miércoles, 28 de febrero de 2007

¿Peor que perder?

La lista de grandes preguntas sin respuesta de la Humanidad (¿quiénes somos? ¿de dónde venimos? ¿por qué en Madrid se abren una y otra vez las mismas zanjas?) cuenta desde el sábado con una nueva integrante: ¿cómo es posible que el Atleti no ganara el sábado? Con la serenidad que da un día entero de descanso intentaremos encontrar la respuesta.


Vaya por delante el reconocimiento de una bravuconada del que suscribe, normalmente cauto, escéptico y hasta excesivamente pesimista según los lectores: el sábado, a los cinco minutos de partido, le dije al oído a mi compañero de localidad “hoy ganamos 3-0”. Porque uno, que de fútbol no sabe demasiado, no necesitó más que cinco minutos para ver con claridad que jugábamos contra el peor Madrid de los últimos años, posiblemente el peor que uno recuerde en casa. Y voy más allá: jugábamos contra uno de los peores equipos que han pasado por el Calderón este año, y lo digo totalmente en serio.

El que suscribe, a quien no le gustan estos partidos como es público y notorio, llegaba al campo con esperanza en la victoria, pero esto es algo que siempre me pasa cuando jugamos contra el otro equipo grande de la capital. Este año, sin embargo, había dos datos que me daban aún más confianza: la ausencia de Ronaldo (que siempre nos la lía) y de Van Nistelrooy, y la defensa que sacaban los rivales, sobre todo por la ausencia de Sergio Ramos, hoy por hoy el único con físico como para plantar cara a Torres. Eso, y que Irlanda había ganado a Inglaterra de 30 puntos en el VI Naciones. Pensaba uno que si el Atleti se tomaba el partido como debiera Torres y Agüero se podían hartar de hacer encajes de bolillos, pero que dependía de si nuestro centro del campo funcionaba y era capaz de hacer lo que de ellos se espera. Y, fíjense qué cosas, que así fue y el Atleti pasó por encima a los del otro equipo, como unánimemente ha reconocido todo el mundo. Bueno, todo el mundo no, porque el partido estuvo igualado en opinión de Míchel Salgado y para Capello, ese humorista, quien dijo a la prensa que el empate era justo. Lo que no nos contó la prensa es si después de decir esa frase gritó “cugnaaattooo!!”, así, enseñando un diente.

Pues sí, el centro del campo funcionó y uno sonreía de gula y alegría mientras se tragaba sus palabras sobre la incapacidad de Galletti, sobre la falta de empaque de la pareja Luccin – Maniche y sobre la frialdad y falta de sangre de Jurado. Jugó bien Galletti, peligroso y combativo. Y Luccin y Maniche se hicieron rápido con los que tenían enfrente, un decepcionante Gago y un Gutiérrez en su línea, es decir, línea discontínua, por no hablar de Diarra, que entró en el segundo tiempo dando sopapos como un elefante en una cacharrería pero sí contuvo con más acierto el empuje de los nuestros.

Y salió Jurado con ganas de demostrar cosas, y la grada no tenía claro si era porque quería darle una alegría a la afición y asegurarse un puesto en la plantilla o para que los de su antigua empresa vieran que no es tan malo como lo pintan y así le recompren a final de año, que para eso tiene el cedente un derecho de tanteo y retracto que ríase usted de los caseros de pisos alquilados. Parece que la segunda opción puede ser válida vista la entrada que le hizo Guti, quien acaso vea a Jurado como un potencial rival tanto como centrocampista como en calidad de referencia y guía del estilismo capilar para la plantilla de Chamartín. Pero el caso es que Jurado jugó y jugó bien, aunque para limar sus méritos habrá quien diga que en su banda estaba Míchel Salgado “el locuaz”, que el sábado hizo toda una declaración de principios sobre el ocaso de su carrera. Salgado dejó claro que ya no está para estas cosas, y por su banda entraba la gente en tropel y con la alegría que da ver que te salen los regatitos con facilidad. Y junto con él otros cuantos jugadores blancos reclamaron a gritos una jubilación honrosa pero de ellos no hablaremos, porque de hablar largo y tendido de todo lo que le pasa al Madrid ya se ocupan otros medios.

En estas, Torres metió un golazo. Torres, al que la entendidísima y oficialista prensa madrileña y madridista comparaba en los albores de su carrera con Portillo, volvió a hacer un partido de los suyos y si no es por Helguera en alguna ocasión, por Casillas en varias y porque Cannavaro le frió a faltas, se harta de meter goles. No solo se encargó Torres de marcarle al Madrid (por fin) sino de dejar en evidencia una vez más al Balón de Oro y, ya de paso, a la FIFA, a la prensa especializada, a los entrenadores de medio mundo y al gremio de orfebres. Marcó Torres y el estadio estalló de alegría, un 95% por el Atleti y un 5% por el capitán, que celebró el gol de una forma que ya solita vale el precio anual del abono.

