domingo, 31 de diciembre de 2006

Algunos secretos sobre mi persona

Desde hace unos meses sé que hay gente que se pregunta por este tipo que escribe sandeces sobre el equipo de sus amores con esta vena tan negativa. Incluso mis allegados se cuestionan por qué muestro más escepticismo que de costumbre, por qué miro al pasado aún más que antes. A ver si les contesto.


Es verdad que uno es algo nostálgico y algo escéptico a la vez. Y es verdad que lo es más desde hace unos meses. Desde el verano, para ser exactos. Y este cambio tiene una causa sobrenatural, por raro que les parezca. Y es que, desde hace unos meses, a primera hora de la mañana, cuando estoy en esa vigilia en la que las cosas se ven claras y se encuentran soluciones a los problemas más ásperos, entre brumas se me aparece Dirceu. Sí si, José Guimaraes Dirceu, ni más ni menos.

No se me aparece a diario ni una vez al mes. Tampoco los jueves a una hora exacta. Dirceu se aparece cuando le da la gana, que para eso es uno de los ídolos de mi niñez. Aparece cuando quiere y se queda poco rato, el que él quiere. Hablamos, no mucho, y siempre es muy educado y deja un característico olor a almendras tostadas cuando se va. El olor dura poco y suele preceder también su aparición, así que a veces, cuando sueño que estoy en una fábrica de turrones, me despierto rápidamente porque se que lo que en realidad ocurre es que se aproxima Dirceu.

Dirceu se aparece de chándal, con un chándal rojo como el que llevaba el Atleti cuando él era jugador. Aparece difuminado, como corresponde a su condición de ectoplasma, pero a la vez con un rojo brillante de cromo de la época. Habla de lo que quiere, aunque siempre un poco de fútbol, naturalmente. Me cuenta pocas cosas del más allá y más bien pregunta cómo están las cosas por aquí. Pregunta por el cambio climático, que al parecer preocupa mucho en esos pagos, y pregunta por qué ahora está tan de moda el polígrafo. Pregunta también educadamente por la salud de mi familia y sólo pierde la compostura para hablar del anisakis: Dirceu, el gran Dirceu, no se explica como no salimos a protestar contra la ley que obliga a congelar el pescado y, sobre todo, los boquerones en vinagre. Hay un punto de reproche cuando toca ese tema Dirceu, y yo bajo los ojos, avergonzado, por no ser capaz de sacar a las masas a la calle para denunciar eso que Dirceu, y yo también, consideramos una vergüenza.

Cuando habla de fútbol Dirceu no me pregunta, ni yo tampoco le pregunto a él. Faltaría más. Dirceu habla y yo le escucho, que eso de que venga a visitarte un ídolo no es algo que ocurra a menudo. Dirceu no se explica en qué se ha convertido el fútbol, ni por qué los jugadores ganan mucho más que en su época valiendo en muchos casos mucho menos. Se pregunta también por qué se tiran al suelo con tanta facilidad, por qué se quejan por todo ahora que todo les es más fácil, y por qué visten con esas camisas horribles. Sobre todo sus compatriotas, a quienes no tiene mucho aprecio últimamente. Tampoco entiende Dirceu por qué los partidos son a esas horas tan raras, ni por qué se empeña el alcalde en hacer la vida imposible a la afición a fuerza de obras.

Dirceu habla poco de él porque es modesto, aunque jugó con los más grandes y formó parte, durante tres mundiales (y casi cuatro), de una selección brasileña que jugaba como los ángeles con los que ahora juega al backgammon. No ha querido contarme si era cierto eso de que entrenaba con pesas en los tobillos para aumentar su resistencia ni a quién se refería cuando dijo aquello de que “ paso balones y me devuelven melones”, aunque me ha insistido en que eso lo dijo en el América de México y no en el Atleti. Por supuesto no me ha dicho cómo conseguía que la bola botase delante del portero rival ni por qué jugaba con la lengua fuera, saliendo cerca de la comisura de los labios. A mi me gustaría preguntarle todo esto pero no me atrevo.

Dirceu habla del Atleti de hoy en día y lo hace triste pero sin resignación. Habla de su Atleti, de la convulsa época que le tocó vivir con Cabeza y García Traid y de los atracos arbitrales sufridos una y otra vez. Y aunque se enciende cuando se acuerda de los atropellos siempre concluye que ese era otro Atleti, un Atleti de los socios, un Aleti de los de Aleti en el que también cabía él, titular en varias de las selecciones brasileñas más brillantes, pero no cualquier medianía.

Dirceu se ríe cuando recordamos algunos de los jugadores que han pasado por el Club estos últimos años. “ Me río por no llorar”, dice Dirceu, y yo me callo y ya no me río. Dirceu no se explica en qué situación ha quedado el Club. Según me cuenta, asiste perplejo a las cosas con las que traga la afición. Él, que vió a un Atleti líder caer en casa 0-4 contra el Betis y se libró de que lo molieran a palos porque no paró de correr en todo el partido, aún se frota los ojos cuando recuerda que el Atleti bajó a segunda y no hubo la manifestación popular que los rojiblancos de allí arriba se esperaban. El día que Dirceu leyó que la Directiva prácticamente había vendido el Calderón apareció antes que de costumbre, y el olor era más fuerte, a almendras casi quemadas. Ese día Dirceu se mostró enfadadísimo, habló muy rápido y casi ni se despidió. Luego estuvo unas semanas sin venir, pienso yo que como castigo, como con lo del anisakis.

Dirceu se enciende también cuando ve que ahora se identifica al seguidor atlético con Torrente, con Manolo y Benito y con el padre de Bea la Fea. Y no lo entiende, y no entiende que no se arme la marimorena. Porque lo que él tiene claro es que del Aleti puede que sean esos, pero los que lo son de verdad son Han Solo, y William Wallace, y V, el de Vendetta. Y George Leigh Mallory, aquél que subió al Everest cuando Sir Edmund Hillary tenía cinco años, con bombachos de pana y chaqueta de tweed. Aquél que cuando las cosas se pusieron feas para la expedición decidió seguir solo hasta la cima a dejar la foto de su amada esposa, a quien se lo había prometido. Aquél que desapareció y nadie supo si había llegado o no, pero cuyo cuerpo fue encontrado setenta y cinco años después cerca de la cima, congelado, sonriente y sin la foto de su esposa en el bolsillo de su chaleco de cuadros. Dirceu, me cuenta, ha visto desde el más allá muchos partidos del Atleti con Mallory, quien sólo admite un error en su aventura: “ no haber llevado una segunda petaca de brandy”. Y me asegura que a Mallory nunca le importó si se supo o no que había llegado, primero porque lo hizo por cumplir una promesa y, segundo, porque tenía claro que aquellos que creían, creen y creerán en él no iban a tener ninguna duda de que lo había conseguido.

Ahora ya saben el porqué de mi nostalgia. Dirceu, de quien siempre me despido dándole las gracias por visitarme y por haberme hecho feliz de niño, sabe que lo iba a contar, así que espero que no se moleste. Si me desvela algo nuevo ya se lo iré contando yo, siempre que él esté de acuerdo. Todo, salvo lo de jugar con la lengua fuera; eso me lo quedaré para mí.

1 comentario:

José Ramón dijo...

Siempre dos petacas.

Porqué una se pierde siempre.

Lo sé por experiencia