jueves, 27 de septiembre de 2012

De entrenadores y camiones cisterna (o más bien en orden inverso)

Hace ya años (hasta que pusieron aspersores y un cañón de agua en el centro), tras el tercer toro salía muchas tardes al ruedo de las Ventas del Espíritu Santo un camioncito que regaba el albero. El camión,  chiquitito y cabezón, blanquito y con cara de niño, era algo así como un bonsai de Pegaso, un alevín de Barreiros, una cría de de camión cisterna. El camioncito de riego era un camión cortito y con pinta de bueno que a los que visitaban por primera vez las Ventas les producía una medio risa y al que público habitual ya había cogido cariño. Ahí sale el camioncito, míralo qué mono, como riega el tío, decía la gente. Qué bien riega para lo chico que es, mira que es majo el camioncito, dan ganas de darle un pellizco y regalarle una piruleta de aceite Penzoil, se oía en tendidos, gradas y andanadas. El camioncito de riego era parte de la plaza como era el torilero vestido de luces con las piernas arqueadas, como lo era aquel sordomudo que acompañaba a los toreros cuando se iban y de cuyo nombre no hay forma de acordarse, como lo era el gran Joselito Calderón, Salva, Rosco o tantos otros. El camioncito cisterna de las Ventas era todo un personaje y ay de aquél que hiciera una burla a su salida entre aficionados veteranos. Pero bueno, pero Vd por quién se toma, el camioncito es familia nuestra, retire ahora mismo eso de que parece un motocarro con bombona de buceo o se las verá conmigo, con este señor de aquí que es de Valladolid y con ese de más allá, que es quinto dan de varias artes marciales y además le acaban de hacer una inspección de Hacienda y está el hombre que trina, oiga.  

La gente veía el camioncito como una mascota mecánica con un papel superficial en la Fiesta, pero el camioncito, orgulloso, seguro y flamenco, no se veía así. El camioncito sabía de su tamaño utilitario, sabía que por autopistas y comarcales circulaban grandes camiones cisterna llenos de productos tóxicos y con potentes faros halógenos que ser reirían al verle, pero eso no achicaba su espíritu indomable. El camioncito de riego no se arrugaba al salir a un coso con veinte mil personas mirando su porte de utilitario, sus faros con pestañas rizadas y sus chorritos de agua, y sabía que esa presión no era algo que todo el mundo pudiera soportar. El camioncito de riego era valiente y decidido como Little Toot, el pequeño remolcador de Disney de chimenea rojiblanca que ayudaba a su padre - sin mucho éxito - a remolcar inmensos transatlánticos hasta convertirse en héroe rescatador, do or die, y sabía que su momento de gloria llegaría.

El camioncito de riego soñaba y soñaba un sueño recurrente, un sueño en el que él salía al ruedo a regar entre las sonrisitas de los turistas cuando, sin previo aviso, se escapaba del toril un torazo, un miura de esos largos, castaños y agalgados, o un pablorromero colorao ojo de perdiz  de los antiguos, de los que embestían, o quizás un toro portugués de esos cornalones que aprendían rápido. El toro hacía sembrar el pánico entre los areneros, que tomaban el olivo, y los matadores, que bebían agua y hablaban con los apoderados en el callejón aprovechando el descanso. Todos corrían buscando capotes  con los que poner orden y quitar al toro que, al galope, hacía ya suyo todo el ruedo, amenazaba burladeros y levantaba uys y oohs y ojooooos de los tendidos. Entre el desconcierto nadie se acordaba del camioncito de riego que, sólo en el centro del redondel, se encontraba cara a cara con el toro. El pánico se apoderaba del público ante la tragedia inminente, ante la segura cornada letal al pobre camioncito a ojos de todos y sin mecánico de guardia. Pero entonces, para asombro de todos, el camioncito cortaba los chorros de riego y se acercaba al toro despacio y de frente, mirándole a los ojos con los faros encendidos. El pánico del tendido tornaba en sorpresa y, la sorpresa, en silencio e interés. El camioncito de riego, parecía acercarse al toro estudiando su mirada, poco a poco, quizás adornándose, buscando su  terreno.

En un momento determinado, elegida la distancia, el camioncito de riego tocaría levemente el claxon, dando el toque necesario para el arranque del rival. A partir de ahí, la apoteosis. El camioncito de riego soñaba con cambios cortos de marcha y velocidad para engañar al toro y hacerle ir por donde él quería, en sabias decisiones sobre los terrenos de lidia, en un trasteo inicial para hacerle bajar la cabeza seguido de hondas tandas templadas con el retrovisor izquierdo, para después iniciar fases de estatismo suicida con los neumáticos atornillados en la arena hasta doblar la voluntad del enemigo. A estas alturas la plaza era un clamor de olés y torero-toreros, un hervidero de abrazos y palmas, de aficionados de tronío levantándose con los brazos abiertos al cielo. En un momento dado el camioncito de riego se plantaría ante al toro ya agotado, se pondría frente a él, levantaría levemente la cabina accionando el freno de mano, lanzaría dos ráfagas de largas y tocaría de nuevo levemente el claxon para, provocando la arrancada del bicho, asestarle al volapié un manguerazo ortodoxo en lo más alto. El toro se desplomaría empapado, la plaza lanzaría un grito unísono, los tendidos se llenarían de pañuelos blancos y las mulillas, en el sueño tres curvilíneas vespas, dos grises con otra blanca en medio, se llevarían al toro entre el trueno de veinte mil gargantas. El camioncito cisterna recibiría trofeos de mano de un alguacilillo e iniciaría una vuelta al ruedo clamorosa de la que se hablaría mucho tiempo, llevando en el puesto reservado al Muñeco Michelín en los Pegasos de leyenda, ni más ni menos que a su ídolo César Rincón, gigante colombiano  (otro más), quien, en gesto taurino y diesel, se acercaría al camioncito al final de su faena entregándole en homenaje sus propios trastos de matar y un juego de llaves de bujía fabricado en Solingen, Alemania.

Al camioncito de riego, tan pequeño, tan frágil en apariencia pero tan valiente en realidad, algunos le llamábamos "Juninho".
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Vaya por delante que uno, que pretende no hacer ya crónicas sino algún articulillo de vez en cuando si es que el tiempo y la autoridad no lo impide (y a pesar de que toquen los Jayhawks), entiende el cabreo del aficionado bético con el partido de ayer. Lo primero, por haber sido postpuesto casi unilateralmente para que pudiera jugar entre otros Falcao, a la postre decisivo. Lo segundo, porque si la primera roja pareció exagerada, la justicia habría hecho que quizás la segunda de la noche fuera para Filipe Luis. Con penalti a favor y las fuerzas igualadas, quizás el Betis habría empatado el partido y hoy la sensación sería diferente. Aún así, el que suscribe piensa que el Atleti fue mejor y mereció ganar por haberlo buscado más, por haber dominado el partido, por haber encajado dos goles tontos (uno de ellos de chamba) y haber podido marcar algún gol más. Curioso este deporte donde una injusticia arbitral contribuye a veces a la justicia (discutible) del resultado.
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Si uno ve al Atleti de los últimos partidos e intenta recordar el Atleti de hace un año más o menos, advertirá gran cantidad de diferencias. En ese Atleti estaba Diego, que aún casi no jugaba, y estaba Falcao, que despertaba muchas dudas. Estaba Mario y con su desidia y falta de sangre estaba todo el mundo desesperado; estaba Juanfran en el banquillo esperando jugar de extremo, estaba Koke pero no daba el paso, estaba Adrián buscando su sitio y Arda buscando su ritmo. Estaba Luis Filipe, por aquél entonces Filipe Luis Filipe, trotando sin energía por la banda izquierda, y estaba Miranda intentando convencernos de que era jugador de fútbol, algo complicado al lado de un Godín fallón y desfigurado. Estaban pues muchos de los que aún están, pero no estaba uno: Simeone.

Que el Atleti es ahora eso que venimos llamando un equipo de fútbol es algo que nadie discute. Que una de las claves de ello - sino la clave principal - es que al mando está Simeone tampoco. Con trabajo y con carácter, Simeone parece haber sacado un equipo y medio largo de allí donde Manzano sacó cuarto y mitad, siendo generosos. No es ahora frecuente ver lo que antes era regla, es decir,  jugadores pusilánimes, perdidos, sin presión por hacerlo bien, conscientes de que nunca pasa nada y de que nadie les afeará un partido cochambroso. Ahora, los que nos desesperaron muchas tardes (Mario, Filipe Luis, Miranda, Godín, incluso Gabi), salen con las cosas claras, la atención fijada en el partido y la concentración al máximo. Los que parecían no poder llegar, como Koke, parecen haber llegado para quedarse y para crecer, mientras que los llamados a marcar la diferencia como Falcao y Arda, la marcan y cada vez más. Hasta Adrián, en horas bajas, parece haber entendido que aquí nadie tiene el puesto ganado y que si Diego Costa, que también nos desesperó cuando directamente no nos hacía reír, merece más salir por estar cumpliendo con su misión, no hay más que hablar.

La sensación que transmite la plantilla es que se fía de Simeone, de sus métodos, de sus mensajes y de sus ideas. Probablemente hayan adquirido un compromiso más profundo al ver que el más comprometido de todos es el propio técnico; quizás se empleen más en los entrenamientos al ver que el que más en forma está sea probablemente Simeone. Simeone no parece pedir nada que él mismo no esté dispuesto a hacer, algo esencial para que un grupo crea en su líder. Por ello, probablemente sea más fácil estar del lado del corajudo Cholo cuando vienen mal dadas y él reclama la culpa que del bronceado Gregorio cuando éste señalaba jugadores tras las derrotas. Para un jugador será más fácil asumir su suplencia o su falta de protagonismo si éstas responden a criterios objetivos, medidos en partidos y entrenamientos, que si corresponden al capricho del entrenador, como ocurría en los oscuros y abrigados tiempos de Quique Sánchez Flores, rey de las sensaciones (sobre todo térmicas). Simeone trata a sus futbolistas como futbolistas, como compañeros y como profesionales y estos responden y están a la altura o desaparecen del grupo, como es de ley.

