse un super-villano del área, un jefe de Mara guatemalteca, un sicario de familia mafiosa de medio pelo de Newark, New Jersey. Cuando Diego Costa traslada al campo su vocación de hacer ofertas que los rivales no puedan rechazar copa los telediarios con escupitajos, amenazas, pérdidas de papeles y tarjetas de varios colores. En esos momentos a nosotros, que somos de Gárate, Diego Costa nos da vergüenza ajena y nos irrita, nos inflama y nos molesta, nos dan ganas de mandarle de portero al Bada Bing y quitarle la licencia de futbolista.

Pero hay otros días en los que Diego Costa, quizás por no haber cenado picante o por llevar ropa interior más holgada, por haber leído sonetos de contenido místico o églogas bucólicas (o pastoriles) se centra en lo que se centra y entonces se convierte en un jugador vital. Esos días Diego Costa se enseña a los compañeros y busca una y otra vez entrar por una banda, por otra, llevarse el balón a trompicones o en carrera. Retiene el balón de espaldas a la portería y ya pueden venir tres o cuatro centrales armados con aperos de labranza prestos a quemarle en una pira que Diego Costa no suelta el balón y espera a un compañero. Diego Costa facilita a Falcao el espacio, de igual forma que Falcao facilita el espacio a medio equipo gracias a su poder magnético para los marcadores; también ayuda a la segunda línea a llegar con más opciones, retrasa la salida del balón del contrario y deja sin aliento a los centrales tras veinte minutos de juego. Esos días Diego Costa sí nos gusta, sí nos aporta, sí nos vale para nuestro equipo y hasta Gárate, la referencia que hay que buscar en todo dilema moral, pondría en su equipo al Diego Costa combativo pero lejos de la delincuencia que vemos en algunos partidos.

Esos días se diría que Diego Costa, niño acomplejado por tener cara de malo desde el día del bautizo y hacer llorar a las monjas el día de la Comunión, adolescente atormentado por crear el pánico entre sus primeros amores de barrio, joven inadaptado emperrado en hacer pagar al mundo el hecho de tener cara de llevar poncho mexicano, sombrero de ala ancha y comer judías directamente del puchero con una cuchara de madera, topó por fin con la horma de su zapato: un entrenador que antes fue jugador de mandíbula apretada, choque fácil, temperamento incendiario y unas ganas de ganar mayores que sus ganas de pelea. También en esto hemos tenido suerte, oiga.
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El segundo protagonista es Gabi, nombre que se antoja corto e insuficiente para Gabriel Fernández Arenas, capitán del Atleti, ahí es nada. Gabi, que es del Atleti desde chico, no ha sido hasta hace bien poco el Gabriel con todas las letras que ahora tira del equipo en los momentos malos no sólo a fuerza de casta y carácter, sino también de calidad cuando hace falta.

De Gabi llevamos oyendo hablar en el Calderón mucho, muchísimo tiempo, y durante un buen puñado de años le vimos lejos, en Zaragoza, y no habríamos apostado en ese momento por su importancia actual para el equipo, sus galones y su fiabilidad. Gabi, que destacó en las categorías inferiores del Atleti y jugó en las mismas categorías de la selección española estuvo llamado durante varios años a ser el tipo que daría al centro del campo una referencia de la casa. Nunca lo consiguió, aunque le esperamos, nunca se hizo con el sitio ni convenció del todo a la grada, que esperaba de él al heredero de los centrocampistas colchoneros de oficio y calidad de los ochenta. A Gabi le pasó lo que parecía que le podía pasar a Koke hasta esta temporada, que no encontrase su lugar en el equipo sin saber muy bien por qué, que no terminara de romper, de soltarse, de dar lo que podía.

Gabi se fue al Zaragoza y ahí, poco a poco, fue cogiendo confianza y madurez pero nosotros no lo vimos en directo, sólo en resúmenes, sólo de vez en cuando en los partidos de casa. El último año en el Zaragoza fue capitán y jugador importante, y pensamos que ahí había tocado techo. Y entonces volvió, y cuando volvió no nos hizo demasiada ilusión y el que suscribe, que es tonto, le llamaba Grabi. Nos sonó a relleno, a fichaje de circunstancias, fichaje de no nos queda otra, no crean que a nosotros nos ilusiona, ya quisiéramos nosotros traer a Rosicky o a otro igual o mejor que Rosicky, oiga. Y volvió Gabi y, poco a poco, nos dejó claro que había vuelto hecho y derecho, con oficio y con personalidad, lejos quizás del futbolista fino y pinturero que en su momento esperábamos pero cerca del jugador curtido y con presencia que el equipo necesitaba.

Y con Simeone, como Koke, como tantos otros, Gabi fue el Gabi del que ahora no podemos prescindir. Gabi es el primero en la presión y en la recuperación, el primero en dar voces a los compañeros para que no pierdan el sitio, el primero en recordarle al árbitro que el rival que acaba de hacer falta ya lleva tres. Es también el primero cuando el equipo visita una escuela de fútbol o un hospital infantil, el primero en llegar a la bronca monumental que acaba de formar Diego Costa, el primero en celebrar como loco un triunfo, como lo celebraría un hincha más. Gabi roba balones y entra al choque a cortar contraataques, y a veces lo hace de forma acelerada y le da un pase fácil a un rival y corre como un loco a solucionar el problema que acaba de crear. Gabi no es el apuesto teniente recién salido de la academia que duda en momentos cruciales, sino el capitán experimentado y cascarrabias que cuando la cosa se pone fea agarra el estandarte y saca de la trinchera a patadas en el culo a toda una compañía, que se lanza tras él donde él diga. Gabi, en fin, con sus fallos inoportunos y sus buenos pases largos, con sus momentos de aceleración y sus arengas en pleno partido llamando a la presión de todos los compañeros como quien se juega el honor de la brigada entera, actúa como algo que hace tiempo que no se veía en el Calderón: como un capitán.

