lunes, 11 de diciembre de 2006

Géminis, adolescente

Nuevas y arriesgadas aventuras en el Vicente Calderón. El Atleti, como no, tiembla cuando no tiene que temblar y abandona el interino puesto de Champions que ocupaba estos días, puede que injustamente. ¿Volveremos a ver un equipo como el del día del Villarreal, al menos?


¿Pensaban que iba a empezar la crónica semanal diciendo que el Atleti volvió a arruinar un puente estupendo? ¡Bingo!

Vuelve uno a toda prisa por la carretera (a ver, sin correr con el coche pero malcomiendo y buscando atajos, se entiende) para ver el partido en el que el Atleti debería confirmar que, aunque no juega como debe, al menos tiene el oficio que se le presupone a un equipo que representa ciento y pico años de historia ejemplar. En su lugar se encuentra la enésima caricatura de partido de fútbol en el que, a pesar de haber ocasiones y algunas fases entretenidas, termina con la inevitable sensación de que para eso el que firma se hubiera quedado por León, contando parkas y chapas de los Small Faces.

Al Atleti, por nacimiento, le correspondería ser Tauro, signo a quien algunos horóscopos le atribuyen algunas características que le vendrían al pelo al equipo actual: “prudentes, prácticos, algo melancólicos y perseverantes”. El Atleti de hoy de prudente tiene algo, pero confunde prudencia con miedo cuando sale al césped del Calderón temblando cual niño de San Ildefonso al ver la bola del gordo en su mano; de práctico tiene más bien poco, y si lo tiene es siempre fuera de casa, que en el Manzanares últimamente empieza cediendo un gol al visitante; melancólica es más bien la afición, que sueña con volver a los tiempos antiguos en los que al equipo, bien dirigido por Atléticos de pro, no le tosía nadie; y perseverante puede que lo sea en el desatino futbolístico, en provocar la desesperación de la grada, pero no siempre en buscar lo que debe, esto es, el buen juego, el gol, la victoria.

El Atleti de hoy parece más bien Géminis, signo dual al que este mismo horóscopo le atribuye otras características bien distintas: “nada estable ni atado a ningún lugar, según sople el aire esa dirección cogen”. Puede que eso sí sea: carece de un estilo propio, no se fía de sí mismo más que a ratos, repite una y otra vez los errores y rara vez porfía en los aciertos, alterna ratos de apatía con otros de entusiasmo juvenil. Pero más que eso es un equipo bifronte, capaz de ganar fuera y echar todo a perder en casa. De los tres partidos que ha ganado en el Calderón, sólo en uno lo ha hecho convenciendo. Del resto ha perdido tres y ha empatado uno, con el penúltimo. Pobre resultado para un equipo que aspira a lo más alto… y aún así no está lejos de una Champions que sería un caldito reparador para una afición griposa.

Ayer tuvo un rato inspirado, tenaz y hasta seguro de sí mismo, lo que le llevó a marcarle un gol al Espanyol. Pero fue empatar Luis García (quien por cierto celebró el gol como si le hubiéramos hecho algo feísimo… los jugadores deberían reprimir esos instintos cuando marcan en campo contrario) y el Atleti se quedó triste, despistado, olvidando su condición de perseverante Tauro. Hasta entonces había jugado a remolque de un gol tempranero, dormitando hasta el descanso, pero con fe renovada tras el mismo. A pesar de los pesares, de las cantadas de Perea (jugador al que, por cierto, se le encomienda muchas veces la tarea de sacar el balón desde atrás cuando es claro y meridiano para cualquier aficionado al fútbol que su juego se basa en su espectacular despliegue físico y no en el dominio del balón… ¿por qué?), del descontrol futbolístico de Pernía y del irritante trote de Luccin (o “trote luccinero”), a pesar de otros desatinos varios y jugadores algo desesperantes, el Atleti tocó a “carguen” y se fueron a empatar. Y lo consiguieron: es lo que tiene tener a Torres en tu equipo, que al final hay uno que hace lo que hay que hacer (por cierto, de Torres hablaremos otro día pero por ahora quédense con una bravuconada del que suscribe: si el Torres de los últimos tiempos es el peor Torres que podemos ver, no lo duden, estamos ante uno de los grandes). Pero Torres sólo no basta, y cuando el otro equipo tiene unos cuantos tipos listos y con calidad (Luis García, Tamudo y sobre todo De La Peña, que encima ayer disfrutó de todo el sitio del mundo cuando recibía el balón, eso sí, observado de lejos por Luccin) y unos cuántos tipos aguerridos y en forma, el miedoso Atleti del Calderón tiene poco que hacer.

Que el Atleti es un equipo en formación es algo que nos gustaría pensar a muchos. Si la directiva permitiese que el bloque se consolidara y creciera, si confeccionara plantillas según los patrones que marca la lógica deportiva y no el afán comisionista, si las prioridades de los dirigentes fueran, como es natural, el gestionar bien un equipo de fútbol y no pegar pelotazos inmobiliarios, entonces puede que el equipo, a día de hoy, fuera mayor de edad. Pero no, ya lo saben ustedes. El Atleti ha ido cambiando de entrenador de poco en poco, con la misma frecuencia con la que se cambiaba media plantilla. Este año, empero, parecía que el bloque tenía más garantías… y el equipo apunta más pero aún no está hecho, ni mucho menos maduro.

Es el Atleti un equipo, como mucho, adolescente. No conoce bien sus fuerzas, y lo mismo se queda en medroso y tiritón y no remata en el Bernabéu que sale ante la Real Sociedad con los cuellos de la camisa por fuera de la chaqueta perdonando la vida a las espectadoras. Combina ratos de discurso racional y sólido con voz de presentador de telediario con gallos agudos propios de los protagonistas de Verano Azul. A veces, como ayer, sale pensando en las musarañas y le meten un gol al ratito. Alterna luego un despiste impropio de un tipo que sabe lo que hace con un repentino ataque de furia y auto-confianza. Lo malo es que esta se acaba en cuanto recibe una colleja de manos del listo de la clase de al lado, y se le queda cara de buscar a su madre para que le diga qué hacer. No tiene la madurez ni la auto-confianza de seguir haciendo lo mismo, no se cree su propia valía, ni si quiera sabe si la tiene por más que a ratos lo intuya. Peor aún, desconoce el peso de la camiseta, el impulso que da una grada agradecida que responde al esfuerzo y el compromiso con un aliento sin pausa.

El problema es que el adolescente colchonero carece de un padre recto, honesto y sobrio que, desde el palco, le ayude a enmendar sus errores. Éste, por el contrario, parece que está en el bar con los amigotes decidiendo qué van a comprarse con las ganancias de las recalificaciones. Y peor aún, tiene una madraza de infinita bondad y comprensión formada por cincuenta mil socios resignados que aguantan carros y carretas sin dar una reprimenda, sin silbar, sin afear tanto disgusto, sin dejar al niño sin cenar. Y, lo que es peor, sin pedirle al padre que aparezca por casa al menos a poner orden, o a exigirle al púber que se parezca a ese hermano mayor que jugaba en ese mismo campo hace unos años, que no daba disgustos sino alegrías y del que no había que abochornarse los días de fiesta. Por el bien del equipo y sobre todo de la afición, esperemos que este quinceañero géminis se convierta pronto en un tauro hecho y derecho. De lo contrario, pasaremos otro año como los últimos, esto es, de los que hacen gritar a una parte cada vez mayor de la grada eso de “otro año, otro timo”.

1 comentario:

José Ramón dijo...

La Melancolía es indispensable.

Si queremos ser felices. Indispensable.