lunes, 19 de marzo de 2007

Astenia Colectiva

Nueva oportunidad para decir “aquí estoy yo” que se queda en un “oiga, ¿cuánto queda?”. Tras el quinto duelo directo fallado en pocas semanas, pocas ganas quedan de ponerse a hacer cuentas para ver si suena la flauta y nos metemos en Champions. Con este panorama a uno no le quedan ganas de ná. Y menos aún de sumar.



Yo no sé Vds, pero yo, en primavera, estoy hecho unos zorros. Estoy cansado y con pocas ganas de hacer cosas, flojo y tristón. Me siento como viviendo en un cuerpo de un señor mucho más gordo que yo, atrapado en una carcasa anatómica de otra talla, preso dentro de un traje de buzo de esos antiguos con zapatos de plomo y todo. Tiro de las piernas de un luchador de sumo para andar por la calle, levanto la mano y tengo la sensación de tenerla unida al suelo por una goma invisible. Y además, como hace bueno y los días alargan y no estoy para hacer nada, añado a este sentimiento de no poder con las cosas un sentimiento de culpabilidad por no aprovechar las horas de sol. Y, oiga, me tiene frito. Una tortura. Astenia, le llaman.

Una vez más, y ya van varias, pudo el Atleti dar un golpe de efecto y clavar su bandera en un puesto más o menos digno en la clasificación, echando a los rivales próximos al otro lado del foso. Ya han sido varias las posibilidades estos últimos días (contra el Valencia, contra el Madrid, contra el Sevilla, contra el Recreativo) y en todas y cada una de las ocasiones nos quedamos con cara de tontos. El destino, mala gente, se empeña en provocar que el resto de equipos también fallen y así llegamos con esperanzas renovadas cada fin de semana, pensando que si ganamos y el otro pierde y el de más allá empata y luego vienen a casa y más adelante juegan entre ellos, lo mismo nos metemos en Champions. Pero no, el destino se ríe de nosotros cada semana y, lo que es peor, los comparsas del chascarrillo determinista son nuestros propios jugadores, poco ilusionados con la idea de hacer un papel decente. Ellos, y esos dirigentes humoristas que tenemos y que hace unos días salían a las primeras páginas de los diarios deportivos a contar que estábamos muy bien colocados para ganar la liga. Qué salaos.

Y lo que ocurre es que a estas alturas estamos todos hartos de la pantomima. Todos. Los aficionados, los abonados, los socios y los simpatizantes. Los del fondo norte, los de grada de preferencia, los de los antiguos asientos de madera, los camilleros y hasta los del Frente. Los de la Peña Sonseca, los de la Peña Patones y los de la Peña Legazpi. Los camareros del Resines, los del Chiscón y los del Parador, los que venden las pipas ante la puerta 27 y los del Salur esos que limpian todo durante el partido y esperan a la afición a la salida, formados con sus uniformes amarillos y rojos delante de esas máquinas tan raras que usan, como si fuera una plantilla de cyber-monosabios. Todos. Hasta a Indy, y eso que es asalariado, se le nota con una desgana desconocida hasta ahora y arrastra esa cola indigna que lleva, en cuyo extremo se agolpa el relleno de goma espuma, limpiando el suelo por donde pasa. Al menos algo del estadio se limpia, eso sí.

¿Y los cronistas deportivos? Los cronistas deportivos, más.

Uno, que como ya saben Vds a estas alturas es tonto, ve los partidos con la presión añadida de tener que estar fino al día siguiente, que para eso llega la gente y visita el blog y si no les gusta lo que leen se enfadan y amenazan con irse al de Manolete. Así que mira uno el partido y toma notas e intenta retener información y diseccionar lo que pasa y desenmascarar problemas y aportar soluciones. Mira las repeticiones con cara de interesante y se limpia las gafas de tanto en tanto para ver mejor los penaltis. Y con tanto dato recopilado y las gafas limpísimas se prepara uno lo mejor que puede y se enfrenta a la tarea de contar lo que ha pasado. Eso, cuando ha pasado algo.