Al lado de Simeone en el banquillo hay otro personaje interesante, probablemente más importante de lo que pensamos. No hablamos del gran Juan Vizcaíno, sino del Mono Burgos, inseparable segundo del Cholo, siempre con su perilla y su libreta y su sonrisa. Dicen los que saben de esto que el papel del Mono Burgos, responsable de mantener el buen ambiente y la camaradería, limador de asperezas y reductor de problemas, es fundamental. Del carácter simpático del Mono todos teníamos constancia ya desde jugador; de su valor como complemento sensato del volcánico Simeone, no. Tienen suerte el Cholo Simeone y el Mono Burgos de haber hecho carrera en el fútbol, o más bien tenemos suerte el resto. Por porte, cara y envergadura, el Cholo y el Mono habrían podido ser una excelente pareja de ajustadores de cuentas en el hampa de cualquier país o en las películas de varios directores de Hollywood. El Mono y el Cholo podrían haber sido una pareja de leyenda cobrando deudas a morosos, exigiendo el cierre de locales, recogiendo pedidos sospechosos o haciendo ofertas de esas que no se pueden rechazar. La sola idea de oír el timbre a medianoche y ver por la mirilla el rostro craterizado del Cholo y la melena del enorme Mono darían a cualquiera unas ganas inmensas de devolver el dinero prestado con sus intereses y todo, de dejar en paz a la hermana de cualquiera de ellos o de abandonar el negocio del reciclaje de basuras en los barrios que la pareja determinara. Por suerte, el Cholo y el Mono no se dedican a la extorsión y la venganza sino a las variantes tácticas, las jugadas ensayadas y la rotación de mediocampistas. Bajo el nombre de Simeone y Burgos, nombre de pareja de abogados bonaerenses o detectives de la Plata, dirigen al Atleti hacia lo que puede ser el reencuentro con su pasado como equipo de fútbol. Hemos tenido suerte.

Volviendo al titular del banquillo, Simeone no sólo ha garantizado el compromiso de la plantilla sino que ha dejado claro a los jugadores en qué equipo juegan, qué camiseta llevan, qué afición tienen detrás, cuánto valen esas rayas y ese escudo del pecho. Simeone, como se hacía antes, va a casa de los equipos modestos con el equipo suplente, y éste responde al completo porque Simeone les ha convencido de que son el Atleti de Madrid y que con eso casi debería bastar. Simeone además ha dejado claro que se fía de ellos y que todos pueden entrar en el equipo titular porque todos valen si todos trabajan. Simeone, que conoce a futbolistas y grada, cambia en casa al jugador que hizo un buen partido para que reciba el aplauso del estadio y hace jugar fuera del Calderón a algunos jugadores injustamente tratados, a la espera de que acumule unas cuantas buenas actuaciones antes de volver a casa y disuadir así a los críticos con argumentos, tiempo y hechos. Simeone habla en rueda de prensa de aquél que tuvo un fallo y se rehizo o de aquél que no lució por hacer trabajo de equipo, y eso lo valora la plantilla más que el oropel fácil del entrenador señala-estrellas. Simeone, que ha sido futbolista no hace tanto, sabe de futbolistas y siente lo que ellos, por lo que los maneja con un respeto y una inteligencia que hacía tiempo no veíamos por el Calderón.

Y aquí hay uno de los puntos que más sorprenden. El Simeone jugador era un tipo bronco y a ratos desagradable, todo corazón para los suyos y todo rabia para los rivales. Muchas veces nos alegramos de que Simeone estuviera en nuestro bando y muchas veces entendimos a aquéllos rivales a los que Simeone inspiraba odio. Sin embargo Simeone, jugador de gestos feos a veces rayanos en la antideportividad, es un entrenador elegante y un tipo ponderado en rueda de prensa. Simeone viste traje oscuro, corbata estrecha y zapatos grandísimos y, tras dar gritos de hincha corriendo por la banda, obliga a sus jugadores a hacer el pasillo al rival vencido como si de rugby se tratara. Simeone elogia a los equipos contrarios antes y después de los partidos y da una imagen excelente cuando se cruza con los entrenadores rivales. Simeone, que conoce a la grada como si fuera parte de ella (y ahí está el secreto), pide con gestos respeto para los jugadores que pasan un mal rato y reparte piropos a partes iguales para que nadie se sienta menospreciado. Sólo choca de Simeone el confuso episodio de Pantic, que dio al traste con el sueño de muchos de nosotros de ver al equipo del Doblete al completo llevando la parcela deportiva del Atleti; eso sí, viendo cómo actúa en lo demás, uno le otorga el beneficio de la duda.

El Atleti va segundo y juega como un equipo; en esta situación parece fácil hablar bien de Simeone. El Atleti ha tenido también esa suerte que antes no tenía, esa fortuna que le ha evitado acabar perdiendo tras los minutos de pájara que han embarrado cada actuación desde Mónaco y en ocasiones, además, ha tenido el viento de silbato a favor. Ahora es fácil hablar bien de Simeone, claro, pero hay quien lleva hablando bien de él ya muchos meses, no es cosa del último día. Llegarán tiempos peores, claro, llegarán puntos perdidos y la bajada en la clasificación, y también entonces, si las cosas siguen haciéndose como ahora, estaremos del lado de Simeone. Al lado del Cholo Simeone, del entrenador que por fin ha convertido un grupo sin norte en un equipo de fútbol, al lado del entrenador que ha devuelto la dignidad a un banquillo demasiadas veces ensuciados y la esperanza a una hinchada a la que comprende y a la que, alabado sea Gárate, pertenece. 

sábado, 1 de septiembre de 2012

Sufridos Supercampeones


El 31 de Agosto de 2012, viernes de tiempo variable tirando a fresco, la afición del Club Atlético de Madrid, vulgo Atleti o Aleti, se disponía, como siempre, a sufrir. Bien es sabido que la afición del Atleti es, por definición, naturaleza y necesidad, sufridora. Así lo afirman periodistas, vecinos, analistas y aficionados de otros equipos, sobre todo aquellos que siguen a los suyos únicamente los lunes por la mañana y siempre y cuando hayan ganado, que es lo que les gusta. Que el seguidor atlético es sufridor es algo que se asume como normal y cotidiano, tan normal como que al abrir un grifo sale agua, tan normal como que cuando se abren los ojos se hace la luz, tan normal como que cuando Cerezo abre la boca sale un error sintáctico, un chascarrillo torpe o un disparate solemne, incluso todo a la vez. Es normal, lo normal, los del Atleti son sufridores; es lo normal, lo ha dicho la tele, lo ha dicho la radio, lo ha dicho la Señora Rushmore, lo ha dicho ese señor periodista de ahí que intenta, sin lograrlo, hacer la o con un canuto.

La sufrida afición atlética se disponía, decíamos, a pasar las de Caín. Unos, con las ganas de sufrir subidas, se dispusieron a pasar unos días en la Costa Azul, un sitio en el que como todo el mundo sabe lo suyo es sufrir de lo lindo apartando yates y coches deportivos. Otros, más modestos en su afán sufridor, prefirieron ver el partido sufriendo en compañía de amigos en bares y boites, intercalando tercios de cerveza fría entre sufrimiento y sufrimiento para hacerlo más llevadero. ¿Quiere Vd otra cerveza? Sí, gracias, esta ya se me ha calentado un poco y eso me hace sufrir una barbaridad, casi hasta la úlcera. Si acompaña Vd la cerveza con unos berberechos y unas patatas fritas, ya podríamos decir sin temor a equivocarnos que estaremos sufriendo como Dios manda, con un sufrimiento negro y desgarrado, un sufrimiento bíblico, el sufrimiento que nosotros nos merecemos, nosotros, Sufridos Seguidores, aquéllos de los que los aficionados de los demás equipos hacen chanzas cuando nos empatan.

Un tercer grupo de sufridores, entre los que se encuentra el sufrido suscriptor que siempre estará a su servicio cuando se trate de sufrir lo inaguantable – a condición de que no sea ayudando en una mudanza en domingo - prefirieron sufrir en casa propia. Unos tenían pensado acudir a domicilios cercanos al Muro de las Lamentaciones, otros prefirieron terraza en olivar almeriense. Servidor de Vds, sufrido seguidor y además miope y sin suerte en los juegos de naipes, tenía previsto ir a ver el partido in situ, sufriendo ya desde el día antes y sufriendo luego durante el fin de semana a fuerza de comida italiana en terracita, cerveza de media tarde en plaza con cañito de agua, paseo por pueblos de montaña y playas mediterráneas. Vamos, lo que viene siendo un sufrimiento-sufrimiento, un sufrimiento de los nuestros, de los de toda la vida, un sufrimiento atlético, vaya. Por motivos que no vienen al caso, en el último momento tuvo que cambiar ese sufrimiento viajero por un sufrimiento más modesto, un sufrimiento de tercera división, un sufrimiento casi vergonzoso. Vestido con la ropa de sufrir muchísimo y ante una televisión monumental, el que suscribe, como tantos otros sufridores, se dispuso a sufrir en compañía y a acentuar el sufrimiento con instrumentos de auto tortura tales como la cerveza helada, la anchoa de Santoña, la cecina de León, la patata frita La Azucena, la torta regañá, el pico jerezano, el jamón ibérico y el queso curado. Un panorama desolador y descarnado, ya ven.  

Salió el Atleti al campo y lo hizo con pantalón rojo, y ahí supimos todos que la noche iba a ser dura, el futuro aciago y la fortuna esquiva. El Atleti iba a sufrir e iba a sufrir de lo lindo. Empezó a sufrir ya cuando a los tres minutos Falcao, fuente inagotable de sufrimiento para la parroquia, estrelló un balón en el larguero. El sufrimiento se hizo casi insoportable cuando, tras marcar con habilidad y clase un gol en el minuto 7, Falcao volvió a marcar con un zurdazo impresionante que recordó a un gol de Bucarest en el minuto 19. Cero dos al minuto 19, jugando como los ángeles y con un tipo en asombrosa racha goleadora, ¡qué sufrimiento! ¡qué ignominia! ¡qué bien puesto ese sambenito tan nuestro del sufridor! ¡qué gran idea tuvo el inventor de la cecina olvidándose ese trozo de carne al aire serrano!

Mientras la parroquia atlética sufría lo indecible, en el otro extremo de la capital muchos seguidores de un equipo que al parecer no hace sufrir nunca reían con risa idiota de comentario de Internet, la ciber-célebre risa jajajá. Mirando de reojo el televisor, algunos reían pensando cómo incrementar el sufrimiento del ya sufrido seguidor sufriente del otro lado de la ciudad. “No os va a durar nada éste, jajajá”, decían mensajes y sms enviados a los vecinos que en ese momento sufrían con la exhibición de su equipo. “Éste está ya vendido, jajajá”, decían los que nunca sufren y están por encima del bien y del mal aprovechando el sufrimiento del vecino, a esas alturas abrazado ya hasta al perchero en cada jugada de ataque del Atleti. Los mensajes, analizados por psicólogos, confirmaban la teoría de que es mucho más desgraciado el presunto triunfador que no deja escapar ninguna ocasión para intentar hacer más infeliz al que podría amenazar su situación que aquél que sólo se preocupa de su propia suerte; empero, esta escuela psicológica no parece tener demasiado predicamento entre los lanzadores de sms del género jajajá, estilo que triunfa en el ciberespacio en estos días.  

