jueves, 18 de octubre de 2007

Aprovechen, que se acaba


Quedan dos partidos del mundial, solamente dos, y uno puede no ser excesivamente atractivo. Aún así, si han empezado a sentir los síntomas de la picadura de ese insecto que deposita larvas de forma oval con olor a linimento, no lo duden: no se pierdan la final, Sudáfrica – Inglaterra, este sábado.


El mundial de rugby se acaba, fíjense Vds, con lo largo que parecía cuando empezó. Hasta dentro de cuatro años nada, por más que por medio haya VI Naciones, III Naciones, competiciones europeas y una estupenda liga nacional a la que los medios no dan la repercusión que merece. Cuando se acabe el mundial de rugby sentiremos pena, la pena que sentimos cuando se acaban las olimpiadas, las vacaciones o San Fermín, la misma pena que sentimos cuando vemos que se acaba un tiempo en el que hemos sido abducidos, casi hasta la obsesión, por un evento espectacular durante el que hemos sido, cada uno en su estilo, proporción y capacidad, felices.

Se acaba el mundial de rugby y uno tiene la sensación de que para muchos las cosas ya no serán iguales. Muchos de aquellos que pensaban que el rugby era un deporte aburrido e incomprensible consistente en choques sin sentido entre semi-púgiles de aspecto patibulario habrán empezado a percibir el aroma a épica, a tradición y nobleza que asombrosamente destilan esos amontonamientos de músculos, protectores dentales y vendas. Muchos habrán roto el velo que separa la curiosidad por ver a tipos tan brutos peleándose según unas reglas centenarias del verdadero interés por un deporte que subsiste sobre la base de valores milenarios.

Se acaba el mundial de rugby y aquellos que lo hemos seguido al detalle no sabremos bien qué destacar de él, si una jugada aislada o una imagen de la grada, si una percusión violentísima o la cerveza compartida por aficiones rivales sin ningún atisbo de descortesía. Para algunos, los más sensibles a lo fácilmente perceptible, quedarán las patadas de Wilkinson, para otros las carreras de Habana. Para los más superficiales, las barbas del prescindible Chabal o las cuidadas cejas de Percy Montgomery. Para los más entendidos, los errores arbitrales del Francia – Nueva Zelanda, los errores tácticos de los grandes favoritos. Cada uno tendrá un recuerdo, aunque el recuerdo global sea para todos igual de bonito, igual de impresionante, igual de emocionante.

Se acaba el mundial de rugby y deja imágenes difíciles de olvidar, también para el que suscribe que, ya lo saben, no sólo no es un experto en esto sino que encima es bastante tonto. Nos será difícil olvidar la alegría de los portugueses al anotar un ensayo ante ni más ni menos que los All Blacks, sin importarles el perder por cien puntos de referencia, y no nos olvidaremos de la pachanguita futbolera que estos mismos dos equipos echaron tras el partido. Ni de las danzas guerreras de los polinesios, su agresividad y su velocidad, sus peinados, su orgullo de país pequeño que desafía a los grandes. Recordaremos con algo de rabia las pobres actuaciones de irlandeses, galeses y en menor medida escoceses, equipos preferidos por muchos aficionados españoles que, como yo, nos metimos en el rugby gracias al antiguo V Naciones. Y con algo de rabia recordaremos también este mundial en el que España no jugó pero sí lo hicieron Rumanía, Portugal o Georgia, equipos con quien nos jugamos las castañas de tanto en tanto.

Se acaba el mundial de rugby y nos preguntamos si el relativo fracaso de los equipos con más inversión en marketing, franceses y neozelandeses, no será un guiño del destino para tranquilizar a aquellos que nos temíamos que también el rugby, uno de los últimos bastiones del deporte puro, pueda acabar doblando la rodilla ante las multinacionales y la comercialización de equipos, jugadores y juegos. Los All Blacks se fueron antes de tiempo y Francia no hizo lo que de ellos se esperaba en su mundial, y en ambos casos posiblemente por renunciar a su propia identidad y esencia, y ahí hay una lección para todos. También recordaremos la sorprendente llegada de Inglaterra a la final con un juego rácano para unos, inteligente para otros pero en el fondo admirable para todos principalmente por la capacidad de un solo tipo, Wilko, de insuflar fe a un colectivo poco confiado, de meter en la final a un equipo por el que nadie daba un chelín gracias a sus patadas y a sus placajes suicidas; el sábado sabremos si eso basta para poder ganar a los sudafricanos, previsibles ganadores del mundial.

