domingo, 21 de enero de 2007

La lidia del manso

Partido malo en el Calderón, pero curiosa sensación de haber visto un buen partido. El Atleti ganó por fin al Osasuna y lo hizo sufriendo, sacando casta y doblando el espinazo de un rival incomodísimo. Y todo ello con Lizondo como estrella invitada, encantado de salir en las fotos.


Antes del partido, balonmano, que España debuta en el Mundial. Y para los que llevamos el Atleti dentro, el balonmano es un deporte importante. Así que antes de ir al Calderón las pasamos canutas viendo como España no rompía a sudar pero al final, ya en los bares de cerca del estadio, suspiramos aliviados al ver que sí, que ganamos. Y es que ver un partido de balonmano rodeado de gente con bufandas rojiblancas le hace a uno mirar atrás en el tiempo y acordarse de la lumbrera que decidió acabar con esa sección del Atleti que tanto orgullo y tantas alegrías nos dio. Y así, antes de entrar al campo, vivimos cada gol con más intensidad que los aficionados de otros clubes, y celebramos cada parada de Hombrados como si fuera nuestra, igual que celebramos cada canasta de Garbajosa, porque ambos son de los nuestros.

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Algunos aficionados a los toros han visto la lidia de cientos de bichos de todas las condiciones: bravos, blandos, listos, chicos, jaboneros, complicados y borregos (de estos, cada vez más). Y estos aficionados, por lo general, recuerdan con letras mayúsculas la lidia de algunos mansos de esos listos, que aprenden, que esperan y de los que no te puedes fiar ni cuando vas a por el estoque de verdad. Los mansos, si son listos y fuertes, hacen perder los papeles al más pintado y obligan al matador a olvidar la pinturería y fajarse de cerca, sin ceder espacio y sin perder un ápice de concentración, porque el mínimo error puede ser un problema de los gordos. Y ayer salió el Osasuna con maneras de manso listo.

En circunstancias normales uno hubiera esperado una pitada de salida, pero la ocasión no era propicia. Primero, porque eso de pitar al equipo ya no se lleva aunque te eliminen de la Copa, y, segundo, porque era un partido de cuentas pendientes y la grada entendió que tenía que devolver el recibimiento que al Atleti hacen en el Sadar, hoy Reyno de Navarra, desde que el Atleti-Osasuna se ha convertido en un partido de tanta rivalidad. Debió ver Ziganda las pinturas de guerra en el fondo sur y les dijo a los suyos que esperasen, que buscasen los defectos y no fueran para arriba. Y así lo hicieron. Y se plantó el Osasuna sin muchas ganas de meter un gol pero con la intención de dejar claro que tonterías las justas. Y salieron con cara de pocos amigos y si llegan a ir al estadio en metro se hubiera hecho el silencio en el vagón. Y en cada disputa había una patada y en cada salto un codazo, dejando claro que sí, que había cuentas pendientes. Y en medio de todos Nekouman, un iraní con nombre de personaje de dibujos animados japoneses, marcando el ritmo de todos los demás.

Lo único que tenía claro el Osasuna era que iba a utilizar la fórmula que ya usan otros equipos para ahogar la salida del balón del Atleti, tan popular ya que se encuentra en algunos herbolarios, en bolsitas, y con las siguientes instrucciones de uso.


“Abrir el sobre y esparcir su contenido. Marcar al segundo central (sobre todo si es Zé Castro), asegurándose de que el portero se vea obligado a dársela a Perea. Remover, dejando actuar a Perea, achuchándole un poco se si considera oportuno. Esperar unos quince segundos hasta que Perea pierda los papeles, pegue un pelotazo o se la dé a un rival. Dejar reposar y servir en vaso de sidra, a ser posible”.


Así que eso hizo el Osasuna y cada vez que Perea sacaba el balón las señoras se tapaban los ojos con la bufanda y los padres cubrían los ojos de sus hijos para ahorrarles el mal trago. Y Perea, fiel a las instrucciones, le dio unos cuantos balones a Nekouman y compañía y a éstos no se les acercaba nadie. Ni Luccin, bien toda la noche (a pesar de alguna entrega arriesgadísima al rival por culpa de uno de sus controles espirales), ni Maniche, intermitente y con buenos momentos, se hacían con el cotarro. De Galletti, perdido en el regate, el centro y el remate ni hablamos. Y menos de Jurado, a quien su madre debió decir que no se acercara a ese señor tan alto. Y así paso buena parte del primer tiempo, sin más interés que ver si alguno se acercaría al iraní más que lo que la prudencia aconsejaba. A todo esto, Aguirre expulsado, tres amarillas al Atleti y el árbitro incómodo por no ser el único protagonista.