Por que en días como hoy es especialmente difícil hacer una crónica. Uno mira el folio en blanco y se le hace enorme, larguísimo y anchísimo, como un campo de fútbol 11 a un cuarentón desentrenado. Y piensa en echarle arrestos al tema para que la gente no se vaya con Manolete y en hacer una disección quirúrgica del partido y, así, hablar de por qué el Atleti tiene esas arrancadas de jaca andaluza y esas llegadas de burro manchego. De por qué se fía tan poco de sí mismo y por qué, aunque no esté jugando mal, se desmorona como un cómplice mafioso flojo de remos en cuanto le meten un gol. Por qué esos fogonazos de esperanza duran cuatro minutos. Por qué es un equipo apático y asténico como los aficionados, a pesar de que éstos pagan y el equipo cobra y cobra bien. Por qué los jugadores afrontan partidos importantes como si fueran la tercera jornada de liga, despistados y sin ganas, como si no se jugaran nada. O por qué el Zaragoza, que no jugó a mucho, nos ganó con comodidad. Por qué el Zaragoza, que tiene jugadores y prensa y antecedentes que invitaban a ver un partido majo, jugó tan mal y tan tristón. O por qué Eller se fue para adelante con esa alegría en la jugada del gol y por qué Zé Castro se ha vuelto tan blandengue con el tiempo, en vez de endurecerse. Por qué Jurado aporta tan poco, por qué Pernía juega tan mal, por qué los de delante están tan solos, por qué hacen tan poco aunque deberían hacer más. Por qué jamás hay un jugador del Atleti que llegue a un rechace, por qué nunca hay una segunda jugada ni alguien que llegue desde la segunda línea a apoyar a los que se fajan cerca del portero rival. Mucho por qué, mucha interrogación retórica y poca respuesta.

Lo que de verdad ocurre es que a mitad de folio se da cuenta uno de que todo esto ya lo ha dicho veinte veces este año. Esto desasosiega y aburre y el cronista piensa entonces en darle un giro a la crónica. En cómo mejorarla. Se ve tentado por hacer como Manolete y decir que el Atleti sigue de cerca a Sneijder, Iniesta y Kuijt para el año que viene aún a sabiendas de que como mucho vendrá un desconocido jugador uruguayo de treinta años. O incluso hacer como Roberto Gómez y decir que el jueves día 12 de Febrero a las diecinueve y treinta y siete, en un chalet de estilo rústico y con seto de arizónica sito en un pueblo de Soria, la directiva del Atleti se reunió con la del Barça para hablar de un trueque Perea – Messi y, ya de paso, del plan hidrológico nacional, del precio de los percebes y de los anillos de Saturno. Pero no, que uno es íntegro aunque tonto y miope y prefiere reconocer que, tras partidos como este, lo último que a uno le apetece es escribir sobre el Atleti.

Ni escribir ni nada, vaya. Ve uno al Atleti actual y se le queda el cuerpo tonto, como de enfermito. Acaba el partido y uno quiere irse a casa, al sofá, a pensar poco y hacer menos. A comer arroz blanco y pescado hervido y un yogur natural. A olvidarse del tema, a no ver el resumen, a no pensar en el Atleti, en lo que pasó esa tarde, en lo que pudo pasar y en lo que debió pasar. El Atleti de hoy ya casi ni disgusta, sólo quita las ganas de ver fútbol, de hablar de él y casi de comer. Un petardo, vaya.

En esta fase asténica estamos todos, afición, cronista y funcionarios del Salur. El Atleti ya no ilusiona, que no es nuevo, pero es que ya ni cabrea y eso sí que es grave. Cada vez más vemos al Atleti como quien ve un culebrón lleno de personajes secundarios y previsibles. Vemos el episodio entero esperando un desenlace dramático e impactante, y en su lugar sólo vemos una y otra vez un guión sosaina y manido. Al menos ahora vienen dos semanas de descanso por obra de la selección en las que podremos desconectar un poco, menos mal. Eso sí, para asegurarse de que no descansemos del todo, la afición y la prensa pondrán a Torres como un trapo juegue bien o juegue mal.


1 comentario:

José Ramón dijo...

A mí los del Salur siempre me han dado un poco de miedo.

No se por qué.