Jugaba bien el Atleti y metió un segundo gol. Y el árbitro, que para eso es árbitro, lo anuló y dejó las cosas como se esperan en estos partidos. Marcó Perea un gol legal que debió contar como gol y medio, porque también y de paso era penalti de Emerson y si esto le pasa al Sevilla se nos llena el blog de aficionados clamando al cielo. Pero para rizar el rizo el árbitro lo anuló cuando llevábamos un rato celebrándolo, alegres al 99% por el Atleti y al 1% por Perea, que se llevó el alegrón del año hasta que al árbitro le pudo el gen del hurto y esa manía que tienen los colegiados de pasar a la historia del club en el capítulo que preside Álvarez Margüenda. Anuló el gol el árbitro y se nos quedó cara de derbi antiguo, la cara que se le queda a la señora a quien le acaban de robar el bolso de un tirón.

Y ahí el Atleti cometió su error. El Atleti marcó un gol pero pensó que había marcado tres de una tacada, y se relajó un poco tras el tanto y medio anulado a Perea, pensando que ese equipo tan ramplón nunca sería capaz de marcar. Jugó el Atleti a placer pero sin el instinto matador que reclama la grada, que sabe que el Madrid tiene eso que algunos llaman “la suerte del campeón” y otros llamamos la tradicional e injusta potra blanca. Si el Atleti, que jugaba con su rival como juega el gato con un ratón medio cojo, mete otro gol otro gallo cantaría… pero ¿no lo metió acaso? ¿qué hubiera pasado si el Atleti se planta a mitad del primer tiempo con dos goles a cero? ¿qué diría el Aficionado Hipotético si se le plantea este dilema? Piensen y decidan, pero uno cree que mi bravuconada del minuto cinco se hubiera quedado corta. Sin embargo esa falta de instinto asesino, y no sólo el árbitro, piensa uno que fue el verdadero factor determinante del empate.

Pero el caso es que pasó lo que algunos nos temíamos, que no era sino que Higuaín, que hasta la fecha no había metido ni un gol, marcara ante un destello de blandura de Zé Castro. No podía ser otro, igual que no podía ser más que Cassano, medalla del mérito de la industria del bollo, quien diera el pase esta vez y quien antes marcara en el Bernabeu. Así son las cosas y el que se asombre es que lleva poco tiempo en esto. También Casillas, para variar, salvo media docena de buenas ocasiones. Asedió el Atleti en busca del tiempo perdido, lamentando no haber machacado cuando había ocasión para ello. Se vio el Madrid agobiado, más aún tras la expulsión de Cannavaro, empeñado en saltar con postura de estatua de la libertad cada vez que ve a Torres cerca. Pudo marcar Seitaridis, pudo marcar Agüero tras una jugada estupenda, pudo marcar el Atleti pero no marcó. No marcó, maldita sea.

Y final. Increíble pero cierto. Y, naturalmente, encima alguno aún habla. Habla Salgado y dice que el resultado es justo, también Capello y dice cosas y la concurrencia se mata de risa y se da palmadas en los muslos y llora y no puede aguantar la gracia que tiene el tío. Habla algún aficionado y dice entre sonrisas que si el Atleti no gana el sábado es que nunca ganará al Madrid, que ya era hora de que el árbitro les echara una mano (como si esto fuera natural), que hizo bien Mijatovic en reclamar respeto arbitral hace unos días. Ya saben, estas cositas que hacen que el Madrid sea un equipo tan querido. Tan querido como esos eczemas que molestan lo justo para amargarle a uno el domingo, que irritan sin que uno les de la importancia suficiente como para ir al médico y que algunos dermatólogos ya han bautizado científicamente como “sarpullido Roncero”.

Alguno comentaba que empatar de esta manera “es peor que perder”. Puede ser, porque la cara de tonto que se le queda en el momento al espectador es difícilmente descriptible. Pero pasado algo de tiempo uno, escéptico y pesimista como ya saben, tiene otra lectura. El equipo ha saldado los enfrentamientos seguidos con tres de los de arriba con dos derrotas y un empate en casa. Malo. Pudimos meternos cuartos pasando al Madrid y dándoles un baño también en el resultado pero no se hizo y ya se nos han ido vivos dos veces este año. Y esto es malo también. Pero el Atleti mostró una cara que sí puede valer, vio las indicaciones de un camino que le pueden llevar a un sitio más cómodo, más alto, más acorde con lo que de él se espera. A pesar la rabia que da empatar un partido así, uno vislumbra luces que pueden iluminar el futuro a corto plazo. Esperemos verlas más grandes, más brillantes tras el siguiente partido en Huelva, importantísimo. Y esperemos que los jugadores también las hayan visto, y que se lo crean, y que le pongan al asunto las ganas que requiere. Porque estos empates, en efecto, pueden ser casi peor que las derrotas. O al contrario.


1 comentario:

José Ramón dijo...

No me cite al innombrable de la diéresis que me pongo malo.