lunes, 12 de febrero de 2007

El Atleti de atrás hacia adelante (como se mira a los toros)

Mira el aficionado de atrás adelante al equipo para medir su trapío y, a medida que avanza por la anatomía del colectivo va perdiendo fuelle, porque de cuartos traseros flojea cada vez más y de espalda y morrillo va más que justito. Menos mal que va bien armado de pitones y, por mucho que flojee, tiene capacidad para lanzar un derrote y dejar al rival en cueros.


Cuando las cosas se ponen de cara, cuando pierden los de atrás y los de delante flojean y al Calderón llega un equipo en horas bajas, el seguidor atlético no sonríe necesariamente. Acude al campo pero espera un partido cómodo, ni ver un ejercicio de autoridad, ni una superioridad aplastante. La experiencia nos dice que la piel del oso no se vende antes de tiempo, y por se sienta en su sitio con la ceja levantada y preparado para el batacazo. Así ha sido muchas veces, y así fue ayer.

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Salía el Atleti con todo a favor, con las derrotas de Valencia, Recre y Zaragoza, con las muestras de flaqueza del Sevilla y la posibilidad de hacer del peor Athletic de los últimos años un juguete con el que pasar el rato y entretener a la afición. Pero, claro, hay otros datos que no invitaban al optimismo: la tendencia del equipo a complicarse la vida, el gusto por perder oportunidades, la endeblez en casa y, sobre todo, el mal juego que viene desplegando últimamente. El Atleti está quinto, sí, empatado con el cuarto y a dos puntos del tercero. Y a cuatro del segundo. Y ahora le toca ir a ver al segundo y luego recibir al tercero (vean qué alarde numérico). Para un equipo con fe en sí mismo y ambición la situación sería estupenda para dar un golpe en la mesa. Pero… ¿Lo será para nosotros? ¿Es el Atleti actual un equipo que sepa competir, que sepa mantener la presión en los momentos clave?

Así que empezó el partido y todos entendimos por qué no hay que ser optimista en exceso. Porque cuando en un equipo de quien se espera una solidez defensiva estadística sale con tanta blandura atrás, malo. Empezó mal Pablo y medio mal ese atleta llamado Perea, tapando sus carencias con velocidad y fuerza al cruce. Empezó mal Seitaridis pero acabó mejor, dejando claro al personal que él es defensa pero defender no le gusta, que lo suyo es irse hacia adelante. Y empezó y terminó fatal Pernía, nervioso, descentrado y mostrando una falta de confianza muy preocupante. Mal empezó el Atleti y si el Athletic está más metido en su papel y aprovecha los regalitos locales, quizás estaríamos hablando de otra cosa.

Y si mal empezamos por atrás, hacia el medio la cosa se complica. Luccin y Maniche siguen siendo fijos pero debe ser poque no hay más cera que la que arde. El primero aporta algo de criterio, pero pierde balones claros y desespera con su multitud de toques de control. El segundo sigue corriendo y enseñándose pero con menos criterio del que apuntaba. Tiene uno la impresión de que si Maniche corre tres kilómetros menos el equipo ni lo nota. Pero Maniche es así y corre que te corre como si jugara al corre que te pillo y no sólo en el campo, y si no que se lo digan a los radares móviles. Si a estos dos añadimos a Mista, que también corre y se entrega pero no marca la diferencia ni se encuentra a sí mismo en muchas fases, la cosa se complica. Y si la guinda en la tierra media la pone Jurado, malo malo. Jurado parece que sabe tratar el balón, pero le tiene tanto respeto y cariño que no le mete la puntera ni para evitar que se lo lleve un rival. Es Jurado una promesa de calidad aparente y una afirmación constante de endeblez: pierde muchísimos balones, no recupera como debiera y transmite a la grada una irritación constante, por más que algún detallito deje.

Y así el centro del campo se planta frente a otro centro del campo con pocas luces y muchas urgencias como el que vino ayer y el resultado es un despropósito. Pocas ideas, poca fuerza, poco fútbol en los medios (tanto en sentido futbolístico como taurino). A ratos son tantos y tan concatenados los errores que el balón va de un equipo a otro sin criterio ni templanza y uno tiene la impresión de que el balón se ha metido en la parte alta del ahora llamado pin-ball y toda la vida llamado “Petaco” en el barrio del que suscribe, allí donde la bola de acero rebotaba y rebotaba entre unos pilares cilíndricos rodeados de goma en los que ponía “tilt”. El primer tiempo fue una partida de Petaco entre dos jugadores novatos, y ni hubo bola extra, ni premio, ni ná.