Gabriel Fernández Arenas, Gabi, que no es el más talentoso ni el más pinturero, ni el más mediático ni el más popular, es un capitán con todas las letras de la palabra Gabriel, que es más larga que Gabi de aquí a Zaragoza. Todo el respeto del mundo para Gabi, todo. 

lunes, 21 de enero de 2013

De noches frías y equipos serios


Llegaba el Atleti a casa con la posibilidad de recortar tres puntos al líder y seguir con la racha de victorias. Llegaba también el Levante, equipo incómodo y experimentado, que hacía al aficionado encarar el partido con una ceja levantada y cara de no fiarse. Y el Atleti salió serio, jugó serio y se fue a dormir serio pero con media sonrisilla.
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El mítico frío húmedo del Calderón hace que la parroquia rojiblanca, que ya sabe que los últimos minutos del segundo tiempo pueden ser una tortura para las rodillas y la punta de la nariz, se abrigue con mimo de abuela burgalesa y depurada técnica de nativo inuit.  Antes, cuando en el Calderón un señor vendía café de termo y copitas de coñac y el fútbol se jugaba en horarios respetables, el temporal se capeaba más bien que mal. Ahora, zarandeados los horarios gracias a las televisiones y prohibido el alcohol reparador en las gradas gracias a hooligans y zopencos varios, la supervivencia depende únicamente de la experiencia, conocimiento y equipamiento térmico del espectador.

A estas alturas, el aficionado colchonero lleva años pasando inviernos al raso al lado del río y sabe bien que caloría que pierde, caloría que no recupera si no es en un bar a fuerza de caldo de puchero y vino tinto. El aficionado sabe bien que es el tramo final de los partidos cuando se decide el resultado, cuando se determina si gana el resfriado o la salud de hierro, si la punta de nariz congelada vence al forro polar o si el pie helado claudica definitivamente ante una semana de aspirina y carraspera. Abrigarse más de la cuenta es casi imposible en la grada del Manzanares, que en noche de invierno siempre desafía hasta al tejido técnico de ultimísima generación. Nunca es suficiente para ese frío húmedo manzanareño que se mete dentro por las costuras de los abrigos y se queda ahí toda la noche, incluso ya en casa y bajo un edredón de pluma de pato sueco: buenas noches, soy el frío del Manzanares, hijo y nieto de insignes frigorías, y aquí me quedo, oiga, ya puede Vd tomar sopa y aspirina que de aquí no me muevo, instaladito en su cuerpo me quedo yo, tan contento. Incluso si se echa Vd muchas mantas y se pone pijama de felpa y rebeca para dormir, seguiré aquí dentro unos días, quizás por todas partes, quizás arrinconado hasta mi último refugio, el último bastión desde el que ejercer mi maligna tarea resfriadora: los dedos de los pies.

Abrigarse para el fútbol tiene su técnica y su medida. Científicos, meteorólogos y dependientes de tiendas de géneros de punto reunidos en solemnes congresos albergados en locales climatizados recomiendan un aislamiento térmico por capas, consistente en un mínimo de tres y un máximo de cinco estratos textiles sobrepuestos que se puedan ir cerrando, de dentro a fuera y con cremallera, a medida que avanza la noche. Sólo así se consigue evitar el sofocón de los primeros momentos, asegurando a la vez el aislamiento suficiente durante el último tramo de partido, el que de verdad constipa. Expertos de países lluviosos  recomiendan también llevar capa de agua para las noches que amenazan lluvia, no tanto para protegerse de la misma sino porque la sola presencia de la capa de agua tiene un efecto espantador de las borrascas, de forma que el aficionado tiene muchas menos probabilidades de sufrir un aguacero cuando carga desde casa con una mochila llena de chubasqueros, capas, pantalones impermeables y paraguas que cuando no lleva nada de eso y sale a cuerpo gentil con abriguito de entretiempo, como Gracita Morales. En este último caso, cuando el aficionado no dispone de nada impermeable con lo que protegerse y confía en el cielo raso y un viento amable, es casi seguro que caerá sobre el estadio una manta de agua como aquella del partido contra el Athletic de Bilbao (y no esa lluvia – spray de ayer) que acabe con el aficionado empapado hasta el punto culminante de la irrigación-en-grada, hasta el punto sin retorno del empapamiento resfriador, hasta el clímax del asopamiento: la gota que entra por el cogote y recorre la médula espinal, en dirección a territorios normalmente a salvo de las inclemencias, la llamada gota espaldera o cogotera, o incluso, en algunos círculos, la puta gota. La gota espaldera, terror de los proclives al resfriado, azote de griposos y martillo de hombres blandengues acostumbrados a estadios con calefacción y speaker, es a la inclemencia tribunera lo que Indy al colectivo de mascotas infames.