Continuó el partido y aquello era algo insoportable ya. Falcao, ese sádico, volvió a hacer sufrir a la parroquia con un tercer gol, esta vez a pase de Arda Turan. Arda Turan también se sumó a los esfuerzos de Falcao para maltratar a la afición desesperada con un partido para recordar, con un recital de posesión del balón e inteligencia para desesperar al rival. Arda Turán hizo una jugada merecedora de que su pueblo natal se hermanara en ese momento con Fuentealbilla, Falcao marcó su tercer gol de la noche y la grada, bares y hogares rojiblancos fueron un mar de lágrimas y flagelaciones. En ese momento durísimo, que coincidió con el final del primer tiempo, la afición compartió impresiones y llegó a la conclusión de que hacía mucho, muchísimo tiempo que no se veía a un equipo jugar así 45 minutos, con esa mezcla de intensidad, agresividad, cabeza y planteamiento táctico brillante que mostró el Atleti. La afición habló del buen partido hasta entonces de Mario, de nuevo a un nivel mucho más alto en un partido importante que en partidos menos comprometidos, y del gran partido de Koke, que ayer cosió varios galones a sus mangas gracias a su movilidad, clarividencia y apoyo a Turán. Habló también del buen partido de los centrales, rápidos y contundentes, y del poco trabajo de Courtois. De lo bien que hicieron los laterales lo que tuvieron que hacer y del carácter de Gabi, capitán de todos. Todo esto hablaba la afición en medio de un sufrimiento horroroso, de un mar de lágrimas, de una pena honda y oscura que contrastaba con la alegría de los Mensajeros Jajajá, que en semejante momento reían jajajá recordando que Falcao está vendido jajajá, que la Supercopa no es más que un torneíllo de verano jajajá, y que hasta en estos momentos en los que las personas normales se callan o no dan la tabarra ellos mandan mensajitos que para eso son triunfadores sin complejos jajajá, jajajá, jaja já-já-já.

El Atleti jugó un segundo tiempo con ya poco interés, visto lo visto. Salió el Cebolla y uno decidió, tras su partido y lo visto contra el Athletic, que el Cebolla será su ojito derecho de este año, ya verán Vds, oiga. El Atleti siguió intratable, Miranda marcó un cuarto gol y el Chelsea ni podía ni parecía querer remontar y evitar así el sufrimiento ilimitado de la afición colchonera, que a esas alturas cantaba y cantaba fados, tarantas, martinetes y otras tonadas tristes y desgarradas. El Atleti, para colmo de males, recibió un gol de Cahill, pronuciado Keigil; bien es sabido por los atléticos que, cuando todo va mal, llega un Gil y lo empeora. La situación era pues dantesca: el Atleti ganaba 4-1 arrasando al Campeón de Champions ante el planeta entero, mostrando un juego completísimo y apabullante, liderados por un turco que, de tener ojos de huevo, sería hoy considerado el mejor media punta planetario y por un colombiano diestro que en dos finales ha metido cinco goles con la zurda pero que no se ha señalado el muslo tras ninguno de los goles, el muy patán. Qué desastre, que pena más grande, qué injusta es la naturaleza que no dio ojos de huevo a nuestro turco ni hizo de nuestro colombiano un jugador imbécil y desafiante en sus celebraciones. Con eso, sólo con eso tendríamos un equipo campeón que coparía portadas y parabienes y habría calado en el corazón de Ramoncín en vez de este pobre equipo que tanto nos hace sufrir y que no conseguimos que nos haga estar orgullosos.

Quién tuviera un equipo milmillonario obligado a ganar todo y a todos por aplastamiento, humillando a jugadores y aficionados rivales, presto a la burla y la tontuna incluso cuando cae en las rondas previas a las finales de las competiciones que pretende ganar invirtiendo millones y millones entre el babeo de la prensa entendidísima. Qué pena más grande, qué vergüenza ser así, quién tuviera el equipo y la caradura de hacer chistecitos hasta en día de estar callado: quién fuera, en definitiva, de la Afición Jajajá.

Quién tuviera un entrenador mal encarado y desafiante, referente máximo jajajá, que se atribuya el éxito cuando el equipo gana y no este entrenador argentino de pelo cortito y zapatos grandísimos que ha hecho de nuestro equipo una máquina de jugar finales, un bloque en el que es difícil destacar a uno sobre el resto cuando llegan los partidos grandes, un grupo solidario con las ideas claras y los dientes apretados en los días en los que no se puede fallar y hay que dar un disgusto gordo a la afición. Quién tuviera un entrenador faltón con el rival en vez de un pusilánime que obliga a sus jugadores a hacer pasillo al derrotado, como en el rugby, que ensalza a rivales y propios, que agradece lo que la gente aporta. Quién tuviera un entrenador traído de fuera con la misión de potenciar los aspectos históricamente más odiosos del club, en vez de este tipo nuestro que siente el club como propio y entiende a la grada porque siente igual que ellos lo que significan las rayas y el escudo. Quién tuviera un entrenador que dejase claro a los jugadores que el éxito no se consigue por ser mejor que el resto sino por quitar méritos a los que rodean a uno, a los que hacen bien su trabajo y pueden amenazar la idea de que uno es el mejor sin tener que demostrarlo. Qué mala suerte tenemos, qué desgracia más grande, qué sufrimiento, oiga.

Quién tuviera una afición silenciosa y cosmopolita como la afición Jajajá, con gradas llenas de japoneses y altos ejecutivos invitados como Dios manda, en vez de esta nuestra afición sufridora que recorre media Europa de taberna en taberna cantando canciones a coro para lanzar su desgracia a los cuatro vientos. Quién tuviera una afición siempre insatisfecha y presta a justificar lo injustificable con tal de poder restregar por la cara a los rivales a golpe de jajajá las victorias obtenidas de cualquier forma, en vez de esta afición nuestra que se queda media hora cantando su tormento en un estadio tras perder una final. Quién tuviera una afición presta a tragar con todo tipo de gestos antideportivos para ensalzarlos y premiarlos con el flamear de banderitas regaladas por el club, en vez de una afición sufriente que se desplaza en masa en cuanto el equipo lo necesita. Quién tuviera una afición sin memoria, no como la nuestra, incapaz de ignorar a los que se fueron del equipo en el pasado. Y es que con el partido acabado, la afición coreó el nombre de Torres y éste devolvió un gesto tímido y algo abatido de agradecimiento; Torres no pudo hacer nada en todo el partido, el Atleti no permitió que le llegaran balones y tuvo que conformarse con ver el vendaval e intentar defender donde sus compañeros se desentendían. En el fondo, eso sí, todos sabemos que Torres, como todos nosotros, sufrió lo suyo viendo a su equipo campeón de nuevo y a su afición recordándole dónde está su casa y que cuando quiera será bienvenido de vuelta, a sufrir con el resto con esas sonrisas sufrientes de oreja a oreja que llevamos estos días.

El Atleti ganó 4-1 al Campeón de la Champions haciendo un partido soberbio del que hablaremos mucho tiempo, y como era de esperar a la afición se le ha quedado un mal cuerpo horroroso. El aficionado celebró en Neptuno el cuarto título en dos años con hastío y muestras grandes de desagrado y dolor, y eso se nota en las caras el día después. La cara del aficionado atlético hoy es claramente la de alguien que ha sufrido más de la cuenta, que en concreto ha sufrido los efectos de la resaca y el poco dormir: ronquera, dolor de cabeza, malestar general, marcas de dedos en la cara interna del antebrazo de tanto dar cortes de manga. Mientras, los Aficionados Jajajá, tan triunfadores ellos, hablan también hoy, ese día en que los sensatos callan. Jajajá, no os lo creéis ni vosotros, jajajá. Jajajá, os va durar poco el Cholo y el Turco y el Tigre jajajá, verás como si queremos los compramos nosotros o más bien algún rico de los nuestros, de esos que nos tienen contentos los domingos para que no demos la lata el resto de la semana mientras hacen sus negocios jajajá.
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El Atleti es de nuevo Super Campeón de Europa, y de nuevo dejando boquiabierto a casi todo el mundo. En un nuevo milagro de la camiseta de las rayas rojiblancas, el equipo ha ganado su cuarto título en tres temporadas a pesar de la gestión catastrófica de la directiva, que en breve volverá a dar muestras de su afán vendedor si el tiempo o la autoridad no lo impiden. Con un equipo totalmente nuevo, el Atleti vuelve a ganar la Supercopa que ganó hace dos años. Desde un equipo destrozado hace menos de un año, un entrenador que corre por el banquillo tanto como un jugador ha convertido un grupo de jugadores en el que coexisten superestrellas con futbolistas limitados en un equipo ganador, capaz de apabullar a equipos teóricamente mejores ante los ojos de todo un planeta. Sólo una directiva inepta sería capaz de cargarse lo hecho; no descartemos pues que ocurra en breve.

Y ahora encima otra vez a Neptuno. Qué desgracia tan grande, hay que ver lo que sufrimos, oiga, hay que ver.

viernes, 6 de julio de 2012

Dos apuntes sobre la Eurocopa




Minuto ochenta y tantos, el resultado es 4-0 y la inmensa parte de la grada, que apoya al equipo que ha perdido y debe volverse para casa, eliminado, se dispone a pasar los últimos minutos en el campo. Las cosas no han ido como le hubiera gustado a esa parte de la grada, quizás sí como hubiera esperado algún observador externo. El equipo al que apoya la mayoría es claramente inferior al rival, un equipo plagado de estrellas y con una de cinco puntas sobre el escudo, el equipo que a la postre será el campeón. La pelea se planteaba desigual ya desde el principio y quizás otra afición no habría llenado un campo para ver una masacre, pero ellos sí, porque ellos son irlandeses y el resto no.



El rival se ha puesto por delante muy pronto. A los pocos minutos un tipo alto, rubio y con pecas roba un balón frente a la portería, se va de un defensa con potencia y rompe el balón por la escuadra. Más tarde, un tipo fino metería un gol de tipo fino y el mismo tipo de las pecas volvería a alardear de potencia metiendo un segundo gol, esta vez pegándole fuerte y abajo junto a un poste. La afición mayoritaria no tenía ninguna esperanza de ganar, pero sí la esperanza de no ser goleada en exceso. Un cuarto gol celebrado con rabia les quita también esta posibilidad y sólo queda esperar el pitido final.


Una afición acostumbrada a las victorias por decreto habría montado un escándalo, una afición que se creyese más de lo que realmente es se levantaría con cara de no me merezco yo esto, oiga, e iría a desaparcar su coche en segunda fila llamando burros a sus jugadores. Una afición humillada y humillable habría bajado los brazos y habría mirado al suelo, una afición malcriada habría cargado contra el árbitro, el seleccionador, el responsable de la megafonía, el inventor del parabrisas. Una afición agradecida habría aplaudido a los suyos a pesar de la derrota, una afición entendida habría sospechado lo que iba a pasar y habría asistido silenciosa al desenlace, una afición bullanguera habría hecho chistes sobre lo ocurrido y ahí habría quedado la cosa. Una afición de esas nuevas de gran acontecimiento habría hecho lo imposible porque les sacaran vestidos de gitana, guardia civil y torero ante las cámaras del estadio, una afición pequeña habría pedido autógrafos a los aficionados rivales. Una afición moderna habría permanecido en silencio sin saber qué hacer, porque las aficiones modernas están compuestas por turistas japoneses, hombres de negocios, agentes de futbolistas, invitados a palco con jamón, aficionados ocasionales invitados por clientes con corbata, chicas despampanantes con problemas para sentarse en fondo y grada, expertos de boquilla que no entienden la regla del fuera de banda y cuarentones ávidos de encontrar un vaso ancho para una copa larga.