Pero hete aquí que el toro atlético tiene otra parte que sí que nos gusta más, y es la que salió a relucir el primer cuarto de hora del segundo tiempo. Cerca del área rival el bicho tiene cara, tiene pitones, tiene arrestos y a ratos da pavor. Torres y Agüero viven por su cuenta y son conscientes de que de ellos depende que al toro no le tomen el pelo. Y es curioso cómo actúan, complementarios y diferentes.

Torres, de quien hablamos siempre, parece en un momento físico espectacular. Un par de veces en el primer tiempo se llevó de calle a unos cuantos y puso dos pases desde la derecha, uno a la cabeza del Kun (que hay que ver cómo salta) y otro a la cabeza de un señor del fondo Sur (que hay que ver qué susto se llevó). Y al principio del segundo tiempo dejó claro que ahí estaba él. Se enseña, se atreve, salta a todos los balones, corrige sus propios errores gracias a su físico y resuelve multitud de problemas. Se cruza, la pide, tira desmarques y ayuda a todo el que lo necesita. Se muestra también a la defensa rival y parece decirles que aquí está él, que no se va a esconder y que si tienen algo que contarle que se lo vayan diciendo por turnos o todos juntos, como gusten.

Agüero es algo diferente. Durante algunas fases del partido corretea ausente y parece que está pensando en dónde dejó las llaves. Se le ve trotando entre los rivales y uno se pregunta si está atento, si sabrá qué hacer cuando le venga el balón. Pero cuando menos se lo espera uno aparece fugaz en diagonal, o en horizontal o todo a la vez, y los defensas se preguntan de dónde salió este tipo. Entonces recoge un balón, y encara, y se regatea a uno y a otro y se va por fuerza y por potencia. O guarda el balón protegiéndolo con el cuerpo del asedio de un central que le saca dos cuartas. Pero Agüero la protege tan campante apoyado sobre sus dos piernas dóricas (¿o son jónicas?), y el central se desespera y le achucha y le empuja y surgen los roces y se citan para la siguiente. Y el central cree que ese chico bajito se arrugará cuando le vuelva a ver venir pero qué va, el Kun espera sonriente y cuando se acerca el central le dice algo. Y no sabemos qué es pero por cómo siguen las cosas da la sensación que debe decirles “en mi barrio desayunábamos tres como tú cada mañana. Bueno, mi hermana pequeña sólo dos”.

Así que tras quince minutos de derrotes marcó el Kun. Y marcó un golazo tras una buena internada de Seitaridis. Y si está más vivo le hubiera dado otro gol a Torres y si los del Atleti se convencieran de que en el segundo anfiteatro no hay portería hubieran marcado otros dos. Los de delante se las habían ingeniado para solucionar ellos solitos un partido trabado, y mire usted qué bien. Pero, como suele pasarle al Atleti, le entró la pájara post-gol, algo así como la tristeza post-coitum pero en futbolero.

Marca el Atleti y se pone tristón, se hace pequeño, la voz se le apitufa y ya no da miedo a nadie. Se echa atrás y el técnico hace cambios que le hacen irse aún más atrás. Sale Costinha y hace lo que sabe hacer, aunque lo hace al trote cochinero. Sale Galletti y hace lo que puede, víctima como es de un momento bajísimo. Corre, la pide e intenta ayudar, pero ni lo consigue y a veces todo lo contrario. Controla el balón y se cae, tira a puerta y tumba a Indy, frena y se lleva un fotógrafo puesto… sale Galletti, en fin, y empieza a haber un rumor medio de desesperación medio burlón que recuerda al efecto Richard Núñez y sus celebradas salidas al campo. Y en ese rato, y menos mal, el Athletic demuestra que está descentrado, en muy mal momento y bastante desesperado. Ni intentó irse a por un Atleti flojo y achicado, a pesar de que Urzáiz pidiera el balón una y otra vez. Si piensan y templan los de Bilbao nos hacen un roto. Pero no. Tres puntos, quintos empatados con el cuarto, quién lo iba a decir.

El Atleti fue ayer un torito flojo y chico con una cabeza de esas que dan pavor, un novillo cornalón que mira a la Champions. Un toro de esos que provocan la ovación cuando sale del chiquero pero que cuando se pone de lado levanta un rumor de decepción. Un toro que impresiona a algunos, pero del que otros desconfían. En las dos próximas jornadas veremos si es un toro ligero pero móvil, agil y fibroso de esos que derriban tres o cuatro caballos o si en realidad se trata de un fox terrier con dos cuernazos atados a la frente. Esperemos que sea lo primero.



1 comentario:

José Ramón dijo...

!El petaco!

Que recuerdos.

Y que mal jugaba yo.