martes, 5 de diciembre de 2006

Aún queda mucho, mucho

El Atleti se coló el sábado entre los cuatro primeros por la puerta chica, porque el quinto tenía un partido menos. A día de hoy sigue cuarto y los atléticos de nuevo cuño dan volteretas laterales. Qué triste es que esto sea noticia... pero en fin, es lo que hay. El Atleti no juega bien más que a ratos y demuestra muchas carencias, pero en esta liga tan flojita parece que esto no se penaliza como antes. Recemos.


Un equipo en crisis que inicia los festejos del Centenario con muchas dudas, mala suerte, un entrenador discutido y una grada dividida. El Club entero paga los excesos de su máximo accionista, más ocupado en sus propios intereses que en los de la masa social. Aunque les suene familiar, no es del Atleti de quien hablo esta vez, sino del Betis. Para desgracia de muchos, este mal es cada vez más frecuente en el fútbol patrio, y no sólo cerca del Manzanares sino en Sevilla, Vitoria y algún otro sitio empiezan a conocer las verdaderas consecuencias de la entrada de algunos personajes en las Sociedades Anónimas Deportivas.

En fin, a lo nuestro. Y es que, una vez más, el Atleti sacó esas dos caras de las que alardea este año. El primer tiempo, y más en concreto los primeros veinticinco minutos, el Atleti fué el equipo aseado pero concentrado que echamos de menos. Salió con fuerza y uno empezaba a frotarse los ojos al ver entradas por las bandas con verticalidad y peligro, apoyos lógicos y juego de equipo. Uno, que no cree en los milagros, sabía que más adelante el esfuerzo de los primeros minutos pasaría factura y no tardaría el equipo en echarse atrás, pero mientras el despliegue físico duró intentaba disfrutar de ello, como cuando uno se come un helado al sol. El Atleti parecía un buen equipo y dominaba con autoridad a un Betis desfigurado, posiblemente aturdido por la cancioncita de su Centenario y ese señor de verde que la cantó a voz en grito rodeado de muchos niños. Sin saber aún si iban a jugar al fútbol o a recrear la versión sureña de Sonrisas y Lágrimas, los jugadores del Betis facilitaron desde el principio el juego de los rojiblancos. Rojiblancos al 50%, que el equipo volvió a salir con esa camiseta que parece de escudero medieval, de arlequín circense o de boya marina, todos ellos conceptos muy respetables pero de poco calado en la historia del Atleti.

Marcó Galletti, que es un jugador del que no sabemos bien qué pensar. Está claro que no es un fenómeno, pero a veces hace cosas buenas. Está claro que no es un desastre, pero a veces lo parece. Lo peor es que alterna unas y otras en el mismo partido, en el mismo cuarto de hora e incluso en el mismo contraataque. Coge el balón Galletti y uno no sabe que esperar. Sabe qué no esperar, pero con eso no basta. El sábado no lo hizo mal, pero si no marca el gol me pregunto si las críticas hubieran sido las mismas. Para su alegría y la nuestra, marcó. Pero sobre todo, para su alegría y la nuestra, jugó en el mismo equipo que Leo Franco.

Otra vez, que ya van dos, Leo Franco paró dos penaltis. Ya lo hizo contra el Sevilla y perdimos en casa, y esto es algo muy nuestro. Eso de hacer un partidazo y perder ocurre a veces a jugadores del Atleti, o si no que se lo pregunten a Vieri o Pantic. Pero el sábado hubo suerte porque Leo, ese tipo discreto y cabal que se ha hecho un hueco en el corazón de la grada por eso precisamente, no sólo paró dos penaltis sino que paró también un rechace a bocajarro. Ahí colaboraron los jugadores del Betis, a los que se les intuye el nerviosismo propio de los equipos en mala racha, haciendo remates blanditos y miedosos. El Betis pudo hacer más pero cuando las cosas se tuercen se tuercen del todo, y no fue porque el Atleti hiciera méritos para ganar el partido.

El Atleti mostró su segunda cara de nuevo en el segundo tiempo, echándose atrás de forma algo artera y también algo mezquina, demostrando sentido práctico pero también poca ambición, poca gallardía y poca fe en sí mismo. Para un equipo como el Atleti, tan justito y tan al filo de la navaja, tres puntos valen una barbaridad y la sola idea de poder perderlos se convierte en una pesadilla para el entrenador y los jugadores. Así, cuando el equipo ve que hay una posibilidad remota de perder el botín, lo esconde en un calcetín que a su vez mete en una caja que introduce en el agujero bajo la tabla suelta del parqué. No piensa el Atleti en invertir, en crear riqueza, en hacer más goles, en evitarle a sus aficionados veinte minutos de angustia al final de cada partido. Se echó el Atleti atrás, se fueron Agüero y Torres, salió el trivote y la hinchada colchonera notó en ese momento que ya no le bajaba la cerveza más allá de las amígdalas.

Este es el Atleti de hoy, un equipo algo miedica que se echa atrás y renuncia a noquear al rival groggy para conformarse con ganar a los puntos, aunque la agonía se prolongue y acabe con los dos ojos morados. Lo hizo en el Bernabéu y lo hizo también ayer. No lo hizo bien en Coruña o en casa contra el Zaragoza, y pasó lo que pasó. Visto lo visto, es decir, que el equipo no juega para tirar cohetes pero aún así estamos en la pomada, puede que el entrenador tenga razón. Lo que hace falta es que el equipo progrese, evolucione, que no se quede en esta postura rácana. Esperemos que así sea, pero aún queda mucho, mucho, para que ver partidos del Atleti sea un tranquilo placer dominical.

Un par de apuntes finales. El primero, sobre la sensación agridulce de ganar un partido (con méritos más bien escasos para ello) y con ello poner a Irureta a los pies de los caballos. Irureta es un tipo que me cae simpático por ser como es, por hablar como habla, por haber sido del Atleti y por hablar siempre del Atleti con el cariño del que habla un aficionado de verdad. El segundo apunte es más bien una pregunta. ¿También les pasó ayer a alguno de ustedes que, tras ver el partidazo de Leo Franco y ver el resumen del Levante - Barça, le dió por pensar lo buen tipo que es Molina? Molina, para un servidor uno de los mejores porteros que ha dado este país, es alguien que siempre me ha caido especialmente bien. Nos hizo ser muy felices muchas veces en el Calderón. Mantuvo su característica personalidad siempre, incluso tras ese partido contra Noruega en la Eurocopa, incluso cuando le ficharon a Toni para molestar, incluso cuando le diagnosticaron un cancer que dejó atrás con torería y sin alardes. Un gran tipo Molina, lástima no haberle mantenido en el club unos cuantos años más...

1 comentario:

José Ramón dijo...

¿Molina?.

No me hable de Molina, que me pongo a llorar.

Yo no le perdonaré nunca a Camacho.

Aunque se vaya de rodillas a Noruega.

No hay perdón.

En los últimos 50 años ha habido dos porteros en españa: Iríbar y Molina.

No hay más.

!Que portero!

y sobre todo:

!Que tipo!