El aislamiento térmico tiene un punto de fricción claro con la estética y la moda en el caso de los señores, sobre todo los señores con gafas: la cabeza. No es fácil encontrar el equilibrio entre la dignidad y la coronilla abrigada a ciertas alturas de la vida. Hay quien se cubre el cráneo con estilosa gorra de tweed, pero le quedan las orejas al aire y acaba con ellas de color morado intenso y sensibilidad nula. Hay quien lleva gorro con forro de piel y orejeras de cazador de patos de Minnesota o de teniente ruso en el frente siberiano, pero estos lo tienen complicado para escapar a los chistes de medio fondo y gran parte de tribuna y grada. Hay quien usa la capucha del abrigo para protegerse, pero a cambio no consigue ver más allá de lo que tiene delante, y cada vez que quiere hablar con el vecino se ve obligado a hacer un giro de cuello que puede producirle un grave esguince cervical. Hay quien lleva elegante sombrero tirolés con pluma de faisán y todo, pero cuando se gira hace cosquillas en la nariz al aficionado de detrás y corre el riesgo de llevarse un sopapo. Hay incluso quien se pone una braga de forro polar cubriendo la cabeza y dejando sólo a la vista la cara, a la manera del verdugo infantil, emulando a Marty Feldman en El Jovencito Frankenstein y perdiendo toda dignidad. Hay incluso quien confía en su pelazo cano para hacer frente al frío polar y no le va mal, oiga.

Hay todo eso, y hay aún más, oiga, hay quien confía en una prenda-trampa: el gorrito de lana. El gorrito de lana queda muy bien a los modelos de las revistas, que lo combinan con pea coat azul marino, jersey de cuello vuelto la mar de bien puesto y un petate militar y anima así al pueblo confiado a hacer lo mismo, sin éxito. El gorrito de lana favorece también mucho a los reclusos de las cárceles americanas, que lo usan para hacer pesas, y también le queda bien, como todo, a las chicas guapas. Pero todo esto es una trampa cotidiana, y no hay más que ver que el mismo gorro con pompón que le da aspecto juvenil y pizpireto a una chica morenita confiere aspecto de tonto de pueblo cuando se lo pone con la mejor intención un señor de Valladolid. El gorrito de lana, además, puede llevarse de varias formas, todas ellas altamente desfavorecedoras: hay quien  lleva gorro de lana de copa, alto y vertical, adquiriendo aspecto de gnomo, y hay quien se lo enrosca a la cabeza hasta la altura de las cejas, lo que resulta especialmente cómico cuando el portador lleva gafas. Hay quien se lo baja hasta las orejas pero deja a la intemperie los lóbulos de las mismas, dando un aspecto ridículo al usuario, que parece llevar dos pendientes de carne helada después de un rato al relente, y hay quien se tapa la oreja entera, con lo que está calentito pero no oye nada, lo que únicamente es recomendable cuando al lado le toca a uno un señor con un bombo de peña de animación o un aficionado exaltado de esos que llaman hioputa a todo el que pasa por su campo visual.

Un humilde consejo pues desde estas líneas: señores de mediana edad, sobre todo aquellos con gafas de párroco, como el que suscribe: eviten Vds el gorrito de lana, oigan.
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Cosas que pensamos que nunca diríamos
El Atleti ganó con solvencia y casi con tranquilidad al Levante. Se esperaba más del Levante, la verdad, que se limitó a crear una maraña de centrocampistas y dejar un único jugador, Martins, a ver si cogía un balón despistado y metía un gol. Como contra el Betis, el Atleti hizo un primer tiempo avasallador y dominante, moviendo a empujones a un rival que no sabía muy bien qué hacer ante la avalancha. Se diría que el Atleti dominador de los últimos partidos desquicia al rival hasta el punto, como ayer, de ver cómo sancionaban a un jugador por perder tiempo al ir perdiendo dos cero. El Atleti tira de potencia y seriedad, de oficio y ganas para hacer fácil o al menos asequible lo que hace unos meses era un problema supino, casi una garantía de derrape. El Atleti ha cambiado mucho, muchísimo en los últimos meses, desde que Simeone se hizo cargo del equipo y una leve mirada atrás hace darse cuenta de lo asombroso que resulta el momento actual si se compara con aquél de no hace tanto tiempo. Porque, a estas alturas de la temporada, decimos con naturalidad muchas cosas que hace pocos meses nunca pensamos que llegaríamos a decir.

Si hace un año más o menos nos dicen no ya que el equipo iba a ir segundo en liga e imbatido en casa, sino que la defensa y en especial los centrales iban a estar jugando a un nivel altísimo, no lo habríamos creído. Hace no tanto tiempo nos habría resultado imposible pensar en Miranda de capo de la defensa, siempre bien colocado y sacando por alto y por bajo la mayoría de los ataques rivales, ni en los sobrios y seguros partidos de Godín, tan alocado e impreciso hace unos meses como fiable ahora. Tampoco habríamos creído hace unos meses que Filipe Luis se iba a convertir en una pieza clave no ya de la defensa sino del ataque del Atleti, que casi siempre sale por su banda y busca el lado derecho cuando ha hecho bascular a todo el equipo rival hacia el lado en el que Filipe Luis aporta una profundidad y una codicia que hace no tantos meses nos parecían ciencia ficción. Hace unos meses quizás habríamos esperado que Juanfran siguiera con su proyección meteórica en su carrera como lateral, pero lo que ahora, en momentos de horas bajas de Juanfran (despistado desde aquél fallo con la selección), lo que realmente nos asombra es que haya salido un lateral jovencito del filial y lo haya hecho tan bien como Manquillo ayer, brillante en su movimiento en el primer gol y notable todo el partido.

Hace un año teníamos más o menos claro que Courtois era un buen portero con madera de gran portero en cuanto limara algunos errores propios de su corta edad y corta experiencia. Pero hace unas semanas empezamos a dudar de si Courtois tenía el recorrido que apuntaba, viendo que no mejoraba al ritmo esperado, viendo que quizás se achicara en partidos grandes o que no usaba su poderío físico para imponerse por alto en el área pequeña. Y cuando empezamos a dudar más en serio, llegó el partido del Betis del pasado jueves y vimos cómo Courtois, que había sembrado dudas, hizo un partidazo con varias paradas de muchísimo mérito que ayudaron al equipo a ir a Sevilla con un resultado muy favorable.