Pero ahí no había nada de eso, no era eso lo que poblaba las gradas y las teñía de verde. A diez minutos del final, con un cuatro cero en contra y un billete de vuelta para casa, con la sensación de haber sido pasados por encima y el cuerpo lleno de cerveza negra, la afición verde se puso a cantar. Fields of Athenry cantaba y cantaba la afición, como si cantando echasen abajo el muro de goles que le habían levantado delante los españoles, como si lo importante fuera estar ahí y cantar y no dejar de cantar, más allá de ganar o perder. Con el equipo muerto y las esperanzas enterradas, en la situación en la que muchos habrían hecho exactamente lo contrario, la afición irlandesa cantó durante diez minutos seguidos Fields of Athenry, la canción que habla de la hambruna en Irlanda y de la cárcel para los que robaban grano a los ingleses, el himno oficioso de la isla según las gradas de rugby y fútbol. Diez minutos o más estuvieron cantando, y cada vez que terminaban la única estrofa que repetían, empezaban con más fuerza la siguente vez, loooow liiiiiiie the fiiiiiields of Athenry, dándose fuerza los unos a los otros, llamando la atención del resto del estadio, de los espectadores que veían el partido por televisión, de los periodistas que narraban el encuentro, del resto del mundo. Loooow liiiiiiie the fiiiiiields of Athenry, cantaban los irlandeses, y la traducción no literal pero exacta es aquí estamos nosotros, aquí estamos juntos, habéis perdido el partido pero da igual porque aquí estamos y aquí estaremos, ganéis o perdáis, aquí estamos todos y estamos orgullosos de vosotros y de que seáis de los nuestros, porque es mucho más importante ser de los nuestros que ganar o perder o dejar de respirar.


Loooow liiiiiiie the fiiiiiields of Athenry cantaban los irlandeses y, cantando, lograron uno de los momentos más emocionantes de la Eurocopa. Cantando consiguieron lo que los suyos no pudieron conseguir jugando, cantando fueron las gradas protagonistas en un torneo de estrellas en el césped y políticos en los palcos, un torneo de un deporte que cada vez cuenta menos con las gradas. Cantando, sólo cantando, qué cosas.


Hay aficiones que en ciertas situaciones no tienen comparación. O sí la tienen, ahora que lo pensamos, porque todo esto, a casi todos Vds les suena ¿no?


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Minuto ochenta y tantos, el resultado es 3-0, en breve el equipo que va ganando será Campeón de Europa por segunda vez en cuatro años y el primer equipo de la historia en conseguir dos Eurocopas seguidas con un Mundial por medio. El equipo ha jugado bien contra un rival superado y con mala suerte en las lesiones, queda poco tiempo y no hay nada que hacer, la suerte está echada y la historia está escrita.


El tercer gol lo ha metido un tipo alto, rubio y con pecas que ha sido titular y suplente alternativamente durante el torneo, un tipo criticado hasta la patología psíquica y defendido hasta el duelo a florete. El tipo de las pecas ha pasado un mal año pero ha remontado la temporada en los últimos compases, ganando un solemne título nacional y el título internacional más prestigioso, pero en ambos casos con un cierto regusto amargo, sin ser indiscutible ni protagonista, debiendo subir cuestas empinadas donde a otros se les despliegan alfombras rojas en cuestas abajo. En el torneo, el tipo de las pecas ha jugado menos de lo que le habría gustado y, a pesar de que va a ser de nuevo campeón y va añadir un nuevo título a su curriculum deslumbrante, quizás no esté todo lo contento que debería. El tipo de las pecas es un jugador extraordinario, un jugador asombroso que ha marcado en varias finales internacionales. Aún así, en ese equipo está cara la presencia entre los titulares: juega en una selección en la que forman muchos de los mejores jugadores del mundo, el entrenador prefiere variables que no le hacen imprescindible y la indiscutibilidad se reserva a pocos, a veces a los que cuentan con el apoyo de la prensa.


Pero el tipo de las pecas, que llevaba dos goles hasta el partido final del campeonato y que no ha sido titular en la final, ha metido un gol nada más salir, definiendo con esa clase tan suya tras una potente arrancada de esas tan suya, encontrando un hueco en la defensa gracias a esos movimientos inteligentes tan suyos. Con ese gol, el tipo de las pecas lleva tres e iguala a los mejores goleadores del campeonato, todos grandes estrellas que han tenido mucho más tiempo que él para meter el mismo número goles. El tipo de las pecas, que es un delantero de nivel mundial, no es un depredador del área, no es un jugador que únicamente se dedique a esperar en el punto de penalti y buscar remates y meter goles, no es un asesino en serie de esos que se dedican a tirar a puerta y exigir al resto que le den el balón al pie para que poder meter más goles. Aún así, sabe que al final se le exigen goles, se le valora por los goles, los goles son lo único que el gran público, poco dado a ver lo no inmediatamente visible, tiene en mente a la hora de decir si un jugador es bueno o malo. El tipo de las pecas, que lleva en esto mucho y que es mucho más listo y maduro que muchos rivales y compañeros, lo sabe y sabe que tiene tiempo de meter otro gol y deshacer el empate, de pasar a la historia una vez más, de ser el único en marcar en dos finales y quizás de ser uno de los pocos jugadores de la historia que marquen tres goles en dos finales de torneos de selecciones. El tipo de las pecas lo sabe y lo va a buscar.


En un momento dado, el tipo de las pecas hace otro de esos movimientos tan suyos, aprovechando huecos entre la defensa de un equipo que juega con diez pero defiende con todo a esas alturas del partido. El tipo de las pecas tira un desmarque y le ve un compañero, que le mete un balón profundo. El tipo de las pecas ve cómo llega el balón y sabe que lo va a recibir con cierta comodidad. No le viene perfecto para sus condiciones, le viene para pegarla con la izquierda, que no es su pierna buena pero que es mejor que la pierna buena de la mayoría. Sabe que no pasará nada si falla: el partido está decidido, si marca será una leyenda para los próximos siglos, si falla no echa nada a perder. También ve que el portero rival, un fenómeno, ha intuido el movimiento y se acerca a él rápidamente, cubriendo el ángulo de tiro. El tipo de las pecas sabe que no pasa nada si el portero llega a parar el balón: es su pierna mala, ya ha metido un gol, el partido está decidido, es un gran portero ... puede darse el gusto de tirar a puerta e intentarlo, no pierde nada, gana todo, gana más gloria aún de la que ya tiene.


Pero el tipo de las pecas, durante el micro segundo en el que piensa todo lo anterior, también ha visto que detrás de él viene un compañero corriendo. No es un compañero cualquiera, además, sino un compañero de su mismo club, un tipo bajito y con cara de niño con el que ha pasado todo el año anterior, un compañero que ha sido su amigo durante sus horas más bajas. El tipo bajito, su compañero, ha sido titular todo el año en el club, mientras que el tipo de las pecas alternaba banquillo y campo, a veces cuestionado, a veces desesperado. El tipo bajito ha sido protagonista en los títulos de su equipo y ha sido nombrado mejor jugador de su club, ha sido el protagonista todo el año y con su buen hacer se ha llevado, sin quererlo, el protagonismo que muchos atribuirían al tipo de las pecas; aún así, ha sido un apoyo vital para el tipo de las pecas, siempre le ha defendido, siempre le ha deseado lo mejor y ha alabado su juego. El tipo bajito, en fin, ha tenido un año excelente pero, ay, no ha jugado durante el torneo cuya final está acabando. La selección histórica que juega la final está formada por jugadores de leyenda, centrocampistas de calidad casi infinita, velocistas de banda, tipos valientes capaces de tirar un penalti si el grupo lo requiere aunque se jueguen la reputación, tipos que piden respeto para el rival goleado, jugadores con miles de partidos dificilísimos a sus espaldas; por todo eso no es fácil hacerse hueco, no es fácil tener minutos. Además el tipo bajito es un centrocampista de toque y visión como muchos otros del banquillo, es protagonista en su club pero no en esta selección extraordinaria donde es casi uno más, carne de banquillo, un peón en una alineación llena de alfiles, caballos y Torres.


Llegados a este punto, el tipo de las pecas puede tirar a puerta y marcar para hacer aún más historia, y así lo esperan los aficionados que le ven maniobrar y acomodar el cuerpo. Puede tirar, pero no lo hace. En el último momento, con el portero ya encima esperando el balonazo, el tipo de las pecas prefiere no hacer ese tiro a puerta con la izquierda que le daría aún más de lo que tiene y que no le quitaría nada. En su lugar, prefiere amagar, simular un disparo, mover el cuerpo hacia la izquierda y doblar el tobillo derecho hacia fuera, alejando de sí la pelota, dejando un pase franco y claro, un balón fácil para que su compañero, el tipo bajito que ha brillado todo el año pero que no ha tenido presencia en el torneo, meta un gol en una final tras sólo cuatro o cinco minutos en el campo y pase a la historia también.


Quizás cualquier otro habría tirado y nadie podría haberle dicho nada, quizás cualquier otro delantero, amparado en aquello de que el egoísmo es un vicio feo en el resto pero una virtud necesaria en los nueves, habría buscado su gloria y le habría dicho al compañero que no le había visto, que le había visto pero que le entendiera, que él lo necesitaba más o que había tirado porque le había dado la gana y que le den pomada, oiga. No fue así. El tipo criticado, el que venía de pasar un año de perros, el que tenía la ocasión de marcar y liarse a dar cortes de mangas hasta el mes de abril de 2016, giró un tobillo y le dio un pase a un amigo para que metiera un gol. Así de sencillo.


Quizás otro en su lugar, consciente de lo hecho, habría buscado compartir la gloria, habría hecho aspavientos a la grada, habría dejado claro que él era un gran tipo con un gran corazón y que por tanto era justo que le dieran parte de la gloria, que le regalaran un porcentaje elevado del gol, que promovieran su canonización. Quizás otro habría pedido al compañero bajito que le sacara a hombros, que le señalara con el dedo, que firmara un papel por el que se comprometía a regalarle un coche rojo, un reloj de oro y un chalet en Alicante. Otros habrían reivindicado su valía y se habrían señalado el muslo buscando la cámara que le sacara el perfil bueno, o se habrían señalado el dorsal con los pulgares de las dos manos, o habría buscado compañeros compinchados para hacer el baile de la cucaracha brasileña, el baile del canguro inadaptado, el baile de la rata sobreactuada, el baile de la mofeta omnipresente o el baile la bacteria Mycobacterium leprae, causante de la lepra.