Y empezó el segundo tiempo y parecía que el Osasuna se echaba un poquito atrás, empezando por el iraní, y esto nos venía bien. Y también pareció que el Atleti entendió que la lidia era otra, que había que entrar al choque y remangarse y dejarse de faenas de pellizco e inspiración. Y lo entendió Aguirre, y sacó a Gabi por Galletti y acertó, porque el centro del campo fue otra cosa, con más presencia y más ganas, empujando al Osasuna hacia su portería. Y Agüero, de quien no hemos hablado hasta ahora, estaba por la labor y lo hizo bien. Parece que Agüero, a pesar de ser jugador de pellizco, está más cómodo en partidos trabados, en los que no se le ve en absoluto intimidado, rodeado de rivales que le sacan dos cabezas de los que se va como quien cose. A punto estuvo de meter un golazo a Ricardo y creó peligro y ocasiones, una buena para Torres, más desfigurado pero siempre ahí.

Se estiraba el Atleti y las pocas veces que no acababa jugada se ocupaba Zé Castro de cortar los contraataques. Ayer cuajó un partidazo no sólo desplazando el balón sino al corte, en el que no tuvo ningún fallo que yo recuerde (si bien contó con la ayuda de Torres, toda la noche despejando de cabeza en su área). Siempre estuvo ahí y va cogiendo un peso en el equipo que no sospechábamos cuando fue presentado con esa carilla de componente del grupo Parchís. Pero en pocos partidos se ha hecho con el mando ahí atrás, y manda a los compañeros, y llega al corte con fuerza y buena colocación y si sigue con esta progresión puede ser de esos jugadores que merezcan salir a jugar con galones cosidos a la camiseta.

Así que se estiraba el Atleti. Jurado echó a perder un contraataque de tres contra uno sin que nadie entienda por qué. Y Torres provocó una expulsión y un penalti arrancando y consiguiendo que Maniche le entendiera y le pusiera un buen balón. Y fue a tirarlo. Y llevaba ya varios mal tirados y todos pensamos que podía pasar. Y pasó. Torres tiró fuera y cincuenta mil personas nos llevamos las manos a la cabeza. Cincuenta mil una, porque también Torres se tapó la cara con las manos y luego con la camiseta y se le vio hundido como pocas veces, consciente de que no habría muchas más ocasiones para doblarle definitivamente el espinazo al manso. Y el público se dio cuenta de su abatimiento y reaccionó coreando con estruendo su nombre para aliviarle el momento, para decirle que no pasa nada. Y, en ese momento, el que suscribe volvió a dar las gracias a quien corresponda por ser seguidor de este equipo y miembro de esta afición.

Podía pasar lo que otras veces, ahora que el Osasuna tenía un equipo más ofensivo con Valdo y Soldado, pero no pasó. Porque el Atleti siguió tirando del partido para adelante, con un centro del campo más batallador que no rehuía los encontronazos. Y en una de estas Antonio López inició un contraataque, intentó una bicicleta pero le salió un ciclostatic pero al menos sacó un corner. Y de ese corner nació el gol de Zé Castro, y la grada fue un trueno y algunos nos alegramos especialmente por el chaval, porque se merecía un gol tras el partido que había hecho.

Y, cuando parecía que el protagonista único iba a ser Zé Castro, Lizondo Cortés se puso celosón. Algunos árbitros necesitan más protagonismo del que da esa camiseta que llevan ahora, que parece de cambiar ruedas pinchadas, y cuanto más salgan en la tele, mejor. Pero si del Lizondo de ayer dependiera saldría todavía más y nunca accedería al campo por el túnel del vestuario, sino que bajaría al campo desde el palco, por la escalera, rodeado de bailarinas con sombreros de plumas. Durante el primer tiempo ya pitó varias cosas incomprensibles, muchas en contra del Atleti y algunas en contra del Osasuna. Pero no es suficiente para una estrella, así que aprovechó que quedaban quince minutitos para echar a otros tres, que junto al del penalti y a Aguirre suman cinco. A Soldado por un codazo, a Raúl García por reincidente y a Ricardo por tener pocas luces. A la calle cinco, ahí es nada.

Y final. Y menos mal, y qué partido más malo pero qué sensación más buena. La sensación de haber ganado a un equipo que siempre se nos atraganta, la sensación de haber visto unos jugadores entendiendo que a veces hay que sufrir para conseguir algo. La sensación de haber visto una lidia poco vistosa pero de mérito, de poder y de coraje. Que dure esa sensación, que dure.

1 comentario:

José Ramón dijo...

Perea, en ataque, siempre me ha recordado, salvadas las distancias, al gran Tomás Reñones.

Yo a Tomás no le recuerdo un solo centro al área que llegara a uno de los nuestros.

Y mira que se paso años tirando centros.

Pués no le recuerdo ninguno bueno.

Pero, vamos, no es que no recuerde, es que estoy seguro que no dió ninguno bueno, porqué siempre que centraba, yo pensaba: ¿A ver si éste?

Y nada.

Despejaba la defensa, la cogía el portero, se perdía por la banda opuesta o salía directamente por la linea de fondo.

A lo mejor usted no se lo cree, pero le prometo que es verdad.

Menos mal que cuando Tomás jugaba no existía la Sexta ni su insoportable estadístico.

Cuanta infamia numerológica se ahorró el ejemplar Tomas Reñones.

Y yo me alegro.