Hace año y medio nos asombramos viendo el partido de Mario en Bucarest, y desde entonces nos fuimos asombrando cada vez menos, viendo que finalmente Mario había encontrado su lugar en el equipo. En esos momentos no podríamos haber imaginado que, cuando más vital parecía Mario, Tiago iba a recuperar la titularidad y, para asombro de muchos (entre los que se encuentra el que suscribe), cuajar varios partidos serios y de peso, como los últimos.  También nos asombró el peso que iba cogiendo Gabi partido a partido, hasta convertirse hoy en día en un fijo en la alineación titular, encargado de insuflar al equipo la personalidad y la energía de la que en el pasado, en este mismo equipo, le achacamos carecer. Gabi ejerce de pulmón y motor, de recuperador y lanzador, y todo ello lo hace a pesar de algunas lagunas técnicas compensadas por una entrega total y una concentración constante que le convierte, para asombro de muchos, en un capitán del Atleti como la copa de un pino, muy por encima de predecesores en el puesto con más relumbrón como jugadores y menos huella en el equipo.

Si hace unos meses nos llegan a preguntar por Koke, muchos habríamos contestado que teníamos dudas sobre su futuro. Que era joven, sí, que jugaba bien con los equipos inferiores de la selección española, pero que no acababa de encontrar su sitio, de saber si estaba más cómodo en el doble pivote o por delante del medio centro, si echado a una banda o más por el centro. De Koke esperábamos mucho y hace unos meses parecía que no iba a responder a nuestra confianza como nos hubiera gustado; y sin embargo, ahora uno ve a Koke y ve un jugador completísimo, capaz de cubrir mucho campo y sacrificarse en defensa, de sacar el balón jugado y tener olfato para hacer sangre desde la línea de tres cuartos, de convertir cada falta y cada córner en una ocasión de gol. Aún mejor, Koke marcó ayer un golazo que tiene doble mérito porque empezó el partido fallando todos y cada uno de sus pases largos, lo que no le impidió seguir concentrado y porfiando hasta marcar un gol importantísimo, el gol que dejaba claro que el Atleti iba a recortarle tres puntos al líder.

Hace tiempo, cuando llegó Arda Turan al equipo, no teníamos claro si iba a encajar su fútbol de talento y siesta en este equipo tan poco brillante. Con el tiempo Arda se fue haciendo cada vez más importante, alternando grandes partidos con caídas cómicas, gorros imposibles con regates de alto copete y brega con calidad. Arda Turan fue creciendo y creciendo y la grada del Calderón ayudó a ese crecimiento con una entrega poco común. Turan creció y creció y su ego, alimentado con kebabs y consejos de agentes, creció hasta ser más voluminoso aún que la melena rizada de su propietario y éste dijo aquello de que quería irse a un equipo con posibilidad de ganar la Champions. Nunca habríamos imaginado un derrape de ese calibre de alguien que es mucho más gracias a que llegó donde llegó en el momento que llegó, nunca nos podíamos haber imaginado una torpeza en tan mal momento. Turan, ojito derecho de la hinchada que ya no lo es tanto, tiene unos meses por delante para recobrar la cordura y la vista; esperemos que así sea.

Hace unos meses Adrián encandilaba a la grada con cambios de ritmo explosivos, desmarques inteligentes y golazos de calendario. Meses después no podríamos imaginar que ese jugador imaginativo, imprevisible y generoso se iba a convertir en un tipo desorientado, impreciso y en busca de sí mismo. Tampoco podríamos imaginar, no ya hace meses sino hace semanas, que Diego Costa, ese jugador en su momento indefinible y desesperante, marrullero y descentrado, se iba a convertir en un jugador desequilibrante, peleón y fundamental a la hora de hacer hueco a los compañeros, pelearse con los centrales, abrir defensas cerradas y crear filigranas dentro del área pequeña. Tan asombroso nos parece eso como que ante la lesión de Falcao y sus últimos partidos, flojos a pesar de los goles cosechados, la sensación de la grada no sea la de pánico, abatimiento o resignación. Lesionado Falcao, la grada entiende que estando Diego Costa, Adrián y Raúl García para copar posiciones de ataque el mal es mucho menor. Porque si hace unos meses, en medio de silbidos injustos y exagerados hacia Raúl García, nos dicen que éste pasaría a ser un jugador importantísimo para dar el relevo a centrocampistas y delanteros, respetado aunque no venerado en la grada, habríamos pensado que estábamos de broma.

PD: en mi vida he tenido tres motos, las tres con nombre de jugador del Atleti, Marina, Molina y Reina. La cuarta, si llega, probablemente se llame Cebolla.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Cinco. Y de cinco, uno


Cinco goles marcó Falcao en un partido, cinco goles, ni más ni menos, y ahí estuvimos para verlo y para coger una pulmonía de tiro cruzado, una pulmonía en carrera, una pulmonía en plancha, una pulmonía de esas que merecen la pena.

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Cinco goles metió Falcao al Deportivo de la Coruña. Cinco. Hasta ahora, parece que sólo Vavá había metido cinco goles con el Atleti en liga, sólo Vavá. Vavá, que ganó dos Mundiales con el Brasil de Garrincha y Pelé,  marcando en las dos finales. Vavá, que estuvo en el Atleti del 58 al 61, según dice la Wikipedia, y que murió en 2002 sin que el Club organizara un minuto de silencio, si uno no recuerda mal.