Tampoco fue así. El tipo de las pecas, recién convertido en Campeón de Europa por segunda vez, recién nombrado mejor goleador del torneo, reciente su enésima demostración de que no caben las críticas donde no caben y de que no merece ninguna de las constantes faltas de respeto que recibe, hizo el pasillo al rival vencido, recogió su medalla, celebró el alzamiento de la copa, se fue a la grada, levantó los brazos y se llevó en volandas a una niña con coletas y un niño con chupete. Se fue al centro del campo, se hizo cargo de la muñeca de su hija cuando ésta se cansó de llevarla, le dio un balón a su hijo y se dedicó a tirar confetti, junto con su mujer, a los niños del resto de jugadores.


Todo tan sencillo. Todo tan increíblemente extraordinario.

viernes, 25 de mayo de 2012

De periodistas y cofrades (o Voilá l'été)

El que suscribe, como probablemente muchos otros seguidores del Atleti, volvió a ver el partido de la final de Bucarest hace unos días. En el estadio, con los nervios, los cánticos, los gritos y los abrazos uno tiene la sensación de no estarse enterando del todo de lo que pasa en el campo, de ahí que venga bien volver a verlo todo con más pausa. Y como del partido ya hemos hablado, hablaremos de otras cosas, en concreto de los comentarios de televisión. Escuchadas airadas críticas a la retransmisión de Telecinco, el que suscribe escuchó el comentario de Canal +, normalmente de más calidad que el de otras cadenas, con menos chistecitos, menos risitas, menos sensación de debate de mesa de cantina de colegio mayor. Uno espera de Canal + algo más de seriedad y de neutralidad, menos interés por ser ocurrente y chistoso, más ganas de hacer un comentario profundo o al menos ilustrado, documentado, preparado al menos. A veces ocurre, a veces no.



Así, llama mucho la atención uno de los primeros comentarios del partido. En los primeros minutos, antes del primer gol de Falcao, Mario Suárez corta un balón con autoridad y sale con el balón jugado desde cerca del área propia. El comentarista dice lo siguiente, más o menos literalmente: "balón que corta Mario Suárez ... jugador que está en un gran momento de forma". "Un gran momento de forma", dijo el tipo. Al principio del partido, no al final. De Mario Suárez, no de otro, de Mario Suárez.


Mario Suárez, que luego hizo un partidazo que nadie esperaba, venía de hacer 45 minutos buenos en los últimos diez partidos y era, para la inmensa mayoría de los aficionados que ven los partidos del Atleti con asiduidad- por no decir todos -, el jugador más flojo y que más dudas planteaba del equipo titular. Cualquier aficionado con el que se intercambiaban impresiones antes del partido, fuera en Madrid o en Bucarest, mostraba su inquietud no ya por el momento de forma de Mario Suárez, sino por sus características habituales, su frialdad, su falta de carácter, sus innumerables pases al contrario y desentendimientos en defensa. Cualquiera de estos aficionados habituales mostraría luego su estupor por el partidazo que hizo Mario en Bucarest, del todo inesperado y casi impensable para el socio que se traga todas las jornadas en rojo y en blanco.


Cualquier comentarista al que se le encomendase la responsabilidad de llevar el peso en la retransmisión de un evento así, piensa el que suscribe, habría conocido su papel con la suficiente anticipación como para ver unos cuantos partidos de ambos equipos y conocería bien a los jugadores, o al menos las dinámicas recientes. No fue así. Mario Suárez cortó un balón en el minuto tres y automáticamente pasó a estar en un gran momento de forma. No parece cuestión debatible que Mario Suárez estuviese en un buen momento de forma antes de ese partido, porque era claro y meridiano para todo el mundo que no lo estaba. Por ello, resulta difícil asumir que el comentarista, profesional dedicado al conocimiento futbolístico, hubiera visto los mismos partidos que el resto y hubiera llegado a la conclusión opuesta. Esto sería demasiado extraño y dejaría demasiadas dudas sobre la capacidad real de entender el juego de un tipo que se dedica profesionalmente a hacerlo. Así que el comentario podría explicarse por dos motivos: o bien el comentarista no había visto suficientes partidos del Atleti como para formarse una opinión válida, o bien es vecino, familiar o amigo íntimo de Mario Suárez y todo lo que hace éste, incluso si no ocurre en realidad, le parece bien. Todo es posible, oiga.


Aprovechando que el Pisuerga no pasa por Laredo, gracias a esta anécdota se puede reflexionar sobre la sensación que desde hace un tiempo ofrecen muchos periodistas deportivos, esto es: lo importante es emitir opinión, se tengan o no los elementos suficientes para formarla. Una vez emitida la opinión, ya buscaremos lo que haga falta para justificarla en caso de que sea errónea, y de no encontrar razones suficientes, haremos un chistecito y a otra cosa, mariposa. Lamentablemente eso se aplica también al periodismo que no es deportivo pero ese, como saben, no es nuestro negociado.


En el periodismo deportivo de ahora lo reciente parece convertirse en regla, lo último visto es lo que siempre pasa, de una muestra se puede hacer una ley universal. Los comentaristas elevan a la categoría de verdad irrefutable lo ocurrido en el último minuto, sin importar si lo acontecido es efectivamente lo que suele ocurrir o bien una carambola extraordinaria. Si un zurdo cerrado tira a puerta con la derecha por primera vez en su vida pero lo ve el comentarista de guardia, se convierte por arte de birlibirloque en un jugador ambidiestro con gran tiro cruzado; si un jugador no toca un balón durante cuarenta y cinco minutos y al minuto 50 comete un penalti, pero en el 51 se lleva un balón por potencia, es un gran trabajador que está haciendo un partidazo; si un lateral enano pasa por el centro del área a buscar una lentilla y le da un balón en la cabeza, es un jugador que va bien por alto a pesar de su estatura. Si un equipo se va con el marcador propio a cero tras veinte partidos encajando goles, destaca de repente en la faceta defensiva; si ese mismo equipo gana la Champions League sacrificando todo ataque para reforzar una defensa que ha sido un desastre durante toda la temporada, se convierte en un equipo con una retaguardia maravillosa aunque le tiren cuarenta veces a puerta por partido y no le hagan goles de puro milagro. Si un jugador de Utrera hace tres regates de mérito en ochenta partidos, es un referente indispensable para el equipo y tiene que ser titular; si un jugador de Sanlúcar hace un pase de tres metros cada diez partidos, es el mejor pasador del equipo aunque el cincuenta por cien de los pases los haga al contrario y además le cueste un cerro de goles a su portero; si un jugador navarro pifia un pase tras ochenta minutos buenos, está en un momento malísimo.


Ocurre lo mismo, espaciado en el tiempo, con otros elementos del juego. Si un delantero que lleva un año entero sin marcar mete dos goles en dieciseisavos de Copa, ha recuperado el olfato goleador y debe ir la selección, si es posible bajo palio y precedido de setecientos gaiteros. Si un tipo corre durante todo el partido pero no marca, ha perdido el instinto y por tanto debe ir al banquillo, ser vestido con túnica y capirote y llevar orejas de burro. Si alguien mete doce goles en una temporada, pero tres son entre semifinal y final de una competición, se convierte en candidato al Balón de Oro, a la Bota de Oro y a recibir su peso en miel, vino y queso tras ser pesado solemnemente en una gran balanza dorada; si un compañero metió dos goles menos jugando menos partidos, su temporada es un petardo. Aquí estamos a lo que estamos, oiga, y no hay más: ponga Vd más vino, que esta tarde trabajamos.


Hoy en día el fútbol se reduce a goles, las temporadas se reducen a unos pocos partidos televisados, las prestaciones de los jugadores se reducen a lo que aparece en los vídeos de youtube o a lo ocurrido hace un minuto. No se valoran temporadas enteras ni eliminatorias enteras ni partidos enteros, se ve un poquito y con eso vale para lanzarse al ruedo y emitir unas opiniones gordas como sandías. A ver, ya lo he visto tomando café, ya sé bien cómo juega ese bajito aunque no sé si es zurdo o diestro. Viendo diez segundos de vídeo de un partido, la conclusión es clara y meridiana: Fulano es el jugador de más calidad de la plantilla, Mengano ha perdido velocidad, Zutano no da una, el bueno es Perengano; esto opino yo y no se le ocurra a nadie discutirlo. Si alguien rebate, se sacan estadísticas, que son muy valiosas si se comparan con algo comparable y se toman en el contexto adecuado, pero esto es demasiado complicado y costoso como para hacer el ejercicio, mejor repetir lo que dice otro y usarlo como propio y santaspascuas, oiga.


Lo grave no es que esto lo haga la afición, que ya tiene su delito, lo grave es que lo hacen los medios, los comentaristas, los especialistas. Hay periodistas especializados que hablan maravillas de jugadores desconocidos de ligas remotas, existan o no, que es lo de menos. Hay otros que diseccionan con precisión quirúrgica las defensas de las segundas divisiones de toda la Polinesia pero que, preguntados por un jugador que todo el mundo ve, emiten opiniones tan disparatadas que hacen pensar que todo lo oído sobre los polinesios debe ser falso. Hay expertos que camuflan su discurso con una avalancha de términos incomprensibles importados de otros mundos que hacen que uno no sepa si habla de fútbol o de bricolaje: este es media punta, este es enganche, ¿este es perno o es hembrilla? Yo creo que es tirafondos, a menos que sea tubillón. Los hay incluso que convierten un balón de córner rematado en chilena en "un remate dificilísimo teniendo en cuenta el vuelo aeróbico del balón", todo un prodigio físico-pulmonar. Y hay, lo que es aún peor, comentaristas que basan su análisis técnico en si este jugador es amigo o conocido, enemigo o aliado, me da entrevistas o me da largas. Si me interesa una entrevista, hablaré bien de él para que no se enfade; lo mismo haré con su equipo, que el jefe de prensa ha vetado a dos o tres por poner en duda la valía de un fichaje. Si por el contrario rechaza hablar conmigo o le hace más caso a la competencia, el gol que metió fue de chamba, sus prestaciones no son para tanto y es carne de banquillo en cuanto se le acabe el ángel. El fútbol, lo que pasa, la realidad es secundaria, lo importante es lo que toque decir, sea o no cierto, sea o no real.


Mucha gente bien intencionada basa su opinión y su criterio en lo que dicen los otros, los especialistas. Hasta aquí bien. El problema es que los especialistas muchas veces basan su opinión en datos insuficientes, cuestiones extra deportivas o filias personales. Lejos quedaron los tiempos en los que los cronistas dejaban de lado sus carnets de socio para poder ser más objetivos en sus valoraciones; más lejos aún queda el ejemplo de Joaquín Vidal, maestro absoluto, que renunciaba a premios y tertulias para no generar vínculos de amistad con toreros o ganaderos y poder así ser imparcial del todo en sus crónicas maravillosas. Ahora todo son forofismos e intereses, prisas por decir lo que alguien quiere oír, clavos ardiendo de los que se cuelga el primero que pasa para justificar lo injustificable. El aficionado, poco confiado en lo que ven sus ojos, tiende a repetir lo que oye sin pensar en si coincide con lo que ve en el campo. ¿Cuándo, oh Baco, volverán las gradas a pensar por sí solas?