Se acaba el mundial de rugby y no sería justo no dedicar al menos un párrafo a los Pumas, un equipo que ha emocionado a su país y a muchos ciudadanos de otros, sobre todo del nuestro. Las caras de los jugadores argentinos durante el himno han sido algunas de las imágenes más impactantes, emocionantes y genuinas del mundial. Tras ver esas caras muchos hemos considerado a los Pumas nuestro equipo, hemos admirado el talento de Hernández, Pichot, Corletto y Felipe Contemponi y hemos vibrado con cada carga de esa delantera a la que empujábamos desde los bares junto a los aficionados argentinos que se desgañitaban a nuestro lado. Si algún día juegan en España de locales en el VII Naciones, muchos seremos felices.

Se acaba el mundial de rugby y difícilmente olvidaremos la solemnidad de la grada durante los himnos o el ejemplar comportamiento de las aficiones, como siempre ha ocurrido en este deporte, ni la estampa de los médicos atendiendo a los jugadores lesionados mientras el resto del equipo lucha a brazo partido a escasos metros por ganar un maul, todos siguiendo con lo suyo, con su trabajo, con su deber. No olvidaremos la pulcra imagen de los árbitros, su forma de dirigirse a los jugadores y la elegante forma que tienen estos de encajar las broncas, las amonestaciones y las decisiones que a veces consideran injustas. Será complicado no acordarse de las explicaciones de sus decisiones durante de la retransmisión, explicando al mundo entero lo que acaba de decidir un tipo normal que media entre dos grupos de bestias que luchan por sus países. Esas formas, tan respetuosas, tan distintas a las de los futboleros, han sido a veces lo suficientemente (e increíblemente) precisas como para describir en una frase toda la nobleza de un juego que muchos han intentado explicar con miles de palabras. Ocurrió en esa tangana final del Sudáfrica – Fidji tan educadamente resuelta por el árbitro dirigiendo a los respectivos capitanes una frase para la historia: “Gentlemen, please do not spoil a great game”, algo así como “caballeros, por favor, no estropeen un partido tan bonito”.

Se acaba el mundial de rugby y lo que nos queda claro es lo mucho que nos divertimos viendo a estos jugadores de raza traccionadora (percherones, bretones o ardeneses) con pinta comer pulpo crudo y beber agua del mar que sin embargo lloran de emoción cuando escuchan sus himnos o cuando defraudan a sus seguidores por no ganar cuando deben; tipos con aspecto de sudar Bovril que nos enseñan que el talento puede vencer al músculo, pero que ambos lo tienen difícil cuando se enfrentan con la fe y el orgullo.

Se acaba el mundial de rugby y, paradójicamente, surge un doble miedo. En primer lugar, miedo a que el entusiasmo se olvide y la afición española no mantenga el interés en los equipos que disputan nuestro campeonato nacional, olvidados por la prensa y por los medios a pesar del inmenso mérito que tiene luchar contra corriente. Y en segundo lugar, miedo a la resaca post-mundial y sus efectos colaterales, miedo a saber con qué ojos miraremos a los remilgados jugadores de nuestra liga de fútbol, endiosados, quejicas, blandos y protestones, después de haber comprobado durante unas semanas que aquello que llamábamos deporte sigue existiendo en otras disciplinas.

6 comentarios:

Rubén Uría dijo...

Hola Carlos, en primer lugar felicitarte por el blog, que cada día gana más enteros, y también por tus comentarios de rugby, algo que gracias a ti y a Fermín de la Calle (as) me está empezando a gustar cada día más. Como atlético que eres, aprovecho para decirte que acabo de postear una especie de Hormigas Blancas sobre el Atlético y su Copa Intercontinental, por si te interesa. Cuando el Atleti fue rey del mundo. Un abrazo a tí y a todos sus incondicionales del blog.

ismael dijo...

Y es más, admirado Fuentes, todavía hay una característica que hace aún más grande ese deporte (y que usted omite, es natural):
¡¡¡Que no ha salido ningún pilier opinando que Raul debe ir a la selección, porque se lo merece y tal (como Michél contra Corea)!!!

cochise dijo...

De los últimos mohicanos en esto del DEPORTE.
Denostados u olvidados, pero siempre puros.

Empuja, Teca.
Aupa, Atleti.

Un placer leerle, Carlos.

Carlos Fuentes dijo...

el placer es mío cuando Vds opinan
y no es por agradar

Carlos Fuentes dijo...

madre mía qué partido de los Pumas, para guardar en vídeo

ElCatenacho dijo...

Efectivamente, el Rugby tiene algo que lo hace especial. Por falta de atención de los medios en España, sin embargo, dista mucho de tener la repercusión que se merece. Y efectivamente, la liga nacional es obviada continuamente por los grandes medios. Una pena.