Cinco golitos metió Falcao como cinco golitos tuvo la loba, cinco golitos detrás de una escoba. Cómo puede una loba madre parir cinco retoños detrás de una escoba es algo que escapa a las más preclaras mentes de la zoología y la biología y aún así se le enseña a los niños sin escolarizar y éstos lo entienden a la primera y no le dan mucha importancia. Cómo consigue un jugador meter cinco goles en un partido es algo que escapa a las entendederas de casi cualquiera que haya jugado un poco al fútbol, y aún así Falcao lo hace con naturalidad, sin darse importancia, sin alharacas, sin adornarse. Para Falcao es tan sencillo meter goles como para la loba parir tras la escoba, tan sencillo como para los niños asumir que tras el alumbramiento misterioso no hay más que cinco lobitos delgados como el palo de una escoba y con propiedades miméticas ante, como única muestra de asombro, no hay que hacer documentales ni llamar a un veterinario, sino que basta con mover las manos abiertas, las manos abiertas y con guantes que Falcao abre cuando mete uno, dos, tres, cuatro, cinco golitos.
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Dejando de lado la mala educación o el despiste del Club, que ya es algo común (aunque mitigado desde que llegó el actual equipo de comunicación, más pendiente de estas cosas), la noticia del día es que Falcao metió cinco goles en el Calderón él solito y en un mismo partido. Los cinco goles eclipsaron el partido de Diego Costa, que esta vez se dedicó a jugar en vez de innovar sobre la forma en hacer llegar escupitajos a la cara de los rivales, jugó bien y metió un gol. Eclipsó el buen partido de Koke y el flojo partido de Mario, el impreciso partido de Arda y el buen partido de Godín, ayer más agresivo y adelantado a la hora de defender y más confiado a la hora de irse hacia el área contraria. Eclipsó también el generoso partido de Filipe Luis y las reflexiones sobre lo mucho que se echó de menos su presencia en el estadio del otro equipo grande de la capital, y el discreto partido de Juanfran, desentonado a ratos como casi todo el resto de liga. Eclipsó la vuelta de Valerón, que casi mete un gol de cabeza a pesar andar de lado a lado del campo sin ya mucho sprint que ofrecer, y al que algunos científicos contrastados insultaron durante el partido, consiguiendo ya de paso que al retirarse fuera ovacionado por la grada, como no podía ser de otra manera.

Falcao eclipsó pues todo lo eclipsable y más, incluyendo la segunda plaza del Atleti, el próximo partido contra el líder y la diferencia de puntos contra los rivales por el segundo, tercer y cuarto puesto. Eclipsó también la victoria de Juan Manuel "Dinamita" Márquez  sobre Manny Pacquiao y la más que posible candidatura del Mono Burgos a disputar el mundial al mexicano en la categoría "arrancamiento de cabeza portuguesa por guantá con la mano abierta". Eclipsó, en fin, dos o tres fenómenos astronómicos infrecuentes, varios satélites de comunicaciones, el frío de la noche a la vera del Manzanares, la abundancia de camisetas del Depor en las gradas (que tanto nos alegra) y la festividad de Santa Leocadia de Toledo, Mártir, santa toledana a la que profesaba gran admiración el rey godo Sisebuto, autor del Astronomicón, poema en hexámetros latinos sobre, precisamente, los eclipses. Qué cosas tiene la astronomía, oiga.

Falcao marcó un gol, el primero, tras pase en profundidad, entrando por la derecha del área y cruzando el balón, que pasó bajo la mano del portero. El segundo, de tiro portentoso y sorprendente desde fuera del área, dejando correr la bola y sin pensárselo: tan portentoso y sorprendente fue que en el campo casi ni lo vimos, sólo vimos la parábola del balón que entraba, no tuvimos tiempo de ver cómo lo había hecho. Uy, a ver, cuidado, ¡gol! ¿qué ha pasado, qué ha pasado?, gol, oiga, ha sido gol, sí, gol, sí, pero quién lo ha metido, ha sido el colombiano, oiga, el Tigre ha sido, Falcao ha sido, qué tío. El tercero lo metió de penalti bien tirado y el quinto, tras sentar a un rival y buscarse el tiro en la pierna derecha, buscando luego el palo corto cuando todo el mundo esperaba que cruzase al palo largo.

- Oiga, ¿y el cuarto? ¿el cuarto? ¿se olvida Vd el cuarto? ¿está Vd tonto?
- No me olvido, oiga.

Y es que el cuarto gol de Falcao, que no fue ni el más bonito ni el más importante ni el más llamativo, resultó ser el más asombroso de todos a ojos del que suscribe.

El cuarto gol fue propiedad de Falcao en menos porcentaje que los demás, y sin embargo fue el más de Falcao de todos. Gran parte del cuarto gol fue mérito de Arda y quizás, de no haberse producido, habría sido también error de Arda. Arda, que había jugado mal el derbi y había dejado a la hinchada fría y enfadada por esa mano absurda que acabó en gol con matrícula de Ciudad Real, quería agradar en su vuelta a casa. Lo intentó durante el partido contra el Depor, pero no estuvo del todo acertado. Falló algún pase cómodo en contraataque de libro, se lió en una banda haciendo cucamonas con el tacón y perdió algún balón de esos que él no acostumbra a perder. Arda, a quien la grada adora, tiene la virtud de caer bien con sus andares de ánade y su sonrisa en el momento menos esperado, pero puntualmente no está acertado. Arda, no obstante, no es un tarambana y sabía al saltar al Calderón que le debía una a la grada tras su mal partido contra los odiosos vecinos del Norte.