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Tras tres años sin salir por las inclemencias del tiempo atmosférico y la falta del tiempo ese que teóricamente es oro pero del que dispone todo el mundo como si fuera suyo, salieron de nuevo los pasos de la Cofradía con algunas novedades respecto a la última estación de penitencia. La ficha actualizada de la Hermandad es la siguiente:






Nombre completo (actualizado): Ilustre, Antiquísima Campeona y Reciente Tricampeona, Leal - y nunca Real - Hermandad y Archicofradía de la Limpia y Pura Raya Rojiblanca, vulgo "la Nuestra"


Nazarenos: ciento cincuenta mil, otros tantos penitentes, más simpatizantes e innumerables hermandades filiales de Madrid a Bucarest, pasando por Bruselas.


Túnicas: túnica titular roja y antifaz blanco, con cinturón azul; túnica suplente, como es costumbre, al capricho del patrocinador y proveedor textil, incluso sin combinar colores de antifaz, cinturón y túnica (en desplazamientos).


Pasos: Dos Misterios, Cristo y Dolorosa



El primer paso de Misterio, que se estrena para la ocasión, es conocido entre los fieles como "La Derrota del Pupas". Representa al Arcángel San Gabriel - al que los fieles de la cofradía llaman cariñosamente "Gabi"- ataviado con coraza de centurión y espada de general, colocando su pie sobre el cuello de una criatura monstruosa que representa al Pupas, histórico enemigo de la Cofradía, injusto sambenito y odioso tópico manido. El paso fue encargado tras la final de Hamburgo y terminado y presentado tras la de Bucarest. Como curiosidad, la imagen se asemeja a las representaciones de San Miguel, Jefe de la Milicia Celestial y General de los Ejércitos Divinos; sin embargo se trata de San Gabriel, mensajero del Altísimo con escasa formación militar. Así se encargó al imaginero dado que la Junta Rectora de la Cofradía prefirió evitar la referencia a San Miguel para evitar chistes cerveceros, tan socorridos en estos casos. El Arcángel es una figura majestuosa de un metro ochenta y seis de altura, pelo rubio, pecas y tatuajes en los antebrazos con cuatro coronas o estrellas sobre el pecho; el maligno es una criatura del averno, mitad hombre mitad mona, engendro peliteñido en jaspeado y con expresión de odontólogo mexicano. En torno a su brazo derecho se aprecia una cinta con la leyenda latina "Preferibilis ad Munich ire", "casi que me voy pa Múnich" en castellano. La tradición popular manda que los fieles, al paso de la imagen, señalen al Norte para sugerir al monstruo vencido otros lugares en los que echar raíces. De esta forma los fieles hacen chufla a costa de otras cofradías grandes de la capital que gastan millonadas en procesiones mercantiles y frías que únicamente pisan la calle para conmemorar, que no celebrar, títulos cuya consecución consideran obligada; mientras tanto, otros títulos se les resisten por el empeño de alguno de sus titulares en poner satélites en órbita en mal momento.


El segundo paso de Misterio, llamado vulgarmente "La Última Plantilla", es un clásico de la Cofradía. En su versión de 2012 sigue adoptando la representación clásica de la gran mesa similar a la de la Última Cena. Sentados a ella, de izquierda a derecha, un discípulo alto vestido de amarillo con cara de crío y pelo con leve cresta mira de reojo a sus mayores buscando el permiso para quedarse un año más en su actual casa; esta figura, que cuenta con la simpatía de los cofrades a pesar de su irregular origen, es conocida como "el Interino Flamenco". En primer término y a la izquierda de la mesa, un discípulo delgado y con media melena agotado por el esfuerzo charla con otro discípulo también delgado y con peinado sorprendente, que luce chándal-túnica de la selección española; éste es conocido por los fieles como "el Reconvertido Alicantino" y goza también de gran devoción por parte de los hermanos. Entre ambos, dos tipos altos, uno de ellos uruguayo, confieren solidez al grupo mientras que tras ellos un tercero, también con chándal-túnica internacional, espera paciente su oportunidad. En el plano posterior, un discípulo portugués algo renegrido recibe tratamiento en una camilla de fisioterapeuta mientras ojea una revista de tendencias. Entre todo este primer grupo destaca la figura negra y fibrosa de un discípulo de amplia sonrisa blanca y cara de buena persona que mira hacia otras tierras. Sobre su hombro, un angelote mulato porta una cinta con la leyenda "Gracias por todo, mucha suerte y viva Turbo".


En el centro de la mesa impone su presencia, discreta pero sólida, un discípulo salido de la propia Cofradía y vuelto triunfal a casa tras pasar unos años alejado de los suyos. A su lado, un portugués y un cofrade con un peinado estrafalario (media cabeza afeitada, la otra media a lo afro) pugnan sin excesiva vehemencia por ocupar la única silla que se les ofrece. La escena la contempla, burlón, un discípulo vestido a la manera turcomana, con un gran turbante coronando su gran cabeza, con las piernas cortas y una sonrisa de oreja a oreja. A su lado, otro discípulo de mandíbula cuadrada y finos modales deshoja una margarita con aire de estar pensando en el futuro. En segundo plano tras estos, un tipo contrahecho y cargado de hombros saca a duras penas la cabeza para ser visto entre el grupo.


Al extremo de la mesa opuesto al Interino Flamenco, un discípulo joven, de hombros huidizos y barba poblada y también con chándal-túnica de la selección, irradia la luz de aquellos cuyo futuro es prometedor y tiene grandes metas por alcanzar. Su expresión es relajada a pesar de que, a su lado, hay un Tigre, con mayúsculas, de sonrisa educada y físico portentoso que remata de cabeza un obús lanzado por un compañero; bajo una zarpa guarda una Biblia, bajo la otra un libro de récords. Sobre la mesa hay manjares de procedencia rumana y un líquido amargo se sirve en una copa parecida a la del Rey.


Frente a la mesa, en primer plano y en la parte anterior de la canastilla del paso se encuentran los clásicos personajes siniestros de la iconografía de la Cofradía. El primero, conocido vulgarmente como "El Hombre-Laca" o "El Fanático de la Limpieza", se caracteriza por la talla de su pelo, procedente de un bloque de yeso macizo. La figura pisotea un ejemplar de la Gramática de Nebrija y otro del Discurso del Método, en clara alusión a sus carencias esenciales. Éste personaje levanta gran cantidad de risotadas entre el público que asiste a la estación de penitencia, y suele ser recibido en los barrios entre abucheos y burlas y bajo lluvias de bolas de papel de plata, diccionarios de la RAE y peines de caballo. A su lado, oculto y a salvo de las miradas, se representa al segundo personaje maléfico, vulgarmente llamado "El Oblicuo" o "el Circular Conductor". Fiel a la iconografía tradicional de la Cofradía, El Oblicuo se representa con calculadora y llaves de coche en la mano diestra y con un teléfono móvil en la mano izquierda. Sobre su hombro, a modo de diablillo, un agente portugués le susurra nombres y comisiones al oído hasta fundir el pabellón auditivo del Oblicuo por el inmenso placer que le produce oír hablar de dinero. El Oblicuo mira de reojo al Tigre y éste le devuelve una mirada asesina que parece gustar al diablillo portugués del hombro.


El segundo paso tradicionalmente representaba a Nuestro Señor del Inmenso Dolor por el Prestigio Olvidado, el Palco Usurpado y el Estadio Condenado. La Junta Rectora y el Hermano Mayor decidieron empero actualizar la imagen para adecuar así a los tiempos lo representado en los pasos. Así, a partir de este año el segundo paso muestra a Nuestro Señor del Prestigio Parcialmente Recuperado a Pesar del Palco Indigno, también conocido popularmente como "Nuestro Señor de la Camiseta Milagrosa". La imagen representa al Club erguido a pesar de los pesares, con la espalda marcada por los latigazos y la gestión infame pero aún así con energía suficiente para hacer lo que pocos hacen gracias al apoyo de la Cofradía entera, a una sola voz y al mismo compás. Su expresión es de cansancio, dolor y rabia y, cuentan, en sus ojos hay un brillo de orgullo que hiela la sangre de los impuros de corazón y de los periodistas que comen de balde a cambio de poner obstáculos en el camino del Club. Por deseo popular de los cofrades, la imagen pisotea las cuentas del Club y los planos de un estadio con pista de atletismo; frente a su pie izquierdo se ubica un ramo de flores rojiblancas similar al que se ve cada quince días junto a cierto córner famoso.


El tercer paso, de palio, representa como es tradición a Nuestra Señora la Afición de la Paciencia Infinita, Bondad Excesiva e Ira Demasiado Escasa Aunque A Veces No Bien Dirigida Del Todo, Qué Cosas. El paso, de palio de estilo sevillano, sigue teniendo siete varales de plata por lado y techo de bambalina. La imagen viste manto rojiblanco con flores de madroño bordadas y luce adornos de rosas rojas y blancas En las esquinas, fieles a la tradición, cuatro angelotes la guardan: uno es rubio con pecas, otro tiene porte de galán y es ingeniero, uno es negro y lleva collar de cuentas verdes al cuello y el último tiene el pelo ensortijado, un pan debajo del brazo y cara de que por su lado del palio mejor no pasar. Como novedad, en el paso de este año se han añadido dos angelotes más. A la derecha de Nuestra Señora, en la parte superior del varal del medio, un angelote más grande que los otros, corpulento, con la nariz torcida y un gran bigote observa, protector, a la Patrona. Este angelote, llamado por los cofrades "el Capitán" o "el Cuatro", es según la tradición cofrade el encargado de velar por la seguridad tanto de la Patrona como del resto de ángeles y goza de un gran cariño y respeto entre la comunidad. Frente al Cuatro, un angelote más liviano pero en excelente forma física, con el pelo muy cortito y un mínimo tupé y un cutis muy mejorable, mira con cara de fiera al resto. Los teólogos coinciden en que éste último angelote, muy querido por los fieles, debería tener un papel protagonista en el devenir de la Cofradía en un futuro próximo.


