miércoles, 7 de marzo de 2007

La justicia y sus cosillas

Pensaban algunos que el Atleti, tras el derbi no rematado, iba a tomar nota de cómo puede llegar a ser un equipo de fútbol con algo de autoridad. Otros éramos algo más escépticos, para variar, teniendo en cuenta algunos precedentes similares. Si bien ayer el Recreativo no fue el equipo brillante que algunos esperábamos, el Atleti no fue el equipo aguerrido que queríamos. Es cierto que no hubo suerte, pero es más cierto que no hubo acierto.



Con frecuencia se habla tras los partidos de merecimientos, de recompensas, de justicia. Los locutores dicen que un gol “hizo justicia”, los periodistas dicen que un equipo “mereció más” que el otro, los cronistas hablan de objetividad y méritos y lo hacen con tanta frecuencia que ambas frases, y otras sinónimas, forman parte ya del conjunto de piezas estándar con las que se hacen las crónicas futbolísticas como quien hace un mecano. La justicia es por tanto un elemento más, intangible, que se valora a la hora de analizar un partido o un campeonato o una jugada. Lo que pasa es que es, de todos los elementos, quizás el menos mesurable y el más sujeto a la interpretación subjetiva del forofo. Lo que es justo para uno es injusto para otro, y cuando hay que hablar de justicia para compensar lo injusto de un partido anterior, ya ni les cuento.

Dicho hasta la saciedad y no por ello menos cierto: el Atleti, hoy por hoy, sólo funciona como equipo cuando está enchufado al máximo. Lo dijimos contra el Madrid, lo dijimos en casa contra el Villarreal, lo dijimos en el partido de Vigo y también en el del Betis. Como el equipo va justito de juego, tanto en la creación como en la contundencia defensiva, o sale a tope de concentración y ganas o a la mínima le hacen un roto. Sólo los dos pitones del torito rojiblanco pueden garantizar algo de peligro, y esto también lo dijimos y ya no nos repetimos más, que no es más que el primer párrafo y ya estamos pesadísimos, embarrados en la auto-cita.

Al Atleti le recibieron en Huelva con guantes, como el Ratón Mickey, en protesta por el gol ilegal del Kun en el partido de ida y eso ya indicaba por dónde iban a ir los tiros. Cualquier jugador profesional un poco avispado hubiera entendido que a la mínima el árbitro iba a intentar él solito devolver el fiel de la balanza de la justicia sitio natural, el cero. Los árbitros tienen estas cosas, y cuando sienten que la opinión pública clama por un mundo mejor, se ven obligados a restaurar las cosas a su justo punto medio ellos solitos, como si hubieran hecho un juramento hipocrático privativo de su gremio, un juramento guruzético o sanchezarminiano o incluso acebalpezónico con el que responder a la reveladora definición de “arbitrariedad” que hace la Real Academia y que tantos equívocos causa:

Arbitrariedad: Acto o proceder contrario a la justicia, la razón o las leyes, dictado solo por la voluntad o el capricho (Nota del autor: toma castaña).

En esta situación particular, a los quince minutos al Atleti le habían pitado dos penaltis, uno más penalti que otro (el segundo), uno más tonto que otro (el segundo) y ambos perfectamente evitables si los defensas hubieran tenido algo más de inteligencia, oficio y vista (especialmente el segundo). Las ansias ajusticiadoras del árbitro quedaron en nada porque el propio Recre se encargó de que el plato onubense de la balanza no pesara demasiado y Sinama lanzó fuera el segundo penalti, hacia el lado al que parecía no haber querido lanzar. De haberse hecho justicia de la buena, el que hubiera ido dentro habría sido el segundo y no el primero para así castigar la torpeza de Seitaridis, que tras lo de ayer quizás debiera entrenar toda la semana con orejas de burro. Pero no, fíjense qué cosas. De hecho el árbitro, superhéroe con pito y cronómetro, quiso seguir contribuyendo al restablecimiento del equilibrio universal no expulsando a Zé Castro por una segunda amarilla un rato después.

A todo esto, se preguntarán ustedes… ¿y el Atleti, qué? El Atleti no estaba, estaban unos señores vestidos de moros y cristianos (más bien de cristianos) pululando por el césped, viendo cómo unos de azul y blanco tiraban penaltis y cómo otros desde la grada agitaban guantes, como si la cosa no fuera con ellos. Y eso que salió con un dibujo algo distinto, provocado por la ausencia de Luccin (a quien añoramos, y a fe que esto me preocupa), sustituido por Costinha. Y con Jurado por la derecha y Antonio López por la izquierda y Maniche por todas partes, en horizontal, para hacerle llegar balones a los de la delantera, aislados del resto. Y eso que el partido contra el Madrid les debería haber mostrado el camino hacia la solución a los problemas del equipo y suponer un plus de motivación, más aún tras la anunciada reaparición de José Tomás. Pero no, qué va, la cosa era complicada ya de por sí, pero con un gol a los nueve minutos y un penalti al ratito parecía que ya daban el partido por finiquitado y tampoco querían ellos molestar a esa afición con las manos achicharradas con tanto guante y a ese colegiado de tan nobles intenciones. Así que el Atleti ni fú ni fá, a lo suyo, que es mirar cómo se seca la pintura de los postes. ¿Todos? Todos no, que Perea sí estaba metido en el partido, suspicaz ante la avalancha ajusticiadora. Así que se dedicó a correr como sólo él corre y a tapar agujeros y a quitar balones a los del Recre mientras que el resto del equipo se resignaba a su suerte. Así que Perea, ese futbolista limitado y gran atleta, se erigió en su clon Frozono y luchó él solito contra rivales, espectadores y árbitros hasta que tuvo que irse a la ducha, lesionado. Vaya tela.