Arda, decíamos, lo intentó y lo intentó pero no le salieron las cosas como a él le hubiera gustado, a pesar de que el rival invitaba a lucirse. Y, en éstas, recibió un balón en profundidad tras toque sutil de Adrián, lo suficientemente lejos de la portería rival para permitirle colocarse bien el balón antes de que saliera el portero, lo suficientemente cerca para confiar en su sprint de patitas cortas de despertador, con la distancia suficiente para que el defensa no le alcanzara y obligara a parar el juego y regatear. Arda lo vio claro, tan claro como vio toda la grada que, a su derecha, detrás de los centrales que le perseguían, iba Falcao lanzado en busca de su cuarto gol con el ansia del que persigue el primero de su vida. La grada hubiera agradecido un pase de Arda para contribuir a la gloria de su compañero, como en aquél lance de Torres en la final de la Eurocopa. Pero Arda lo vio aún más claro que el resto, vio clarísima su oportunidad de reconciliación y ni miró a Falcao. Arda, que debía una a la grada, se metió en el área, se acomodó la bola con clase y tiró una vaselina fina, limpia, un baloncito destinado a entrar en la portería y terminar con los compañeros abrazándole y con Arda en medio, sonriente como Netol, sabiendo que había recuperado el cariño de todos.

Pero frente Arda estaba Aranzubía, que no es manco en estas cosas. Aranzubía intuyó las intenciones del turco y tiró un manotazo que dio en el balón. Miró Aranzubía al balón que subía en parábola, lo miró el turco y lo miraron los centrales, que ya empezaban a frenar sabiendo que mucho no podrían hacer ante el toquecito del rival. Miraron todos pero, más rápido y con más rabia que el resto miró Falcao. Falcao, que ya llevaba tres goles, pudo haber frenado, como los centrales, y esperar acontecimientos. De haber entrado el balón, le habría dado un abrazo a Arda y tan contentos todos. De haber fallado éste, podría haber mirado a la grada y haber hecho grandes aspavientos: a mííííí, Arda, a mííííí, turrrrcooo egoííííssstaaaa, ¿es que no ves que estoy en racha? ¿es que no ves que puedo hacer historia metiendo un cuarto gol? Falcao, que no es de reproches sino más bien lo contrario, también podría haberse parado, haber puesto cara de póker o haber mirado hacia otro lado, que para algo llevaba ya tres goles marcados y al pobre rival no se le veía mucha capacidad de reacción.

Pero Falcao, ya saben, no es así. Falcao, una vez lanzado a hacer gol, tiene claro que su misión en la vida es meter ese gol. Si huele gol, ya puede tirar su compañero a puerta, ya puede pararla el portero, ya puede caer un misil Scud en el punto de penalti o ya puede venir el Intercity Madrid - Ponferrada con paradas en Valladolid-Campo Grande, Palencia, Sahagún, León, Veguellina de Órbigo, Astorga, Vega-Magaz, Brañuelas, Torre del Bierzo, Bembibre, y San Miguel de las Dueñas, que él sigue a lo suyo. Falcao ha demostrado en todos los partidos, acertado o no, que trabaja más que el que más y que lo intenta mucho más que el resto, que corre más que los que tienen menos cartel que él y lo necesitan más, que suda más que los que tienen más cartel que él (que son cada vez menos) y no tienen por qué tomar riesgos ni pasar fatigas. Así que tiró Arda y se pararon todos, todos salvo Falcao, que ahí siguió por si las moscas. Falcao pareció ver antes que el resto que el balón que despejaba Aranzubía podría caer en situación de remate, y allá que se fue.

Falcao destaca desde su llegada al Atleti por esos saltos suicidas al remate, por una ausencia total de miedo, por jugarse los dientes y el tabique nasal ya sea en una final importantísima o en unos dieciseisavos de Copa contra un Tercera. También esta vez Falcao vio ocasión de meter un gol y no se lo pensó: no pensó en que podría llevarse una patada en la cara, como casi le ocurre, ni en que podría acabar con la cabeza estampada en el poste. No pensó en que ya había metido tres goles y que no necesitaba gestos de arrojo para ganarse a la grada que ya le idolatra. No pensó en su nariz, ni en la frente esa que le reventó de un pisotón un amable colega de profesión, ni en sus dientes ni en su ego. No pensó en que podría fallar, llevarse una patada y terminar enredado en la red de la portería, como un atún de almadraba. Falcao vio la ocasión de hacer su trabajo y no dudó ni un momento. Pegó un salto felino, superó por centímetros el pie de un central y remató a la red por cuarta vez con la rabia del que mete su primer gol tras cincuenta intentos fallidos. Falcao metió el cuarto gol, algo que sólo habíamos visto hacer recientemente a fenómenos como Baltazar, Vieri y Pantic, y lo hizo dejando la sensación de que, sin importarle si en el empeño se quedará sin nariz, sin dientes o sin futuro, si tiene que hacerlo lo hará sea cual sea el rival, sea cual sea el partido, sólo porque es su misión, lo que debe hacer, lo que de él esperamos.

Por eso el cuarto gol de Falcao, que no fue ni el más bonito ni el más importante ni el más llamativo, resultó ser el más asombroso de todos a ojos del que suscribe. Por eso para el que suscribe lo más asombroso de este tipo no es su puntería ni su mejora constante ni su repertorio cada vez más completo ni sus números históricos, ni siquiera sus modales exquisitos incluso cuando recibe palos por todas partes. Lo más asombroso de Falcao es, qué cosas, lo que tanto escasea en algunas zonas del estadio: la honradez. 

lunes, 3 de diciembre de 2012

Contradictorias reflexiones post-derbi y consejo práctico sobre pijamas




Primera contradicción: la mañana y la noche

Había entrenamiento por la mañana en el Calderón y aquello se puso de bote en bote, con la grada llena de niños embufandados y con padres con más cara de ilusión que los niños: primero, porque a esa hora no pensábamos que la cosa fuera a ir mal; segundo, porque a todo el mundo le gusta ir al Calderón y luego a tomar vermouth; y, tercero y más importante, porque los niños eran la excusa perfecta para ir al Calderón a decirle a los nuestros que en ellos confiábamos para, tras muchos años, quizás no ganar pero sí al menos disputar el derbi en condiciones normales.