Salió como es tradición la Cruz de Guía de La Nuestra por la puerta 7 entre el fervor y los vítores de la afición congregada ante la misma, y emprendió procesión. Harta del Ayuntamiento, este año la Cofradía hizo una visita de cortesía a la Embajada de Colombia, antes de volver a la carrera oficial, es decir, plaza de Neptuno, Atocha, glorieta de Embajadores y Pirámides antes de volver a su casa matriz. Como es también tradición , el templo echó el cierre y los últimos giros de la llave maestra los dio un tipo con canas, gafas y rebeca con coderas que, dicen los últimos que allí estuvieron, se fue inmediatamente después a un bar con vermouth de grifo.

viernes, 11 de mayo de 2012

Días que nunca olvidaremos


Hay días que nunca olvidaremos, por lo bueno y por lo malo. Hay gente a la que le ha tocado vivir días horribles con los que nos gusta más pasar los días buenos, aunque sean días de alegrías pequeñas y sin trascendencia cuando se comparan con otras cosas. Nos alegra especialmente haber contribuido un poquito al alivio pasajero, aunque fuera sólo durante unas horas y a pesar de necesitar ser tranquilizados en vez de tranquilizar. Nos maravilla y nos hace poner sonrisa de medio lado pensar que el Atleti, ese ente inclasificable que no es mineral, vegetal ni animal sino casi divino, se sume a la causa de hacer más llevaderos aniversarios dolorosos como si fuera uno más del grupo, sobreponiéndose a malas gestiones y intereses bastardos para dar una alegría a uno de los suyos tirando de camiseta y orgullo, lo único que le queda al club expoliado. Porque el Atleti, que no es sólo un club de fútbol sino un montón de gente distinta que aparece cuando hace falta, que no es un equipo sino una forma de entender lo bueno y lo malo, que es una excusa estupenda para recordarnos de vez en cuando quiénes somos y dónde estamos, al final aparece cuando debe, tiene estas cosas que le hacen a uno levantar las cejas, hacerse preguntas y ladear la cabeza entre asombrados y cómplices, admirados ante el prodigio, agradecidos por la suerte de estar dentro de este bicho asombroso e inclasificable que llamamos Club Atlético de Madrid cuando en realidad nos queremos referir a su afición y sus jugadores, así, de rojiblanco, sin contratos ni despachos .



La calle


Para empezar, una afirmación sin matices: Bucarest, o al menos el centro de Bucarest, lo que hemos conocido, es un sitio estupendo. En Bucarest lo hemos pasado de maravilla, nos han tratado estupendamente, nos hemos muerto de risa y de felicidad y encima volvemos campeones. Ni jaurías de perros agresivos ni callejones oscuros y amenazadores; más bien miles de bares, cuidadísimas iglesias ortodoxas y edificios preciosos que lo serán aún más cuando se les pase una bayetita. Bucarest tiene un centro peatonal lleno de terrazas y de gente tomando cervezas, ambiente de pueblo latino y vida nocturna de ciudad universitaria, lo perfecto para una final europea aunque pille lejos, a trasmano y no sea Budapest, donde también ha ido alguno. La verdad es que el centro peatonal es casi todo lo que uno conoce de Bucarest, pero el recuerdo que guarda es estupendo.


Ocupando el centro (casi en sentido literal), la afición del Athletic de Bilbao. Si eran mayoría el martes por la tarde y noche, el miércoles eran mayoría aplastante. La afición del Atleti pareció llegar algo más tarde y concentrarse cerca de la Fan Zone que la organización había previsto para los nuestros mientras que los llegados de Bilbao y de muchos otros sitios se quedaron en la zona más céntrica. Excelente elección, por cierto. Uno, poco dado a ir donde le dicen y como saben interesado en ver aficiones de equipos rivales desde dentro, se quedó los dos días en cierta zona de Bucarest mucho más parecida a la calle Pozas que a Transilvania. Incluso el restaurante que todo el mundo buscaba, el más antiguo de Bucarest, el Cara´cu Bere, fue tomado por la afición del Athletic y era casi imposible encontrar algún aficionado del Atleti. ¿Imposible? ¡No! En medio de la marea bilbaína ondeaba el estandarte de la Peña Scotland, resistiendo orgulloso en medio de la afición rival como los pictos a los romanos al otro lado del Muro de Adriano, atrincherados en el piso de arriba, luciendo Cruz de San Andrés. "Si queréis nuestras cervezas, venid a por ellas", parecían decir. "Aquí abajo hay bastantes, si quieren Vds unas aceitunas ya nos dicen, pues", parecía responder la afición rival. Aquello fue una oda a la competición cervezera, una batalla histórica, oiga, la Batalla del Cara'cu Bere, que en el futuro glosarán bertsolaris, gaiteros y hosteleros rumanos nostálgicos de los buenos tiempos en los que los barriles de cien litros se agotaban en diez minutos.


La afición del Athletic, que como la del Atleti mueve muchísimas familias, abuelas, niños, lesionados, lactantes y sumillers, es una afición perfecta para encontrarse en una final y en un espacio reducido. Simpática, salada, amistosa y buena guía gastronómica (con especial mención en todos los campos a los aficionados de cincuenta para arriba, más contentos y graciosos aún que el resto), la afición del Athletic es altamente recomendable para estas ocasiones; si el Athletic y el Atleti organizaran un partido anual para celebrar la relación matriz-filial en, es un poner, Logroño, sería un evento fijo en el calendario de los aficionados al vino tinto y la polifonía. Uno tiene la impresión de que había cierta desconfianza hacia la afición rival por parte de ambos bandos, a ver de qué van estos, a ver si no hay problemas, esperemos que no haya provocaciones ni que meta la pata nadie. No ocurrió nada de eso, y cuando hubo un conato mínimo, un cántico poco amistoso (sin siquiera llegar a lo levemente insultante), ni fue seguido por la mayoría ni pasó a más. Lo que sí hemos compartido con la afición del Athletic de Bilbao han sido brindis, conversaciones, historias sobre nuestros equipos y su origen común, recomendaciones sobre bares y vinos y un montón de anécdotas y chistes. Un placer, una maravilla, lo que debería ser siempre.



Pero no sólo nosotros debemos estar agradecidos a la afición del Athletic, también la villa de Bucarest les debe mucho, y no sólo a ellos, también a los nuestros. El caso es de una trascendencia importante y de él se beneficiarán muchos turistas y locales en el futuro hasta convertir Bucarest en una meca a la que peregrinar, y si no, al tiempo. Y es que el martes, con los primeros aficionados llegando a los bares, tomarse un gin tonic en Bucarest era un poema. Vasos pequeños, poco hielo, un limón grandísimo, tónica caliente.


- Pero bueno, oiga, esto qué es,

- Un gin-tonic

- ¿Un gin-tonic, dice Vd? Anda ya, que venga el encargado.

- No está el encargado

- Pues entonces que venga el Alcalde

- Ahora no puede, le están regañando en otra mesa esos señores de Bilbao.


El martes, cada gin tonic que venía a la mesa se recibía con cejas arqueadas y una catarata de instrucciones: mal, mal, oiga, maaaal, el vaso más graaaande, el limón mas chiquitiiiito, más hieeeeeelo, menos tóóónica, así, así, ¿ve Vd? Muy bien, traiga otros siete. Pero un día más tarde, sólo un día, la machacona insistencia de ambas aficiones hizo mella en el hábil sector hostelero rumano y las cosas eran muy diferentes, Bucarest era un sitio renacido, un valle próspero, el testigo de una nueva era.


- A ver, oiga, tres gin-tonics cuando Vd pueda

- ¿En vaso grande, con mucho hielo, poca tónica y limón el justo?

- Si es así, traiga seis, oiga.





La grada



Una vez cerca del campo, y por primera vez rodeado de los suyos, uno siente cierto alivio. No es por haber estado en zona rival, sino porque según va subiendo la presión y los nervios, según se acerca el inicio, uno tiende a refugiarse en los suyos, en los que sufrirán como uno cuando empiece el baile, en los que, como uno, saben que el Atleti es capaz de hacer maravillas y de echar todo por la borda con idéntica facilidad. La entrada al campo tiene esa mezcla de saber que por fin ya estamos todos juntos y, a la vez, que ya llega el momento de pasarlo mal a ratos; Vds ya saben de lo que les hablo, oigan.



Y la afición del Atleti, aquella que tanto criticamos cuando insulta al visitante, cuando dice lo que no debe o no protesta lo suficiente, la que nos gustaría que fuera aún mejor y más ejemplar, en la grada no tiene rival. No hay forma de callar un fondo del Atleti, no hay minuto del partido en el que no se esté cantando y saltando, algo muy gordo tiene que pasar para que la grada enmudezca cinco segundos. Durante noventa minutos, con la única tregua del descanso, el fondo del Atleti fue un clamor constante, una sucesión de cánticos uno tras otro, a veces solapados, a veces a compás, a veces no. Los cánticos nacen de arriba y a la izquierda, de abajo, de un lado, de otro. A veces los lanza un aguerrido funcionario palentino que tardó 40 horas en llegar a Bucarest, otras veces un seminarista escapado por unas horas con la complicidad del profesor de Teología Sistemática, otras, una señora peinada de peluquería y con pendientes de perlas que, con los papeles perdidos, grita en honor a Arda Turán a pesar de quejarse siempre del ruido que produce el kebab de su portal, con el que a partir de ahora será mucho más comprensiva. La grada actúa como un único ser, al unísono en el caos, coordinada sin que nadie se ocupe de la coordinación, todos a una aunque nunca se hayan visto. Y lo hace todo el rato, todo el tiempo, se sufra o no, se gane o no, se pierda o no. Si uno quiere ver el partido calladito y sentado, si uno quiere charlar con el vecino de negocios o diseccionar tácticas con concentración y análisis, la grada del Atleti en día grande no es su lugar en el mundo. Gracias a Dios, así son las cosas.



La afición del Athletic, bullanguera y alegre todo el día, encajó mal el primer gol de Falcao y pareció más silenciosa y tímida de lo esperado. Tampoco ayudaba la acústica del estadio, que multiplica el sonido cercano y casi ensordece el que viene del fondo opuesto, pero la sensación fue luego confirmada. Quizás demasiado confiada en un triunfo sobre el Atleti, el gol cayó como un jarro de agua fría y los fantasmas de la derrota en vísperas de otra final contra un equipo dificilísimo parecieron pesar mucho. Tras el segundo de Falcao, poco a poco el fondo del Athletic se fue quedando en silencio y sólo durante unos minutos del segundo tiempo apretó un poco San Mamés. Para cualquier aficionado a un equipo, es imposible no sentir un escalofrío al ver las caras de la afición durante el partido, así como las imágenes de los congregados en el San Mamés de verdad. Por ellos, para desearles suerte en la final de Copa del Rey, irá nuestro próximo brindis. Queden en todo caso tranquilos los del Athletic; acaba de nacer en Madrid Manu, un leoncito con 50% de sangre bética que promete tardes de gloria por la banda izquierda. Al tiempo.



El Partido



El aficionado esperaba una final reñida y llegó el Atleti, que tiene estas cosas, y jugó un partidazo. En poco tiempo se puso por delante gracias a un gol estratosférico de Falcao y, lejos de hacer estas cosas tan suyas y tirar el partido por la borda, jugó de manera inteligente y contundente. Tres cero acabó el partido, y si Falcao mete otro u otros dos tampoco habría que haberse asombrado; qué cosas tiene este equipo nuestro.



