lunes, 18 de diciembre de 2006

Esos cinco minutitos…

Ayer, de nuevo, esos cinco minutitos finales de angustia en el Calderón… Si Aguirre es, como se dice, un técnico miedoso, entonces ¿por qué no intenta evitar esa angustia final? ¿No sería más sencillo intentar meter más goles antes de llegar al final del partido?


El Atleti jugó contra un equipo malete, metió un gol y se echó a dormir. Alguien debería explicarle a estos chicos que en este deporte no gana el primero que marca, sino quien mete más goles al final del tiempo reglamentario.

Famoso es ese último cuarto de hora del Calderón en el que la grada pasa fatigas viendo como el rival puede empatar el partido después de que el equipo local haya fallado varias oportunidades claras. Esto es así desde hace mucho tiempo, y los que hemos pasado muchas horas en ese estadio que pagaron los socios veteranos (y es que no salió del asfalto tras un chaparrón cual Amanita Atleticae) lo sabemos. A veces no puede evitarse, otras sí. Y ayer, creo yo, fue uno de esos días. Si el Atleti fuera ambicioso, si no fuera miedica e inseguro, ayer hubiéramos llegado al final del partido con holgura, pensando en el Barça y en cómo, si Torres está como ayer, se puede poner tibio de jugar al fútbol en ese campo tan grande y ancho que tienen en el Nou Camp. Pero no, pasamos un mal rato.

Pero ganamos, y eso, en los tiempos que corren, parece que es lo único que importa. Ganamos, sí, que no es poco. Y vamos cuartos, una meta menor para el historial del equipo que sin embargo parece el Nirvana para la era post-Calderón. Poco importa si el aficionado queda con la mosca tras la oreja por la endeblez del equipo, por la falta de ambición y por el automático paso atrás que se da cuando se marca un mísero golito (ese mismo paso atrás que se le afeaba a Ivic en otros tiempos). Poco importa alegrarle la tarde al aficionado que, sentado sobre un mugriento asiento y tiritando del frío, ha llegado al estadio salvando innumerables atascos y cortes sorpresa de las vías de acceso. Qué más da si hay un equipo abierto, flojete y vestido de verde manzana que puede permitir dos, tres goles más que le hagan pensar al espectador que pasa las noches en la grada (no recuerdo ya un partido en el Calderón que no fuera en horario nocturno) que al final mereció la pena el volver a casa con la punta de la nariz helada. Ganamos, que no es poco, y estamos en Champions por ahora. Y eso, qué quieren que les diga, compensa en parte las penurias, pero es arriesgado. Porque el día que no ganemos y juguemos así de mal, la nariz se nos enfriará el doble, hasta el punto de hincharse.

Jugó el Atleti y lo hizo regular nada más. Mal y acobardado el segundo tiempo, un rato bueno en el primero, algún detallito. Galletti que trota con casta y algo hace siempre; Maniche que se enseña y se enseña y ayuda a los demás; Juradito que deja algún detallín aquí y allá pero que aún no, no; Agüero que parece que entra más en el equipo, aunque se le ve algo desfondado. Pero todo eso coexiste con una cierta tembladera en la defensa, poco punch y un Luccin empeñado en guardar la bola girando sobre su eje cual derviche rojiblanco. Gira y gira Luccin como el demonio de Tasmania y no sabemos si lo hace buscando respuestas a las grandes preguntas de la humanidad o porque tiene un contrato publicitario que le obliga a enseñar los logotipos a todo el estadio a la vez. Gira y gira, y si un día sale con los tacos afilados lo encuentran saliendo por un agujero en Australia.

Y dice el lector… ¿y Torres qué?. Y lo dice con razón. Por que Torres merece párrafo aparte, que hablar de Torres y Luccin en el mismo párrafo está feo, oiga.

Con Torres se ha metido todo el mundo. Todo el mundo no, algunos siempre le defendemos con aquello de que no puede hacer absolutamente todo como el mejor (aunque esté cerca de los mejores en muchos aspectos del juego), que sólo tiene veintidós años, que es mucha presión para un chaval desde hace demasiado tiempo, que tiene malos compañeros de viaje, que está más solo que la una. Y luego va Torres el solito y se empeña en decirnos que no nos preocupemos, que no perdamos el tiempo, que de defenderse se ocupa él, que para eso es un señor maduro. Ayer, como siempre, salió con los galones que nadie quiere en el equipo y se ocupó de que los demás entiendan que las cosas deben volver a su sitio, que el Atleti debe empezar empiece a acostumbrarse a estar en los puestos que nunca debió dejar. Recuperan el balón los del Atleti y buscan a Torres, como buscan los niños en el recreo colegio a ese repetidor que, más grande, más fuerte, con más personalidad y más calidad, suele resolver las situaciones complicadas como quien come pipas.

Uno cree advertir en Torres un cierto cambio en el juego. Antes se empeñaba en hacer absolutamente todo solo. Y lo entiendo hasta cierto punto. Robaba un balón en medio campo, se iba de dos o tres rivales y miraba para atrás, a ver quién le acompañaba. Se giraba Torres esperando ver los estandartes de los lanceros de Rohan que acudían en tropel y como un solo hombre en su ayuda pero sólo veía a la mula Francis; así que decidía tirar para adelante sólo, intentar sacar algo positivo entre una maraña de rivales. Y muchas veces lo conseguía, el jodío. Otras veces se liaba, se la quitaban, se le iba un control y entonces rugían los detractores con voz de orco, contentos por ver cómo fracasaba el paladín de ese equipo que tanto molesta a la prensa.

Ahora no. Torres mira atrás y no es que aparezca la tabla redonda en pleno, pero aparece Agüero, aparece Maniche (ese que siempre se enseña), aparece Galletti y a veces también Luccin, girando como el disco de Newton. Así que Torres ahora pasa más el balón, la da rápido, la pide en el hueco, por la sencilla razón de que a veces hay alguien con criterio que ha tenido la sencillísima idea de salir corriendo detrás de él. En el Bernabéu dio tres pases de gol claros pero la gente consideró que lo hizo mal, que meter menos de tres goles es inaceptable para ese jugador rubito que ha sacado los colores a la mayoría de defensas de la liga. Igual le da a él. Torres, erre que erre como su apellido, se dedica a dar pases al personal. A veces no, a veces mira para abajo y se obceca un poco con pasar entre tres o cuatro. Lo malo para los orcos es que, con más frecuencia de lo que a ellos les gustaría, también le sale, al jodío...


1 comentario:

José Ramón dijo...

Que le voy a contar, D.Carlos.

Esos cinco minutitos.

En esos minutitos, que son eternos, mi hijo me mira más a mí que al campo.

Por sí me pasa algo.

Eso que tienen los hijos.

Por lo menos el mío.