Con la grada llena y los niños abrigados, los jugadores estiraron y estiraron y la afición cantó el nombre de todos y cada uno de los jugadores. Vimos entonces que Filipe Luis calentaba sólo con un preparador físico cerca del fondo Norte y sospechamos. Vimos también cómo los jugadores se despedían del entrenamiento aplaudiendo tímidamente a la grada, dando la vuelta y entrando al vestuario sin demasiada rabia. No se vieron abrazos entre ellos, ni puños apretados, ni ojos mirando a todos y cada uno de los veinte y pico mil colchoneros que habían ido a verles para tomar nota mental sobre de quién deberían acordarse luego, cuando tocase correr. Quizás los jugadores estaban sobrecogidos, quizás se vieron sobre-responsabilizados, desbordados, atenazados por los nervios y la cita, pero no nos dimos cuenta. Quizás no percibieron que lo que esperábamos de ellos era lucha y entrega y comportamiento de equipo, como vienen haciendo hasta ahora, y no la necesidad de ganar a cualquier precio y sin alternativa. En el momento no lo percibimos tampoco nosotros así, porque estábamos contentos y nos fuimos a los bares a tomar el aperitivo rojiblanco, aperitivo de día de derbi: un vermouth rojo, uno blanco, otro rojo, otro blanco, así hasta que el bar cierre o uno empiece a hablar de los grandes problemas de la Humanidad. En los bares la gente llevaba la bufanda del Atleti y comía croquetas y banderillas picantes y a esa hora todo el mundo estaba convencido de que el sábado el derbi, ganando, perdiendo o empatando, sería diferente a los derbis de otros años, sería un derbi antiguo, jugado de tú a tú, con ganas y rabia, con intensidad y ganas de ganar, con la personalidad que el Cholo ha devuelto al equipo en los últimos tiempos.

Pero llegó el partido y la cosa no fue la esperada por la mañana, en la grada soleada llena de niños. El Atleti jugó más o menos como suele, apretando arriba y con intensidad aunque con poco acierto, hasta el gol del rival, esto es, un ratito. Tras el gol llegó la timidez y la imprecisión, y tras ellas un rato de nada y tras la nada, el segundo gol. Luego pudieron llegar otros que al final no llegaron y el Atleti no tiró a puerta más, se fue a la ducha con cara de no ser el Atleti y con la sensación de haber pasado otro derbi, no ya en blanco, pero casi. No había tirado apenas a puerta, salvo un poco antes del primer gol, un remate de Falcao que el portero rival sacó con reflejos. Nada más. El Atleti dejó de morder tras el primer gol, como si no supiera que iba a recibir al menos uno, como si ir por detrás en el marcador fuera una losa de un peso insalvable, una maldición. El Atleti no fue el Atleti de otros partidos más comprometidos y difíciles, no fue el equipo dominador y voraz de Bucarest ni la máquina de precisión acelerada de Mónaco, fue un equipo sobrepasado, impreciso y sin peso, un equipete nada más, poca cosa, un equipo más perdiendo de nuevo un derbi contra un rival no deslumbrante, pero sí mejor.

El Atleti de la noche no fue el que habíamos imaginado por la mañana entre potitos y vermouths de dos colores, no fue el equipo motivado al que quisimos ir a ver por la mañana, no fue eso sino casi lo contrario. Qué contradicción, oiga.
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Segunda contradicción: el lateral izquierdo

Uno, que es tonto y con gafas, le tenía como tantos otros una manía importante a Filipe Luis. Desde estas mismas páginas nos referíamos a Filipe Luis como Filipe Luis Filipe, incapaces de recordar qué nombre iba primero y cuál segundo. Filipe Luis nos parecía un jugador flojo, poco involucrado, inseguro y con querencia a taparse bajo una manta y comer galletitas. Éste no vuelve de la lesión, decíamos graves, éste es un petardo importante, un sin sangre, un flojo. Froilán, le llamamos; María Ostiz, le llamamos. Éramos duros con Filipe Luis, casi crueles, éramos intransigentes y con gafas.

El sábado por la mañana Filipe Luis entrenó sólo, con un preparador físico, como si tuviera algún problema. Por la tarde nos enteramos de que no jugaría y nos llevamos un sofocón. Cata Díaz saldría en su puesto, dado que no hay recambio de garantías para el lateral izquierdo. A la postre, sin que fuera culpa del Cata, la ausencia de Filipe Luis fue importantísima. Sin él el Atleti perdió muchas bazas ofensivas, mucho del discurso rápido y punzante que sigue a las recuperaciones de balón en campo ajeno que gustan a Simeone. Cata Díaz, es normal, no subió por la banda y el Atleti quedó cojo en ataque. Cata Díaz falló en el segundo gol del rival pero tampoco se le podía pedir mucho más, siendo un jugador ya con años, fuera de su sitio, ya sin costumbre de jugar, exigido en su debut. Se echó pues muchísimo de menos a Filipe Luis, a aquél al que hacíamos cantares cada vez que dudaba, al criticado, al que no inspiraba confianza. Faltó Filipe Luis, salió un central y el equipo perdió equilibrio, contundencia y luz a la hora de irse a por el gol.