Si Falcao fue el protagonista absoluto, como se encargan de repetir los diarios de medio mundo, es de justicia decir que el protagonista total fue el equipo. Nadie jugó mal, alguno jugó su mejor partido en el Atleti, todos pelearon, nadie se escondió. Courtois estuvo firme y seguro e hizo dos intervenciones clave, Juanfran anduvo cómodo y casi siempre superior a su par y Filipe Luis Filipe, Froilán para los amigos, hizo un muy buen partido con el que se empezó a quitar motes y prejuicios. Filipe Luis, hoy por fin sí, ha acabado la temporada fuerte e involucrado, mucho mejor que en partidos pasados y eso que no ha contado con ningún partido de reposo ni suplente de garantías. Filipe Luis, al que tantas veces hemos hecho rabiar, hizo un gran partido o incluso, siendo él, un partido gran partido. Aquí queda escrito, como es de justicia, y esperemos que sea el inicio de una progresión geométrica.



Partido enorme hicieron ambos centrales, Miranda y Godín. Llorente, la gran amenaza mediática que curiosamente no generaba tanta confianza en los aficionados del Athletic con los que hablamos del tema, se quedó en blanco gracias en parte al enorme partido de ambos defensas y gracias también al planteamiento del Cholo. Ni un balón lateral recibió Llorente, anulando así su gran y casi único recurso, y todo gracias a la labor del centro del campo y los laterales, que crearon un embudo difícil de superar para el rival; cuando el balón llegaba a Llorente, normalmente desde el centro, los centrales del Atleti estuvieron contundentes y sin fallos, concentrados, enormes. Simeone ató a los finos centrocampistas rivales y dejó más libertad de movimientos para Muniaín, que corría en horizontal con ese ritmo acelerado tan suyo sin que nadie le saliera al paso con facilidad; sólo cuando estaba apurado, aparecían tres centrocampistas del Atleti para robar y salir. Para esta tarea inteligente contó el Cholo con Gabi, jugador que claramente tiene carácter suficiente para tapar sus carencias en este tipo de ocasiones, dominador de espacios, tácticamente impagable y encargado de meter al resto del equipo en el partido cuando no se tenía el balón suficiente tiempo; en un par de ocasiones lanzó carreras suicidas destinadas únicamente a recuperar balones incluso para echarlas fuera, sólo para mandar el mensaje de que con el Cholo en el banquillo y él en el campo, no se relaja ni el acomodador.



Párrafo aparte esta vez para Mario Suárez. De Mario dudaban muchos, sobre todo el que suscribe. Uno no se fiaba de su frialdad, de su blandura, de su carácter para un partido así, de sus últimos partidos. Mario salió confiado y concentrado, hizo un partido extraordinario y, quizás para no quedar como un bobo tras ese tweet tan poco afortunado de hace unos días, calló la boca a muchos, sobre todo al que suscribe, que nos tragamos nuestras palabras con una felicidad extrema y rojiblanca. Mario fue clave en la recuperación y condujo el balón con calidad en varias ocasiones, no perdió el sitio y mantuvo a raya a los rivales que se acercaban a su parcela. Mario fue la sorpresa de la final y una alegría enorme para los que más manía le tenemos, hoy calladitos y la mar de monos, oiga.



En la parte de arriba, Arda jugó cuando quiso, que para eso es Arda, e hizo la jugada que acabó con el segundo gol de Falcao, un golazo tirando rivales al suelo por el camino. Adrián estuvo más apagado que otras veces pero, aún así, produce en los rivales una valiosísima sensación de pánico que ayuda a empujar hacia su área al equipo contrario. Diego, algo despegado del juego y de sus tareas defensivas el primer tiempo, se agigantó el segundo tiempo y mantuvo el balón, condujo contraataques y terminó marcando un golazo que trajo la tranquilidad a todos los que en esos momentos, desafiando a la lógica pero fieles a la personalidad del Atleti, aún pensábamos que aquello se podía perder. Diego se adornó en demasía un poco más tarde con un alarde innecesario y Simeone le cambió para que se llevara la ovación del respetable y el grito de "Diego, quédate"; nadie en el club hace tanto como Simeone para contar con un equipo competente el año que viene, qué cosas.



Y por último, aunque poco, Falcao. Falcao hizo un partido de jugador enorme, marcando dos golazos y casi un tercero. Inteligente, hizo astillas el frágil parapeto que supone Amorebieta, toda una ventaja para los rivales y una maldición para la Vino Tinto. Mantuvo con los centrales del Athletic un duelo de los de recordar, sin quejarse nunca, sin desfallecer nunca, sin dar nunca un balón por perdido a pesar de haber marcado dos veces. Una vez más, Falcao fue un fenómeno y no sólo por sus goles sino, sobre todo, por su entrega y compromiso. Gracias.



Un dato sobre el Athletic. Desarbolado por el Atleti, que fue mejor, lo intentó en varias ocasiones y quedó claro que la bola no entraría. En el fútbol pasan estas cosas, hay días que sí y días que no, y para el Athletic ese día fue no. Los goles de Falcao y el entramado del Cholo, junto con la constatación de que suerte no tenían, hizo entrar al equipo en fase de depresión; aún así, ni una patada, ni una simulación, ni una trampa. Esto, que parece una tontería, es muy inusual, muy honorable y muy importante.


También Simeone, que en el banquillo no muestra las formas broncas que en el campo tenía a veces, dispuso un precioso pasillo para el rival que, al acercarse a por su trofeo, recibió una ovación estruendosa desde el fondo del Atleti. Otro detalle muy valioso, para que tomen nota otros.


Neptuno


Mientras algunos volvíamos al centro de Bucarest a tomar champaña (que es como se llamaba antes el champagne) con algunos seguidores del Athletic, mucha gente bajó a Neptuno. Algunos comparan la emoción de vivir una final in situ con los pelos de punta que produce ver cómo, justo al final del partido, empiezan a salir de todos los rincones de Madrid camisetas y bufandas rojiblancas que se van uniendo, en ríos, con dirección a Neptuno. Los que no vivimos eso hace tiempo sentimos muchísima envidia de ese momento precioso y por eso nos irrita especialmente que no se pudiera vivir de nuevo. La plaza entera de Neptuno, nos cuentan, estaba acordonada, una medida sin precedentes, repleta de antidisturbios acorazados. El resultado es que la gente no pudo celebrar las cosas como antes, que familias enteras tuvieron que huir a la carrera para evitar que se aporreara a niños y ancianos y que los más inclinados a responder a provocaciones encontraran la excusa perfecta.



Conocida es la fobia del que suscribe a la policía blindada y malhumorada que acude a los estadios españoles, casi tan virulenta como la que padece hacia aquellos que van a este tipo de acontecimientos a provocar altercados y arruinar la fiesta al resto. Es curioso, no obstante, que en la mayoría de situaciones en las que uno ha vivido de cerca los problemas, la policía estaba especialmente agresiva; en Bucarest, sin ir más lejos, con diez mil aficionados por cada bando y una policía igualmente acorazada pero amable y cooperadora, no pasó absolutamente nada. Alguien debería pensar seriamente en esto.



Uno no entiende esta manía de la autoridad de obstaculizar las manifestaciones espontáneas de alegría y las celebraciones naturales. Uno, además, empieza a aborrecer estas celebraciones programadas con itinerario, speaker, pasarela, horario de imposición de bufanda, partitura y desfile de autoridades militares y eclesiásticas. Que el fútbol es cada vez más negocio y menos de la gente es obvio. Que en los estadios haya más ejecutivos y agentes que aficionados propiamente dichos es vergonzoso. Que ya hasta en la calle programen cuándo y dónde uno puede uno alegrarse so pena de recibir un porrazo en el cráneo, es ya lo último.



Los medios


Los medios, entusiastas en la exaltación del Athletic y sumisos a los intereses de la directiva del Atleti durante toda la fase previa al partido, aprovecharon el pitido final para especular sobre el futuro de los jugadores del Atleti. Con actitud más propia de la facción más odiosa de la afición del otro equipo grande de la capital, la prensa no dio ni un minuto de tregua. Ni un minuto dieron a los aficionados colchoneros para alegrarse, ni un sólo minuto sin hablar de despedidas, de fichajes por otros equipos, de ofertas millonarias procedentes de rivales odiados. Aquéllos que vieron el partido por la televisión que lo retransmitía en España han hablado de arcadas ante el tratamiento, y los que hemos podido ver las reacciones posteriores, no podemos más que denunciar el trato hacia los aficionados y la institución, ya que los encargados de hacerlo no dirán nada, como siempre.



Es una falta de respeto no permitir las celebraciones en la calle, es una falta de respeto convertir en noticia de primera plana lo que es un disgusto para la parroquia a los cinco minutos de un triunfo histórico. Los medios no respetan al aficionado y sólo mueven la colita esperando el trozo de información que manda la directiva, como un perrillo amaestrado, sin importarles si lo que dicen duele o no duele. Ríen las gracias y las meteduras de pata del presidente, alimentan los rumores más dolorosos sobre fichajes y tapan los agujeros negros de la gestión y los motivos para la vergüenza. Luego se quejan de la animadversión de la masa rojiblanca, luego se sorprenden y exigen el respeto que ellos nunca tienen hacia el aficionado de a pie.




Reflexión final, entrega de trofeos y exaltación de los valores rojiblancos (Ad Maiorem Choli Gloriam)



Contra viento y marea, centímetro a centímetro, el Atleti de Madrid, esto es, entrenador, jugadores y  grada, ha ganado un nuevo título europeo. A pesar de la gestión desastrosa, de las deudas, de los cambalaches, de los entrenadores títere, de la prensa sorda y muda, de la exaltación mística del rival y de nuestras propias carencias, esa camiseta con vida propia ha vuelto a convertir un collage de cedidos, nuevos, buenos y no tan buenos en un equipo campeón. Nos venderán lo que quieran, nos contarán milongas sobre presupuestos y fichajes, nos dirán que vendrá uno mejor o igual que otro, pero los que ahí estamos siempre sabemos bien lo que pasa, quién es en el fondo el motor de los éxitos y quién es el responsable de los fracasos, quién suma y quién resta en este club con directiva enana y grada gigante.



A pesar de los pesares, la camiseta de las rayas rojiblancas y el Cholo Simeone nos han devuelto a la gloria. Enorme es el mérito del Cholo, ese entrenador que vive el Atleti como nosotros, que se alegra como nosotros y sufre tanto o más que nosotros, el tipo duro que heredó una plantilla mal hecha y mal entrenada y la ha convertido en un equipo serio con un entrenador sensato y elegante. Pasará más adelante lo que tenga que pasar, veremos en qué se convierte el Atleti, pero, por ahora, gracias Simeone, gracias Atleti por hacernos tan felices a pesar de que te lo ponen tan complicado.


Nadie nos ayudó ni nadie nos ayudará. No era fácil, como no lo es nunca lo nuestro, pero es lo que elegimos, lo que somos y lo que nos gusta ser.


Ahí queda, para quien quiera oírlo, Aúpa Atleti.