En el segundo tiempo entró Gabi y el partido cambió de aires. Los jugadores cayeron en la cuenta de que había otro tiempo enterito, y entre ellos se decían fíjate tú, si hay tiempo, ¿a ver si ahora va a resultar que podemos remontar, como los niños mayores? Así que se puso a ello aprovechando que el Recreativo, en contra del espíritu que algunos le atribuíamos, se echó atrás y se limitó a esperar las acometidas. Achuchaba y achuchaba el Atleti y la afición se decía “hay que marcar, perder este partido no sería justo”. Tiraba el Atleti de él mismo sin excesivo entusiasmo ni fe, pero sí con una sensación de verse obligado a hacer algo más, pero ná. Ná de ná, el Recre pasó un mal rato pero no creo que este partido figure en su historia en un capítulo destinado a glosar situaciones similares al sitio de Numancia porque, de hecho, no creo que el partido figure en ningún historial. Para terminar con el infortunio, Torres mandó un balón de chilena al larguero en el descanso. Empate final, quizás injusto visto lo visto. Una vez más, la justicia como ingrediente de la sopa futbolera.

Así que en este lío de justicia e injusticia el Atleti, que de haber ganado al Madrid en un partido que tuvo en la mano hubiera pasado la semanita en champions poniendo cara de playboy, es ahora sexto empatado con el séptimo, y viaja en el vagón de cola del tren que lleva a Europa. Y además sin asiento bueno, sino en esos plegables al lado del baño, en el que hay un ruido del demonio y huele nada más que regular. Por detrás vienen unos cuantos con ganas de pelea, y el Atleti no puede permitirse ignorarlo. Porque hasta ahora el Atleti creía pertenecer a la pandilla de los mayores, pero estas dos últimas semanas parece que ellos han quedado por su cuenta para irse con unas turistas rubias y al Atleti no le han llamado, así que ahora sus compañeros de correrías ya no son Barça, Valencia, Sevilla y Cía, sino que le toca quedarse en la plaza del pueblo jugando a las chapas con los que antes despreciaba por pequeños. Y la realidad es que le ha pasado el Zaragoza, le ha igualado el Recre y viene por detrás el Getafe pidiéndole la bici. Y hasta Racing y Espanyol se ponen a tiro y ya no quieren ponerse de portero cuando juegan al gol regateao.

Así que, pálido, mira el aficionado atlético el calendario pensando qué le deparará el futuro, queriendo creer que los próximos partidos y los cruces entre los rivales terminarán por equilibrar en el tiempo el traspiés de estas últimas semanas. Y es que desde hace unas jornadas, el Atleti ha perdido con el Valencia, ha perdido con el Sevilla y sólo ha empatado con el Madrid en un partido que debió ganar para sacar los puntos y para creerse de una vez que tiene oportunidades; ha perdido también con el Recre y sólo ha ganado al Athletic de Bilbao, que va de mal en peor. Y ahora viene el Depor y no será fácil, porque vendrá Caparrós diciendo que teme que el árbitro pite en su contra para compensar lo del gol de Perea del otro día; y luego va a Zaragoza, donde puede que se atragante el adoquín que regalan a los hijos de las visitas. Después a jugar fuera de casa entre otros contra el Villarreal, contra la Real Sociedad, contra el Espanyol, contra el Getafe y contra el Osasuna. Y el Barça en casa, de propina. Posiblemente no sea el peor calendario de Primera, pero tampoco parece que invite mucho al optimismo, porque en esos campos de Dios es casi seguro que nos vamos a dejar bastantes puntos.

Así que, cerrando el círculo, se pregunta uno dónde debería estar el Atleti en el supuesto de que la ciega justicia repartiera a cada uno lo suyo. ¿Sería justo que estuviera cuarto, como parece que habría que exigir a la plantilla? ¿o quizás octavo, con tres puntos menos de los que tenemos? ¿juega el Atleti para jugar en Champions? O, al menos, ¿”compite” el Atleti como debería hacerlo un equipo que quiere entrar en Champions? No sé yo, no sé. Lo que parece es que hay tres arriba que no van a bajarse del burro, y que habrá una cuarta plaza para la Champions por la que habrá tortas. Veremos quién se queda en Europa y quién no esta semana, pero a estas alturas parece que Atleti, Madrid, Zaragoza y Recre deberán pelearse por meterse en la pandilla de los que ya tienen granos y pelos en las piernas. Y con las maneras de niño recién peinado y vestido de marinero que gasta nuestro equipo a veces, no será fácil.

1 comentario:

José Ramón dijo...

!Ah...la justicia!.

Cuantos crímenes se cometen en su nombre.