Salió un central con cara de ser de los malos de El Último Mohicano y echamos de menos, en un partido duro, a un lateral finito con aspecto de paje de Rey Mago. Qué contradicción más grande, oiga.
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Tercera contradicción: el centro del campo

El Atleti de Simeone basa su eficacia, entre otras cosas, en la presión cerca del área rival, en impedir la salida del balón del equipo que intenta progresar. El año pasado se hacía a costa de muchas faltas, este año se cambió el ansia recuperadora inmediata por una presión más constante y continuas superioridades sobre los rivales que recibían el balón, bien trabajada por Simeone. Todo esto llevaba al error rival, la recuperación pro parte de Gabi o Koke o Mario - si el rival pasaba la primera línea de presión- , la entrega a Turán y la construcción de un ataque rápido buscando a Falcao o al segundo punta.

De esto, nada o casi nada ocurrió el sábado. Sólo hasta el gol el Atleti mostró hambre por presionar y recuperar arriba, luego cambió el plan visto cien veces con Simeone. El centro del campo, con un Turán torpón, impreciso y desconocido y Gabi, Mario y Koke lejos de lo esperado, se limitó a parar al rival más cerca del área, a recuperar y mirar hacia atrás, uy, tómala tú, ay, perdón, la volví a perder, caramba, no sé qué nos pasa hoy. El centro del campo no pudo hacer mucho y, lo que es peor, no pareció estar convencido de poder hacer más.

El centro del campo del Atleti, que presiona y busca las cosquillas al rival, llegó a un partido importante y cambió de discurso. Para aquellos que venimos viendo al equipo, fue una sorpresa ver al equipo intimidado y perdido a ratos. Qué contradicción, oiga, qué contradicción.
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Cuarta contradicción: el macarrismo y la casta, la provocación y el respeto, las churras y las merinas

Simeone sacó al equipo que había jugado, bien, contra el Sevilla, salvo la ausencia comentada de Filipe Luis. Junto a Falcao, casi inédito en el derbi, sacó a Diego Costa. Diego Costa viene haciendo una buena temporada, ha marcado goles y se le presume personalidad y mala baba como para enfrentarse a una defensa como la del sábado, conocida por su querencia al patadón alevoso y la provocación constante. Simeone pareció querer que fuera Diego Costa quien peleara con los matones rivales para así librar a Falcao de la pelea en solitario, responder a ojo con ojo y diente con diente y, quizás, sacar de quicio a los intelectuales defensas rivales, ávidos lectores de los Clásicos, hasta conseguir una expulsión.

Todo esto pretendió hacer Diego Costa, y en casi todas sus acciones sobreactuó, confundiendo valentía con macarrismo, integridad con provocación y hombría con marrullería. Diego Costa, sobreexcitado por medirse a los dos más malos del barrio, a cuyo cetro aspira, soltó codos y lanzó escupitajos, recibió empujones y salivazos y vio cómo un rival natural de Camas le llamaba feo, algo que por sí solo da para escribir un sainete, un tratado de psicoanálisis y una ópera bufa. Diego Costa empleó casi toda su energía en buscar pelea y aumentó su historial de jugador conflictivo e inoportuno, sin hacer además casi ninguna acción de mérito en todo el partido.

Mientras Diego Costa pedía a voces entrar en el selecto grupo de jugadores marrulleros y malencarados apreciados en cierto barrio con estación de tren del Norte de Madrid, en el banquillo ocurría una cosa diferente. Con su habitual altanería, los técnicos locales hacían gestitos de menosprecio al banquillo visitante, chivándose al árbitro como los traidores a la mafia de que por ahí andaba mucha gente. Con mucho más aplomo que Diego Costa, con mucha más razón por ser él el provocado y no el provocador y dando casi tanto miedo como Paulie Gualtieri en un mal día, el Mono Burgos dejaba clara la diferencia entre carácter y macarrismo. Yo no me meto contigo, pero si tú te metes conmigo, atente a las consecuencias, vino a decir metafóricamente el Mono Burgos. Yo no soy Tito Vilanova, yo te arranco la cabeza, dijo el Mono Burgos sin metáfora ni nada, y con ello hizo toda una declaración de principios. Sé que os creéis intocables, pero cuidado conmigo, vino a decir el Mono, y en sus palabras, poco bonitas para los niños y las monjas de clausura pero reconfortantes para aquéllos que están hartos de la tradicional actitud prepotente de algunos, uno vio la actitud que debe tener el Atleti en estos casos. No seré yo quien dé el primer paso, vino a decir el Mono, pero si vienes de malas, te expones a acabar peor: esto, palabras más, palabras menos, es lo que venía a decir el Atleti cada vez que visitaba el campo ese del centro comercial.

No seremos nosotros los que provoquemos, vino a decir el Mono Burgos, pero si nos buscas nos encuentras. En el campo, mientras tanto, Diego Costa hacía justo lo contrario, provocar para desquiciar, ponerse a la altura de esos insignes indeseables que celebran con bailes brasileños los malos momentos de los rivales, que no las alegrías propias. Qué contradicción, oiga, qué contradicción.
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Consejo: ¿qué pijama es apropiado para un ciudadano honrado?

El pijama, siempre largo y a poder ser de cuadros, con chaqueta de botones y bolsillito sobre el corazón. En verano, de algodón fino; en invierno, hasta de franela. Hay quien gusta de camisón de lino y gorrito de dormir con pompón, y esta combinación es también respetable, sobre todo si se alumbra uno el camino con un candil.

Nada de camiseta de publicidad y pantalón corto, nada de pantalón de pijama descuadrado (esto es, combinado con camiseta interior). De eso nada.

Háganme caso: lo agradecerán en algún momento de su vida, probablemente un momento importante.