viernes, 12 de enero de 2007

El milagro de las torres y los peces

Frío horroroso en el Calderón. Fútbol horroroso en el Calderón. Frío horroroso de vuelta a casa. Atracón de anti-gripales. Mal resultado y mala imagen. Y aún así, curiosamente, no tiene uno la sensación de vacío de otras veces. Ya verán Vds por qué.


Llegar al Calderón en partido de Copa este año es un espectáculo pintoresco. Ver toda esa cantidad de gente embutida en ropa invernal de colores le hace uno dudar si ha ido al fútbol o a una concentración de teletubbies. Cuando toda esa gente se pone en su asiento y no llegan ni al 10% del aforo, la imagen es desasosegante. Y uno no culpa al aficionado, a quien el Club cobra 6 u 8 euros para ver a un equipo que juega fatal y que posiblemente ni haga un buen partido ni gane holgadamente (dando al menos algo de paz al socio, ya que no da satisfacciones). ¿Quién en su sano juicio paga para pasar frío y ver un espectáculo lamentable? Nadie. Bueno, alguno sí, yo mismo. Pero ayer no ví ni a Indy. Y es que ver jugar a este equipo es ya bastante castigo, pero hacerlo vestido de mapache plumífero debe ser ya la repera. Eso sí, lo que queda claro una vez más es que al Club le importa más la raquítica taquilla del partido de ayer que lograr que el campo se llene de gente con ganas de animar a los suyos. Inexplicable, salvo que la prioridad de la directiva sea la pela, y no el equipo. Y esto es lo que hay y así nos va.

Y salió el Atleti. Salieron Pablo y Zé Castro de centrales, y a mi me pareció bien (en especial algunos pases del segundo, cada vez más metido en su papel de lanzador). Salió Antonio López, a quien ví concentrado y potente, y me pareció bien también. Salió Perea de lateral derecho, ese puesto que ocupaba en Boca, y no lo hizo mal, aunque tampoco muy bien. Se aprovechó de la tendencia a la izquierda que caracteriza al Atleti en casa este año (¿alguien más ha reparado en que la mayoría de los jugadores se ponen en esa zona cuando saca el portero?) para subir unas cuantas veces por su banda, aprovechando su velocidad. Llegaba bien en el desborde pero al llegar cerca de la línea de corner se notaba que hacía demasiado tiempo que no pasaba por ahí, que no sabía bien qué hacer. Perea, que no es un portento técnico, desborda por fuerza pero si tiene que colgar balones precisos otro gallo canta. Salvo una vez.

Salió el Atleti con un medio campo que sugería algún cambio y nada. Salió Mista de inicio, quien posiblemente no debería ser suplente, y aunque corrió y corrió, nada. Salió Jurado a llevar la batuta y no llevó ni el botijo (salvo algún pasecito con intención). Salió Costinha a dar solidez al esquema y tampoco; de hecho entregó bastantes balones fáciles al contrario, contribuyendo al caos. Y no salió Maniche, peleado con el mundo y con la policía municipal de Lisboa. Entre todos, el giratorio Luccin destacó como el más metido en el partido. Todo un síntoma.

Salió Agüero y a mi me pareció bien. Salió Torres, claro, y si no es por él hoy estaría yo de muy mal humor.

El resto, lo normal en casa estos días. Juego ramplón, poca solidez, el contrario a esperar, un descontrol en defensa y gol. Otro gol en casa. Otro gol tempranero en casa. Otro gol evitable, tempranero y en casa. No aprendemos, o no podemos aprender. Hay fallos defensivos demasiado frecuentes. Y pocas ocasiones de gol a favor. Es lo que pasa cuando se juega mal.

Llegó el descanso y el Atleti perdía. Entre el rumor crujiente de papel albal que inunda la grada en los descansos se escuchaba “Friday, I´m in love”. No estaba el horno para bollos pero el Club ponía canciones de esas para sonreir. La misma canción debieron ponerle en el vestuario al equipo, que volvió a salir relajado. Todos menos uno, el del brazalete, que debió estar haciendo la Haka all-black en una esquina mientras el resto se limaban las uñas.

Y volvió al Atleti con la tarea de remontar el resultado y enseguida se quedó con cara de tonto. Iturralde, ese árbitro que disfruta siendo el centro de atención, llevaba ya un rato reclamando protagonismo, como si no le fuera bastante con ir vestido de polo de lima-limón. Expulsó a Pablo (y dicen que con acierto) y el Atleti se quedó con once. Con once, sí, no con diez, porque en el segundo tiempo Torres se multiplicó por dos, o por tres, o hasta por más.

Torres, el de siempre, ese jugador del que se dice que está sobrevalorado y que es un proyecto de boceto de hipótesis de estrella, dejó claro que cuando la batalla se tuerce puede ejercer de mariscal, de artillero, de gaitero y de zapador. No sólo metió un gol de esos que provocan el abrazo con los desconocidos de alrededor, sino que dejó en evidencia a todos los demás jugadores, propios y rivales. Se ajustó Torres los machos y dio la misma sensación que uno tiene en los campamentos cuando ve jugar al monitor mezclado con los lobatos. El aficionado contaba y contaba los jugadores y salían once rojiblancos, a pesar de la expulsión. Recuperaba Torres el balón en defensa, se la pasaba a un medio centro con pecas y coloretes que pasaba por ahí, que a su vez hacía la pared con un tal Fernando con el nueve a la espalda. En estas Perea sacó un pase digno de Schuster, Torres hizo un control digno de él mismo y metió un golazo digno de salir en los calendarios. Y antes de que entrara ya sabía Torres, uno y trino, que había entrado, se abrazó consigo mismo y volvió trotando, concentrado y serio, rodeado de sus varios clones y del resto de jugadores del Atleti, a distancia.

Y si en lo físico pasaba por encima a propios y extraños, sentaba también cátedra entre los compañeros de cómo no darse por vencido, como mostrar a la grada que él si siente lo que ellos. Se vació Torres, y sólo Antonio López pareció seguir de lejos su ritmo y aguantar el tirón físico. Otros jugadores acusaron más de lo aconsejable la ausencia de un compañero, y parece que se aprovecharon de ello para mirar los toros desde la barrera, resignados y cómplices de la imagen que da el equipo en casa. Ausentes, poco comprometidos, muchos vieron pasar a su lado un tipo con el dorsal número 9 dejándose el alma y aún así no pudieron o no quisieron intentar emularle.

Cree uno desde sus tiempos de rudo jugador de fútbol que hay compañeros que, por su calidad, compromiso y capacidad de sufrimiento le hacen a uno jugar al 110% de sus posibilidades, mejorar, crecer. Si los compañeros se involucran, un tipo de esos convierte un grupo de gente en un equipo de fútbol. El Atleti tiene uno que encima es un jugador como la copa de un pino. Esperemos que los demás se enteren o que al menos ese entrenador que se supone tanto sabe de psicología se lo haga ver. Entonces quizás podamos ver de nuevo a un equipo de fútbol jugando en el Calderón de rojo y blanco. Y con doce jugadores.


1 comentario:

José Ramón dijo...

En estos partidos de Copa siempre hace un frío insoportable y siempre somos muy pocos.

Recuerdo uno contra el Elche, en la temporada 87/88, nevando y que pasamos la eliminatoria en los penalties. Marcando Arteche el último y decisivo.

No eramos más de mil y yo, que iba sólo, sorprendentemente, me lo pasé bién.

Me acuerdo como si hubiera sido ayer.

Tengo un buen recuerdo de ese partido.

Que cosas.